Desde que se creara el Mercosur, hace una década y media, los dos principales
socios cuaduplicaron y hasta quintuplicaron sus exportaciones a los países
que integran el bloque: Brasil, la Argentina, Uruguay y Paraguay. Venezuela
no se cuenta porque acaba de incorporarse. El conjunto movió 355% más
de mercaderías a través de las cuatro fronteras en estos 15 años.
Pese a las caras largas que campean, sobre todo en los dos componentes menores
de esta alianza estratégica regional, el Mercosur llevó una voz
única acerca de los aranceles a la Organización Mundial del Comercio,
a Doha contra los subsidios agrícolas, y frenó el ímpetu
inicial estadounidense para imponer el ALCA en el Atlántico Sur.
Ahora, con los bloqueos que recibió Venezuela para su toma de posesión
dentro del Consejo de Seguridad de la ONU, resplandeció la cooperación
entre argentinos y brasileños en el pasado inmediato del organismo.
La llegada de Hugo Chávez al Mercosur, con los puños repletos
de dólares y el grifo del petróleo del continente goteando, agregó
incertidumbres a la ya enrarecida agenda subregional, en la que Uruguay y Paraguay
merodean los entendimientos bilaterales con Europa y Estados Unidos mientras
esperan de los socios mayores una compensación a las asimetrías
comerciales que los desfavorecen.
Chile, Ecuador y Colombia optaron por el camino bilateral en las negociaciones
exteriores, lo que determinó la defunción de la “pata pacífica”
del Mercosur: la Comunidad Andina de Naciones.
Así como está actualmente, a nadie parece servirle esta alianza
de integración y cooperación regional, pero a la vez, saltar de
ella para firmar con los poderosos del Norte entraña un riesgo que tampoco
se está proclive a correr.
Los líderes políticos de la Argentina sondeados por Equipos MORI
y CIPPEC sobre qué piensan del Mercosur, y si le ven salida, opinan en
su gran mayoría que es muy beneficioso para el país (85% entre
muy y beneficioso).
Se trata de preferentemente hombres, de nivel universitario y más de
30 años, entre legisladores y miembros del Poder Ejecutivo, con preeminencia
nacional, que son consultados sistemáticamente mediante un procedimiento
llamado “liderbarómetro”. 46% milita en el PJ y 19% en la
UCR.
Según si se aplica la óptica oficialista u opositora, varía
la apreciación acerca de la importancia que le asignan a la política
exterior de Néstor Kirchner respecto del Mercosur: por cada dos opiniones
positivas de allegados al gobierno hay una sola de la vereda de enfrente.
Escasa integración política
El principal problema que enfrentaría el sub-bloque, de acuerdo con los
resultados de la cuarta medición, terminada en setiembre de 2006, es
la escasa integración política. Obtuvo 62% de las menciones generales,
pero 27% lo tildó como el más significativo. Más de la
mitad habló del bajo nivel de integración económica y sólo
20% destacó especialmente esas diferencias y asimetrías. La falta
de institucionalidad fue el siguiente factor nombrado, así como la ausencia
de estrategias de desarrollo común.
Aunque esta percepción de la clase política no se compadezca exactamente
con el punto actual del proceso de integración, el hecho de que lo esté
concibiendo de ese modo termina por condicionar la agenda. Seguramente, el delegado
argentino Carlos “Chacho” Alvarez no coincida con la relativamente
baja calificación que el Liderbarómetro otorga al conflicto con
Uruguay por la radicación de dos plantas pasteras en Fray Bentos, en
las dificultades que atraviesa el Mercosur.
La visión de los dirigentes exalta más la consolidación
institucional, como por ejemplo el fortalecimiento de gobiernos regionales y
la construcción de instituciones políticas, que la integración
económica, cuyo eje es la consolidación y homogeneización
de los miembros.
En orden de importancia le siguen la constitución del parlamento del
Mercosur y la creación de una moneda única. Finalmente, expresan
el deseo de que se convierta en bloque regional como la Unión Europea
y que se fijen políticas comunes con los otros miembros.
Al no haber una Gran Bretaña, Francia o Alemania en esta parte del continente,
no es posible contar con un aporte de recursos de los más ricos que sostengan
al resto del bloque.
Nada menos que 96% da entre muy e importante a Brasil para el desarrollo económico
argentino. Atrás, muy lejos, viene Chile repartido 38% muy, 35% normal
y 22% medianamente. Venezuela está en guarismos parecidos, producto de
la sensación de apoyos que expresa Chávez al comprar bonos de
la deuda argentina y establecer convenios de asociación petrolera.
Y es abrumador el poder que le atribuyen a Brasil, 58%, contra 36% que cree
que son parejos. Con relación a Venezuela, las opiniones están
repartidas: 32% estima que tiene menos poder, 49% el mismo que la Argentina
y 11% dice que es mayor. De igual modo, la supremacía que se siente sobre
Paraguay y Uruguay abarca un porcentaje significativo de la compulsa.
Los líderes políticos vernáculos ven al país en
un plano parejo de compromiso de integración con Brasil y Venezuela,
aunque al último socio le detectan mayor entusiasmo. La escala se repite
cuando se habla de la profundización institucional del Mercosur. A Paraguay
y Uruguay les asignan un rol de diletantes, mientras que Perú, Chile,
Ecuador y Colombia orbitan lejos del alcance del bloque.
El gobierno argentino es el que menos confianza inspira de los “grandes”
para resolver los problemas que se presentan en el Mercosur. El de Brasil se
ve más dúctil. También en este plano Uruguay y Paraguay
lucen desganados.
La sorpresa china
La sorpresa de la medición hecha por MORI-CIPPEC está dada por
la preferencia por China que muestran los políticos consultados cuando
se les pregunta por prioridades de acuerdos comerciales desde el Mercosur. Bastante
más atrás está la Unión Europea y mucho más
relegado Estados Unidos.
La muestra más significativa de adhesión estuvo del lado de la
incorporación de Venezuela como miembro del sub-bloque. Luego vino el
proyecto de banco del Sur y más atrás, la construcción
del gasoducto con Bolivia y la emisión de bonos.
La propuesta más destacada ante una pregunta abierta de qué harían
para encarar soluciones en el Mercosur fue la consolidación e integración
económica del bloque, con 50% de menciones. La segunda tuvo que ver con
la faz institucional y más lejos la creación del parlamento, la
moneda única, incorporar a otros países y fortalecer los lazos
culturales.
Consolidar la integración, como pregonan los dirigentes políticos
cuando se les menciona el Mercosur, parece como entrar en un juego de mamushkas
(las muñecas rusas de madera) con las economías de sus socios:
la población brasileña es cinco veces mayor a la Argentina, la
paraguaya le cabría 30 veces y la uruguaya 50. Al mismo tiempo la Argentina
sextuplica a Paraguay en cantidad de habitantes y es once veces más numerosa
que Uruguay.
Venezuela queda a mitad de camino entre ambas escalas.
Las democracias de la región atraviesan por una segunda fase, en la que
deberán definir si son capaces de superar sus desproporcionados tamaños
para encolumnarse detrás de un proyecto de crecimiento sostenido de sus
economías interrelacionadas, que las fortalezca ante los grandes jugadores
mundiales.
Las afinidades de los gobiernos en esta etapa deberían facilitar el diseño
de objetivos comunes, en cuanto se acepten reglas de convivencia que reconozcan
los diferentes volúmenes y se hagan las complementaciones sin desconocer
la realidad de que las disparidades de fuerzas siempre se trasladan a la relación
de los poderes.
El Mercosur llena hoy por hoy los requisitos, sin ser por ello la opción
ganadora. Chile, por ejemplo, lo concibe como una alianza política que
irá conduciendo por inercia hacia la unión aduanera, ya que 90%
del comercio regional se encuentra liberado.
Tampoco cabe la ilusión de que saltar de un conglomerado de relativamente
baja ponderación implique pararse en un pie de igualdad con los poderosos,
quienes naturalmente tienden a emblocar pero bajo su órbita de intereses.
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