En el estado norteamericano de Oregon funciona un turbogrupo que genera 55 millones de kilovatios/hora por año, una energía equivalente al consumo de 6.000 toneladas de petróleo. En el puerto de Shangai, en China, tres grúas de pórtico cargan o descargan containers de hasta 16 toneladas. A pesar de que los emplazamientos de estos equipos están separados por más de 12.000 kilómetros, tienen mucho en común. Fueron diseñados y fabricados en la Argentina. Más concretamente en Mendoza, donde los construyó Industrias Metalúrgicas Pescarmona (IMPSA).
“Nosotros conquistamos nichos en el mercado internacional porque nos hemos fabricado nuestras propias ventajas competitivas sobre la base del dominio de ciclos completos de tecnología”, explica Enrique Pescarmona, vicepresidente de IMPSA. “Estamos en condiciones de entregar una central hidroeléctrica o una planta siderúrgica llave en mano y esos productos son los de mayor valor agregado de toda la oferta exportadora de la industria argentina.”
IMPSA factura junto con sus compañías subsidiarias y asociadas en otros países US$ 150 millones anuales. Puede suministrar una planta siderúrgica totalmente integrada con hornos eléctricos de ultra alta potencia, cucharas para el acero líquido y máquinas de colada continua, turbinas que pesan 1.300 toneladas, centrales hidroeléctricas completas, grúas puentes o de pórtico de todo tipo, reactores de 80 metros de altura para refinerías de petróleo o para plantas petroquímicas y equipos para centrales nucleares. Y, por supuesto, también se dedica a trabajos de ingeniería civil como las terminales de ómnibus de la Capital Federal o Mendoza.
Para Pescarmona, el objetivo final de contar con una amplia y moderna tecnología es aumentar el valor agregado de los productos. “Somos un país de poca población, lo que significa mano de obra cara. Nuestros ciclos económicos son volátiles, lo que implica variaciones bruscas de la paridad cambiaria. La mejor manera de diluir esos costos es fabricar equipos con gran valor añadido”, explica.
INVERTIR EN TECNOLOGIA.
En estos momentos, Pescarmona está invirtiendo US$ 1,5 millón en un nuevo software para modernizar los sistemas CAD/CAE/CAM (de diseño, ingeniería y manufactura asistidos por computadora). Los ingenieros de la empresa analizan en forma estática y dinámica estructuras muy complejas con el programa NASTRAM/MSC, desarrollado inicialmente por la NASA y comercializado en la Argentina por IMPSA.
En los 40.000 metros cuadrados de las dos plantas industriales de la empresa, instaladas a pocos kilómetros de la ciudad de Mendoza, el parque fabril está integrado por 200 máquinas herramientas, la mayoría con control numérico automático y de alta precisión. Hace poco más de dos décadas IMPSA comenzó a fabricar grúas bajo diferentes licencias, como la que suministra Cleveland Crane & Engineering. Poco a poco asimilaron la tecnología y ahora IMPSA puede fabricar bajo su propia licencia grúas capaces de cargar hasta 750 toneladas de peso.
A fines de la década de 1970 los directivos de la compañía se convencieron de que las ideas del economista Theodore Levitt (Universidad de Harvard) sobre la globalización de la economía eran correctas. Además, avizoraron una profunda y larga crisis de balance de pagos de la Argentina. Todo lo cual los impulsó a incursionar con más fuerza que hasta entonces en los mercados extranjeros, ya fuera como proveedores de equipos o como constructores de plantas industriales o energéticas.
La tarea no fue sencilla. En 1989 la empresa ganó una licitación con un precio 10% inferior a la del mejor competidor para construir tres grúas en Singapur, pero no se las adjudicaron. Las autoridades asiáticas decidieron entonces que una empresa argentina no era un proveedor confiable, teniendo en cuenta el proceso inflacionario local. De todas maneras, el esfuerzo valió la pena. Actualmente se pueden contabilizar 25 obras o grandes contratos de aprovisionamiento de equipos en el exterior.
ENTRE BOGOTA Y HONG KONG.
En estos momentos, con el doble objetivo de estar cerca de los clientes y recoger información de marketing internacional, la empresa mantiene una media docena de compañías subsidiarias o con participación accionaria en el exterior.
Ya sea a través de oficinas propias o compañías subsidiarias, IMPSA está presente en ciudades como Santiago de Chile, Bogotá, Caracas, Pittsburgh, San Pablo, Hong Kong, Kuala Lampur, Beijing, Jeddah y Bangkok. Pescarmona planea instalar también representaciones en Indonesia y Japón durante los próximos dos años.
En IMPSA rige el principio de que la base para desarrollar ventajas competitivas tecnológicas es la capacitación del personal. Desde 1978 la empresa cuenta con una escuela interna que abarca a todo el personal, desde operarios que desean especializarse en soldadura, hasta los ingenieros que a partir de este año deberán seguir cursos intensivos de finanzas. Se dictan alrededor de 90 actividades anuales que insumen 77.500 horas hombre y a las que asisten 2.100 participantes.
Los próximos pasos son abrir el capital accionario mediante el lanzamiento de acciones en la Bolsa y emitir obligaciones negociables. Pero Pescarmona también planea profundizar la diversificación de la transmisión masiva de datos a través de Impsat, y tratar de comprar empresas a través del proceso de las privatizaciones de los ferrocarriles San Martín y Urquiza (se buscaría unir por este medio Chile, Argentina, Uruguay y Brasil). Otra empresa en la mira del gigante metalúrgico es Hidronor.
Edgardo A. Silveti.
UN TIRO EN LA CABEZA.
Enrique Pescarmona, de 51 años, es nieto del fundador de la empresa y hace 25 años se recibió de ingeniero en la Universidad Nacional de Cuyo. Cursó luego estudios superiores en administración de empresas en España y Estados Unidos. Todos los años se recicla intelectualmente en algún curso de especialización y en la reunión empresarial de Davos, Suiza, donde se pone al día con las tendencias mundiales y aprovecha para forjar útiles relaciones de negocios.
En el grupo se reconoce su empuje y se le atribuye haber sido, en gran parte, el arquitecto de la modernización de la empresa. Pero tal vez se lo respete más a su padre, Don Luis, porque gracias a él -se afirma- Enrique no fundió a la compañía.
Sin perder el humor, Pescarmona comenta que un directivo de empresas no sólo debe saber generar sus ventajas competitivas, sino que, también, debe tener suerte. Recordando el secuestro que sufrió hace unos años admite que “sólo por suerte no me dieron un tiro en la cabeza”.
Comenta que Napoleón Bonaparte no sólo le pedía a sus generales que dominaran el arte de la estrategia, sino que, fundamentalmente, tuvieran buena suerte. “Y a los afortunados los nombraba mariscales”, argumenta. En su oficina del 28o piso del edificio conocido como el rulero de la Avenida del Libertador, hizo enmarcar una tapa de Clarín de los días en que fue secuestrado, en la que se anuncia que “Pescarmona fue encontrado muerto en Brasil”.
DESDE ITALIA.
El camino recorrido por el grupo ha sido largo. Todo comenzó en 1907, cuando un italiano de 23 años, Enrique Epaminondas Pescarmona, llegó a Mendoza acompañando a una prima que se había casado por poder. Planeaba permanecer un par de meses en la ciudad, pero quedó atrapado por la calidez de la gente, la belleza de la geografía y las posibilidades de progreso que le ofrecían los estudios técnicos que había cursado en Turín. Instaló un taller de fundición y de metalurgia para construir repuestos de hierro fundido para la industria vitivinícola de la zona. Uno de sus primeros trabajos de envergadura fueron compuertas para el río Mendoza, en la década de 1920.
