¿O acaso es grande? Cada vez más el mundo se parece a la Argentina: es impredecible e insólito. A quienes tratamos de seguir de cerca el panorama internacional nos cuesta estar al día. Cuando se anuncia la independencia de Ucrania surge el problema: ¿qué va a pasar con Crimea y su célebreSebastopol? ¿Se queda con Ucrania o se suma a Rusia? En cualquier caso, como decía un avezado diplomático de Moscú, lo único que queremos es que el problema no se resuelva al estilo yugoslavo (es decir, a tiros).La gran pregunta, la pregunta del millón de dólares es cuál será la forma del mundo al inicio del Tercer Milenio. O sea la “forma” política (los griegos diferenciaban entre la morphós y la eidos). La física fue resuelta también por los griegos (cuándo no), y desde mucho antes de Cristo -a pesar de lo que nos hayan enseñado en la primaria- se supo que la Tierra tenía forma esférica. O casi esférica. O, como salomónicamente dijo algún científico humorista, forma de geoide, que es tanto como decir que la Tierra tiene la forma de la Tierra.Pero en fin, tratemos de ser serios, la pregunta se refiere a la forma política de este globo, cuando está a punto de terminar el siglo XX e ingresamos, al mismo tiempo, abruptamente en el tercer milenio A.D. Y aquí empiezan los problemas con una notable contradicción: nunca antes fueron tan evidentes y tan visibles dos fenómenos: a) la conformación de grandes bloques político-económicos;b) la afirmación de los localismos y regionalismos muchas veces limitados a territorios exiguos (uno no puede con el genio y siente la tentación de poner, en lugar de “exiguos”, “ridículos”).Esto es así, nos guste o no y, dentro de lo poco que nos es dado predecir en el actual contexto turbulento del mundo, una cosa parece segura: vamos a llegar al siglo XXI conviviendo con esta contradicción entre grandes bloques y pequeños (pero no por eso menos poderosos) nacionalismos.La pregunta es si esto es tan grave como parece. Alguna vez, desde esta misma columna, dije que el hombre contemporáneo (el “hombre proteico”, al decir de Robert Jay Lifton) debería aceptar su condición polivalente, debería aprender a convivir con sus contradicciones. ¿Son tan terribles las contradicciones, o hay que aceptarlas como parte natural de la vida? Porque en este último caso se trataría, por llamarlo de alguna manera, de una suerte de “dialéctica interactiva” y enriquecedora: de un lado los grandes espacios (Estados Unidos, Canadá y México, reunidos en un acuerdo de libre comercio, la Comunidad Europea ampliada, Japón, los Tigres del Pacífico, etc.); del otro losregionalismos, los localismos, conviviendo con esos grandes ámbitos (los vascos, los eslovacos, los moldavos, los canadienses anglófonos y francófonos, la multicolor paleta de América latina), afirmando sus identidades, sus rasgos culturales, sus lenguas, de manera no excluyente con el otro fenómeno. ¿Por qué una cosa habría de excluir a la otra? Es exactamente al revés: una cosa enriquece y completa a la otra.Los grandes espacios tienen su razón de ser: responden a la necesidad de orientar las corrientes del comercio internacional y los movimientos de capitales; los pequeños regionalismos, las pequeñas jurisdicciones, son la única chance de administrar los problemas “a escala humana”, ejercitando unaverdadera y no sólo proclamada democracia participativa. Ambos espacios son necesarios, es bueno que lo entendamos y que aprendamos a convivir con nuestras (aparentes) contradicciones. No comprender esto puede llevarnos, como decía el diplomático de Moscú, a enfrentar la dramática realidad de los tiros, que nunca solucionan nada en forma auténtica.
