
Ilustración: Agustín Gomila
El Presidente Kirchner tiene un buen argumento: con el ritmo de crecimiento
que trae la economía, es natural que se esté en el límite
con el aprovisionamiento energético. Pero la afirmación no se
sostiene y hace agua en cuanto se repara que hace cinco años que se viene
creciendo a este ritmo.
Con lo que hay que convenir una de dos, o que permanentemente se subestimó
la tasa de crecimiento, o bien que hubo una imprevisión notoria.
Cierto que ya nadie respeta el tabú del último cuatrienio y que
todos se atreven a hablar de crisis energética. La realidad es que el
daño está hecho y que costará mucho tiempo restablecer
la normalidad, mientras que habrá que pilotear una economía con
alteraciones de ritmo y tasas menores a las de los años recientes.
Dado que es obvio que la intención oficial ha sido crecer a tasas asiáticas
y que se ha cebado la bomba del consumo para lograr esos resultados, la tesis
de la subestimación del crecimiento no resiste ningún análisis.
Hubo imprevisión entonces. ¿Era obligado que ocurriera lo que
estamos presenciando en estos últimos días?
La respuesta es sí. Hubo avisos, alarmas, anticipos y advertencias de
todo tipo, de sectores favorables al Gobierno, de opositores, de técnicos,
de la industria. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ilustración: Agustín Gomila
Hace exactamente dos años, en la edición de junio de 2005, un
titular de Mercado aseguraba: “Sin gas y petróleo, el
crecimiento estará seriamente comprometido”. En verdad, no era
necesario ser profeta.
Ese artículo reflejaba en forma sintética las conclusiones de
un oportuno y riguroso informe de la Fundación Crear –cuyos directivos
simpatizan con la orientación económica del Gobierno– donde
se aseguraba que “para que no se frene el crecimiento económico
hacen falta inversiones anuales de US$ 2.078 millones. Y, para ello, reglas
claras”.
He aquí algunos de los párrafos más relevantes y premonitorios
de esa investigación:
“La Argentina ha visto disminuir fuertemente su horizonte de reservas
de gas y petróleo mientras aumenta la demanda, lo que condiciona la oferta
y compromete a futuro los precios”.
“La matriz energética argentina es, desde el punto de vista de
los insumos, altamente dependiente del gas natural y los derivados del petróleo.
Estas dos fuentes representan 87% de los recursos primarios; el resto está
compuesto por la generación de energía hidroeléctrica (6%),
nuclear (2%) y carbón, leña y las denominadas energías
alternativas (3%)”.
”En los últimos años, el horizonte temporal de las reservas
comprobadas de gas y petróleo se redujo sensiblemente –de unas
tres décadas a poco más de diez años para el gas–
por la mayor explotación de los yacimientos conocidos y la baja inversión
en exploración de riesgo, es decir en la búsqueda de yacimientos
nuevos”.
”Para agravar el panorama, como en el mundo, la matriz energética
argentina tiende a ser cada vez más dependiente del gas. Hoy, este insumo
representa 49% de la producción primaria, y en quince años aumentaría
a 56%”.
Los autores del trabajo asumieron una hipótesis modesta, que a la luz
de lo ocurrido resultó conservadora. Sostuvieron que “para que
el Producto Bruto Interno (PBI) argentino pueda mantener un ritmo de crecimiento
de 3%, los sectores de gas y petróleo más el de energía
eléctrica requieren, tanto en el upstream –la provisión
de recursos primarios– como en el downstream –la oferta
a los consumidores–, de inversiones anuales promedio por US$ 2.076 millones,
algo superiores a las registradas durante la década de los 90 y muy por
encima de las de los últimos años”.
Previsiones de este tipo, son necesariamente de muy largo plazo –hasta
2020, en este caso–, por el volumen de las inversiones requeridas y por
“los tiempos en los que se obtienen resultados: en gas y petróleo
las inversiones en exploración, si tienen éxito, demoran entre
cinco y nueve años en hacer comercializable el producto”.
El estudio recordaba que “no sólo desde el punto de vista de los
recursos primarios la matriz energética argentina tiene una gran participación
del gas natural y el petróleo, sino que también en la matriz de
consumo final estos recursos representan aproximadamente 40% cada uno; el restante
20% se lo lleva la electricidad”.
En síntesis, el trabajo era categórico: “Para un crecimiento
anual de 3% la necesidad de inversión en energía para los próximos
15 años, entre gas, petróleo y energía eléctrica
es de US$ 32.000 millones aproximadamente, para que la energía no sea
un agente que frene o perjudique ese proceso”.
El trabajo fue presentado a funcionarios del Gobierno, en especial a la plana
mayor del Ministerio de Planificación.
En los dos años siguientes, el ritmo de crecimiento fue casi tres veces
mayor, y el volumen de inversiones irrelevante.
En el peor de los mundos
¿Es acaso, aquí también, todo culpa de la perversa década
de los 90? Miguel Cuervo, que dirigió la investigación no opinaba
así: “Hubo inversión por debajo de las necesidades, sobre
todo en ciertos rubros, y además hubo inversión no reproductiva.
Si uno mira los datos oficiales de las empresas, se encuentra con que en la
década de los 90 la industria hablaba de US$ 78.000 millones, pero incluía
inversión de todo tipo en cualquier parte de la cadena, como compra de
activos, la privatización y posterior venta de YPF o las inversiones
en comercialización. Si uno se concentra en gas y petróleo, el
núcleo de producción ha recibido escasamente US$ 13.500 millones.
De ese monto, 84% fue a explotación y las reservas han bajado mucho”.
Alguna responsabilidad reciente se puede asignar: en el año 2002 la ley
de emergencia puso en stand by toda la relación jurídica
del sector y se congeló el precio final del gas y la electricidad pero
se liberó el de los derivados petroleros, aunque después se lo
sometió al sistema de retenciones. Hubo un desplazamiento inducido hacia
el gas.
Era obvio lo que luego inevitablemente ocurrió: “El gas natural
sustituye derivados del petróleo. Cuando uno se queda sin gas natural
hay que importar fuel a precio internacional. El gas natural y/o los derivados
del petróleo determinan el precio marginal de la electricidad, porque
el parque térmico sin gas natural debe usar fuel. Entonces lo que pase
con el gas natural termina influyendo en el consumo final de energía”.
“En el tema eléctrico, en 2007 podría llegar a haber necesidades
de cortes; y en el caso del gas se terminaría cayendo en opciones energéticas
mucho más caras, como los sustitutos de origen petrolero. Estamos eligiendo
una opción estratégica mucho más cara y que nos hace menos
competitivos”.
Había también una advertencia que hoy, a la vista de lo acontecido,
resulta ominosa: “Sólo en materia de energía eléctrica,
si se terminan las obras previstas evitaríamos la crisis de 2007. Pero
nos encontraremos de nuevo con un problema similar en 2011, porque la nueva
oferta de energía efectiva requiere esas inversiones, y para 2014 debería
haber un nuevo shock de inversiones. Y este no es un problema de combustibles
sino de generación. Cada cuatro años, más o menos, se hace
necesario un shock de inversiones para mantener un crecimiento de 3%”.
La conclusión era desalentadora: el país está en el peor
de los mundos, porque no hay un plan central, no hay reglas de mercado ni una
estrategia. La energía se ha convertido en un tema de corto plazo. Se
pueden criticar los procesos de subinversión de antes, pero no se puede
manejar la energía con políticas cortoplacistas porque las inversiones
en energía demoran años en arrojar resultados.
Se puede entender –aunque no se comparta– la decisión oficial
de capear el temporal con cortes selectivos a las industrias, cada vez de más
horas, y la voluntad de recurrir a cualquier medida antes que cortar la luz
a los domicilios particulares. Las elecciones presidenciales de octubre no se
llevan bien con el mal humor popular.
Lo que angustia es cierta tozudez de fondo: no hay demasiados indicios de cómo
se normalizará el mercado el próximo año –incluyendo
aumento de tarifas– y de cuáles son los planes que, como el flautista
de Hamelin, serán capaces de seducir a inversores desconfiados que deberán
enterrar centenares de millones de dólares antes de verlos madurar varios
años después. M
