Todos los viernes, a la caída de la tarde, miles de peregrinos ansiosos aguardan a que se abran las puertas de la sinagoga de Crown Heights, a pocos pasos de la avenida Kingston, en el corazón de Brooklyn. La devoción es tanta que, adentro, no hay espacio para que el aire se mueva entre los cuerpos, todos enlutados, con largas levitas, sombreros de fieltro -en verano o en invierno- y tirabuzones colgando lánguidamente de las sienes. Han venido de muy lejos -algunos desde Jerusalén, otros de Kiev, la mayoría desde los confines de Nueva York y de Nueva Jersey- para oír las oraciones de un anciano de 90 años, Menachem Schneerson, en quien ven al Mesías.
Schneerson se desplaza sobre las pesadas alfombras del templo con la vitalidad de un adolescente.
Reparte a diestra y siniestra billetes de un dólar -lo que no es una dádiva, sino la entrega de un símbolo- y cuando se aparta para rezar, con la cabeza y el cuello cubiertos por un taled, nadie osa respirar, nadie alza los ojos, ni aun los niños a quienes los padres han llevado en brazos. “No lo miren a la cara”, recomiendan los devotos. “Su mirada quema”. Es verdad: de sus ojos eléctricos y azules, agobiados por las arrugas, brotan ráfagas de llamas. “Nuestro tiempo ha llegado, nuestro tiempo ha llegado”, repite el rabino. “El tiempo de los justos ya está aquí”.
A la misma hora, todos los días, el canal de televisión WNYC-Church cede la palabra a un pastor de verbo apocalíptico que ordena cerrar las puertas de las casas y aguardar la ira de Dios. Después de que Francis Fukuyama vaticinó el fin de la historia, también sociólogos y economistas de alto nivel se consagran a reflexionar con seriedad en el mundo que se avecina. “Los proyectos del hombre tendrán un sentido religioso”, diagnostica el francés Jacques Attali, subrayando el adjetivo. “¿Será religioso con tolerancia o con exclusiones? ¿Lo será a través del fanatismo o de la compasión? Es la inmensa incertidumbre del mañana: ¿Palabra de Violencia o Buena Nueva de Paz?”
Aunque la razón se resista a la idea del Milenio como una era de cambios drásticos, a partir de los cuales la humanidad ya no será la misma, los intelectuales más rigurosos de este fin de siglo no resisten la tentación de prever lo que está más allá del año 2000, en ese agujero negro de la historia.
El concepto de Milenio difiere ahora del que se tenía a fines del siglo X, pero las características del milenarismo no han variado. La diferencia clave reside en que los temores teológicos de la Edad Media han sido sustituidos por los temores ecológicos de esta época. ¿Cuál era la obsesión del Segundo Milenio? Una palabra lo resume: Parusía, es decir, el regreso de Cristo a la tierra, esta vez al frente de las cortes celestiales para juzgar a los vivos y a los muertos.
El miedo o la esperanza de la Parusía desencadenó entre los siglos X y XII conversiones en masa, suicidios, flagelaciones y, sobre todo, una epidemia de falsos profetas. Abundaban los predicadores a la intemperie y los mesías sin público. La más fuerte utopía de aquellos tiempos era la Utopía de la Igualdad: ante la muerte y el castigo, todos los seres humanos tendrían la misma dignidad. Se suponía que las naciones paganas serían sometidas a tormentos atroces -plagas, hambre, guerras, cautiverio- y en cualquier gobernante odiado por el pueblo se veían los estigmas del Anticristo.
El único intento serio para desacreditar el milenarismo se debe a Orígenes -el notable teólogo de la cristiandad temprana- quien, anticipándose a los delirios de siete siglos después, explicó que el Apocalipsis no tendría lugar en el tiempo ni en el espacio, sino en el interior de las almas. Pero su prédica fue desoída.
Los hombres del siglo X imaginaban el Milenio como un paso hacia la salvación. Después del juicio de Dios sólo podía haber bienaventuranza. Con raras excepciones, los fines del siglo XX ven el Milenio con pesimismo: se han desatado fuerzas económicas, científicas y sociales que arrastran a la humanidad hacia la destrucción. Según ha explicado Norman Cohn en un ensayo clásico, En pos del Milenio, ese cambio tendrá los siguientes atributos: será colectivo, porque afectará a todos; terrenal, porque no sucederá fuera de este mundo; inminente, porque sobrevendrá muy pronto y de manera
repentina; total, porque transformará por completo la vida en el planeta; y milagroso, porque se realizará con ayuda de intervenciones sobrenaturales.
LOS NUEVOS PROFETAS.
Los milenaristas pertenecen a dos especies opuestas. Una es la de los charlatanes, de la cual forma parte una legión de predicadores radiales y televisivos. En los Estados Unidos y en Alemania, donde abundan, los charlatanes especulan con el temor a lo desconocido y con el fatalismo de los sectores menos ilustrados de la población. A esa raza perteneció el difunto José López Rega, aunque no se puede afirmar que la especie carezca de imitadores en la Argentina.
El terror que infunden los charlatanes se apoya en conspiraciones inventadas, al estilo de los Protocolos de los sabios de Sión, en profecías copiadas a Nostradamus y Paracelso o en amenazas que encuentran su inspiración directa en 1984, la fantasía de George Orwell.
El otro grupo de milenaristas son historiadores, teóricos de las ciencias políticas y de la economía, editores y empresarios de alto nivel que han elaborado durante años sus análisis sobre lo que sucederá con la energía, el medio ambiente, la economía mundial, las comunicaciones y el terrorismo, no durante los próximos siglos -porque los pronósticos a largo plazo son patrimonio de los charlatanes- sino, apenas, durante las dos o tres décadas que se avecinan. Mientras los profetas predicen el futuro, los académicos verifican las tendencias.
Un rápido resumen de los vaticinios que los charlatanes han puesto de moda tal vez alcance para reconocer las diferencias entre uno y otro campo intelectual.
* El pontífice de los charlatanes es Pat Robertson, quien se graduó en la Escuela de Leyes de la Universidad de Yale en 1955, poco antes de que lo hicieran, allí mismo, casi todos los aspirantes demócratas a la presidencia de Estados Unidos en 1992: Jerry Brown, Paul E. Tsongas y Bill Clinton.
Los dos últimos libros de Robertson han causado furor entre los yuppies desempleados, los políticos de menor rango en el Medio Oeste y los devotos de algunas iglesias del sur y el sudoeste de los Estados Unidos. Una de esas obras se llama El Nuevo Milenio; la otra, El Nuevo Orden Mundial. La primera vaticina que Saddam Hussein, alzándose de sus cenizas, desatará contra Israel las máquinas de guerra preparadas en secreto. Entretejiendo las profecías del Apocalipsis con las de Nostradamus, prevé cataclismos en masa por la desaparición de la capa de ozono y mutaciones genéticas en Los Angeles, México, Santiago de Chile y Tokio, debidas a la polución y a las lluvias ácidas.
*El más imaginativo de todos se llama Eustace Mullins, cuyas prédicas son un asombroso tejido de teorías conspirativas. En su libro El Orden Mundial: Estudio sobre la Hegemonía del Parasitismo, Mullins supone que todo lo que pasa en el planeta está determinado por una Nobleza Negra cuyos planes se trazaron por primera vez en el Congreso de Viena en 1815. El juego es tan vasto, que George Bush sólo podría aspirar a ser un mero peón. Quienes mueven las piezas son los Rothschild, los Rockefeller, la familia real británica, los Morgan y el Gran Rabino de Jerusalén.
Las mejores -y más reaccionarias- profecías de Mullins derivan de las ideas de Ezra Pound sobre la usura. Antiguo residente de Staunton, Virginia, el vidente visitaba con asiduidad a Pound en el asilo de St. Elizabeth. Allí abrevó los malos pensamientos del poeta, pero no su genio.
* El más extravagante es el doctor Bob Hieronimus, animador de un popular programa de radio en Baltimore. Hieronimus obtuvo su doctorado en Teología con una tesis sobre el reverso del escudo norteamericano. En el anverso se ve un águila con las alas extendidas, cuyas patas aferran una rama de olivo y un carcaj de flechas y de cuyo pico fluye una cinta con la leyenda “E pluribus unum”.
Hieronimus descubre en el reverso una pirámide con un ojo en el centro. A partir de ese dato, imagina un combate entre los defensores del Novus Ordo Seclorum (sic) contra los Bushoides.
Aquellos tratan de mantener vivo el mandato de los fundadores de la nación norteamericana, así como los valores que los inspiraron a fines del siglo XVIII; los Bushoides, en cambio, aspiran a formar un gobierno mundial único que esclavizaría a los pueblos situados fuera de la llamada “franja blanca”
de América del Norte (el centro de Estados Unidos, Utah y Colorado hasta Montana, Minnesota y Wisconsin, más el sur de Canadá).
Todos esos delirios, que pueden leerse como un entretenimiento dominical, no deben sin embargo tomarse a la ligera. Robertson tiene más de un millón de seguidores tenaces; Mullins vende tres mil ejemplares de sus libros por semana; el doctor Hieronimus convoca una audiencia de cien mil personas.
