Por Marcos Caruso

En julio, la bravura del viento zonda da un respiro, el calor no sofoca y el viajero puede encarar con auténtico espíritu aventurero una travesía hacia la nada inconmensurable, hacia el silencio donde sólo las piedras hablan, enseñan el milenario paso del tiempo, muestran el laborioso tallado del viento y ponen al alcance de todos las evidencias de una tierra que, millones de años atrás, fue un área de pantanales con clima tropical que favorecía el crecimiento de una frondosa vegetación y donde convergían diversos tipos de dinosaurios.
Es el lugar donde las piedras testimonian que allí surgieron plantas con semillas y que los reptiles evolucionaron hasta convertirse en mamíferos. Es donde más de 20 especies de vertebrados convivieron con los dinosaurios.
El Parque Natural Ischigualasto, situado en el noroeste de la provincia de San Juan, a 330 kilómetros de la capital provincial, con una superficie estimada en 60 kilómetros de largo por 15 de ancho, es un libro de geología y de paleontología a cielo abierto. Sus páginas son las sucesivas capas de fósiles descubiertas en las excavaciones, que trasladan al visitante a más de doscientos millones de años, cuando todo era una gran planicie verde y animada, antes de que los estertores de la tierra dieran lugar a la formación de la Cordillera de los Andes, hace 170 millones de años. Mucho antes.
Es el Valle de la Luna y fue descubierto en l940 por el doctor Joaquín Frenguello, de la Universidad de La Plata.
Pero transcurrieron 18 años desde ese descubrimiento para que se realizara la primera expedición para explorar las huellas del triásico en la zona. Y estuvo comandada por el paleontólogo y director de la Universidad de Harvard, Alfred Romer. La síntesis de lo que halló quedó plasmada en su informe: “Cada paleontólogo sueña con encontrar algún día un yacimiento virgen cubierto con cráneos y esqueletos. Casi nunca se realiza este sueño. Para nuestro asombro y felicidad, el sueño se cumplió en Ischigualasto”.
Claro, podía darse por satisfecho el hombre: en menos de 90 días los exploradores hallaron más de l00 fósiles terápsidos, similares a los hallados en el desierto africano de Karoo. De ahí su asombro y la lógica felicidad.
El nombre, un misterio
Si bien hoy los fósiles encontrados, los troncos petrificados de antiquísimas araucarias y las impresiones de helechos son una demostración incuestionable de la intensa fauna que pobló el valle en la era mesozoica del período triásico, su nombre sigue cubierto por cierto manto de misterio.
Se pueden leer y escuchar decenas de interpretaciones del término Ischigualasto. Desde las que aseveran, amparándose en investigaciones científicas (siempre deben de ser científicas, sin duda), que los indios huarpes fueron los únicos que habían conocido la región y que un cacique de nombre Ischigualasto los llevó a hacer asentamientos en la zona, hasta aquella que reniega de todo y señala que, por el momento, es una palabra que no significa nada. Apenas si algunos guías del parque traducen “asto” como lugar, pero del resto de la palabra, nada.
Una interpretación popular más accesible es la de Valle de la Luna para definir esa hondonada que limita hacia el norte con las Barrancas Coloradas y, al sudeste, con las sierras del Valle Fértil.
La definición se debe a la inmediata asociación que se hace de la superficie de la Luna con la bentonita gris, casi blanca, que debido a las incesantes inclemencias del tiempo fue adquiriendo su forma y aspecto actual. Arcillas y cenizas volcánicas, junto con arenas y otras clases de rocas, han respondido de una manera muy peculiar al ataque de los agentes erosivos, dando por resultado un paisaje de suaves lomadas con capas de colores ocres y violáceos intercalados entre el gris ceniciento.
Y allí, donde hubo bosques, hoy predominan los cactos y cardones de más de 3 metros de altura, algarrobos, espinillos y plantas silvestres.
En el camino es posible avistar una gran variedad de animales como guanacos, liebres criollas, vizcachas de las sierras, zorros colorados, pumas, quirquinchos y, sobrevolando las cumbres, los cóndores, de lento aleteo o planeando en semicírculos.
Predominan los tonos ocres y amarillos de las piedras y el clima es cálido y seco, lo suficiente como para que los esqueletos de yararás o de vizcachas sirvan de advertencia al viajero sobre los recaudos que hay que tomar en un área donde el viento talló cada una de las elevaciones y dejó que la interpretación popular les fuera poniendo nombres.
Y esos intensos tonos varían y dejan lugar a distintos matices rojizos, acentuados cuando el atardecer tiñe todo con un fuerte anaranjado.
Del hongo al submarino
Es el momento de abandonar el vehículo doble tracción y dedicarse a caminar cuanto se quiera o se pueda.
Surge, inicialmente, el cerro Morado, formado por capas de basalto de un llamativo color que varía hacia el azulado. Si se lo mira tanto del oeste como del este, y con los sentidos puestos en los dichos populares, podrá creerse que se está mirando un indio acostado con su cabeza dirigida hacia el norte.
Se descubre el Hongo, la Cancha de Bochas, el Submarino, con vista panorámica hacia el sur. Hacia el este se observan las barrancas coloradas y los cerros Plateado y Morado. También están el Sillón del Peluquero, La Esfinge, La Paloma, El Elefante Acostado, El Zapato y así, sucesivamente.
Se perpetúan las sorpresas hasta que se llega a Los Colorados, en el límite norte del valle. El rojo intenso de los árboles petrificados se mezcla con lo que quedó del verde de sus hojas, las que no llegaron a comerse los cinodontes y rincosaurios, precedentes de los dinosaurios y antecedentes en la cadena biológica de los mamíferos actuales.
Es el área preferida por los paleontólogos y arqueólogos.
También, las alturas de 100 y 200 metros son la seducción ineludible para quienes practican mountain bike y se lanzan por circuitos vírgenes o trepan hasta alcanzar vistas de gran parte del parque, con el degradé de tonos que van del ocre al gris.
La caminata, el descubrimiento de las diversas formas geológicas o de los restos paleontológicos, las trepadas y las vistas panorámicas agotan. Y el anaranjado persistente del cielo al atardecer marca el final de la visita antes de que el frío comience a labrar los cuerpos.
El momento del regreso no genera pena ni desánimo: pensar en unas copas de vino sanjuanino, en un caldo caliente, en fetas de queso de cabra o en empanadas de carne de chivito cortada a cuchillo es un buen regreso a la realidad tras el paseo por el período triásico. M
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