miércoles, 17 de junio de 2026

    El imprevisible Francisco Soldati

    Seguramente cuando Jean-Louis Servan-Schreiber escribió esa pequeña joya que es “El arte del tiempo”, no penso en Francisco Soldati, ni tampoco lo tuvo como modelo. Una pena. Si hubiera conocido al personaje, probablemente le hubiera dedicado un capitulo especial. En todo caso, ese tiempo inexorable le jugó una mala pasada, en la familiar cancha de polo, un fin de semana de mayo.

    “La gente que no tiene tiempo, rara vez disfruta del placer de vivir”, escribió el autor de “El desafío americano”. Si fue cierto que el tiempo le era escaso, Soldati fue una, “rara avis” ya que ninguno de los que lo trataron tiene dudas de que disfrutó con intensidad cada segundo de los 51 años que le tocó vivir. Hay muchos indicios que sugieren que, de una manera muy especial, en un estilo muy suyo, el presidente de Sociedad Comercial del Plata cada vez que lo requerían las circunstancias, encontraba oportunidad para el regocijo, para la familia, para los amigos.

    Que importancia tiene entonces que estuviera peleado con las agendas; que así como era de exigente consigo mismo y con los demás, canalizara su cuota de nihilismo contra el rígido encorsetamiento de horarios preestablecidos, ritos consagrados, practicas convencionales?

    “De los muertos siempre se habla bien, pero de este, de verdad vale la pena hacerlo”, confió quien lo conoció no en las mejores circunstancias: en torno a una mesa de negociación, y en veredas opuestas. Tuvo fama de negociador duro, casi inflexible, cuando se trataba de defender los intereses que se le habían confiado. Aun en los mas difíciles enfrentamientos, sus ocasionales adversarios reconocen que el hombre era claro, contundente, sin dobleces, y que actuaba con convicción.

    Cuando pasaba la tormenta, aparecía de inmediato el otro Soldati: el seductor, el “entrador” nato, ese a quien se le cuentan cosas que uno no se dice ni a si mismo, sin saber con que magia, por que singular alquimia derribaba muros, diluía prejuicios, trocaba encono en calidez.

    Si sus circunstancias hubieran sido otras. tal vez se hubiera dedicado con mucho éxito y enorme vocación a la diplomacia internacional. Reyes, políticos, empresarios, personajes del jet set, con todos se sentía cómodo en cualquier idioma. Pero su destino fue otro: por tradición, por misión y por responsabilidad, fue empresario, y de los notables.

    De los que tienen ideas claras, son hábiles y fuertes en la negociación: de los que hacen un habito el codearse con el éxito.

    Lo único comparable en fuerza y magnetismo a esa alegría desbordante que provocaba su sola presencia, era la intensidad de su curiosidad intelectual. Para muchos de sus mas estrechos colaboradores fue siempre un enigma sin resolver. Cómo podía manejarse tan bien un hombre tan “desordenado” para trabajar, incapaz de ceñirse a una agenda rutinaria, que aparentaba dedicar el mismo tiempo y esfuerzo a temas capitales para el grupo empresario que le tocó presidir, y a los otros, los que sus ocasionales interlocutores consideraban triviales o de menor rango?

    El mito del desorden pudo ser una ilusión de prestidigitador. Su secretaria Nélida recuerda haber escuchado mas de una vez su teoría de los “casilleros mentales”. El cerebro venía a ser como un gigantesco palomar donde cada idea, cada pieza de información, cada nombre, cada rostro encontraba alojamiento. Justo cuando hacía falta, un estímulo veloz recuperaba el dato en el momento adecuado. Esa manía de los casilleros mentales no se compadece demasiado con el estereotipo del “desordenado” que se forjó a base de horarios inusuales, comunicaciones telefónicas fuera de programa, enormes saltos de un tema a otro.

    Italo Arturo, que durante años ocupó el despacho contiguo al de Soldati, y quien sufrió, a veces con desesperación, esa simulación de curso errático que confundía, para sorprender luego con un golpe maestro cuando golpeaba en el centro de cada problema, sabe definir las cosas con laconismo. “A ningún otro hombre admire tanto como al padre de Francisco. Pues bien, es preciso reconocerlo: intelectualmente Francisco era incluso superior al modelo.” Su capacidad innata -amen de una formación estupenda- era lo que le permitía comprender el escenario con un solo vistazo. En eso hay coincidencia: llegaba a la decisión correcta por caminos insospechados, por vericuetos que sólo su imaginación conocía.

    A nadie se le ocurre que habrá que reemplazarlo. La genialidad de Pancho consistió, en su momento, en ser el mismo y no intentar imitar al padre muerto en trágicas circunstancias. Quien lo suceda habrá de tener el mismo tino. El edificio levantado entre padre e hijo, es bien sólido. La continuidad se logrará sin necesidad de repetir un estilo que, para quienes los conocimos, es irrepetible.