miércoles, 15 de abril de 2026

    “Es una oportunidad porque el modelo educativo no da más”

    ANÁLISIS | Entrevista

    Por María Teresa Lavayén


    William H. Graves
    Foto: Gabriel Reig

    Piensa que la crisis financiera –que también ha tenido ecos en el financiamiento a las universidades– brinda una oportunidad única para cambiar el ineficiente y artesanal modelo educativo que se usa desde hace siglos. Cree que el modelo artesanal que se aplica para enseñar ha llegado al límite de sus posibilidades.
    Por modelo artesanal entiende un proceso basado en la relación humana que se crea entre un profesor y sus alumnos cuando uno enseña y los otros aprenden. Hoy, que el mundo está reventando sus costuras con problemas globales graves y urgentes que exigen soluciones conjuntas, lo que necesitan los países no es sólo más gente con educación sino más gente con mejor educación.
    En la actualidad, las cañerías del sistema educativo pierden por todos lados: los índices de deserción en todos los niveles son alarmantes y hay una increíble diferencia en el número de los que entran en el nivel elemental y los que obtienen un título universitario. Por su parte, el modelo educativo tradicional no puede ni financiar el crecimiento necesario ni evaluar la calidad del aprendizaje. La única aproximación que hace a la calidad es contar el número de egresados.
    Convencido de que sólo mediante la combinación de las nuevas tecnologías informáticas se puede transformar la educación para ponerla a la altura de las exigencias del momento, Graves integra el equipo ejecutivo de SunGard Higher Education, una compañía que ofrece soluciones, consultoría y servicios de administración de tecnología a unas 1.600 instituciones educativas en más de 70 países.
    Pero más allá de los programas propietarios que se puedan alojar en el sistema de cada universidad, Graves cree que hay que aprovechar ese “gran bien común” del siglo 21 que es Internet, o, para decirlo con sus palabras, “la nube de aprendizaje”. En la nube se podrá enseñar y aprender con menor costo, mayor calidad, alcance, rendimiento y productividad.

    –La educación siempre hizo esfuerzos por incorporar tecnología. El libro fue un producto revolucionario. Luego aparecieron el compás, el microscopio, el telescopio, la calculadora, las grabaciones de audio y de video. Siempre a la zaga, con recelo, la educación acabó por adoptarlos. Hoy, sin embargo, uno tiene la sensación de que esto que está ocurriendo en el mundo es algo mucho mayor, que la combinación de estas nuevas tecnologías tiene la posibilidad de transformar la educación tal como la conocemos. ¿Es ésta la idea que usted condensa en su concepto de “nube de aprendizaje”?
    –El concepto “nube de aprendizaje”, además de ser metafórico, podría significar una nueva forma de economía, eficiencia o productividad de la educación. La educación está amenazada, primero por el gran problema de la finalización o sea la cantidad de inscriptos que no finalizan sus estudios. Todos los países, sin excepción, tienen problemas enormes: de ambiente, de economía, de política, de justicia social. Todos complejos e interconectados.
    Sabemos que no podemos continuar por este camino donde cada uno hace lo que puede esperando que los resultados se sumen en una macro-solución global. Si queremos terminar con los problemas globales debemos actuar globalmente.

    –Pero todos estos desastres han sido provocados por gente que recibió educación. ¿Podría decirse entonces que la educación falló?
    –No creo que la educación haya fallado, sino que los problemas se deben al enorme crecimiento: económico, poblacional, de tráfico… Es una explosión que nos ha llevado hasta donde podía llegar la educación tradicional. Ahora debemos analizar nuevos factores y descubrir cómo podría ser la próxima.
    Para empezar, sabemos que hay más gente para educar y que con la educación tal como está no podemos hacerlo. Algunos no la pueden pagar, otros no se pueden mantener dentro del sistema. Porque acceder al sistema no alcanza, necesitamos que terminen, necesitamos “finalización” de un ciclo, de una carrera. La educación es una cañería pinchada que va perdiendo alumnos por todas partes. En mi país de 100 chicos que entran al secundario, apenas un puñado logra recibirse en la universidad. Tenemos un problema de productividad.

    Productividad
    Me limito a hablar de mi país. Este es un tema que está presente en el aspecto socioeconómico de la educación. En mi país hay muchos chicos en el sistema que necesitan ayuda financiera para ir a la escuela y que están mal-educados o mal-preparados; eso es dinamita.
    Están dentro del sistema de escolarización, pero mal preparados. Yo creo que eso ocurre en todos los países, en diferentes formas y estilos. Me parece urgente aumentar la proporción de graduados, pero la meta es casi imposible de cumplir porque hay muchos chicos que abandonan el sistema o no pueden entrar a la universidad o aguantar allí hasta recibirse.
    Los Gobiernos no pueden financiar educación para tanta gente, mucha más que antes, las universidades piden más plata y el actual modelo no resiste más. Hay que cambiarlo por otro más productivo, o sea, mejorar la finalización. Eso no garantiza calidad pero puede mejorar la tasa de graduación, por ejemplo, no aceptando estudiantes mal preparados. Cantidad y calidad son dos métricas reveladoras.

    –¿Cómo se mide calidad de resultados?
    –Lo que se hace ahora es medir dos cosas que son sustitutos de calidad: tasa de graduación en una institución y proporción de personas con título universitario. Mi plan es evaluar a los estudiantes en forma independiente de la institución y del Gobierno.
    Hay algo que se puede medir, que es importante y que se puede evaluar sin considerar escuela o facultad. Es lo que llamamos “educación general”: lectura, escritura, aritmética y pensamiento crítico. Por ejemplo, cuando alguien llega a la universidad debe ser capaz de escribir un análisis de una noticia del diario o interpretar un gráfico de esa noticia. Me refiero a lo central, a tener las herramientas para aprender. Y eso, aunque básico, es poco común en cualquier parte del mundo.
    Todo lo demás es difícil de medir. Entonces, en Estados Unidos y también en países de la OCDE, ya se implementa una evaluación que se llama The Collegiate Learning Assessment y que busca examinar esas cualidades pero no con respuestas tipo “verdadero” o “falso” sino sentándose una hora o dos para leer algo y luego escribir sobre lo leído y hacer un análisis. Luego se lo va a aplicar también al nivel secundario y al sector laboral. Lo que busca es descubrir aptitud para aprender.
    A los chicos que soliciten financiamiento del Gobierno para estudiar les van a hacer esa evaluación regularmente. La educación financiada quedará entonces condicionada a que los alumnos tomen los estudios con seriedad, a que se sometan a esas evaluaciones cada dos o tres años y así hasta la universidad.
    Repito, para salvar el futuro del planeta necesitamos más gente educada y mejor educada. Más cantidad y más calidad. Pero el modelo actual no funciona porque damos la oportunidad de aprender pero no podemos garantizar que aprendan. Debemos aumentar la probabilidad de que haya buen aprendizaje. Este es un tema serio.

    –¿Puede Internet ayudarnos a cambiar el foco en la pregunta “¿para qué estamos educando a la gente”?
    –Ya lo ha hecho de varias maneras pero creo que su principal aporte es el de aumentar la productividad. Internet interviene en varias dimensiones. Yo creo que el mundo es o de “alta tecnología” o de “alto toque” pero no ambas cosas. Los profesores piensan que enseñar es una actividad de alto toque: pura relación personal y comunicación humana porque la gente no puede aprender sola, necesita ayuda, etc.
    Pero si en Internet pagamos cuentas, compramos, hacemos transacciones bancarias e infinidad de otras cosas, todo en un formato online asincrónico, ¿por qué las universidades no podrían ofrecer las mismas oportunidades? Lo que deben hacer –y aquí es donde entra nuestra compañía, porque las ayudamos en esto– es poner todos los servicios posibles en un formato online asincrónico. Puede ser pago de cuotas, puede ser entrega de trabajos, tal vez no todo sea el aspecto puramente académico, porque no todos pueden aprender por cuenta propia.
    La nube de aprendizaje ofrece un modelo más portátil. Si alguien hace un curso en un lugar lo puede transferir a otro, como si fuera un mercado abierto. Y los precios comienzan a bajar debido a la competencia. Pero en este momento casi todos nuestros clientes tienen toda su tecnología en sitios web propios. Obviamente eso nos conviene porque esa tecnología es nuestra y nos pagan por usarla. Pero si queremos convertir a la educación en un mercado más abierto y más libre, debemos bajar los costos para que esa nube de aprendizaje –cuyo nombre correcto es campus digital abierto– no sea algo que se venda sino algo que uno ayuda a crear. En SunGard estamos decididos a integrar nuestras tecnologías con las de los demás porque creemos que yendo a la nube se pueden lograr economías de escala y aumentar productividad.

    –¿Y los profesores? Hay mucho que hacer también con los profesores.
    –A ellos les digo que esto les ayuda porque ayuda a los estudiantes a aprender. La verdadera tarea del profesor es ayudar a los alumnos a aprender y no pararse delante de la clase a dar una conferencia.

    –¿Le han manifestado alguna vez miedo o sospechas?
    –Todo el tiempo. Uno les dice que el resultado va a ser menos costo y que eso mejorará el aprendizaje, y ellos dicen que es imposible porque asocian calidad con costo; es decir, cuanto más se gasta, mayor será la calidad. Eso no tiene fundamento

    –¿Y cuáles son los riesgos de ir a la nube, de liberar la educación?
    –El riesgo es que ya estamos yendo a la nube, pero sin un propósito. Lo estamos haciendo porque, por ejemplo, la facultad descubrió Facebook y entonces los profesores también lo usan. Pero a los estudiantes no les termina de gustar que la universidad use las mismas herramientas que ellos. Hay mucha tensión en esa ecuación. Pero a medida que más gente joven vaya asumiendo puestos directivos en las universidades podremos pensar que el proyecto tenga un timón. Eso, sin embargo, tampoco será garantía de que la vayamos a usar bien. En este tipo de problemas estoy abocado ahora, en pensar cómo podemos usar la nube de manera inteligente. Qué podemos hacer para aprovecharla en beneficio de la educación.
    Por eso me interesó el trabajo en economía de Elinor Ostrom, que le mereció el premio Nobel 2009. Ella basó todo su estudio en lo que llama “los bienes comunes” y se refería a los recursos naturales que son “comunes”, compartidos por varias comunidades, regiones, países, etc. Un río que atraviesa varias regiones o países sería un ejemplo de bien común, un recurso natural que se usa con gran impacto económico. Ella dice que lo peor que se puede hacer es dejar un bien común en manos del Gobierno o de una empresa privada. Sostiene que aunque no hay garantías de que lo hagan mejor, hay que reunir a todos los actores y a la comunidad. El desastre de BP tuvo esa magnitud porque los Gobiernos que tenían una función no la cumplieron y el sector privado se adjudicó un gran rol y dejó a todos en la estacada.
    Entonces, ella está diciendo algo importante. Yo me puse a pensar que eso ya está funcionando en otra parte. Internet funciona, sin entrar en detalles, porque es el fruto de la colaboración entre países y universidades. Es un bien común. Hay un consorcio de la World Wide Web que opera desde el MIT pero no es propiedad del MIT.
    Entonces, si hiciéramos de la educación un bien común, sentaríamos a la mesa a Gobiernos, representantes de la gente, estudiantes, proveedores de educación y proveedores de evaluación. Deberíamos tratar de encontrar algún tipo de estructura básica para hacer que todos esos actores trabajen juntos.