jueves, 14 de mayo de 2026

    Un nuevo orden financiero global

    Todos los observadores están de acuerdo: aún si tuviera éxito en Estados Unidos la masiva operación de rescate financiero, habría que complementarla con algo de mayor alcance todavía. Los europeos, con Nicolás Sarkozy a la cabeza, hablan de refundar Bretton Woods, el sistema institucional desarrollado después de la Segunda Guerra para regular la economía y las finanzas del planeta. Un mecanismo que ha subsistido hasta hoy, a pesar de la creciente irrelevancia de algunos de sus organismos como el Fondo Monetario Internacional.
    Para las economías emergentes, esta iniciativa huele a “gattopardismo”, o a que cambien todo para que no cambie nada. Advierten que la intención francesa es recrear al original Bretton Woods pero sin la hegemonía estadounidense.
    En otras latitudes, se prefiere hablar del establecimiento de una Autoridad Monetaria Global (GMA) para supervisar los mercados que ahora operan sin fronteras.
    El punto de partida es que el actual aparato institucional global es incapaz de supervisar el sistema financiero. El Fondo Monetario Internacional es irrelevante en esta crisis, el grupo de las siete principales naciones industriales carece de legitimidad en un mundo donde China, Brasil y otras naciones son grandes jugadoras, y el Banco de Pagos Internacionales (BIS) de Basilea, no tiene rol operativo. La Reserva Federal de Estados Unidos está demasiado cercada para actuar como banco central global.
    Ese vacío en el centro es peligroso para el planeta. La dependencia que tiene Estados Unidos de masivos flujos entrantes de capital extranjero, aproximadamente US$ 3.000 millones por día, seguramente aumentará ahora que Washington adquiera US$ 1 billón (millón de millones) en obligaciones nuevas por los rescates actuales. Por varios años, Wall Street y Washington no podrán manejar nada sin la cooperación de otros mercados.
    Más allá de eso, las dimensiones internacionales de las finanzas son abrumadoras. Los activos globales aumentaron de US$ 12 billones en 1980 a casi US$ 200 billones en 2007, superando en mucho el crecimiento del producto interno bruto o la expansión del comercio. Una parte cada vez más grande de ese capital ahora reside en Asia y el Golfo, no en Estados Unidos o Europa.
    Como dice Jeffrey Garten, profesor de comercio y finanzas internacionales de Yale School of Management, “una empresa estadounidense como AIG vendió más canjes de deuda y pólizas de seguros fuera de Estados Unidos que dentro. UBS emplea a 30.000 estadounidenses, cotiza en la bolsa de Nueva York y posee Paine Webber. Los mercados de capitales evolucionarán en el contexto en el cual las economías de mercados emergentes estarán creciendo al doble de velocidad que las naciones ricas y, para mediados de siglo, probablemente representen casi dos tercios del PBI global”.
    Lo cierto es que la mayoría de los Gobiernos e inversionistas fuera de Estados Unidos nunca compartieron el sistema estadounidense de capitalismo. Ahora tienen una buena razón para exigir que algunos cambios fundamentales se hagan en la forma en que Estados Unidos maneja sus instituciones financieras. Eso puede ocurrir con una modificación negociada y consciente del modelo financiero estadounidense, o podría resultar de la decisión de los inversionistas de llevar sus fondos a otra parte.
    Así surgen las voces para delinear una autoridad financiera global, una que no sería opuesta a una supervisión pública fuerte con reglas para intervención, y que retornaría a la formación de capital el objetivo de crecimiento económico y desarrollo más que operar por la operación misma.
    Sería una reaseguradora o descontadora para ciertas obligaciones contraídas por los bancos centrales. Monitorearía los riesgos globales y establecería un eficaz sistema de alertas tempranas con más poder para sonar alarmas que el BIS.
    El directorio del GMA tendría que incluir banqueros centrales no sólo de Estados Unidos, Gran Bretaña, la eurozona y Japón, sino también de China, Arabia Saudita, Rusia y Brasil.

    La refundación del capitalismo

    Nicolas Sarkozy, el polémico Presidente de Francia, ha planteado lisa y llanamente un Bretton Woods II. Más proactivo que el británico Gordon Brown o la alemana Angela Merkel, el francés simplemente transfiere al plano político no otro modelo de organización sino la vuelta al original de 1944, tergiversado (muerto John Maynard Keynes, 1946) por un equipo ligado al neoclásico Milton Friedman, en favor de la gran banca anglosajona y holandesa.
    Sin entrar en sutilezas, Sarkozy quiere combinar el Grupo de los 8 (EE.UU., Japón, Alemania, Rusia, Canadá, Francia, Gran Bretaña, Italia) con China, India, Brasil, Sudáfrica y Vietnam (¿un G-13?). Pero, esta vez, las dos instituciones creadas en Bretton Woods –Fondo Monetario, Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento– quedarán en segundo plano.
    El motivo es claro, señalan varios economistas sistémicos y ex funcionarios del FMI (por ejemplo, Michael Mussa): las dos entidades multilaterales quedaron muchos años bajo la égida de la gran banca occidental –el Fondo- o los intereses de EE.UU. (el Banco Mundial). Con el tiempo, por otra parte, han ido apareciendo factores nuevos. Entre ellos, los países petroleros de la península arábiga, sus fondos de inversión soberanos y su relativo desacople respecto de las crisis iniciadas en agosto de 2007.
    Brown sí menciona Bretton Woods, pero lo hace desde la ortodoxia monetarista del Banco de Inglaterra y la City londinense, algo que también hacía Margaret Thatcher. A su vez, los alemanes piensan en el comité de Basilea, brazo del Banco de Ajustes Internacionales, conocido como “banco central de bancos centrales”. Es el único nexo subsistente entre la hiperinflación de 1923/8 (Alemania y el área reichsmark), la depresión posterior al crac de 1929/32 y el presente.
    Sea como fuere, estas propuestas de largo alcance no salen hoy de lo especulativo.
    Porque es evidente que cualquiera sea la forma que adquiera una organización supranacional, deberá atender a nuevas realidades. Saudiarabia, segundo productor de hidrocarburos, no está en el G-8. En lo tocante a inestabilidad del dólar, malas hipotecas o crisis crediticia, brillan por ausencia China, Taiwán y Surcorea, máximos tenedores –salvo Japón– de deuda externa estadounidense.
    El G-8, como le gusta decir a The Economist, no es el único club que rezuma impotencia. El consejo de seguridad de Naciones Unidas se ha cansado de exigirle a Irán dejar de enriquecer uranio, sin el menor efecto, igual que sus pálidas sanciones. El Fondo Monetario Internacional, bombero en tantas crisis financieras –hasta sus graves errores en la internacional de 1997/8 y la argentina de 1998/2001–, es sólo espectador de la doble crisis desatadas hace casi 15 meses y aún en marcha.
    El colapso de la ronda Doha, tras siete años de agonía, pone en evidencia la escasa utilidad de la Organización Mundial de Comercio.

    La vigencia de Lord Keynes

    Se vuelve a hablar de él con insistencia. Sus libros se reeditan. Hizo falta otra gran crisis, la mayor en 100 años, para revivir a este economista de quien tanto se habló y tan poco se leyó.
    “Hemos llegado a un punto crítico,” dijo John Maynard Keynes en marzo de 1933. “Podemos… ver con claridad el abismo hacia el cual nuestro camino actual nos está llevando”. Si los Gobiernos no tomaran medidas, “debemos esperar la progresiva desintegración de la estructura existente de contratos e instrumentos de endeudamiento, acompañada del total descrédito del liderazgo ortodoxo en gobierno y finanzas, con un resultado final que no podemos predecir.”
    Mientras el mundo se tambalea tras una caída de los mercados bursátiles parecida a la de 1929 y una crisis bancaria estilo 1931, sus palabras son una legítima evaluación de los peligros que afrontamos una vez más. Keynes, cuya misión en la vida fue salvar al capitalismo de sí mismo, es más relevante hoy que en cualquier otro momento desde su muerte en 1946.
    Su renovada influencia puede verse en todas partes: en el paquete de estímulos que proyecta Barack Obama, por ejemplo. Cuando George W. Bush dijo que el plan de su administración de tomar activos en los bancos “no se proponía controlar sino preservar el mercado libre”, bien podría haber estado citando textualmente a Keynes.
    La clave en Keynes estaba en su compromiso por la preservación de la economía de mercado haciéndola funcionar. No le interesaba el marxismo pero creía que la economía de mercado podría sobrevivir sólo si se ganaba el apoyo del público elevando el nivel de vida.
    El papel del economista, creía, era ser el guardián de “la posibilidad de civilización”, y ningún economista se ajustó más a ese rol que él.  
    Lionel Robbins, más tarde jefe de London School of Economics, describió a Keynes como “uno de los más notables hombre que ha habido jamás,” superado en su momento sólo por Winston Churchill. Incluso Friedrich Hayek, su más firme adversario, lo describió como “el único verdadero gran hombre que he conocido, y por quien tuve una admiración ilimitada”.

    Greenspan concedió que cometió un error

    Hace seis meses era un ídolo. El gran maestro. Casi tres años después de abandonar la titularidad de la Reserva Federal, Alan Greenspan volvió a sentarse ante una comisión del Senado estadounidense.
    Allí, el orgulloso augur de las finanzas mundiales, sorprendió a todos con una humildad desarmante y desacostumbrada en el personaje. Greenspan admitió que había confiado demasiado en la capacidad autocorrectiva de los mercados, y que por lo tanto falló en anticipar el destructivo proceso que se convertiría en una gran crisis financiera global.
    A pesar de todo, fue tal vez su hora más gloriosa. Luego de ser ungido al Olimpo del pensamiento económico, los mismos que lo adulaban lo responsabilizan hoy por todo. Y aun sí, concedió que se equivocó.
    Hay que tener valentía y honradez intelectual para dar el paso.
    Sin embargo, sus antiguos críticos también tenían su cuota de razón. Hace más de un año, en octubre de 2007, Mercado decía:
    “En simultáneo con la agitación de los mercados, reapareció –con su libro de memorias, The Age of Turbulence– el legendario Alan Greenspan, por casi dos décadas titular de la Reserva Federal, y retirado apenas el año pasado. Con su habitual maestría y sentido de la oportunidad, ocupó la escena de la nueva turbulencia, esta vez con un lenguaje menos críptico que el que solía usar. Para Greenspan, en síntesis, éste fue un accidente que estaba esperando para suceder. Si no hubiera sido en el campo de las hipotecas secundarias, habría sido en otro. Todavía no sabemos –se excusa– si es una simple crisis del mercado inmobiliario o si tendrá potencial para hundir la economía. ¿Soluciones? Ya no es tan fácil reducir la tasa de interés y mantener calma la inflación”.
    Antes todavía, en 2004, decía:
    “No sólo las instituciones se tornan menos vulnerables a factores de riesgo subyacentes. También el sistema financiero en sí es más flexible”. Hoy, esas palabras se vuelven en contra suya. Tal vez su talón de Aquiles pasa por los derivados financieros.
    Los derivativos (hedge funds) son instrumentos matemáticos para sortear riesgos de pérdidas vía contratos derivados; por ejemplo, en el mercado hipotecario. Esa derivación entraña activos de sustento, como acciones, bonos, productos primarios, monedas, etc. En algunos segmentos, hay menos de 4% de sustento por cada contrato.
    En el curso de los años 90, los derivados se habían multiplicado y combinado de modo tan inescrutable que, a juicio de muchos legisladores, se requería supervisión federal para proteger el sistema.
    George Soros, el megafinancista, evita usar esos instrumentos y sus contratos derivados “porque casi nadie sabe exactamente cómo operan”. Felix Rohatyn, el banquero que salvó de la quiebra a Nueva York en los años 70, los define como “potenciales bombas de hidrógeno”.
    Hace cinco años, el sagaz Warren Buffett sostenía que “los derivativos son armas de destrucción y sus peligros pueden ser mortales. Aunque Greenspan no lo crea”. En efecto, no lo creía. Lamentablemente, mientras tuvo poder, sus puntos de vista sobre derivados y su regulación prevalecían en los debates. Poco importa si son contratos exóticos –matemáticamente muy complejos, ininteligibles aun para quienes los gestionan– que prometen amparar a los inversores contra pérdidas. Ello los hace estimular riesgos imprudentes que conducen a crisis como la actual.
    Durante su mandato, el ex presidente de la Reserva Federal se oponía rotundamente a que el Congreso regulase los derivados. “Han sido vehículos extraordinariamente aptos para transferir riesgos de quienes no debieran asumirlos a quienes quieren y son capaces de tomarlos”, afirmó en 2003 ante la comisión bancaria del senado. “Sería un error intentar regularlos en forma más estricta”.
    Hoy, con el mundo sumido en una borrasca que Greenspan mismo describe como “el tipo de crisis que se da sólo una vez por siglo”, su fe en los derivados no afloja. El problema no es que los contratos hayan fracasado, sino que “quienes los empleaban se pasaron de codiciosos. Además, quienes los colocaban no eran tan fiables como se suponía”.
    Importantes analistas no dudan de que Greenspan sea en gran parte responsable de las presentes turbulencias. A mediados de este año, la masa de derivados representaba US$ 531 billones (millones de millones) de aire caliente: 400% sobre los 106 billones de 2002 y 632 veces el actual megarrescate estadounidense.