ANATOMÍA | Introducción
Por Osvaldo Cado y Nicolás Bridger (*)

Osvaldo Cado y Nicolás Bridger
Foto: Gabriel Reig
La contraposición entre la coyuntura y el análisis huele a contrasentido y, en el actual contexto político, los contrasentidos parecen que huelen a conspiración.
Es por ello que los economistas debemos hacer un esfuerzo, abandonar Marte y bajar a este planeta. La economía no es una ciencia espacial; todo el mundo de una manera u otra hace economía y puede entenderla.
¿Problema económico o político?
Aunque el mundo se recuperó durante 2010, el futuro no es claro. Mientras los países emergentes intentan lidiar con la apreciación cambiaria que genera una intensa entrada de capitales, motorizada por políticas monetarias laxas en las economías en desarrollo, Europa y EE.UU. enfrentan, con políticas disímiles, el riesgo de una resaca post rebote económico.
Europa, conformada por un conjunto de economías y culturas heterogéneas, enfrenta sus problemas políticos y económicos con instrumentos de corte ortodoxo. El malestar en la mayor parte de la zona euro contrasta con el razonable presente alemán, líder político del bloque. Temerosa a repercusiones políticas negativas en su frente interno, Alemania no está tomando las decisiones contundentes que permitan a los vulgarmente llamados PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) una salida más fácil y ordenada de sus respectivas crisis. Europa necesita con urgencia un plan que incluya reestructuración de pasivos, más deuda, más emisión y más inflación.
EE.UU., fiel a su pragmatismo, puso toda la carne al asador sin medir las consecuencias. No hay decisión de política económica que tome la principal economía del mundo que no afecte directa o indirectamente al resto del mundo. A pesar de que las decisiones de sus autoridades estén orientadas correctamente, buscando dinamizar y expandir en lugar de ajustar y contraer, la inexistencia de una mínima coordinación con las demás economías del mundo podría poner en aprietos el repunte de gran parte de las economías emergentes, poniéndole el freno de mano a la economía global.
La crisis financiera global fue consecuencia del sobreendeudamiento de las economías desarrolladas (o exceso de ahorro de las que están en vías de desarrollo) que produjo un desequilibrio en las cuentas externas a escala internacional. Este problema no se está encarando y no es solo responsabilidad de EE.UU.
Las economías superavitarias (China a la cabeza) se muestran reticentes a enfocar sus economías al mercado interno ya que esto implicaría reducir su ahorro, algo que tarde o temprano desacelerará sus tasas de crecimiento.
En el actual contexto, el principal escollo a superar es el cortoplacismo. Los líderes de las principales economías del mundo deben entender que conviven en un mundo globalizado. No existen compartimentos estancos. La falta de coordinación y las medidas aisladas implicarán más temprano que tarde un reequilibrio forzoso que, al no administrarse, tendrá consecuencias sociales más profundas. La globalización, asociada en ocasiones al capitalismo salvaje y al individualismo, exige cada vez mayor solidaridad en lo que más de uno considerará un oxímoron (o una contradicción en los propios términos). Este presente obliga a dejar de lado las necesidades políticas de corto plazo y ceder bienestar a favor de un crecimiento más difundido y estable. Este último vendrá, en última instancia, de la mano de un mayor beneficio a escala global.
El actual contexto favorecerá a los países emergentes. Mejores precios de los commodities y mayor demanda por alimentos, a la par de buenas oportunidades de crecimiento, generarán una gran abundancia de capitales bien predispuestos a financiar ese crecimiento y participar de esas ganancias.
La Argentina que pasó y la que viene
La Argentina mostró una fuerte recuperación tras la crisis internacional. Gran parte de la misma la explicaron los mismos sectores que, por factores exógenos, habían registrado fuertes contracciones previas. La producción agrícola, que había caído 40% en 2009 como consecuencia de la peor sequía en 50 años, creció 56% en 2010 con un nuevo récord en la producción de soja. Por su parte, los sectores automotriz y metalúrgico también rebotaron con intensidad creciendo 40% y 20% anual, respectivamente. De aquí podemos extraer rápidamente dos conclusiones:
• De los 7,5 puntos de expansión del PIB de 2010, 3,7 se lo debemos a estos tres únicos sectores. Demasiados huevos en un solo canasto para nuestro gusto.
• El clima, los precios de los commodities y la marcha de la economía brasileña (principal compradora de automóviles argentinos) determinarán nuestra tasa de crecimiento en los próximos años por lo cual no controlamos las determinantes de nuestro crecimiento.
Por su parte, la inflación sigue siendo un tema preocupante, más por el desinterés de la actual gestión en afrontarla que por sus efectos puntuales en materia redistributiva. Esta actitud por parte del Gobierno transmite una señal: “las subas constantes de precios llegaron para quedarse”, aumentando expectativas y generando inercia.
Por ahora, las subas de los salarios privados empataron la de precios, y sendos aumentos a jubilados y varios subsidios supieron de algún modo morigerar el impacto en los estratos económicos más bajos. Pero la continuidad de esta tendencia está afectando la inversión, reduciendo la rentabilidad del tramo Pyme, deteriorando la competitividad y distorsionando precios relativos. Tarde o temprano, estos fenómenos impactarán en el nivel de actividad.
La economía argentina registró desde 2007 a la fecha un crecimiento promedio de 4%, una inflación de 22% y una pobreza que no pudo bajar de 25%. La inflación se está llevando puestos todos los beneficios sociales que deberían desprenderse de una economía en crecimiento y de la expansión del gasto social implementado por el Gobierno durante los últimos tiempos.
En 2011, observaremos un crecimiento en torno a 5%, una inflación entre 25/30% y números fiscales menos holgados. El aterrizaje gradual hacia tasas de crecimiento menos abultadas reducirá la masa crítica redistribuible y los ingresos fiscales, de modo que dificultará cada vez más el manejo de la situación social, sobre todo si la inflación continúa con una tendencia alcista.
Sea oficialismo u oposición, en las debilidades aquí descriptas radican los desafíos para el próximo Gobierno de cara a 2012. Básicamente, atacar la inflación y generar los incentivos que atraigan una inversión que venga de la mano de un crecimiento más difundido en toda la economía con un impacto social más duradero en el tiempo. Esto, que puesto en pocas palabras parece un trabajo sencillo, implica mínimamente:
• Compromiso claro de reducir los actuales niveles de inflación, fuente de distorsiones en absolutamente todos los mercados y niveles de la economía.
• Una política fiscal y monetaria más prudente, coordinada y con objetivos claros.
Esto último conlleva la imperiosa necesidad de reducir el tamaño y reordenar el entramado de subsidios.
• Delinear una política energética de largo plazo (exploración, producción, transporte y distribución) que garantice disponibilidad de este insumo para aquellos que apuesten su patrimonio en el país.
La situación a escala global pondrá a los países emergentes y a la Argentina frente a una gran oportunidad. Aquellos con fundamentals sólidos estarán en condiciones de sacar mayor provecho económico y social de un mundo desarrollado que buscará oportunidades de inversión. Que la Argentina no sea solamente un receptor de capitales residuales y esté entre los países ganadores en esta tendencia dependerá de las decisiones que se tomen durante los próximos años, cuya responsabilidad recaerá en el arco político, expresión última de la voluntad de los votantes.
(*) Osvaldo Cado y Nicolás Bridger son economistas, consultores económicos y financieros.

