domingo, 8 de marzo de 2026

    El año que viene a la misma hora


    Ilustración: Agustín Gomila

    A esta altura de 2007, está claro que ya comenzó –con intensidad–
    el año electoral. Los episodios que rodearon la difusión del costo
    de vida de enero y que afectaron la credibilidad del Indec, parecen hoy una
    anécdota. Para que no haya confusiones: una anécdota sí,
    pero relevante y con potenciales efectos negativos de gran alcance.
    Pero lo cierto es que lo esencial de este asunto es que, con perfiles nítidos
    puso de relieve que el problema central que enfrenta el Gobierno es el ritmo
    de la inflación. Además, que los zarandeados acuerdos de precios
    tambalean y que a duras penas, y con frecuentes tropezones podrá llegarse
    hasta la mágica fecha de octubre.
    Se vislumbra una nueva etapa, cuyas consecuencias se harán explícitas
    a partir de diciembre próximo, cuando se instale el nuevo Gobierno. Naturalmente,
    sea pingüino o pingüina quien se instale en la Casa Rosada, disfrutará
    de una breve luna de miel, con la ayuda de la Navidad, Fin de Año y las
    vacaciones estivales. Pero en marzo, exactamente dentro de un año, habrá
    que enfrentar la realidad insoslayable.
    Habrá que maniobrar delicadamente precios y tarifas muy atrasados, sin
    que estalle la válvula de presión. Es un verdadero plan de estabilización
    lo que hará falta. Lo que exigirá en definitiva recurrir a una
    tradicional concertación de precios, con activa participación
    de empresarios, sindicatos y Gobierno. Y también de salarios, seguramente
    con una política fiscal más dura. No será tan fácil
    desde ese momento, mover el tipo de cambio hacia arriba.
    Algunos analistas aseguran que para ese momento, nos habremos comido todo el
    beneficio cambiario originado en la devaluación. Si esto fuera cierto,
    nos quedaría una importante inflación inercial que se hará
    sentir y que será imprescindible manejar.
    El escenario es previsible: los industriales dirán que el tipo de cambio
    alto no es garantía suficiente para lograr crecimiento; los asalariados
    que todavía no ha concluido el proceso de redistribución del ingreso.
    Pero lo cierto, es que no se pueden solucionar ambos problemas a la vez.
    Este panorama plantea un horizonte de incertidumbre, que no será posible
    disipar en un año electoral –aunque se mantengan la mayor parte
    de los buenos indicadores económicos–. Las próximas semanas
    y meses serán testigo de otra batalla por la puja distributiva.
    Hay una presión genuina por aumentos salariales importantes y la buena
    disposición de la dirigencia sindical para aquietar las aguas y no comprometer
    una victoria electoral, es una carta fuerte de la que dispone el Gobierno. Siempre
    que se haya leído con claridad el mapa del poder sindical y que esta
    camada de dirigentes gremiales logre asegurar obediencia a sus representados.

    Algo que –vista la conformación reciente de muchas comisiones industriales
    en el corazón industrial del país– diversos estudiosos del
    tema ponen en duda.
    Si en verdad se logra que el aumento salarial promedio se ubique en torno a
    15%, aun con tropezones en los fatigados acuerdos de precios y con extraños
    malabarismos en los indicadores mensuales, se logrará aquietar las aguas
    hasta las elecciones de octubre.
    En doce meses, con seguridad, el nuevo Presidente (o Presidenta) tendrá
    que tomar una decisión que marcará su período de gestión.
    El mecanismo ortodoxo para enfrentar esta situación se llama ajuste,
    y de sólo pronunciar la palabra se estremecen los argentinos. La alternativa,
    la herramienta heterodoxa –del tipo de las que le gustan al elenco gobernante–
    es la concertación social.

    ¿Cuál será el contexto?
    Gozamos de un período de gracia, de un tiempo con productos básicos
    –de los que exportamos– a precios altos, tasas de interés
    internacionales relativamente bajas, y estabilidad económica global.
    Pero lo cierto es que las economías emergentes –inmensas reservas
    de China, India, y otros países del sudeste asiático– están
    atendiendo las necesidades financieras de Estados Unidos. En forma abrupta,
    o más probablemente en forma gradual, el famoso soft landing que se pretende
    para la economía estadounidense, deberá abrirse paso ante la evidencia
    de un déficit de proporciones colosales que la prudencia indica que debió
    atacarse hace tiempo.
    Si China y otros países repletos de activos en dólares dejan de
    comprarlos o comienzan a venderlos, y a revaluar sus propias monedas, otra será
    la canción que escucharemos. En esa hipótesis, bajará un
    poco el ritmo de crecimiento y el nivel de las importaciones de esos países.
    En consecuencia, el precio de los productos básicos puede registrar una
    caída.
    En ese caso, también el ritmo de crecimiento en la Argentina sería
    más lento. Si hay menos recaudación fiscal, habrá necesariamente
    que reducir el gasto para mantener el seguro del superávit fiscal.
    Pero el anuncio, tras la progresiva liberación de precios que pueda organizar
    el flamante elenco del modo más ordenado posible, será una convocatoria
    a “salir definitivamente del Purgatorio” en el que estaba la economía
    nacional, como dice la retórica oficial.
    No será tarea sencilla apaciguar un conflicto distributivo con tendencia
    a exasperarse, y a la par eliminar la inflación de expectativas que tiene
    siempre el riesgo de desbocarse. Hará falta firmeza, pericia y una gran
    capacidad de comunicar y de persuadir.
    Lo que es inexorable, es que la luna de miel del nuevo Gobierno será
    muy corta. Con suerte, se llegará a marzo. El año que viene a
    la misma hora. M