La niña, sentada junto a su abuelo y su hermana, contempla inmóvil La divina dama, uno de los primeros filmes sonoros. Esa fascinación la marcará para siempre, aunque los frutos visibles aparecieran mucho después, durante una reunión en casa del arquitecto Amancio Williams. Allí Esmeralda Almonacid conoció al director cinematográfico Manuel Antín y nació el proyecto de filmar Don Segundo Sombra.
“Usted debería hacer el libro de Güiraldes; es justo para su estilo”, le dijo. Antín estuvo de acuerdo y “esa misma noche me pidió que hiciera de intermediaria entre los Güiraldes (Ricardo era hermano de mi madre) y él”.
De manera tan simple, veinte años de trabajo dedicados a diseñar jardines fueron archivados para pasar, como la protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, al otro lado de la pantalla, encargada de la escenografía del film y con otras participaciones insólitas: su hijo, Juan Carballido, hizo el personaje de Fabio (grande), y su primo, Adolfo Güiraldes, fue don Segundo.
A partir de ese año -1968- y del éxito de la película, comenzó la vida profesional de Esmeralda Almonacid en el cine. Después de estudiar durante dos años dirección y fotografía, escribió varios guiones y encontró tiempo para deprimirse aguardando oportunidades que no llegaban. Hasta que GEA, la productora de María Luisa Bemberg la llamó, a través del iluminador Miguel Rodríguez, para hacer la ambientación de Camila. Fueron tres meses de verdadera locura: estudiar a fondo la época, asesorarse con historiadores, vivir entre utileros y asistentes.
Con Camila, Rodríguez y ella obtuvieron el premio de los Cronistas Cinematográficos. Y a partir de ese éxito intervino como escenógrafa en Miss Mary y Yo, la peor de todas, ambas dirigidas por María Luisa Bemberg; Nunca estuve en Viena, de Taco Larreta, y El verano del potro, del canadiense André Melanìon, para quien colaboró, además, con la dirección de arte, la ambientación y el vestuario.
Ganadora sempiterna del Cóndor de Plata, no abandona su sueño de dirigir y está a la espera de un tema “que me trastorne, que no tenga nada que ver con la historia”.
Obsesiva en su trabajo, imaginativa y minuciosa, los viajes y las jornadas en el campo entre hijos y nietos no son sino una pausa para ella. Amiga de escritores (Pepe Bianco, Victoria Ocampo, Ernesto Sabato, Jean Cocteau y otros ilustres), cree que su aporte al cine nacional es “haber hecho lo que tenía que hacer con la mayor cantidad de ángel”. Un ángel decidido, que vive en las afueras de la ciudad y está leyendo en estos días los Diálogos de Platón. Haciendo tiempo, como quien dice, hasta que la convoquen nuevamente y se enciendan las luces del set.
