Es necesario superar el tedioso tráfago de incidentes domésticos, chismes parroquiales y la moral de los pequeños tramposos, para levantar la vista y ejercitar el esfuerzo en causas de más aliento. Si como decía el poeta, “el hombre es del tamaño de sus sueños y de sus ilusiones”, hay todavía un enorme espacio vacante esperando a la grandeza.
Hubo un momento, no muy lejano, en que los argentinos estaban dispuestos a sacrificar todo lo que fuera preciso para consolidar la recién restaurada democracia. Pero luego, con razón o sin ella, se la pensó bien afirmada y el humor varió. El clamor pasó a ser la estabilidad, y fue mérito de este gobierno encontrar el cauce para dar satisfacción a ese requerimiento. Ahora, se comienza a creer que la estabilidad -otra vez, con fundamento o sin él- ya está ganada y que es tiempo de abordar el crecimiento. Estamos a punto de presenciar el momento de inflexión en la opinión pública cuando la aspiración se convierte en demanda imperativa.
Lo que se espera de un dirigente -también si es empresario- es que tenga capacidad para diseñar el futuro, alzar la vista sobre el horizonte, y anticipar el escenario. Para ello es preciso liberarse de la tiranía de las encuestas -aunque se esté atento a lo que ellas reflejan-, remar contra la corriente cuando es imprescindible, y persuadir a los actores sociales de lo acertado de las propias propuestas.
El tamaño de la brecha a cubrir es perceptible cuando se advierte que, para muchos empresarios, tener éxito significa haber sobrevivido; lo que sin duda tiene mérito en función del pasado, pero no es garantía hacia el futuro. Los principales protagonistas de la economía nacional, aquellos que se pueden poner como modelos, están concentrados en crecer en el mercado interno, asegurar su presencia en las privatizaciones, prosperar en el campo de los servicios públicos tarifados.
Si hay quienes, en este contexto, indagan sobre las perspectivas de crecimiento de las exportaciones, sobre cuáles mercados externos pueden comprar nuestra producción, y qué productos argentinos tendrán acceso a ellos, deben estar muy silenciosos porque no se los oye.
Nos entusiasmamos con los ejemplos que brinda Michael Porter sobre la competitividad de algunas naciones, pero somos incapaces de aplicar reflexión y esfuerzo a explorar sistemáticamente nuestras propias posibilidades. Devoramos toda nueva teoría sobre marketing, pero -usando la jerga- no somos capaces de imaginar el “posicionamiento” de la Argentina en el mercado mundial.
El ruido debe cesar (o bajar los decibeles), para que haya tiempo y actitud para abordar los temas centrales, con profundidad y método.
Hay que competir: por porciones del mercado, por niveles de eficiencia y rentabilidad, pero también por una estimulante visión del futuro que dé sentido al esfuerzo cotidiano y trascendencia a la tarea que toque realizar.
Cuando la “sabiduría convencional” se empeña en demostrar la hegemonía imperial del pragmatismo, es el momento de abrazar el idealismo.
EL ESTADO “CATALITICO”.
La característica más notable del Estado avanzado es que persigue sus objetivos, no tanto en función de sus propios recursos y poderío fáctico, sino por su actuación como elemento dominante en una coalición con otros estados, instituciones multinacionales, e incluso grupos privados, pero sin perder su identidad ni sus propias metas. La presencia de este Estado es fundamental para dotar a una alianza de este tipo de una determinada dirección estratégica, al mismo tiempo que permanece independiente de los otros integrantes de la coalición.
El ejemplo más evidente es Estados Unidos en la guerra del Golfo, donde consiguió el concurso político y militar de numerosos países, el apoyo financiero de Japón y Alemania, la aquiescencia de las Naciones Unidas, y el respaldo de la opinión pública interna.
Un Estado que actúa conforme a estos moldes es un Estado “catalítico”, según la definición acuñada por Michael Lind, editor ejecutivo de The National Interest. La catálisis -según el diccionario- es un proceso de transformación química motivada por cuerpos que, al finalizar la reacción, aparecen inalterados. Los dos elementos esenciales son: el proceso de transformación y, cuando éste está terminado, la inalterabilidad de los elementos originales.
¿Cuál es el denominador común, el punto de contacto, entre procesos tan diversos como la desintegración del imperio soviético, la integración europea, la especial relación entre el Estado japonés y la empresa privada de ese país, o los esfuerzos estadounidenses por lograr que otros países paguen por su pretensión de ser gendarmes del mundo? Para Lind, la respuesta es: el Estado catalítico.
No hay cambios en los objetivos del Estado. Son los mismos de siempre: legitimidad, prosperidad y seguridad. Lo que ha variado es el modo sutil y los nuevos medios que usa el Estado para conseguir sus metas. Ya no se usan los cañones: se prefiere una palanca.
Puesto que la tendencia mundial favorece el desarrollo de instituciones fuertes y estados con menor esfera de influencia, la situación favorece a los estados capaces de armar coaliciones, alianzas y entendimientos por sobre los rivales que recurran exclusivamente a los métodos tradicionales.
LA CAIDA DE LOS IDOLOS.
Dieron colorido a toda una década y representaron la cultura del “éxito”. Un atributo colocado en la cumbre de la escala de valores dominante. Las historias de sus orígenes inciertos, de sus audacias asombrosas y de sus ganancias fabulosas cautivaron a grandes audiencias. Hasta que el mito demostró tener los pies de barro; y se derrumbó estrepitosamente.
Primero fue Michael Milken, el inventor de los junk bonds, ignominiosamente paseado por los estrados judiciales y finalmente condenado a prisión. Luego fue el turno de Donald Trump, aquel del best seller que encendió la imaginación de aspirantes a empresarios-conquistadores, mendigando para que los bancos no lo privaran -junto con el control de sus empresas- de su fastuoso ritmo de vida.
El legendario Lee Iaccoca, una figura que había trascendido el ámbito de los negocios para convertirse en un estratega de los intereses nacionales estadounidenses, demostró la fragilidad de las imágenes creadas en la “década de los excesos”, cuando se hizo evidente que Chrysler retornaba al conocido camino de las pérdidas sistemáticas.
Incluso Leona Helmsley, la reina de la hotelería norteamericana, y tan conocida por protagonizar -además de sórdidas historias- la publicidad de su empresa, ingresó en prisión hace dos meses por evadir el pago de impuestos. Robert Maxwell, oscuramente desaparecido en las aguas del Atlántico; Alan Bond, declarado insolvente en Australia; Charles Keating -el mago de los saving loans-, también encarcelado; Carlo Di Benedetti, luchando judicialmente contra una condena por el caso del Banco Ambrosiano, son todas evidencias de los cambios súbitos de fortuna.
La obsesiva fascinación de los ´80 con cierta idea del éxito está dejando paso a una nueva visión, donde la ética, la responsabilidad social de los empresarios y un bagaje conceptual son los nuevos méritos que se valoran.
En el mundo industrializado están de vuelta. Los atributos que tipifican el “éxito” están en franca revisión. Como ocurre usualmente, la oleada revisionista llega un poco más tarde a estas latitudes. Los que apostaron a la receta del “éxito” se quedarán desnudos. O tendrán que cambiar de caballo a mitad del río.
¿INFORMACION ES PODER?.
De tanto uso, se ha convertido en una muletilla. La expresión “información es poder”, con todo lo que encierra de verdad, se ha trivializado por un uso abusivo. Como aquel periodista que decía: “No me confundan con más información”, los lectores argentinos se ven inundados por un alud de noticias, donde predominan versiones, chismes, rumores y datos fuera de contexto. Tan grave como la falta total de información -que por lo menos tiene el mérito de inducir a pensar- es la saturación informativa. Aquí también, la calidad importa más que la cantidad.
En el área de la economía y los negocios, por donde transita MERCADO desde hace 23 años, lo que realmente importa es “inteligencia” política y económica, antes que anécdotas o comentarios superficiales. En un campo informativo tan sensitivo, el lector debe tomar decisiones: actuar en consecuencia, ignorar los hechos irrelevantes, atender a opiniones ponderadas y, sobre todo, conformar sus propias ideas.
Hay una cierta moda periodística que propugna que la lectura de una revista no insumo más de veinte minutos, y que hace un mérito de la rígida receta que prohibe dedicar a un tema más de 30 líneas. Sin abrir juicio sobre las bondades de tal tendencia, es evidente que la fórmula resulta ideal para exploradores de superficie. Quien necesite profundidad no puede aceptar, excepto como un ultraje a su inteligencia, que un tema -por ejemplo- tan vital como el debate sobre política industrial se despache en media página.
Consciente de estas necesidades, MERCADO evita cuidadosamente la duplicación de información que sobreabunda en los diarios -el lugar adecuado para encontrarla- e incluso en la mayoría de las revistas.
Para ser más concretos: lo que usualmente se publica en los periódicos no es materia que interese a MERCADO, a menos que se trate de un asunto vital que, a nuestro juicio, no ha merecido el análisis en profundidad que el tema demandaba. Dos ejemplos ilustran este criterio.
El primero: durante todo mayo abundaron noticias sobre un sonado caso de censura y sobre escándalos, casos de corrupción, y presuntas irregularidades cometidas por funcionarios públicos.
Nada de eso encontrará el lector en esta edición, por dos razones. Una, porque es el tipo de noticias que recibió diariamente a través de la prensa escrita y las pantallas de televisión. La otra, porque creemos que lo realmente importante, además de los hechos centrales, son las tendencias que surgen, las reflexiones que motivan estos hechos y las consecuencias que pueden tener en el futuro.
El segundo ejemplo: las privatizaciones en el sector eléctrico dieron lugar a numerosas informaciones sobre la licitación de centrales, los oferentes, los que se presentaron y los que se retiraron, etc. Tampoco hay vestigios de este acontecer en la presente edición. En cambio sí hay un análisis sobre el futuro de las tarifas eléctricas -ver Claves- del mismo modo que en noviembre pasado nos ocupamos de las dificultades que habría en el suministro energético en 1992, predicción que lamentablemente los hechos han confirmado.
Esta estrategia informativa -este “posicionamiento”, diría la gente de marketing- a veces sorprende a los lectores accidentales. En lugar de ocuparnos de la guerra civil en Yugoslavia, preferimos indagar en lo que ocurrirá durante el próximo noviembre en China, cuando se reúna el Congreso del Partido Comunista. En vez de analizar si Boris Yeltsin sobrevive, explicamos por qué no habrá nunca en Rusia un capitalismo similar al de Estados Unidos. Antes que examinar la inflación del mes pasado, preferimos reflexionar sobre lo que puede pasar con la tasa de cambio y otras incógnitas de la economía local hacia fin de año.
El prisma de MERCADO se ocupa de detectar y anticipar tendencias en todos los órdenes. La sección Megatendencias registra los hechos relevantes que ocurren en la economía global y que, por acción u omisión, nos afectarán en el futuro previsible. En Por Venir se observa el rumbo de los negocios mundiales, de los cuales hay que sacar conclusiones, aprovechar experiencias o tomar decisiones antes que la competencia. Claves registra lo que será noticia en los diarios dentro de varias semanas, en el plano de la macroeconomía nacional; lo mismo que Anticipos e Innovaciones, en el ámbito de las estrategias de negocios dentro del país.
Además, esta revista dedica espacio al servicio al lector. En Ranking hay siempre información vital sobre las empresas líderes en cada sector de la economía, y en Encuesta hay datos relevantes sobre cómo se ve a sí mismo el empresario, y cómo lo percibe la sociedad en la que está inserto.
Conclusión: MERCADO no se puede leer en veinte minutos. Afortunadamente, su frecuencia es mensual. Más aún, es una revista de colección y consulta permanente.
