jueves, 12 de marzo de 2026

    Rio de Janeiro y dos carnavales

    Lo primero que asombra del Carnaval de Río es la “mezcla de todos con todos”; el Carnaval es, por definición, una gran mezcla de cosas, una gran permisividad, una total extroversión de locura colectiva. Lo fue desde sus comienzos inmemoriales, acaso en tiempos del neolítico, como así también en sus antecedentes más o menos “cercanos”: las fiestas Saturnales de los romanos. Ya entonces el Carnaval era sinónimo de desatarse, de desinhibición, de aproximaciones y promiscuidades que la sociedad no permite fuera de esos días de excepción. Todo eso está presente en el Carnaval de Río de Janeiro, con el agregado de que, en el Brasil contemporáneo, aquella vieja tradición que viene de Europa profundizó aun mucho más, si cabe, sus contradicciones, sus
    paradojas, su entrecruzamiento de razas, de costumbres, de rangos sociales. Y lo profundizó fundamentalmente, con el aporte de las culturas del Africa negra; un misterio, de origen desconocido, ahondado por otro misterio, que trajeron consigo los esclavos en su travesía forzada por el Atlántico.
    Y esa “mezcla de todos con todos” tiene poco que ver con el turismo, con las recepciones oficiales y mucho con la gente que baja de las favelas, con quienes se pasan todo el año preparándose para los desfiles de las legendarias escolas do samba, tiene que ver con códigos y con rituales de los que el visitante, por más que participe, se siente de alguna manera ajeno. Y esta es otra de las cosas que asombran del Carnaval de Río: es algo así como si hubiera dos carnavales: uno más “exterior”, convencional, organizado para mostrarlo a los visitantes y otro más escondido, más profundo, algo que sus protagonistas preparan, en cierto modo, para ellos mismos. En ese sentido -y seguramente no es casual- sucede lo mismo que con el candomblé de Bahía: uno percibe que tiene algo de impenetrable, que tiene facetas ocultas, claves que no son, en modo alguno fáciles de descifrar.
    En medio del torbellino del Carnaval de Río, de la confusión de voces, ritmos y colores es inevitable pensar en que, en algún momento de la historia el Carnaval, rito pagano por excelencia, fue de alguna manera incorporado al calendario del mundo cristiano y ubicado exactamente en los tres días que preceden al Miércoles de Ceniza. Esa asimilación, bastante corriente en la historia de las religio,kies y los ritos humanos, sufrió en el Brasil contemporáneo, otra vuelta ,de tuerca al calor de nuevas y poderosas influencias culturales. Nuevos continentes, jamás soñados por los primitivos
    iniciados, aportaron su cuota de magia ése el secreto de su encanto.