lunes, 25 de mayo de 2026

    Ante las puertas del futuro (parte II)

    LO QUE VENDRA.

    Los charlatanes pueden, tal vez, conmover al mundo durante algunos días -como Jim Jones hace una década en Guyana- o inquietar durante algunas semanas a los políticos locales, pero su influjo sobre las decisiones de los gobernantes pesa tanto como una mariposa de verano. A lo que se presta, en cambio, una constante atención en los niveles más altos de los Estados Unidos y de la Comunidad Europea es a los análisis de tendencias y previsiones elaboradas por los pensadores del hemisferio norte.

    De la decenas de volúmenes sobre el Milenio, el Nuevo Orden Mundial y los mapas del siglo XXI que se publicaron en los últimos veinte meses, los cuatro mejores parecen ser Lignes d´horizon (“Líneas del Horizonte”, del francés Jacques Attali, publicado en español por Seix Barral bajo el título “Milenio”); The True and Only Heaven. Progress and Its Critics (“El verdadero y único paraíso. Estudio sobre el progreso y sus críticos”), de Christopher Lasch, profesor de historia de la Universidad de Rochester; The Good Society (“La buena sociedad”), de Robert N. Bellah, investigador de Ciencias Sociales en la Universidad de California (escrito en colaboración con cuatro de sus profesores auxiliares) y The End of Laissez-Faire (que, de acuerdo con el contexto, podría traducirse como “El fin de las concesiones”), de Robert Kuttner, uno de los redactores económicos principales de la revista The New Republic. La obra de Attali fue señalada como “libro de cabecera” por el ex presidente Giscard d´Estaing y por el presidente Franìois Miterrand; los tres restantes fueron seleccionados entre los mejores de 1991 en la exigente lista de The New York Times.

    No son los únicos que merecen atención, pero vale la pena comenzar por ellos.

    * Attali, de quien hace algunos años se conoció en Buenos Aires el excelente ensayo Historia del tiempo, es el más osado en sus reflexiones. Supone que ha llegado, de manera definitiva, el fin de las dictaduras. “Gracias a las imágenes televisadas que atraviesan los muros, y a los pueblos que se rebelan, un mismo sueño de democracia se extenderá por todo el planeta.” El imperio de las fuerzas también toca a su fin. Lo que se avecina es -dice Attali- “la Ley del Dinero”. El corazón de la economía mundial se situará en Europa, a condición de que los países occidentales se asocien a los del Este y sepan cómo hacerlo. “En caso contrario”, vaticina, “el poder será de Japón”.

    La decadencia de Estados Unidos se confirmará, según Attali, pero “que no haya confusión sobre lo que eso significaría. El papel norteamericano en la economía mundial será menor, sólo porque disminuirá considerablemente la ayuda de ese país a los territorios devastados por la guerra o por las malas administraciones. (…) Como hijo de Europa, Estados Unidos se mantendrá irreversiblemente unido al Atlántico Norte y al Mediterráneo, y cada vez más alejado del Pacífico”.

    Las estadísticas que Attali maneja son impresionantes: “La productividad de la industria norteamericana aumenta a un ritmo tres veces menor que el de la industria japonesa y dos veces menor que el de la europea. En los últimos quince años (el dato es de 1990), Estados Unidos ha retrocedido seis puntos en el mercado mundial, en tanto que Japón ha avanzado quince.”

    Para Attali, no hay dudas de que los países europeos que todavía se mantienen al margen de la Comunidad terminarán asociándose de una manera u otra. “La Europa continental”, pronostica, “inventará su unidad”.

    Uno de sus más inteligentes análisis observa el camino crítico de los microprocesadores, y de su evolución actual deduce que llegarán a convertirse en “casi prótesis, casi órganos que modificarán el tratamiento de las enfermedades y abrirán el camino hacia un fantástico progreso de los órganos artificiales”. La energía se alimentará, a corto plazo, de fuentes nucleares, solares o de hidrógeno, y la civilización del futuro será nómade: el hombre comerá moviéndose, para no perder tiempo; usará ropas cada vez más ligeras y prácticas, que no se deformarán con el uso; el teléfono y el fax serán cartas de memoria que alcanzarán a la persona donde quiera que vaya y harán innecesario el correo.

    El mundo próximo es inimaginable, según Attali, porque el que conocemos ha sido regido siempre por la Ley de la Fuerza. Con la Ley del Dinero, el horizonte es un enorme signo de interrogación.

    * El único y verdadero cielo, de Christopher Lasch, es el más erudito y reflexivo trabajo de todo este conjunto de grandes textos. La edición en inglés tiene 532 páginas de tipografía menuda, más 40 de notas. Como toda obra de historiador, examina el futuro a través de una crítica del pasado. El eje del libro es la idea del progreso. Según Lasch, una renovación de la práctica y del pensamiento democrático depende de la disposición que se tenga para reconocer que progreso y democracia son términos incompatibles.

    Cuando se estudia el progreso, se parte del prejuicio de que los deseos humanos son insaciables: el hombre busca algo nuevo cada vez que ya ha satisfecho sus antiguos apetitos. El constante perfeccionamiento del confort determina una expansión también indefinida de las fuerzas de producción. ¿Dónde está el conflicto, entonces? Lasch afirma que la democracia ha estado siempre tan identificada con la democratización del consumo que ha terminado eclipsando una segunda tradición insoslayable: la que asocia la vida en democracia con defensa de los valores. Lasch condena el moderno apetito por el lujo, por la frivolidad y por los bienes materiales. Desconfía de todas las mejoras que alimentan la avidez y la codicia.

    En el curso de la historia -sostiene- los defensores de una ética del trabajo han prevalecido siempre sobre los artífices de una sociedad de mero consumo. En apoyo de su tesis cita los movimientos de artesanos y granjeros en cuyo derredor surgieron pensadores de primer nivel, tanto en el siglo XIX como en el XX: Emerson y William James, Reinhold Niebuhr y Martin Luther King. La clave para entender el futuro -cree Lasch- es comprender la diferencia central que hay entre optimismo y esperanza.

    * En The Good Society confluyen, por azar, algunas de las tesis de Attali y otras de Lasch. Obra colectiva, en la que Robert N. Bellah logró que sus cuatro asistentes y él mismo trabajaran a diez manos, discutiendo cada línea, también está sostenida, como El único y verdadero cielo, por una poderosa intención moral.

    Una buena sociedad es, según los autores, “aquella en que la atención es más importante que la distracción”. Eso significa, por ejemplo, que los problemas de la familia y de los hijos están por encima de las gratificaciones personales, y los deberes cívicos por encima de la opulencia privada.

    Aunque el objetivo del libro es restaurar la fuerza original que hizo de Estados Unidos lo que fue hasta hace menos de una década -lo que significa un movimiento hacia el pasado- sus profecías son estimulantes.

    Bellah supone que la política de la confianza está sustituyendo poco a poco a la política del miedo, y que un nuevo movimiento social está en marcha para imponer el cambio. Las comunidades norteamericanas serán tolerantes con los “diferentes” que ahora inspiran tanto temor: las feministas, los homosexuales y hasta los mesiánicos de Crown Heights, en Brooklyn. La nueva democracia estará basada sobre una intensa, incesante participación, pero no podrá haber nueva democracia mientras el hombre no decida transformarse a sí mismo.

    * El fin de las concesiones es un título tomado de un ensayo que John Maynard Keynes escribió en 1926. Y, en verdad, la sombra de Keynes se alza sobre casi todas sus páginas. Como en toda obra de gran periodista, la información es aquí abrumadora y las conclusiones exhalan un aire seductor.

    Robert Kuttner examina los problemas que fue afrontando la economía mundial a partir de la guerra fría y de los acuerdos de Bretton Woods, así como el costo que ha significado para Estados Unidos mantener su papel hegemónico.

    Kuttner cuestiona el mito de la economía de mercado como una solución providencial; prevé -en lo que coincide con Attali- que el dólar dejará de ser la moneda de referencia, pero anticipa que compartirá esa posición con otras tres monedas (el yen, el marco, la libra). Eso beneficiará a Estados Unidos -afirma- porque liberará al dólar de su papel moderador en los procesos inflacionarios de otras partes del mundo y someterá a Estados Unidos a la misma disciplina fiscal de algunos países europeos (Alemania y Suecia, en especial).

    Una de las tesis más interesantes de Kuttner es su oposición firme al concepto de que el mundo se dividirá en tres grandes bloques comerciales que rivalizarían entre sí sangrientamente: Japón y su esfera de influencia en el Este de Asia; la Comunidad Económica Europea, que seguirá expandiéndose hacia las antiguas naciones del bloque comunista; y “Estados Unidos, en alianza con Canadá y México, secundados por la estela de naciones deudoras de Sudamérica”.

    Según Kuttner, no habrá competencia sino interpenetración: las leyes de los negocios así lo exigen.

    Como el volumen de las inversiones continuará intensificándose, como Estados Unidos y los países del Occidente europeo lanzarán nuevas joint ventures ansiosas por estimular a las demás economías; y como las multinacionales japonesas no dejarán de operar a ritmo sostenido, ¿por qué pensar que cada quien se preocupará por mantener sus esferas de influencia en vez de irradiarse indiscriminadamente hacia todas partes? “Las firmas del Tercer Mundo se descubrirán a sí mismas compitiendo con firmas japonesas o europeas”, escribe Kuttner, “y lo mismo sucederá con las empresas del antiguo bloque soviético. Habrá más joint ventures entre el Primer Mundo y sus socios del Tercer Mundo que entre las naciones industrializadas”.

    LOS MAPAS DEL MILENIO.

    Más allá de esos cuatro textos considerados básicos por los especialistas, las librerías están saturadas de ofertas milenaristas menos académicas pero nada desdeñables. La más fulgurante es la de Francis Fukuyama, cuya reciente obra The End of History and the Last Man (“El fin de la historia y el último hombre”) ha sido fustigada por toda la prensa seria de Estados Unidos. The New York Times, por ejemplo, lo liquidó con esta frase: “El fracaso del señor Fukuyama es más grave de lo que se piensa.

    Deriva de su manera equivocada de leer la historia”.

    Otros merecen más atención. Estrategias para el medio ambiente, escrito por Paul y Anne Ehrlich -ambos biólogos de la Universidad de Stanford- supone que la feroz destrucción de la agricultura sumirá en el hambre a “mil millones de seres humanos o más” durante las primeras décadas del próximo siglo. Y Crystal Globe (un juego de palabras que podría traducirse como “La bola de cristal”) formula vaticinios que están en las antípodas de los de Kuttner.

    Los autores de Crystal Globe son analistas políticos respetables: Marvin Cetron ha sido asesor de la OTAN para problemas de transferencia tecnológica; Owen Davis fue uno de los editores principales de la revista Omni. Ambos acumulan en sus obras un centenar de predicciones provocativas, entre las que merecen citarse tres: Israel cederá parte de los territorios que ahora ocupa y facilitará así una paz estable en Medio Oriente; Fidel Castro se convertirá a la causa capitalista; Japón perderá aceleradamente su actual hegemonía económica.

    En lo que concierne a la Argentina, a la que Crystal Globe dedica unas quince páginas (el libro tiene 410), los vaticinios son más cautos: “Menem y sus sucesores tendrán dificultad para convencer a los militares de que no se muevan de los cuarteles” (pág. 223). “La democracia argentina, como las de Perú, Brasil, Nicaragua, El Salvador, podría correr peligro” (pág. 224). “Las privatizaciones están yendo más allá de las necesidades económicas, obligando a los inversores potenciales a mantenerse con perfil bajo” (pág. 235).

    Las visiones que Julio Verne, H. G. Wells y Edward Bellamy elaboraron a fines del siglo XIX sobre la centuria siguiente podrán verse hoy como una caricatura pero, en lo principal, resultaron certeras.

    Todos los avances tecnológicos que previeron fueron sucediendo, e incluso algunas desviaciones inimaginables como el nazismo (avizorada por Verne en La espantosa aventura de la misión Barsac) aparecieron en el libro negro de la historia.

    Las profecías más serias sobre el siglo XXI son casi todas optimistas en lo económico: prevén un nuevo orden mundial basado en el entendimiento entre las naciones, la coparticipación en el progreso tecnológico -para facilitar la producción- y el aumento del intercambio. Con relación al medio ambiente y al cuidado de los valores éticos se muestran menos entusiastas: habrá devastación, hambre, basura imposible de reciclar. Nadie menciona ya las utopías que hace medio siglo desvelaban al hombre: ¿se llegará a Marte?; ¿se conocerá el origen del universo? A diferencia del Segundo Milenio, los problemas del cielo inquietan a muy pocos. Para la humanidad del Tercer Milenio, la religiosidad tiene que ver menos con Dios que con el ansia de paz. El futuro se juega ahora aquí, en la oscura tierra.

    NOVELAS DEL APOCALIPSIS.

    Cuanto más cercano está el fin del Milenio, más se pueblan las librerías norteamericanas de obras que aluden a la muerte de Dios, de la historia, de la familia y de artes como el cine y la novela. En Strand y en Barnes & Noble de Nueva York -las dos librerías más grandes del mundo, con 33 kilómetros de estantes en total-, conviven altas pirámides de best-sellers titulados To the End of the Time (“Hacia el fin del tiempo”) o End of Millennium (“Fin del Milenio”), que poco tienen que ver con lo que prometen: el primero narra un conflicto entre granjeros de Ohio; el otro es una versión para adolescentes del Apocalipsis.

    Entre las mareas de títulos oportunistas hay algunas novelas que merecen, sin embargo, la atención respetuosa del lector. La lista que sigue intenta sintetizar los argumentos y los méritos :

    * Galápagos, de Kurt Vonnegut. El fin del mundo llega a través de una combinación de catástrofes que incluyen hambre, otra guerra mundial y un virus que devora los fetos humanos en el momento mismo de la fecundación. Durante los siglos que siguen, la humanidad sobreviviente va mutando hacia especies con apariencia de pingüino, cerebro pequeño, aletas y picos. La novela es una fábula con moraleja que atribuye el Mal a las invenciones humanas y vislumbra un futuro primitivo pero sin terrores.

    * Riddley Walker, de Russell Hoban. En un paisaje devastado, invadido por residuos plásticos, entran en conflicto los instrumentos de destrucción creados por el hombre (armas atómicas, sobre todo) y las nobles cualidades de la civilización perdida: amor, belleza, solidaridad. La importancia de esta novela está menos en su argumento que en su lenguaje, una mezcla de slang norteamericano y del inglés de las clases medias londinenses, que acentúa los efectos de horror y pérdida de un mundo agonizante.

    * Fiskadoro, de Denis Johnson. La memoria histórica ha desaparecido. Nadie puede recordar qué significan letreros como “ascensor”, “fósforos”, “rueda” y la gente distingue con dificultad entre lo real y lo imaginado. Cientos de criaturas sordas y ciegas vagan de un lado a otro en busca de alguna casa, amenazadas de continuo por vagabundos que viven aguas afuera, a poca distancia de la costa.

    Quedan pocos restos del antiguo mundo: asientos de automóviles, fotocopiadoras rotas, lavaplatos desmontados.

    El lenguaje se ha reducido a una mezcla de pocos vocablos entre ingleses y españoles, y los mesías a los que se aguarda llevan nombres como Bob Marley, Cassius Clay, Sugar Ray. La novela evita toda caída en lo didáctico y está construida más bien como una alegoría. Alguna crítica respetable ha señalado que Fiskadoro bien podría haber sido escrita por William Blake o Herman Melville si hubieran vivido en estos tiempos.

    * Rising Sun (“Sol Naciente”), de Michael Crichton. Desde mediados de febrero está en el segundo o primer lugar en la lista de best-sellers de The New York Times. Obra maestra de la paranoia, narra una conspiración urdida por maléficos empresarios japoneses para apoderarse de Estados Unidos y ejercer allí una perpetua dominación política. El complot es desbaratado por un venerable detective, John Connor, a partir de la investigación de un crimen que parece trivial. Algunas reflexiones de Connor hacia la mitad de la novela definen su tono: “Los japoneses piensan que todo lo que no es japonés es bárbaro. Eso significa, literalmente, bárbaro. Horrendo, vulgar y estúpidamente bárbaro”.

    Y luego: “El pueblo japonés es el más racista de la tierra”.

    Crichton alega que su utopía no es xenófoba ni delirante. Simplemente se esfuerza por dar a los lectores de Occidente material -basado sobre una abundante bibliografía- para entender el creciente peso de Japón en las mudanzas del mundo: “Los japoneses son diferentes”, adujo en una entrevista.

    “Piensan diferente y actúan diferente. Y se mueven en el mundo partiendo de la premisa de que el resto de la sociedad humana no se parece en absoluto a la sociedad japonesa, pero debería parecerse. Si no entendemos esto, tendremos ocasiones de sobra para lamentarnos cuando llegue el próximo Milenio.”