jueves, 14 de mayo de 2026

    Suiza cumple 700 años

    EI 10 de agosto de 1291 los habitantes de tres valles alpinos (Uri, Schwyz y Nidwald) firmaron un pacto de alianza para controlar el paso montañoso de Saint Gotthard, ruta obligada del comercio en la región, y establecieron así los cimientos de la Confederación. Curiosamente, esos mismos cantones encabezan ahora la resistencia suiza a avanzar hacia la integración con la Comunidad Europea, un tránsito que todos admiten como inevitable, pero que muchos contemplan con temor y preferirían demorar.

    Como nunca antes, los prósperos y orgullosos suizos temen por la supervivencia de su identidad nacional, asentada en los principios del federalismo, la democracia directa y la neutralidad armada.

    E] aparente fin del conflicto Este-Oeste ha menguado las ventajas que les deparó su política de estricto no alineamiento. Los modernos males de la corrupción, los escándalos políticos y financieros, la drogadicción y el SIDA alteraron en los últimos años la realidad de un país cuyo símbolo más conocido es un personaje de cuento infancia inocente y rubia Heidi.

    En la última cumbre económica de Davos, el presidente del Banco Central alemán, Karl Otto Pohl, dijo -no del todo en broma- que Suiza debería dejar las cosas tal como están, para seguir disfrutando de todas las ventajas sin asumir ninguna obligación.

    Pero muchos suizos comienzan a advertir que esto es insostenible. A largo plazo, la confederación tendrá que adaptarse a la realidad de su entorno, y la renuencia a aceptar este desafío puede resultar peligrosa.

    El problema es que quizás vigentes transformaciones deben emprenderse en un marco social donde la política no es contemplada como una profesión, sino como un deber cívico, y donde cada decisión es sometida a un prolongado proceso de consenso.

    El gobierno suizo, integrado por siete miembros que rotan anualmente en la presidencia, no asume iniciativas que no hayan sido acordadas por la totalidad del gabinete. Las frecuentes consultas y plebiscitos comunales y regionales constituyen la base de un sistema democrático considerado en muchos aspectos ejemplar. Sin embargo, la dinámica comunidad europea, que exige rápidas respuestas a nivel nacional, podría tornarlo inviable.

    TEMORES Y EXPECTATIVAS.

    Con el PBI per capita más alto de Europa (US$ 27.748 anuales) y el más bajo índice de desempleo de todo el mundo (10%), a la mayoría de los suizos les resulta difícil imaginar cuáles podrán ser los beneficios de la integración a la CE, y en cambio creen tener sobradas razones para temer que el levantamiento de las barreras Lennine desquiciando el oasis de estabilidad y riqueza construido en siete siglos. Sin embargo, los vínculos económicos del país con el resto del continente son ya fuertes y se tornan cada vez más determinantes para su futuro. Suiza destina a la Comunidad Europea casi 57% de sus exportaciones y depende de la CE para abastecer 71% de sus necesidades de importación.

    Buena parte de la dirigencia suiza parece favorecer una vía intermedia que brinde al país un período de adaptación antes de la incorporación plena a la CE. Berna ha impulsado con particular entusiasmo la creación del llamado “espacio económico europeo”, que ofrece las ventajas del mercado único sin eliminar las actuales limitaciones a la inmigración. Este último es un punto particularmente delicado en Suiza, donde la presencia de un millón de extranjeros (17% de la población, en su mayoría trabajadores provenientes de Italia, Portugal y el Este europeo) ha alimentado no pocas tensiones y recelos. La decisión ya anunciada por otros países miembros de la Asociación Europea de Libre Comercio, como Austria y Suecia, de solicitar el ingreso a la CE coloca a los suizos en una posición en que la demora en tomar la iniciativa puede tener altos costos.

    NO TODOS GANAN.

    Sin embargo, aun los más decididos defensores de la integración europea admiten que el tránsito de Suiza hacia la CE involucra no pocos problemas. El mayor de ellos afecta a la sobreprotegida actividad agrícola, que el año pasado fue beneficiada con subsidios por US$ 4.200 millones, una suma extraordinaria si se considera que sólo 6% de la población trabaja en el sector y que los consumidores suizos pagan por los alimentos frescos precios entre dos y tres veces más altos que sus vecinos europeos. Esta situación resultaría insostenible dentro del marco de la Comunidad, a pesar del sesgo proteccionista de su política agrícola.

    La industria suiza cuenta ya con una extensa experiencia internacional y encontraría menos dificultades para adaptarse a la integración. Los altos costos locales de mano de obra, energía y bienes raíces obligaron a muchas de las grandes empresas a establecer sus plantas de producción en el exterior. En las 87 compañías suizas de más altos ingresos, dos de cada tres empleados trabajan fuera del país.

    Este fenómeno es particularmente notable en el caso de Nestlé, el gigante de la alimentación (que sólo mantiene en Suiza 2% de sus operaciones), y del poderoso sector farmacéutico.

    El perfil que ha adquirido la industria suiza desde la posguerra la coloca en una buena situación competitiva, con posiciones ya conquistadas en áreas especializadas y altamente rentables, donde puede explorar las ventajas de su calificada mano de obra y sus avances tecnológicos. El más importante sector manufacturero es el de la industria mecánica, que aporta 44% de las exportaciones y da empleo a 45% de los trabajadores fabriles. Le siguen las empresas químicas y farmacéuticas (que contribuyen con 20% de los ingresos externos), la relojería (8%) y los textiles (2%).

    COLOSO DE LAS FINANZAS.

    La perspectiva de la incorporación a la Comunidad Europea viene a sumarse, en cambio, a la serie de dificultades que ya experimenta el gigantesco sector financiero.

    Como centro de la banca internacional, Zurich ocupa el cuarto lugar, precedido sólo por Nueva York, Londres y Tokio.

    La influencia suiza en el mercado financiero mundial, supera largamente las potencialidades económicas y comerciales del país. Esto se debe, en gran medida, a las garantías de confiabilidad y discreción que ofrecieron las instituciones suizas a partir de la Segunda Guerra, cuando comenzaron a operar las famosas “cuentas numeradas”, destinadas a brindar protección los capitales que huían del control nazi.

    Pero los escándalos que revelaron la utilización de bancos suizos en operaciones de lavado de dinero proveniente del tráfico de drogas y armas obligaron, el año pasado, a flexibilizar las rígidas normas del secreto bancario que depararon fama y fortuna a las instituciones.

    Esto, sumado a la tendencia a la desregulación en los principales mercados financieros, comenzó a erosionar las ventaja comparativas de la banca suiza, cuyos ingresos declinaron en 15% durante 1990.

    Centros más pequeños, pero pujantes, como Singapur y Luxemburgo, han ido ocupando el terreno que perdió Zurich. La presencia en Suiza de 630 bancos locales y más de 200 cantidades extranjeras parece ahora excesiva.

    Ante esta situación, los banqueros suizos se muestran decididos a revitalizar la actividad que iniciaron sus antepasados en el siglo XVIII, cuando varios comerciantes de Ginebra se dedicaron a administrar los patrimonios personales de acaudalados vecinos y parientes. Así nació la llamada “banca privada”, en la que el prestigio helvético no ha logrado ser superado por ninguno de sus competidores.

    Con depósitos estimados en U$S 77.000 millones, la banca privada suiza controla entre 40 y 50% del negocio en todo el mundo.

    OPCION DE HIERRO.

    La estabilidad económica y social que hasta épocas recientes garantizaba un clima favorable para las inversiones en Suiza ha comenzado a perder su mágico atractivo.

    Actualmente, la atención se concentra en la potencialidad de los mercados y la capacidad de cada país de adaptarse dinámicamente a los nuevos procesos. En ese sentido, la ambigüedad del gobierno de Berna frente a la unidad europea actúa como un factor negativo a la hora de decidir sobre proyectos de inversión a largo plazo.

    Quedar fuera de la unidad europea representaría, además, la pérdida de enormes oportunidades para Suiza, un país favorecido por su estratégica ubicación geográfica en el continente, por las ventajas de sus tres idiomas (alemán, francés e italiano), y por la sólida experiencia internacional de sus sectores industriales y de servicios.

    El país padecería, a largo plazo, las costosas consecuencias de permanecer excluido de los esfuerzos conjuntos europeos en materia de investigación tecnológica y científica.

    A pesar de las dificultades previstas y de la renuencia a abandonar su férrea autonomía, los suizos parecen cada vez más conscientes de que no pueden mantenerse aislados. El año pasado, Suiza solicitó el ingreso al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, y participó como miembro fundador en la creación del Banco Europeo para la Reconstrucción y Desarrollo. También, por primera vez en su historia de 700 años, impuso sanciones económicas a una nación, Irak, durante el conflicto del Golfo.

    Todos estos gestos adquieren una importancia trascendental en un país que llevó el concepto de la neutralidad hasta el extremo de no participar en el foro de las Naciones Unidas.

    Suiza está disfrutando de un largo período de crecimiento económico sostenido que la coloca en óptimas condiciones para responder al desafío de la nueva Europa. Y siete siglos han sido suficientes para demostrar su capacidad de absorber y aprovechar las influencias exteriores sin ceder en su independencia.