martes, 21 de abril de 2026

    Imprevisión en crecimiento


    Ilustración: Agustín Gomila

    El Presidente Kirchner tiene un buen argumento: con el ritmo de crecimiento
    que trae la economía, es natural que se esté en el límite
    con el aprovisionamiento energético. Pero la afirmación no se
    sostiene y hace agua en cuanto se repara que hace cinco años que se viene
    creciendo a este ritmo.
    Con lo que hay que convenir una de dos, o que permanentemente se subestimó
    la tasa de crecimiento, o bien que hubo una imprevisión notoria.
    Cierto que ya nadie respeta el tabú del último cuatrienio y que
    todos se atreven a hablar de crisis energética. La realidad es que el
    daño está hecho y que costará mucho tiempo restablecer
    la normalidad, mientras que habrá que pilotear una economía con
    alteraciones de ritmo y tasas menores a las de los años recientes.
    Dado que es obvio que la intención oficial ha sido crecer a tasas asiáticas
    y que se ha cebado la bomba del consumo para lograr esos resultados, la tesis
    de la subestimación del crecimiento no resiste ningún análisis.
    Hubo imprevisión entonces. ¿Era obligado que ocurriera lo que
    estamos presenciando en estos últimos días?
    La respuesta es sí. Hubo avisos, alarmas, anticipos y advertencias de
    todo tipo, de sectores favorables al Gobierno, de opositores, de técnicos,
    de la industria. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.


    Ilustración: Agustín Gomila

    Hace exactamente dos años, en la edición de junio de 2005, un
    titular de Mercado aseguraba: “Sin gas y petróleo, el
    crecimiento estará seriamente comprometido”. En verdad, no era
    necesario ser profeta.
    Ese artículo reflejaba en forma sintética las conclusiones de
    un oportuno y riguroso informe de la Fundación Crear –cuyos directivos
    simpatizan con la orientación económica del Gobierno– donde
    se aseguraba que “para que no se frene el crecimiento económico
    hacen falta inversiones anuales de US$ 2.078 millones. Y, para ello, reglas
    claras”.
    He aquí algunos de los párrafos más relevantes y premonitorios
    de esa investigación:
    “La Argentina ha visto disminuir fuertemente su horizonte de reservas
    de gas y petróleo mientras aumenta la demanda, lo que condiciona la oferta
    y compromete a futuro los precios”.
    “La matriz energética argentina es, desde el punto de vista de
    los insumos, altamente dependiente del gas natural y los derivados del petróleo.
    Estas dos fuentes representan 87% de los recursos primarios; el resto está
    compuesto por la generación de energía hidroeléctrica (6%),
    nuclear (2%) y carbón, leña y las denominadas energías
    alternativas (3%)”.
    ”En los últimos años, el horizonte temporal de las reservas
    comprobadas de gas y petróleo se redujo sensiblemente –de unas
    tres décadas a poco más de diez años para el gas–
    por la mayor explotación de los yacimientos conocidos y la baja inversión
    en exploración de riesgo, es decir en la búsqueda de yacimientos
    nuevos”.
    ”Para agravar el panorama, como en el mundo, la matriz energética
    argentina tiende a ser cada vez más dependiente del gas. Hoy, este insumo
    representa 49% de la producción primaria, y en quince años aumentaría
    a 56%”.
    Los autores del trabajo asumieron una hipótesis modesta, que a la luz
    de lo ocurrido resultó conservadora. Sostuvieron que “para que
    el Producto Bruto Interno (PBI) argentino pueda mantener un ritmo de crecimiento
    de 3%, los sectores de gas y petróleo más el de energía
    eléctrica requieren, tanto en el upstream –la provisión
    de recursos primarios– como en el downstream –la oferta
    a los consumidores–, de inversiones anuales promedio por US$ 2.076 millones,
    algo superiores a las registradas durante la década de los 90 y muy por
    encima de las de los últimos años”.
    Previsiones de este tipo, son necesariamente de muy largo plazo –hasta
    2020, en este caso–, por el volumen de las inversiones requeridas y por
    “los tiempos en los que se obtienen resultados: en gas y petróleo
    las inversiones en exploración, si tienen éxito, demoran entre
    cinco y nueve años en hacer comercializable el producto”.
    El estudio recordaba que “no sólo desde el punto de vista de los
    recursos primarios la matriz energética argentina tiene una gran participación
    del gas natural y el petróleo, sino que también en la matriz de
    consumo final estos recursos representan aproximadamente 40% cada uno; el restante
    20% se lo lleva la electricidad”.
    En síntesis, el trabajo era categórico: “Para un crecimiento
    anual de 3% la necesidad de inversión en energía para los próximos
    15 años, entre gas, petróleo y energía eléctrica
    es de US$ 32.000 millones aproximadamente, para que la energía no sea
    un agente que frene o perjudique ese proceso”.
    El trabajo fue presentado a funcionarios del Gobierno, en especial a la plana
    mayor del Ministerio de Planificación.
    En los dos años siguientes, el ritmo de crecimiento fue casi tres veces
    mayor, y el volumen de inversiones irrelevante.

    En el peor de los mundos

    ¿Es acaso, aquí también, todo culpa de la perversa década
    de los 90? Miguel Cuervo, que dirigió la investigación no opinaba
    así: “Hubo inversión por debajo de las necesidades, sobre
    todo en ciertos rubros, y además hubo inversión no reproductiva.
    Si uno mira los datos oficiales de las empresas, se encuentra con que en la
    década de los 90 la industria hablaba de US$ 78.000 millones, pero incluía
    inversión de todo tipo en cualquier parte de la cadena, como compra de
    activos, la privatización y posterior venta de YPF o las inversiones
    en comercialización. Si uno se concentra en gas y petróleo, el
    núcleo de producción ha recibido escasamente US$ 13.500 millones.
    De ese monto, 84% fue a explotación y las reservas han bajado mucho”.
    Alguna responsabilidad reciente se puede asignar: en el año 2002 la ley
    de emergencia puso en stand by toda la relación jurídica
    del sector y se congeló el precio final del gas y la electricidad pero
    se liberó el de los derivados petroleros, aunque después se lo
    sometió al sistema de retenciones. Hubo un desplazamiento inducido hacia
    el gas.
    Era obvio lo que luego inevitablemente ocurrió: “El gas natural
    sustituye derivados del petróleo. Cuando uno se queda sin gas natural
    hay que importar fuel a precio internacional. El gas natural y/o los derivados
    del petróleo determinan el precio marginal de la electricidad, porque
    el parque térmico sin gas natural debe usar fuel. Entonces lo que pase
    con el gas natural termina influyendo en el consumo final de energía”.
    “En el tema eléctrico, en 2007 podría llegar a haber necesidades
    de cortes; y en el caso del gas se terminaría cayendo en opciones energéticas
    mucho más caras, como los sustitutos de origen petrolero. Estamos eligiendo
    una opción estratégica mucho más cara y que nos hace menos
    competitivos”.
    Había también una advertencia que hoy, a la vista de lo acontecido,
    resulta ominosa: “Sólo en materia de energía eléctrica,
    si se terminan las obras previstas evitaríamos la crisis de 2007. Pero
    nos encontraremos de nuevo con un problema similar en 2011, porque la nueva
    oferta de energía efectiva requiere esas inversiones, y para 2014 debería
    haber un nuevo shock de inversiones. Y este no es un problema de combustibles
    sino de generación. Cada cuatro años, más o menos, se hace
    necesario un shock de inversiones para mantener un crecimiento de 3%”.
    La conclusión era desalentadora: el país está en el peor
    de los mundos, porque no hay un plan central, no hay reglas de mercado ni una
    estrategia. La energía se ha convertido en un tema de corto plazo. Se
    pueden criticar los procesos de subinversión de antes, pero no se puede
    manejar la energía con políticas cortoplacistas porque las inversiones
    en energía demoran años en arrojar resultados.
    Se puede entender –aunque no se comparta– la decisión oficial
    de capear el temporal con cortes selectivos a las industrias, cada vez de más
    horas, y la voluntad de recurrir a cualquier medida antes que cortar la luz
    a los domicilios particulares. Las elecciones presidenciales de octubre no se
    llevan bien con el mal humor popular.
    Lo que angustia es cierta tozudez de fondo: no hay demasiados indicios de cómo
    se normalizará el mercado el próximo año –incluyendo
    aumento de tarifas– y de cuáles son los planes que, como el flautista
    de Hamelin, serán capaces de seducir a inversores desconfiados que deberán
    enterrar centenares de millones de dólares antes de verlos madurar varios
    años después. M