Mientras el gobernador saliente de Mendoza, José Octavio Bordón, pronunciaba el discurso de bienvenida al Primer Encuentro Subregional del Programa Bolívar, un sordo rumor que dejó temblando vasos y banderas anunció la inconfudible irrupción de un temblor.
Con este inquietante signo se inauguró el cónclave realizado en la “tierra del sol y del buen vino” como anticipo del que convocó para marzo, en Caracas, el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, autor de la iniciativa para vincular el desarrollo tecnológico de la región.
El plan Bolívar pretende ser un émulo del Eureka europeo. Un sello tecnológico para la región. Una red para integrar a los países de América latina dentro de un molde estratégico común. El secretario ejecutivo de este foro, Hugo Varsky, lo definió como “un mecanismo regional, que en cada lugar adquiere sus formas propias”. La integración con otras subregiones -explicó- se hará a través de
proyectos puntuales, en los cuales empresas del Mercosur podrán asociarse con otras de Venezuela.
“El paraguas es regional, pero en las subregiones adopta características propias”, señaló.
Varsky recordó que “en la cumbre de Acapulco de 1987 se había proyectado crear una comisión de ciencia y tecnología en el marco del Grupo de los Ocho”. Esa comisión funcionó durante dos años y terminó disolviéndose, agobiada por la amplitud de temas que se presentaron. Se gestó entonces la idea de abordar metodología para conocer sistemas que funcionen en el mundo, a fin de aplicarlos en América latina. “Se consultó a Eureka para que mostraran cómo habían trabajado y se vio que ese mecanismo se podía adoptar aquí, aunque con diferentes contenidos”, señaló Varsky.
El embajador Federico Mirré fue el encargado de trasladar a Mendoza la sede subregional del plan Bolívar. Contó para ello con la “línea” de la Cancillería, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y de un dirigente empresario paulista cuya industria de autopartes abreva en fuentes de la ciencia y técnica: José Mindlin.
Hasta ahora, el plan Bolívar únicamente salió de los papeles al otro lado del Ecuador. Varsky contabiliza proyectos interesantes de biotecnología en Costa Rica, Venezuela y México. Argentina y Venezuela incursionaron juntos en el campo médico. Sin embargo, la carencia de un marco político y jurídico como el de la Comunidad Europea relega al plan Bolívar frente a su inspirador, el Eureka.
CAPITULO MENDOZA.
Antes de despedirse como mandatario, Bordón quiso ubicar a su provincia como “cabecera” de la avanzada continental. Habló de “armonizar las políticas educativas con el desarrollo tecnológico, en particular ligando la educación con oportunidades prácticas en la producción y la innovación”, frente a una heterogénea tribuna constituida por funcionarios intermedios de la diplomacia, de los otros países latinoamericanos, de empresas inscriptas en la corriente de la integración, del BID y de algunos bancos oficiales.
Recordó la experiencia realizada por su gobierno con microemprendimientos para jóvenes y el protagonismo de las pequeñas y medianas empresas, a la vez que anunció que su sucesor, Rodolfo Gabrielli, creará el Ministerio de Cultura, Ciencia y Técnica y la Dirección de Enseñanza.
Destacó que los dirigentes de hoy no podrían ser los dirigentes de mañana y que Mendoza destinaría recursos comunales que antes se afectaban a semáforos y señalización de las calles para promover tareas de investigación.
El proceso previsto es, en esencia, bastante sencillo: las empresas desarrollan su proyecto, se dirigen a las “antenas” u oficinas donde funcionan los bancos de datos para buscar un socio en el país con el que quiere trabajar y se establece el contacto. Si pasa las especificaciones de calidad y mercado
fijadas por el BID, recibe el sello del plan Bolívar que lo habilita para su apoyo financiero, ya sea de esta institución (aunque todavía no cuente con una línea específica, según reconoció el funcionario asignado a la iniciativa, Leo Harari) o de alguna otra.
El único hombre de negocios de la subregión que participa en el plan Eureka asistió en representación de la Unión Industrial Argentina. Se llama Jorge Mazza. Advirtió que la tecnología era un billete de lotería con premio asegurado, con la particularidad de que una mitad la tienen los científicos y la otra los empresarios.
LOS ENLACES DEL BID.
La línea gerencial del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) promueve el plan Bolívar, aunque no consiguió aún asignarle fondos específicos. Rescató una iniciativa elaborada junto con la UNESCO llamada de “Entidades Latinoamericanas Científicas y Empresariales” (ENLACE) y la hizo confluir con
un programa anunciado por el presidente venezolano en octubre de 1990, similar al Eureka aplicado en Europa.
Leo Harari es el responsable de la institución financiera afectado al plan Bolívar. “Se está estudiando el monto de los recursos no reembolsables que van a permitir organizar la red de datos, las oficinas, las antenas y a apoyar a los secretariados regionales en lo que necesiten y a cada uno de los países
interesados”, explicó.
Los proyectos que van a buscar financiamiento serán, a su entender, factibles para la banca comercial, porque se forman a partir de haber encontrado un nicho en el mercado real para un nuevo producto, servicio o procedimiento tecnológico.
Acerca de la posibilidad de que el BID participe directamente en la asignación de créditos, señaló que “tiene nueve préstamos listos para ser ejecutados en nueve países diferentes, que van de US$ 25 a 100 millones. El cuadro jurídico de esos préstamos, si los países los piden, es renegociable. Entonces, ese dinero puede servir para financiar proyectos de renovación tecnológica, como hace con Brasil, Chile o Uruguay, donde los organismos que administran los fondos son de acceso directo”.
Hasta ahora, el BID les venía prestando a los países y éstos hacían lo que podían dentro del marco jurídico: una parte se usa para infraestructura, la otra para laboratorio, calidad, recursos, y otra para fomentar proyectos empresariales con incorporación de tecnología. La calidad de esos proyectos la
deciden las agencias ejecutoras nacionales. En Venezuela y Uruguay, el Conicit; en la Argentina, el Banco Nación.
Harari afirma que en América latina los pilares de esta corriente son las cámaras de pequeños y medianos empresarios, que cambian según el tamaño del país y necesitan asociarse a otros países y diversificar su producción para crecer y ampliar el mercado. El empresario mediano crece o retrocede, y será, en consecuencia, quien impondrá las reglas de juego. Las multinacionales ya tienen sus propias fuentes de financiación y desarrollo.
La red que permitirá hallar el socio en el país elegido se financia durante 30 meses a través de una cooperación técnica regional no reembolsable que los países solicitaron al BID. El funcionamiento, la contratación del personal, el acceso a material técnico, las informaciones y los viáticos constituyen las principales tareas.
LA EXPERIENCIA BRASILEÑA.
Una mueca de incredulidad asomó en la expresión del director de la Federación Industrial Empresaria de San Pablo (FIESP) y coordinador de la comisión nacional de Brasil para el plan Bolívar, José Mindlin, cuando le alcanzaron un recorte de un diario uruguayo en el que se afirmaba que Brasil aplicaría el plan de convertibilidad vigente en la Argentina. “Es imposible porque nuestra economía no está tan dolarizada como la de ustedes y las reservas en divisas son muy inferiores a la circulación interna de moneda”, argumentó.
Siempre sonriente y en tono conciliador, Midlin se encargó de dejar en claro que en su país los empresarios no aceptaban la mezcla de políticas de estabilización con una apertura importadora que desmebrara la industria, y que si bien consideraban indispensable la inserción competitiva en los mercados, seguirán manejando los tiempos para no sufrir daños estructurales.
De todos modos, consideró ineludible la integración con la Argentina dentro de la constitución de bloques regionales que se concreta en el mundo. Habló de una necesidad, tan fuerte como la hubo cuando en 1980 los dos grandes países sudamericanos debieron acordar políticas nucleares comunes, pese a las presiones internacionales.
Mindlin atribuyó a las urgencias el sesgo exportador de la economía brasileña. La industrialización encarada en los años ´50 coincidió con la aplicada en la Argentina en cuanto a que se basó en la sustitución de importaciones, pero como estuvo motivada por la escasez de divisas se apoyó en contratos de asistencia técnica que pagaba con royalties. En la década del ´60 este desarrollo se volcó al mercado interno, pero de inmediato se lanzó a competir en el exterior con los propios prestadores de tecnología.
La recesión mundial tras la crisis petrolera del ´70 le bloqueó a la industria brasileña información tecnológica obligándola a capacitarse en el campo de la investigación.
“En nuestra empresa, cuando tuvimos dificultades para obtener asistencia técnica, instalamos un centro propio. Hoy exportamos productos y tecnología”, afirmó.
El empresario paulista se mostró confiado en que Brasil saldrá airoso de la difícil circunstancia que atraviesa. “En mi empresa se hizo un esfuerzo de años para convencer a los fabricantes norteamericanos de motores de que teníamos la capacidad para hacer productos de buena calidad.
Cuando instalamos el centro de investigación, salimos de la costumbre de producir únicamente con las indicaciones de dibujos de clientes y nos dedicamos a hacer el proyecto”, recordó. “Ahora, los fabricantes de motores diesel, especialmente, nos preguntan cuáles son las piezas que haremos
dentro de dos años para concebir en consecuencia un motor con determinadas características”.
Mindlin exhorta a un esfuerzo para aproximar a las universidades, las empresas y los institutos de investigación. “La solución para nuestros países es la formación de ese trípode. Muchas empresas, al igual que la nuestra, instalaron centros de investigación. Tenemos más de 200 personas trabajando e
invertimos casi 3% de las ventas. Se especializan en productos, en materiales y en procesos, tanto en proyectos concretos cuanto de futuro”.
En Estados Unidos existe un puesto avanzado del centro tecnológico de la empresa de Midlin que tiene contactos diarios con fabricantes, universidades y organismos de investigación. “Desarrollamos un producto especial, para motores diésel pesados, con tecnología brasileña. Fabricamos pistones y
cojinetes en Indiana. Esta presencia apoya nuestras exportaciones, que en 60 a 70% van al mercado norteamericano”.
Mientras estudia su incorporación en el plan Bolívar, la compañía que preside interviene en programas conjuntos de calidad, productividad y competitividad dentro de Brasil, donde se constituyeron centros de empresarios que participan con el gobierno para que aumenten esos tres elementos sin permitir la interferencia de los planes de ajuste. “Somos hijos de la necesidad, nunca
del rigor”, advirtió.
