jueves, 28 de mayo de 2026

    Alimentos, biocombustibles, especulación y democracia

    Por Miguel Ángel Diez

    Cada día se producen más alimentos, gracias a los aportes incesantes de la tecnología y a la mayor eficiencia productiva. Cada día, también, el mundo requiere más alimentos. La incorporación de millones de personas –en toda Asia, pero en especial en China e India– con nueva capacidad adquisitiva como para mejorar su dieta en calorías pone incesante presión sobre la demanda. Tanta, que en los últimos tres años, según el Banco Mundial, el índice de precios de productos alimenticios subió 83% .
    Lo que explica que, ante los más recientes y fuertes aumentos, el tema haya ocupado el centro de la escena y tanto los organismos internacionales como los Gobiernos nacionales se apuren a reclamar soluciones inmediatas.
    Por un momento pareció que transformar las granjas en plantas productoras de combustible era una de las mejores respuestas al alto precio del petróleo y a su creciente escasez.
    Pero la reacción contra estas políticas tanto en Estados Unidos como en Europa –y en otras partes del mundo– contra el etanol y similares alcanzó un pico de resistencia no calculado. Dirigentes de países con grandes porciones de la población en la miseria y amenazada por hambrunas han logrado instalar la idea de que un desastre aguarda a la vuelta de la esquina si se persiste en ese camino.
    Ya se han registrado casos de motines populares por el alto precio de los alimentos, y el tema se ha convertido en la pesadilla de la mayoría de los gobernantes (en Tailandia, Indonesia, Haití, Egipto y Filipinas, por ejemplo, además de numerosos países africanos).
    En la reunión de los ministros económicos de las siete naciones más industrializadas, se alzaron voces frecuentes con exhortaciones a gerenciar adecuadamente el alza de precios y a soslayar proyectos referidos a biocombustibles.
    Parte del debate es si ha sido la mayor producción de biocombustibles la verdadera responsable de los altos precios y de la escasez de alimentos. Están los que recuerdan que el incremento en estos productos básicos se registra desde los últimos cuatro años, cuando grandes masas de consumidores con mayor poder adquisitivo accedieron a una mejor dieta.
    Sin embargo, el Instituto de Investigación Internacional para Política Alimentaria de Washington, sostiene que la actual producción de biocombustibles representa de un cuarto a una tercera parte del incremento en los precios de los productos básicos. Para la FAO, si los biocombustibles siguen creciendo aumentará el costo de los alimentos entre 10 y 15%.

    Llamada de atención
    No hay foro internacional de los últimos 60 días donde no se hayan registrado voces de condena a la producción de biocombustibles y de alarma generalizada por los aumentos incesantes en los alimentos.
    A partir de las proyecciones de indigencia realizadas para 2007, la Cepal calcula que un incremento de 15% en el precio de los alimentos eleva la incidencia de la indigencia en casi tres puntos porcentuales, de 12,7 a 15,9%. Esa alteración de los precios provocaría que 15,7 millones más de latinoamericanos cayeran en la indigencia.
    Según Jean Ziegler, de las Naciones Unidas, el uso de biocombustibles se ha convertido en un “crimen contra la humanidad” en vista de los problemas que tiene actualmente el mundo con el precio de los alimentos.
    El balance es sombrío: 18 de 58 países estudiados por el BM están elevando subsidios al consumo interno y aplicando controles de precios. Casi nadie le presta atención a Robert Zoellick, titular del Banco Mundial, quien advirtió que el tema alimentos era la gran prioridad. Lo mismo que hizo Dominique Strauss-Kahn, director ejecutivo del FMI quien alertó que esta crisis pone en duda la propia supervivencia de la democracia en muchos países.