“Más de una mujer se sorprende ante su propia reacción cuando el marido se queda sin empleo”, dice la psicoanalista Ruth Rosembaum. “Ella creía que, en realidad, no era importante que el hombre fuera el sostén de la familia. Pero cuando él pierde el trabajo, muchos temas ocultos suelen salir a la superficie. A veces, cuando una mujer no se ha puesto a examinar qué es lo que espera y pretende de su marido, las reglas de juego pueden cambiar sorpresivamente, sin que él lo advierta ni ella lo admita. El creyó que se casaba con una mujer liberada, pero de pronto descubre que para ella la seguridad es una absoluta prioridad.”
La seguridad es un bien muy escaso en estos días. En Estados Unidos, uno de cada cinco trabajadores estuvo desempleado en algún momento durante 1991 y -algo que ocurre por primera vez desde la Segunda Guerra- cada vez más gerentes engrosan las cifras de los desocupados. Para fin de siglo, anuncia el experto Peter Drucker, los cambios tecnológicos y la competencia habrán eliminado la mitad de los puestos gerenciales. Su pronóstico, publicado en el Harvard Business Review en 1988, se está cumpliendo en los ´90.
Cuando a Eric Paulson (31) lo despidieron de la compañía de seguros donde había trabajado durante más de diez años, se sintió humillado y privado de sus derechos. “La llave de mi oficina, mi cargo, el lugar adonde iba todos los días, eso era mi identidad”, dice.
En una sociedad que todavía tiende a clasificar a los hombres por su ocupación y a la mujer por su apariencia, muchos aceptan en silencio esa definición de hombría. Pero aunque la mujer no experimente el desempleo del marido como una amenaza a su propia identidad, los amigos, familiares y vecinos de la pareja sí lo hacen. Beth Paulson (32 años, fisioterapeuta con una satisfactoria carrera propia) solamente confió en su mejor amiga para contarle que a Eric lo habían despedido. No se atrevió, en cambio, a decírselo a su madre. (“Se pondrá a llorar en el teléfono. Y llamará a mi hermana. Y mi hermana me llamará a mí”, pensó entonces.)
¿Qué pasaría en la situación inversa? ¿Un hombre tendría miedo de contarle a su madre que su esposa se quedó sin empleo?
Fantasía de libertad.
La psicóloga Judith Sills afirman que hasta la mujer más exitosa y autosuficiente suele sentirse acorralada en el papel de sostén de la familia. “Sabe que debe brindar apoyo, y mostrarse positiva y optimista, pero a menudo siente resentimiento y envidia”, dice Sills. “Muchas mujeres todavía mantienen la fantasía de que podrían no trabajar, y de que sus maridos se harían cargo de la situación. Cuando él pierde su empleo, esa fantasía de libertad se rompe.”
Y también se quiebra la fe en la meritocracia. “Se hace añicos la creencia de que el éxito llega siempre cuando hay determinación y talento”, dice Katherine Newman, autora de un libro sobre la movilidad descendente de la clase media en Estados Unidos, para el que ha entrevistado a cientos de ejecutivos despedidos. Casi todos, dice, buscan en su personalidad la causa del fracaso. Y los sentimientos de culpa y vergüenza son más fuertes en los hombres que asocian su carrera con su identidad sexual.
En una cultura que enseña que el empleo simboliza masculinidad, la falta de ocupación puede conducir a la impotencia. Se ha escrito mucho acerca de que la ansiedad del desempleo puede afectar la sexualidad de un hombre. Menos atención se ha puesto en investigar cómo puede afectar a la esposa.
“A veces las mujeres se entrampan en el viejo esquema machista, aun más que el hombre”, dice Rosembaum. “Por la forma en que fuimos educadas, es muy fácil que una mujer, por más independiente que sea, sienta la pérdida de seguridad y hasta de amor. Y si además creció con demasiada responsabilidad -por ejemplo, en una situación donde el padre estuvo ausente- puede experimentar un gran resentimiento. En estos casos, me ha sorprendido el grado de dolor que padecen los hombres, y cómo las mujeres, debido a su propio dolor, no se dan cuenta de que tienen encasillado al hombre en el papel de macho.”
¿Recuerdos del futuro?.
Para Jo Anderson, periodista de un diario de Boston, la situación de su marido evocaba recuerdos dolorosos de su padre. “Al despertarse por la mañana, Bob se quedaba tirado en la cama. Yo no quería ni tocarlo. Mi padre solía sentarse en una mecedora, en piyama, como si fuera un viejo, escuchando la radio”. Aunque Bob siempre se vestía al levantarse, ella seguía viéndolo como el símbolo del hombre débil y atemorizado.
En realidad, Bob adoptada una actitud firme y decidida. Especializado en la edición de libros infantiles ahora hacía trabajos free-lance. Estaba convencido de que no lo habían sacado del cargo por falta de talento, sino porque era demasiado original, demasiado independiente. Había ganado un prestigioso premio y se había puesto firme ante sus superiores sobre los costos adicionales que él consideraba necesarios. Su jefe, que nunca había recibido un premio, estaba resentido.
Jo era consciente de todo esto, pero, debido a los recuerdos de su padre, sólo veía en su marido a un hombre que, en lugar de buscar otro empleo, se quedaba en cada haciendo trabajitos y escuchando la radio.
El recuerdo de un padre desempleado es sólo uno de los muchos factores que pueden convertir inseguridades pasadas en pánico actual. En el fondo, está el temor a que el dinero no alcance, explica Sills. Si los dos nunca estuvieron en pie de igualdad en cuanto al aporte financiero, y acordaron que la carrera del hombre era la más importante, la situación es todavía más problemática. Puesto que las mujeres todavía ganan 30% menos que sus colegas masculinos, no sorprende que el hombre siga considerándose pilar de la estabilidad financiera familiar. Y aunque los ingresos sean similares, es casi siempre el dinero del marido el que cubre la hipoteca, el supermercado y las cuotas; el de ella suele destinarse a ropa, gastos de los niños y cosas tales como salidas, cenas en restaurantes y vacaciones.
Para Laurie Winston, una ejecutiva de seguros de Los Angeles, enfrentar la realidad financiera le permitió darse cuenta de que podía permitirse el lujo de ir a esquiar diez días con su esposo, Michael, quien acababa de perder su empleo. Pero aun sabiendo que el dinero alcanzaba, él se resistía a tomarse esas breves vacaciones, ansioso por seguir buscando empleo. Finalmente, decidieron que ella iría con una amiga y Michael pasaría con ellas un fin de semana. Según la psicóloga Nancy Arann eso es “respetar los límites”, los del hombre y los de la mujer. Arann alienta siempre a las esposas a separar sus problemas de los de sus maridos. “No es usted la que está sin empleo, es él. Usted puede brindar apoyo emocional, pero él es quien tiene que actuar. Usted debe permitirse disfrutar de su carrera sin sentirse culpable, sin sentirse responsable por él, o ser invadida por su crisis.”
El pacto original.
Con lo que Jo Anderson ganaba alcanzaba a duras penas para sostener a una familia tipo en el suburbio de Boston donde vivían ella, Bob y sus dos hijos. Sin embargo, cuando se decidió a hacer un presupuesto, se sintió más relajada. Se dio cuenta de que, en su pánico, se había castigado privándose de estos pequeños lujos que hacen la vida cotidiana más tolerable y que no significan una amenaza para la seguridad financiera.
Después de sentarse juntos a hacer números, Jo y Bob descubrieron que los ahorros les durarían nueve meses. Con esa realidad por delante, decidieron ponerse un plazo de ocho meses para que Bob buscara empleo en el campo que él quería: edición de libros infantiles. Si para entonces no lo había conseguido, aceptaría cualquier cosa, hasta manejar un taxi. Como la situación ya no era indefinida, pues había plazos y objetivos, Jo pudo entender y apoyar a Bob cuando rechazó un empleo como vendedor. Tres meses después encontró el cargo de editor que quería.
Ratificaron así el contrato original que habían hecho cuando se casaron: que ella quería trabajar, en lugar de ser económicamente dependiente de su marido, y que ambos sentían que un hombre y una mujer tienen el mismo derecho a un trabajo que valoren y encuentren satisfactorio, aunque eso signifique ganar menos. Ese sentimiento de valores compartidos y acuerdo tácito se había perdido ante el terror inicial del desempleo.
Los pactos implícitos sobre los que se construye una relación son más importantes cuando hay una crisis como el desempleo. Así como el día anterior a la boda no es buen momento para probar un nuevo corte de pelo, una crisis no es la oportunidad adecuada para intentar cambiar un matrimonio que funciona. “Si en la pareja es habitual dar consejos, eso puede estar bien”, dice Rosembaum. “Pero puede ser un error tratar de cambiar las reglas, y los roles de cada uno, en mitad del río”.
Cada uno tiene un modelo de lo que haría si perdiera su empleo, observa Sills. Es casi inevitable que el cónyuge haga algo diferente. Y en la medida en que no se adapta a su modelo, uno siente furia.
Los hijos, más todavía que las esposas, necesitan mantener su identidad, independientemente de la situación de desempleo en la familia. Los padres deben buscar apoyo en otros adultos, amigos, familiares o terapeutas. Lo que no deben hacer es descargar su ansiedad en los niños. Está bien decirles cuál es el problema, pero junto con eso deben transmitirles la sensación de que lo controlan.
Maggie Mahar.
(c) 1992 Working Woman.
