Las perspectivas que inaugurará la creación de un nuevo bloque económico regional, con un producto bruto combinado de casi US$ 6 billones y un mercado de 362 millones de consumidores, han sido escasamente analizadas hasta ahora.
Esas serán, sin embargo, las dimensiones de la comunidad norteamericana cuando México se integre al acuerdo de libre comercio que ya rige para Estados Unidos y Canadá.
No se trata, por otra parte, de una posibilidad remota.
En mayo, el presidente George Bush recibió la autorización parlamentaria para avanzar en la negociación del tratado con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. antes de que transcurran dos años, la Casa Blanca deberá presentar la versión final del proyecto para la aprobación del Congreso.
La trascendencia económica y política del plan es imponente y tangible a ambos lados del río Grande. Para Estados Unidos, el éxito de la integración norteamericana tendría el inapreciable valor de consolidar la liberación económica y la estabilidad política en el populoso y a menudo díscolo vecino del Sur. En un vuelco histórico, México podría convertirse en el mejor abogado de Washington frente al resto de América latina.
Pero, fundamentalmente, Estados Unidos conseguiría trasladar así su liderazgo militar, recientemente ratificado en la Guerra del Golfo, al plano económico, colocándose al frente del mayor mercado libre del mundo.
Para el mexicano Salinas, el acuerdo ofrece la oportunidad de atraer hacia su país buena parte del flujo de capitales y tecnología que hasta ahora están absorbiendo Asia y Europa oriental. Cumpliría así el mandatario la última y más brillante etapa del drástico plan de reformas económicas que puso en marcha al comienzo de su gestión y lograría, probablemente, disipar las amenazas de supervivencia en el poder que se ciernen sobre el partido
gobernante.
CONVIDADOS DE PIEDRA.
Pero el panorama no parece tan rosado a los ojos de los restantes miembros del continente. Los países latinoamericanos, en particular Argentina y Brasil, tienen sobradas razones para temer que el acuerdo con México afecte sus exportaciones a Estados Unidos.
Los canadienses, por su parte, no ven con simpatía la incorporación de un nuevo socio al acuerdo de libre comercio que firmaron Ottawa y Washington el 1° de enero de 1989.
Según los opositores del atribulado gobierno de Brian Mulroney, el convenio con Estados Unidos ha acentuado la recesión y el desempleo en Canadá y habría ocasionado ya la pérdida de 250.000 puestos de trabajo.
La verdadera clave de toda la cuestión se encuentra en el bajo costo de la mano de obra mexicana: un promedio de US$ 4,50 por jornada laboral, siete veces inferior a los índices registrados en Estados Unidos y Canadá, y equivalente a alrededor de la mitad de lo que cobran los trabajadores en Taiwán, Corea del sur y Singapur.
Estos costos se ofrecen, además, en un país con 86 millones de habitantes, que cada año incorpora un millón de nuevos trabajadores al mercado laboral.
Estados Unidos podría superar así, en este terreno, las ventajas que ya disfrutan los países industrializados asiáticos y que comienzan a aprovechar los miembros de la Comunidad Europea tras la caída del muro de Berlín.
El esquema ideal del nuevo bloque, desde el punto de vista de Estados Unidos, consistiría en utilizar la base industrial canadiense para los productos de alta tecnología y recurrir a México en los casos de artículos de mano de obra intensiva y bajo precio.
“MEXIFOBIA”.
Sin embargo, las promesas del libre comercio no parecen suficientes para disipar las aprensiones de muchos estadounidenses, cuya oposición a la iniciativa ya fue bautizada como “mexifobia”. Estos son los principales
argumentos que exhiben los afectados por el nuevo síndrome:
* Cientos de miles de trabajadores y agricultores estadounidenses verán amenazada su fuente de ingresos, incapaces de competir con los bajos costos y salarios de México.
* la apertura favorecerá el ingreso masivo de drogas a Estados Unidos.
* La escasez de controles en México alentará el establecimiento de plantas industriales contaminantes, lo que podría conducir a un verdadero desastre ecológico.
* El acuerdo de libre comercio no detendrá la ola de inmigrantes ilegales. El crecimiento demográfico y la profundidad de los problemas sociales en México exceden largamente las posibilidades ofrecidas por la creación de nuevos puestos de trabajo.
COMO ESPAÑA Y PORTUGAL.
Entre quienes procuran refutar las críticas se destaca el conocido economista Rudiger Dornbusch, quien asegura que la experiencia de la Comunidad Europea demuestra que los temores son infundados.
España y Portugal, argumenta Dornbusch, se beneficiaron con el ingreso a la CE. Pero la ventaja de sus bajos costos de mano de obra no fue ni remotamente para poner en peligro el liderazgo alemán.
El profesor del Massachusetts Institute of Technology agrega que la recuperación económica de México promovida por el libre comercio deparará a su vecino del Norte más beneficios que inconvenientes. La reactivación mexicana de los últimos cinco años, explica, hizo crecer el intercambio y contribuyó a crear 150.000 nuevos empleos en Estados Unidos.
Otros analistas sostienen que el acuerdo no representará, a corto plazo, un cambio revolucionario con respecto a la situación actual. Desde que México se incorporó al GATT, en 1986, redujo significativamente sus barreras arancelarias, hasta alcanzar un promedio de 12,5% (con un nivel máximo de 20% en algunos renglones). Por otro lado, casi 45% de los productos mexicanos ya ingresan a Estados Unidos libres de impuestos.
Además, en los últimos cuatro años se triplicó el intercambio entre ambos países, que se acerca a los US$ 60.000 millones. México es el tercer socio comercial de Estados Unidos, superado sólo por Canadá y Japón. Estados Unidos absorbe 70% de las exportaciones mexicanas y aporte 60% de las inversiones extranjeras. México, por su parte, es un cliente de la misma talla de Japón para los productos estadounidenses.
Los propios funcionarios del Departamento de Comercio de Estados Unidos fueron quienes con mayor insistencia procuraron restar sustento a las sospechas y temores acerca del acuerdo, y para ello no dudaron en revelar algunos puntos esenciales de su línea negociadora. Estos son:
* No habrá una transición abrupta. En algunos rubros, se impondrán plazos de espera de hasta diez. años para la eliminación de aranceles.
* Sólo podrán beneficiarse con el acuerdo de libre comercio aquellos productos mexicanos que contengan más de 60% de valor agregado proveniente de la región norteamericana. (Para los canadienses, el requerimiento mínimo es de 50%.)
* Se impondrán estrictas normas de protección del ambiente a las industrias que pretendan operar dentro de los marcos del tratado.
* No se permitirá la libre inmigración de trabajadores.
GANADORES Y PERDEDORES.
Más allá de la euforia o de los pronósticos apocalípticos, comienza a definirse un panorama más claro acerca de quiénes pueden obtener beneficios y quiénes enfrentarán los principales riesgos tras la creación del nuevo mercado libre.
Aunque es indudable que muchos trabajadores estadounidenses resultarán afectados. otros (básicamente profesionales y empleados calificados) encontrarán nuevas oportunidades.
También habrá posibilidades de expansión, en Estados Unidos, para las industrias de la construcción y las telecomunicaciones, que podrían beneficiarse con contratos para reparar y modernizar la deficiente infraestructura existente en México. Lo mismo puede decirse de los fabricantes de bienes de Capital y de la banca.
El acuerdo tendrá, en cambio, efectos negativos para los productores estadounidenses de frutas, la industria de la indumentaria y el comercio minorista de la zona fronteriza.
En México, los expertos prevén un fuerte impulso para los sectores de los materiales de construcción (particularmente vidrio y cemento), las refinerías de azúcar, los productos textiles y los artefactos domésticos. El país cuenta ya con una moderna y eficiente industria automotriz (en la que participan Ford, General Motors, Chrysler, Nissan y Volkswagen) y se espera que el sector se expanda más aún con los beneficios del tratado.
En el bando de los perdedores al sur del río Grande se contarían la incipiente industria local de la computación, la siderurgia y los productores de maíz, protegidos hasta ahora por subsidios oficiales.
EL DILEMA DE SALINAS.
Una reciente encuesta reveló para sorpresa de todos ,que los tradicionalmente nacionalistas mexicanos se manifiestan -en una proporción de tres a uno- más entusiastas que los estadounidenses con respecto a la creación de una zona de libre comercio.
Estas son buenas noticias para el presidente Salinas, quien sin embargo se ve obligado a mantener un delicado equilibrio entre la necesidad de promover la confianza en la iniciativa y la tentación de formular promesas excesivas, como la de vaticinar el inmediato ingreso de su país en el llamado Primer Mundo tras la puesta en marcha del acuerdo.
El actual gobierno mexicano puede exhibir logros nada despreciables en su manejo de la economía.
En 1990, las inversiones públicas y privadas se incrementaron 10% y, por primera vez en diez años, la tasa de aumento del PBI (3,9%) superó al índice de crecimiento demográfico (2,1%).
Aun así, Ia profundidad de sus problemas sociales sigue siendo abismal. Los ingresos reales de los trabajadores son interiores a los niveles de una década atrás.
Casi 41 millones de mexicanos viven por debajo de la línea de pobreza. El tercio más humilde de la población tiene acceso a sólo 13% de los alimentos. Y el desempleo continúa mostrando índices preocupantes: 13,5 % en 1990.
Los últimos registros de los ingresos anuales per cápita -US$ 2.015 para México, frente a USS 20.887 de Estados Unidos- ilustran dramáticamente acerca de la magnitud de la brecha que separa a los futuros socios.
Sin embargo. México parece preparado para iniciar, desde una sólida base, el camino hacia la industrialización. EI petróleo representa ya sólo 40% de sus ingresos externos. Durante los últimos seis años, sus exportaciones de productos manufacturados (especialmente del sector automotor) se incrementaron en 40%, un índice que sólo superan Tailandia y Singapur en el mundo en desarrollo.
El acuerdo con Estados Unidos difícilmente represente la panacea para todos sus problemas. Pero bien podría ser, como lo vaticinó recientemente el economista Peter Drucker, el instrumento para convertir a México en el país de crecimiento económico más acelerado de todo el hemisferio occidental.
TODO EMPEZO CON LAS MAQUILADORAS.
La integración mexicano-estadounidense cuenta ya con una experiencia limitada pero significativa: las llamadas “maquiladoras”, que desde hace 5 años vienen extendiéndose en la zona salir de la frontera.
Estas plantas ensambladoras, que llegan ya a 1500 y dan empleo a medio millón de mexicanos, operan bajo un régimen especial que les permite importar libremente piezas y materias primas para la manufactura de productos destinados a la exportación.
El año pasado, las maquiladoras aportaron a México ingresos externos por US5 3.500 millones una cifra que sólo superó el sector petrolero y más alta que la que generó el turismo.
Pero este espejo de lo que podrá ser la futura comunidad de libre comercio tiene también su lado oscuro. Alrededor de los nuevos polos industriales de Ciudad Juárez, Mexicali y Tijuana han proliferado cinturones de miseria, poblados por familias mexicanas en su desesperada búsqueda de sustento. No se han encarado programas de obras públicas ni viviendas, y los obreros de las maquiladoras suelen pagar un tercio de su salario para disponer de una cama en una atestada barraca.
Las empresas, en su mayoría estadounidenses. han sido acusadas de no cumplir con las normas básicas de seguridad industrial y de contaminar el ambiente con sus residuos tóxicos. Los problemas ecológicos creados por la acelerada concentración industrial y la falta de controles oficiales comienzan a hacerse sentir, además, al norte de la frontera, El envenenamiento de los ríos y la proliferación del “smog” avanzan sobre Texas. Nuevo México, Arizona y California.
A partir de la entrada en vigencia del acuerdo de libre comercio, las maquiladoras ya no estarán obligadas a destinar la totalidad de su producción a la exportación y podrán operar dentro del mercado interno mexicano. Pero, si Washington cumple con sus promesas. las empresas estadounidenses sólo podrán seguir gozando de los beneficios arancelarios si aceptan someterse a normas de protección ambiental más estrictas.
Para muchas de las maquiladoras,. El nuevo régimen tal vez arroje finalmente un saldo negativo. El acceso al mercado mexicano (restringido a no más de 10 millones de consumidores con buen poder adquisitivo) no resultaría suficiente para compensar los costos impuestos por las exigencias de mayor control de sus procesos industriales. Centenares de fábricas de muebles, por ejemplo,
emigraron de California o México no sólo para aprovechar las ventajas de la mano de obra barata, sino para eludir las rígidas leyes estadounidenses de protección del medio ambiente.
