jueves, 12 de marzo de 2026

    La ilusión de la estabilidad

    La sabiduría académica convencional dice que antes de pensar en el crecimiento hay que parar la inflación y tranquilizar el dólar. Los estallidos se repiten y son cada vez más frecuentes. ¿Hay alguna otra alternativa?. “El crecimiento económico es el factor fundamental para el éxito a largo plazo de
    una nación”. Esta es la convicción del presidente George Bush, revelada hace pocas semanas al presentar el informe anual económico al Congreso. El momento sirvió para elogiar a la Reserva Federal (un banco central autónomo) por sus credenciales antinflacionarias, pero a la vez para reclamarle una política monetaria más flexible (es decir, mayor circulante y menores tasas de interés) para salir de la recesión.
    Expresado de otra manera: está muy bien la preocupación por acotar el incremento de los precios, pero por favor, no se olviden del crecimiento. En los países industrializados, los dos tiempos están claramente marcados. El énfasis en controlar la inflación, en asegurar estabilidad, es siempre de corto plazo. Las economías sometidas a dieta de pan y agua, reaccionan rápido -seis, ocho, doce meses- y enseguida se pasa a la etapa siguiente, de más largo plazo, la de la reactivación. Es en esencia, la idea que subyace en la clásica receta del Fondo Monetario. Un buen programa de ajuste, doloroso pero breve, y retorna la salud.
    La tesis no funcionó con la misma precisión en economías más débiles, vulnerables o mal manejadas.
    Desde la 1ógica interna de la teoría, el caso era sencillo. por una u otra razón -por muchas en verdad- un solo ajuste no bastaba. No quedaba más remedio que impulsar sucesivos – y cada vez más dolorosos- ajustes hasta que se lograran resultados.
    Las cosas iban bien hasta que el mismo tipo de problemas comenzó a multiplicarse en las economías más prósperas. Después del exitoso embate contra la inflación y el gasto público realizado a principios de la década pasada, y de la celosa vigilancia montada para controlar el nivel de precios, se creyó que se ingresaba en una etapa de estabilidad prolongada acompañada por un sostenido crecimiento económico. El registro de los últimos l5 meses revela que al monstruo descabezado le han vuelto a crecer cabezas: aumentó la inflación, en muchos casos agravada con recesión, y el gasto público -como porcentaje del PBI- tiende a ascender.
    La teoría sólidamente establecida empieza a hacer agua Funcionarios, políticos y académicos comienzan a revisar críticamente el axioma no puede haber crecimiento si antes no se doblega la inflación. Los más osados se atreven a vocear en público su inquietud: no se puede dominar la inflación sin detener el crecimiento.

    El dilema argentino.
    Hay una llamativa uniformidad entre los economistas argentinos. Prácticamente sin excepciones, sea desde las filas del peronismo, del radicalismo, de la ucedé, o desde una perspectiva independiente hay abrumadora coincidencia” primero la estabilidad; lograda ésta, puede pensarse en el crecimiento.
    La discusión no debería ser ociosa si se advierte que tras el fracaso imputado al gobierno de Raúl Alfonsín (con el colapso del Plan Primavera), el electorado favoreció al candidato que prometió la “revolución productiva”. Ya en el gobierno, el presidente Menem tropezó -aunque se den distintas explicaciones- con el mismo problema, y se acerca a dos años de gestión sin que se pueda avizorar ninguna perspectiva de retomar el ritmo de crecimiento, objetivo que el país busca desde hace más de una década Para Adalbert Krieger Vasena, ( ministro de Economía a fines de los ´60 durante la gestión de Juan Carlos Onganía), para lograr sostenido crecimiento económico es requisito indispensable la existencia de un ingrediente fundamental como es el capital, sin el cual no pueden realizarse las invasiones necesarias para ampliar y modernizar las instalaciones industriales. Para ello hace falta un clima de confianza generalizada que difícilmente pueda obtenerse con tasas de
    inflación como las actuales. A juicio de Krieger, es indispensable que la inflación no resulte superior a 10% anual. Proponer desarrollo sin inversión es volver a incurrir en los gruesos errores cometidos en las últimas dos décadas. El acento en la necesidad de contar con capitales es un punto esencial
    sobre el cual poco se insiste.
    Roberto Alemann (su último paso por Economía fue en 1982) es categórico: para que realmente haya estabilidad debe registrarse una variación de precios inferior a 1% mensual durante un periodo prolongado. Ello implica que la inflación anual no debe ser superior a 12%.
    El sentido común, y no la reflexión académica, es quien está encabezando una tímida pero firme resistencia. Los hechos son elocuentes: cada programa de estabilización logra éxitos parciales durante unos meses cada ciclo empieza a ser más corto que el anterior- y de pronto, todo se desbanda, se da otro brinco inflacionario, recomienza el ajuste mientras menudean las explicaciones
    ex post facto sobre por qué falló la receta.

    Desconfianza de los legos.
    Los políticos y la ciudadanía comienzan a desconfiar de lo que los economistas -de cualquier signo, escuela o corriente de pensamiento- sostienen como la verdad revelada Los mismos economistas – incluso los que actualmente están en el gobierno- que ratifican su fe en lograr la estabilidad a rajatabla, admiten cuando son consultados que hay que prever valores muy superiores a los actuales en la relación de la tasa de cambio entre el dólar y el austral, a tres, seis o nueve meses. En teoría dicen que no hay otra alternativa que la estabilidad, pero en sus pronósticos confiesan que es una meta inalcanzable, aunque no se pongan de acuerdo sobre qué es lo que hace fracasar los sucesivos intentos (el sondeo efectuado por MERCADO entre conocidos economistas, analistas financieros, y operadores bursátiles y de cambio, concluye que los pronósticos del valor del dólar para fines de junio se sitúan entre 13.000 a 20.000 australes; y para fin de año, entre 20.100 y 30.000).
    Los que no están sometidos a la tiranía de teorías o fórmulas académicas hegemónicas, razonan de manera más simple (incluso simplista, si se prefiere) pero con lógica contundente. Si la moneda es la representación de la riqueza de un país, en el caso de Argentina es evidente que la moneda debe valer cada vez menos, ya que se produce menos, y puesto que no crece el activo nacional. ¿Por qué habría de suponerse una relación invariable o permanente con el dólar y un sometimiento de la inflación, si el patrimonio colectivo es cada vez menor?
    Una reciente encuesta de Demoscopia (en Capital y Gran Buenos Aires, trabajo de campo entre el 5 y el 11 de diciembre) revela que casi uno de dos consultados cree que la expresión “revolución productiva” se trata de una promesa política que hasta ahora no se cumplió. Hay un 22% de la muestra que es más categórico en su juicio: la frase no es más que un lema, “una propaganda política que no dice nada”. Es evidente que la ciudadanía advierte un abismo entre la prometida reactivación y la realidad económica de “todos los días”. 60% de los interrogados cree que puede adquirir menos bienes con su dinero que antes; apenas 28% piensa que lo mismo (es de suponer los porcentajes que pueden obtener las mismas preguntas si se le formularan ahora).
    Entre los que piensan que la situación económica es mala o muy mala, se llega al 57%; los que opinan que es regular, suman 35,6%- y los que afirman que es buena o muy buena, representan 7,2%.

    “Patrimonio neto negativo”
    Sin incursionar en este dilema en particular, pero echando luz sobre los términos del debate, Orlando Ferreres (ex secretario de Coordinación Económica del actual gobierno) sostuvo -ver La Nación del domingo 17 de febrero- que el patrimonio neto del país es negativo en US$ 52.438
    millones (resultado que será muy discutido ya que la deuda externa se consideró a valor nominal).
    Dicho de otro modo, los pasivos exigibles suman US$ 97.278 millones y los activos apenas suman US$ 44.840 millones. Hace unas décadas, calcula Ferreres, el patrimonio neto era positivo en US$ 40 mil millones. “En el último año -dice- el gobierno se ha manejado con la caja, es decir, pagando sólo
    en la medida que dispuso de ingresos genuinos, dejando que el resto se devengue para un futuro incierto. Cuando no pudo cumplir con esta regla, por la acumulación de cuentas, y emitido más de lo aceptable, la reacción del mercado fue inmediata”.
    A buen entendedor pocas palabras bastan: la ilusión de estabilidad se ha logrado difiriendo pagos a los acreedores externos; a los proveedores internos; y a los jubilados. Hasta que la presión acumulada hace saltar la tapa de la olla.
    A pesar de tan prometedor planteo comienza por preguntar “la inestabilidad de la Argentina es cada vez más fuerte y el ciclo es cada vez más corto. ¿Qué sucede?”, Ferreres se explaya sobre una batería de medidas posibles para actuar sobre las deudas y advierte que “el proceso será posiblemente largo,
    puede llevar varios años, quizás una década”. La cuestión de fondo, cómo se pasa a la reactivación, se soslaya cuidadosamente. La última frase del artículo (“…Si Iogramos hacerlo, pronto podremos volver a crecer, como hasta 1930.”) contiene la única mención al otro término de la ecuación: el crecimiento.

    La memoria reciente.
    En 1985, el Plan Austral comenzó con los mejores auspicios. La inflación, entorno al 40% mensual fue reducida a 2% al mes en 90 días. Para adversarios y observadores el problema del equipo radical fue que no pudo efectuar las drásticas reformas impositivas, fiscales, aduaneras y administrativas que se
    requerían. Los partidarios de Alfonsín prefieren recordar las frecuentes huelgas generales que les obsequiaba el sindicalismo.
    Los resultados iniciales bastaron, aparentemente, para que el oficialismo emergiera triunfante de las elecciones de 1985. Dos años después, habría derrota, en este caso atribuida a las frustraciones acumuladas durante 1986 y 1987 (desde mediados de este año, hasta 17% de inflación mensual).
    En 1989 se derrumba el Plan Primavera. El registro estadístico es escalofriante: en enero, 8 9% de inflación (precios al consumidor); en febrero, 9,6%; en marzo, 17%; en abril, 33,4%; en mayo, 78,5%; en junio, 114,5%; y en julio, 196,6%.
    ¿Cuáles fueron las explicaciones -por que siempre hay más de una- que se dieron sobre lo ocurrido?
    Innumerables, para el gusto de los que las formularon y de los que las escuchaban.
    Algunas razones pretendían tener asidero técnico: el Plan Primavera estaba mal diseñado y condenado al fracaso desde el vamos; hubo obstinación en usar las reservas para mantener una tasa de cambio artificial; no se logró acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.
    Otra línea de razonamiento apelaba a la confianza del público y a las explicaciones políticas: los grandes grupos empresarios le dieron la espalda al gobierno; los especuladores compran dólares para forzar una devaluación; el Tesoro estadounidense le movió el piso al equipo de Sourrouille; Menem aterroriza a los mercados hablando de salariazo y moratoria; el gobierno radical ya no cuenta porque perderá las elecciones.
    Sería ingenuo suponer que alguno de estos ingredientes – o incluso todos- no tuvieron nada que ver en el proceso vivido a mediados de 1989. Sin embargo seis meses después el plan de estabilización hizo agua, el dólar comenzó a dispararse lo mismo que la inflación. Erman González, surgido en medio de la crisis debió apelar a medidas extremas, como la virtual confiscación de los depósitos a plazo fijo. Menem estaba en la cumbre de su poder político y ninguna de las razones anteriormente esgrimidas tenía sentido.
    Obviamente apareció otra tanda de argumentos, razones y explicaciones. Pero nunca una autopsia prolija, exhaustiva y definitiva del fenómeno. Lo demás es reciente.
    Domingo Cavallo, ahora en el timón económico, debió explicar a la ciudadanía la crisis de enero. La explicación es simple: la causa fue la incapacidad para generar el superávit operativo que permitiera comprar las divisas (y guardarlas) sin nueva emisión.

    El último diagnóstico.
    Mucha gente había comprado más dólares de los que necesitaba como resultado del temor provocado por la anterior hiperinflación, y a medida que se iba deshaciendo de ellos generaba una oferta de dólares que el Estado no podía confiar si no conseguía aumentar la recaudación. Con mayor precisión:
    * “La reforma del Estado recién empieza a dar frutos y en áreas tales como el sector financiero oficial apenas se ha iniciado”.
    * “La recaudación impositiva es totalmente insuficiente porque existe una enorme evasión”.
    * “Seguimos teniendo reglas de juego complejas, confusas e inestables, y muchas decisiones económicas siguen adaptándose en forma discrecional por funcionarios públicos”.
    La claridad del diagnóstico permite tener un marco de referencia. Si se continúa la reforma del Estado, si se aumenta la recaudación impositiva (el nuevo paquete tributario fue sancionado por el Congreso en tiempo récord) y si se adoptan reglas de juego “transparentes”, como se estila decir ahora (se supone que a ello apuntan las decisiones del equipo económico), no hay que temer otra recaída. En palabras del mismo Cavallo, “no hay ninguna posibilidad de caer en la hiperinflación”. (en el discurso inaugural, el sucesor de Erman González hizo dos referencias al crecimiento y la producción en un discurso de 442 líneas). Claro está que el flamante ministro de Economía advirtió contra la acción de “bancos oficiales (seguramente provinciales, aunque la palabra no fue usada) que financiaron déficit público y dieron crédito a malos deudores”. Pero va de suyo que el ministro evitará estos desbordes; ¿o no?.
    De modo entonces – y nadie lo quiere, pero la mayoría de los vaticinios apunta en esa dirección- que si en el futuro cercano se produce otra recaída a riesgo de reeditar el mito de Sísifo en versión vernácula, será obligado un replanteo del problema.
    Para el común de los mortales, en la Argentina se tiene un exceso de calidad en el diagnóstico pero escasa imaginación en el pronóstico. Hay capacidad de encontrar multitud de causas al problema pero se insiste en una única solución, apenas con diversidad de matices.
    La solución no pasaría por los ajustes como condición exclusiva: habría que hacer algo más.
    Simultáneamente, parece obligado atacar en varios frentes. La combinación de déficit fiscal, deuda externa no resuelta -aunque no se solucione el problema sigue existiendo- y estancamiento, origina en palabras de Orlando Ferreres- un Estado que es “un vampiro anémico”.
    Pero no hay que engañarse: mucho se puede hacer en el campo de la reforma del Estado (impulsar privatizaciones, obtener la participación de capital privado en otros casos, modernizar al par que achicar la administración); se puede progresar significativamente en la negociación de la deuda externa (elaborando un plan propio y poniéndolo a consideración de los acreedores y conviene
    avanzar en la estrategia de crecimiento, acelerando la integración del Mercosur y estimulando en ese marco la instalación de industrias tecno-intensivas (sobre lo cual tiene mucho que decir Vittorio Orsi, el nuevo Secretario de Planificación).
    Aún actuando en todas estas direcciones, no habrá soluciones en el corto plazo. Entre tanto habrá que seguir conviviendo con la inflación. Es necesario reducirla, acotarla, pero sería iluso pretender que desaparezca. Por el contrario, por ese camino de soñar con inflación cero, con estabilidad total, los gobiernos asumen compromisos imposibles de cumplir y por ende, generan frustraciones de sumo riesgo. En cada negociación con el Fondo Monetario, o los técnicos internacionales exigen metas incumplibles o los negociadores argentinos aceptan condiciones a sabiendas que deberán ser renegociadas, con tal de superar un difícil trance. En ambos casos, el resultado es el mismo: se
    interrumpe el tramo pactado y la recepción de fondos; se complica más la negociación con la banca acreedora; y se enfrenta el desgaste de otra ardua negociación (tarea que deberá afrontar ahora el nuevo equipo económico) para restablecer el “stand by”.
    Es tiempo de dejar hablar al sentido común y de abandonar ilusiones vanas. La estabilidad es objetivo irrenunciable; pero expresarlo en términos absolutos es insistir en un mito en el cual la opinión pública ha dejado de creer.
    -Miguel Angel Diez

    REACTIVACION
    EI refugio de las escasas ideas y entusiasmos disponibles por abordar el crecimiento está, desde hace pocos días, en la Secretaría de Planificación.
    Vittorio Orsi, un empresario exitoso, no quiere quedar en la memoria como otro funcionario más de este gobierno. La atención de quienes aspiran a superar la crónica recesión argentina, se centra en este só1ido italiano que durante años ha bombardeado a presidentes y ministros con memorandos imaginativos y refrescantes, y que ahora – por fin- tiene la oportunidad de pasar a la acción.
    La gestión de Orsi propondrá políticas industriales, de inversión, de integración regional, de privatizaciones y sobre empleo.
    En la búsqueda de inversión buscará captar recursos del BID (para infraestructura regional); del Banco Mundial para la reforma financiera y previsional; utilización plena de los convenios binacionales con España, Italia y Brasil; retorno de los capitales locales que están en el extranjero; y aprovechamiento de oportunidades como las que derivan de la Guerra del Golfo. Para disponer de financiamiento habrá que recurrir a “joint ventures” con empresas de la región. La clave, en todo caso, pasa por la integración con Brasil, cumpliendo con la rebaja arancelaria acordada (ver página 21). Orsi cree que hay excelentes oportunidades para la industria de equipo telefónico argentino con la apertura del mercado brasileño, y que es necesario racionalizar de mutuo acuerdo el sector siderúrgico, automotriz, y papelero entre ambos países.
    Sobre privatizaciones, Orsi quiere evitar los inconvenientes exhibidos en los casos de Entel y Aerolíneas, pero acelerando el proceso al máximo. Apunta a la creación de un sistema de cobertura de salud y por desempleo para paliar los efectos sociales del ajuste.