Una de las contribuciones de América al mundo, además del tomate y la batata, ha sido el tabaco, planta surgida al parecer en la provincia mexicana de Yucatán, donde hacía ya diez siglos que se fumaba. Pero fue bajo la forma de cigarro que los marineros de Colón, mucho después, la descubrieron. En el diario del almirante se lee que los indios iban siempre “con un tizón en la mano y yerbas para tomar sus sahumerías que acostumbraban”. La planta comenzó a consumirse como cigarro en España y Portugal. Pero, hecho curioso, no cruzaría así las fronteras de estos reinos, dejando al tabaco en pipa o en polvo (el rapé) la tarea de difundir el sabor exótico entre las poblaciones menos favorecidas.
Recién dos siglos después, el tizón indígena, ya convertido en puro por los españoles, cruzó los Pirineos, para calmar la jaqueca de Catalina de Médicis, llevado por el embajador Jean Nicot, o para instalarse, gracias a sir Walter Raleigh, en las pipas inglesas.
Aceptado primero por sus propiedades curativas, el tabaco pronto llegó a ser signo de distinción y placer. El descubrimiento de que las tierras de Cuba proporcionaban el mejor suelo para estos cultivos convirtió a la isla en el paraíso de los cigarros. Cuenta el mítico Zino Davidoff -máxima autoridad contemporánea en la materia- que, a principios de siglo, los poderosos del mundo mantenían en Cuba embajadores cuya misión consistía en seleccionar las mejores hojas y en vigilar las pequeñas cavas en las que, constantemente, maduraban hasta 10.000 cigarros. En la actualidad, los barones de Rothschild o el príncipe Rainiero de Mónaco, entre otros, mantienen cuidados depósitos de esta clase de tesoros.
Aunque con menos esplendor, el arte del buen fumar tiene sus devotos en Buenos Aires, afirma Luis Bruno, dueño de un negocio de venta de tabaco ubicado en plena City, inaugurado en 1939 por su padre. Bruno asegura que sabe del asunto “todo lo que hay que saber”. Sus clientes son banqueros, empresarios y agentes de Bolsa que prefieren, en general, los suaves cigarros holandeses o norteamericanos. Los cubanos son, en cambio, más fuertes, tienen más cuerpo, fama… y menos venta, aunque estén hechos con hoja, artesanalmente, y no, como los demás, con picadura de tabaco y a máquina.
Mucho se ha dicho acerca de los cigarros, comparables a los vinos en su condición de materia viva.
Fumarlos es una ceremonia con algo de iniciático.
Y aquí asoma la fácil paradoja: una fraternidad que une fuertemente a hombres y mujeres… con su cadena de humo.
MARCAS Y PRECIOS.
Cigarros holandeses: Marca Agio (Filter tip, mediano, cigarrillo con boquilla) caja de 10: $ 6; Petitos, caja de 10: $9.50; Las Villas, caja de 10: $ 22. Otras marcas: Wilhelm II, Extra Señoritas (Caja de 10: $ 10) y Titmeester (Caja de 5: $5).
Norteamericanos: White Owl (Miniatura: caja de 5: $ 3), e Invencible (caja de 5: $ 5). Los mismos precios tienen los Phillies y el Dutch Master.
Habanos de Cuba: Partagás (los preferidos). Chicos, caja de 5: $ 7; Londres, cada uno: $ 3.50; Coronas senior (en tubos), cada uno $ 5; Montecristo: Precios por unidad: Nº 1 $ 9; Nº 2 $ 10; Nº 3 $ 8.30; Nº 4 $ 6.50. En tubo de madera: $ 11. Romeo y Julieta: los Churchill (hechos a mano), caja de 25: $ 220.
Upman (media corona, en caja de aluminio), caja de 5: $ 37.50. Otra marca famosa: Hoyos de Monterrey.
(Datos proporcionados en Saint Claude – 25 de Mayo 192).
