La acusación
Tres mil novecientos cincuenta por ciento. Sí. 3.950%. Eso es lo que
creció el área sembrada de soja en los últimos 35 años.
Por cada hectárea que había en 1970, ahora hay 395. La ola sojera
ha arrasado con campos de trigo, maíz y cría, hasta cubrir 15
millones de hectáreas. La principal víctima fue el ganado bovino.
Por Daniel Alciro
Acaso, también la fertilidad de las pampas, en el largo plazo. Cuando
se alternaban cultivos y pasturas, esa fertilidad estaba asegurada.
La tradición agropecuaria empezó a disiparse una década
atrás. Fue al influjo de varias novedades:
El despertar de un gigante. China tuvo un prodigioso crecimiento económico:
7-8% desde hace 30 años. Su mercado interno aumenta a cada minuto: hoy
se estima en 1.306.313.812. La migración del campo a la ciudad es continua:
la población urbana se incrementa 4,6% por año. Todo esto ha provocado
un aumento del consumo chino (y, por lo tanto, mundial) de tofu, salsa, aceite
y otros alimentos directos; y el incremento en el valor nutritivo de carnes
rojas y blancas, merced a las proteínas que la soja le añade al
pienso. “Aumento del consumo” no significa “ligero incremento”:
hoy los chinos consumen 5 veces más soja que en los ’70. Su país,
que fue durante mucho tiempo el primer producto mundial de la leguminosa (se
autoabastecía y exportaba), no ha podido seguir el ritmo de la demanda.
La década pasada, China debió liberar la importación y,
hacia 1999, ya era el principal importador mundial del producto. En 2003, le
compró al mundo 20.700.000.000 toneladas. Esta repentina y monumental
oferta disparó el precio internacional.
La ingeniería genética. La luz verde para usar semillas genéticamente
modificadas (GM) permitió obtener, desde la campaña 1995-1996,
plantas que soportan los más poderosos herbicidas. Es un proceso mundial,
motorizado por Monsanto, principal fabricante de glifosato (bajo la marca Roundup)
e introductora de la semilla resistente a tal herbicida (RoundupReady ó
RR). La RR emplea un gen procedente de la Agrobacterium tumefaciens,
bacteria que se encuentra en la tierra, para desarrollar dicha resistencia.
Sin embargo, Monsanto no es la única proveedora de semillas GM en la
Argentina. A diferencia de Estados Unidos –donde la RR no puede venderse
ni usarse sin el consentimiento de esa corporación, que lo canjea por
un royalty– en nuestro país hay numerosos proveedores
de semillas GM. El liderazgo lo tiene Nidera, y la lista incluye a Dekalb, Pioneer
Hi-Bred, Don Mario, La Tijereta y Relmó. Esto hace que la tecnología
sea más barata en la Argentina, donde el uso de semillas GM ha reducido
8% los costos de producción. Este menor costo –debido al no pago
de patentes– contribuyó a que la nueva tecnología se desarrollara
con mucha velocidad en la Argentina. Es posible que también haya contribuido
a eso el bajo consumo de soja que hay en el país: los transgénicos
–que despiertan la superstición de mucha gente– son aplicados
a productos que no se comen sino que se exportan.
Sequías, vacilaciones y patentes. Una fuerte sequía en Estados
Unidos –sumada a la mora de Brasil en autorizar la introducción
de semillas GM– abrieron una “ventana de oportunidad” para
la Argentina, que pudo cubrir los huecos dejados por otros.
Un juego de niños. Las semillas GM dieron lugar a la siembra directa;
es decir, sin labranza. El agricultor se olvidó del arado. Hoy, por ejemplo,
tira semillas RR sobre el rastrojo de la cosecha anterior, les echa glifosato
y espera que la soja crezca, libre de plagas.
Tres por uno. Si el precio internacional de la soja ya era alto por el “efecto
China”, el exportador argentino se encontró en 2002 con que (literalmente)
se le triplicaba. Merced a la devaluación, comenzó a recibir tres
pesos (no uno) por cada dólar exportado.
La aftosa tan temida. Al mismo tiempo que la soja se convertía en el
gran negocio, la producción ganadera andaba de capa caída. El
brote de aftosa (2000) había excluido a la Argentina del mercado mundial.
No es sorprendente que, en estas condiciones, el campo –que venía
de sufrir años de malos precios internacionales y un peso sobrevaluado–
se lanzara a recuperar rentabilidad de la manera más rápida y
fácil: sembrando soja.
Aprovechar una oportunidad, reconvertir producción y maximizar ganancias
es un signo de vitalidad económica.
Las críticas infundadas
Las críticas que suelen hacerse al boom sojero son, en muchos
casos, infundadas:
“La Argentina está volcándose al monocultivo”
Es cierto lo dicho al principio: el área sembrada con soja aumentó,
en 35 años, 3.950%.
También es cierto que, en una década, esta leguminosa –que
en 1994/1995 ocupaba 28,43% de las tierras agrícolas– hoy cubre
50%.
Sin embargo, el cuadro de esta página muestra que se exagera al sostener
que la Argentina se encamina al monocultivo.
Hubo, en diez años, un aumento de 28% en el total de área cultivada,
y eso se debe a la soja; pero los otros cultivos no han sufrido reducciones
sensibles. Cayó la avena y un poco menos el maíz; en cambio, creció
algo el trigo.

El que perdió más terreno fue el girasol: por cada 100 hectáreas
que había una década atrás, hoy quedan 60. Pero esto no
marca una peculiaridad de la Argentina. Es parte de un proceso que se da en
el mercado internacional de aceites. Reina el de soja, cuya producción
supera hoy a la de aceites de girasol, oliva, maní, cártamo, canola
y palma… todos juntos.
El siguiente gráfico muestra que –si bien la soja creció
de manera pronunciada– los otros cultivos mantuvieron una relativa estabilidad,
y aun la caída del girasol no es comparable a la trepada sojera.
“Las semillas GM están destruyendo los suelos”
El uso de semillas GM no es inocuo. Produce una disminución de fosfatos
en la tierra, y afecta la fijación de nitrógeno. Esto último
porque la Bradyrhizobium japonicum –la bacteria encargada de
tal fijación– es muy sensible a la acción del Roundup.
Los herbicidas, por otra parte, dañan los ecosistemas; y en la región
pampeana el problema empieza a agudizarse: ya hay semillas que, habiendo desarrollado
cierta tolerancia al glifosato, requieren dosis del herbicida que superan las
recomendadas.
Sin embargo, esto no autoriza la versión apocalíptica. Las plagas
(y los herbicidas aplicados a plantas no preparadas para tolerarlos) producen
daños que, a menudo, los ecologistas no contabilizan.
La biotecnología, por otra parte, es una disciplina en expansión
que, sin duda, perfeccionará procedimientos y superará resistencias.
Es importante que no se endiose la ingeniería genética, se reconozcan
sus límites y se la someta a controles; pero debe evitarse el escepticismo
tecnológico según el cual –en el mundo dominado por la ciencia–
mañana siempre será peor.

Las críticas fundadas
Lo más inquietante, con relación a la soja, es lo mismo que preocupa
con respecto a la economía argentina en general: la improvisación,
el facilismo y la incapacidad de prever.
Está bien aprovechar una oportunidad, si se tiene en cuenta que es sólo
eso; y que luego debe asegurarse la continuidad o la alternativa.
Qué pasará cuando varíe la relación oferta-demanda
La Argentina fue pionera en el aprovechamiento de las nuevas tecnologías
y la creciente demanda china. Pero la ingeniería genética está
al alcance de sus competidores potenciales; y, si los precios internacionales
de la soja se mantienen, ellos irrumpirán en el mercado. Ya la producción
mundial de oleaginosas está creciendo a razón de 13% por año,
y 80% de tal alza corresponde a la soja.
De hecho, en un congreso organizado en Beijing (2004) por el Centro Nacional
de Información sobre Granos y Aceites, se dijo que “durante la
próxima década, el crecimiento de las exportaciones brasileñas
superará ampliamente el de la Argentina y Estados Unidos”.
El aumento de la oferta, hará caer los precios.
También pueden caer por efecto de una menor demanda.
Los optimistas señalan tres tendencias positivas:
1- Está previsto que la economía china continuará expandiéndose,
aunque a tasas decrecientes.
2- La población, a la vez, seguirá aumentando.
3- También puede aumentar el consumo per cápita de soja. Entre
1981 y 2003, China pasó de 0,25 kilos a 5,57 kilos; pero todavía
puede incrementarse significativamente. El país no tiene un consumo muy
alto, si lo compara con el que ostentan algunos vecinos de dieta similar pero
mayor poder adquisitivo. Un dato elocuente: el chino de Taiwán consume
hoy tres veces más soja el chino continental.
Sin embargo, habrá que ver si China no diversifica la dieta de su población
y, sobre todo, si no avanza –como es altamente probable– en el proceso
de industrialización de la soja. De hecho, ya está haciendo inversiones
millonarias en molinos aceiteros, lo cual significa que dentro de poco dejará
de comprarnos las actuales cantidades de aceite de soja y pasará a demandar
simplemente semillas.
Más aun, habrá que ver si las autoridades chinas no ponen en marcha
una política destinada a quebrar la dependencia del país respecto
de la soja importada.
Los chinos tienen un país de 9.527.200 kilómetros cuadrados. De
esa superficie, 31% corresponde a praderas.
Su mayor problema es la escasez de agua en gran parte de los llanos. Sin embargo,
las autoridades –que han hecho un esfuerzo por aumentar la productividad
de la soja no transgénica– podrían facilitar el riego e
intensificar el cultivo tradicional. Esta política sería complementada
por restricciones a la importación de soja genéticamente modificada,
como las impuestas por Japón y la Unión Europea. Por lo pronto,
China ya ha establecido que los productos derivados de soja transgénica
tienen la obligación de advertirlo en sus etiquetas.
Un vuelco de China a la soja tradicional provocaría una fuerte distorsión
del mercado, alterando los precios actuales.
Es posible; aunque no lo más probable, dado que la propia China podría
ser víctima de tal distorsión, que en lo inmediato afectaría
el abastecimiento de soja a su mercado interno.
Pero la alternativa puede ser peor.
En vez de poner barreras a la soja transgénica de Estados Unidos, la
Argentina y Brasil, China puede lanzarse a la producción a gran escala
de soja transgénica en su territorio.
En realidad, China fue uno de los primeros países en introducir las semillas
GM, aunque no para la soja sino para el algodón. Tanto que figura –detrás
de Estados Unidos, la Argentina y Canadá– entre los cuatro países
con mayor superficie cubierta por cultivos transgénicos.
La biotecnología china está dominada por el Estado, que ve en
la ingeniería genética un modo de alimentar a la inmensa población
del país, mejorar los ingresos del sector rural, promover el desarrollo
sustentable y desarrollar una industria alimentaria competitiva a escala mundial.
Debe tenerse en cuenta que, hasta 1995, China era exportador (neto) de soja.
Luego tuvo cuatro años de importador, hasta 1999, y en 2000 aprovechó
un stock temporario para recuperar la condición de exportador.
China no es una economía plena de mercado, donde la demanda se impone
a las decisiones oficiales. El gobierno, por ejemplo, puede disponer que se
recurra a aceites mezcla, con menor contenido de soja.
El país tiene –heredada de su época de planificación
absoluta– tendencia a asegurar el autoabastecimiento alimentario. Hasta
1994/95 fue un gran importador de trigo y arroz; pero en esa época implementó
un plan de autosuficiencia y, dos años más tarde, producía
más de lo que consumía. De tal manera, contribuyó a que,
entre 1997 y 2002 cayeran los precios internacionales de esos productos.
Los subsidios a la producción son uno de los instrumentos utilizados
por el gobierno chino y –aunque en una economía más diversificada
y globalizada estos incentivos no tengan el mismo valor que antes– la
magnitud del país puede hacer que eso sólo influya en el mercado
mundial.
En China todo hay que medirlo en valores absolutos. Uno puede decir que 77%
de los chinos no tienen teléfonos celulares; y eso es cierto. Pero también
es cierto que quienes sí tienen teléfonos celulares suman 300.000.000.
Así es todo. No podemos olvidar nunca que hay, en China, 3 habitantes
por cada ciudadano de la Unión Europea. Generalmente pensamos que eso
convierte a los chinos en un gran mercado de consumo. Olvidamos que semejante
mercado interno les da, también, una escala única, apta para intentar
lo que ninguna otra economía puede.
Nada de esto justificaría proponer que la Argentina plantara menos soja
y volviera a dedicar 4.000.000 de hectáreas al girasol.
En cambio, lo expuesto es suficiente para discutir la sensatez (o insensatez)
de mandar al exilio interior el ganado bovino.
La tragedia del feedlot
John Robbins, autor del best-seller The Food Revolution, asegura que
“alimentar vacas con cereales es una de las ideas más estúpidas
de la historia occidental”.
En Finlandia o Eslovenia puede haber un atenuante: la tierra es escasa, las
pasturas son pobres y sólo las vacas de corral pueden dar mucha carne
en poco tiempo. A un precio: el de la menor calidad.
La “estupidez” señalada por Robbins se hace inexcusable cuando
se alimenta vacas con cereales en la pampa húmeda: uno de las pocas planicies
del mundo con extensión suficiente, clima ideal y pasturas óptimas
para producir carne de calidad superior.
Quienes justifican la invasión sojera sostienen que ésta “obligó”
a la ganadería argentina a volverse más “eficiente”,
produciendo la misma cantidad de carne en menor espacio.
En primer lugar, cabe discutir qué significa “la misma cantidad”.
En “Lineamientos para la formulación de escenarios del mercado
de carne vacuna en Argentina (2005-2007)”, el economista Javier González
Fraga y un equipo de la Universidad Católica Argentina sostuvieron que
“la existencia del ganado bovino argentino se contrajo 9,5% durante la
década de los ’90, con una merma de 5 millones de cabezas, lo cual
afecta su capacidad de recuperación frente al actual aumento de la demanda
para el consumo y la exportación”. El estudio, asentado en datos
del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, tomó como base
el “valor máximo de la década pasada” (53.200.000
cabezas en 1994), y lo comparó con el de 2004 (48.500.000). Luego de
destacar esa pérdida de 4.700.000 cabezas, el trabajo indicaba que en
la Provincia de Buenos Aires el número de animales había disminuido
13,1%.
De modo que el argumento cuantitativo no es cierto: la soja sí provocó
una disminución del ganado bovino; y lo desplazó de las zonas
ideales.
Pero supongamos que no fue así. Admitamos por vía de hipótesis
que –como dicen los defensores a ultranza de la soja– el stock ganadero
no varió. Es lamentable que se exhiba como un triunfo el estancamiento.
La ganadería argentina debió expandirse en los últimos
años, habida cuenta de las condiciones propicias que se dieron:
1- El valor del dólar en pesos se triplicó.
2- Se obtuvo la condición de “país libre de aftosa”.
3- La oferta mundial se vio restringida por la “vaca loca”.
4- La oferta alternativa está afectada por la gripe aviar.
En poco tiempo, Brasil –otro país sojero– multiplicó
por 4 sus existencias de ganado bovino y por 7 sus exportaciones de carne. La
Argentina, en cambio, juega con las cifras para demostrar que no tiene “mucho
menos” cabezas que hace 10 ó 15 años.
Pero todavía hay otro argumento que soportar: “Hoy con menos cabezas
se produce más carne, porque el feedlot (o, al menos, la terminación
en corral) permite obtener más kilos en menos tiempo”.
La verdad es que, en productividad, ya no nos destacamos. Producimos 21% de
lo que produce Estados Unidos; y 36% de lo que producen Brasil o la Unión
Europea. No estamos muy arriba, siquiera, de la India.

Pero, además, cada vez sacamos más “terneros bolita”,
destetados precozmente y LPF (Listos para Feedlot).
No hay imagen más elocuente y penosa para ilustrar la decadencia (todavía
evitable) de la ganadería argentina: el pasaje del Argentine prime
beef al bife de “ternero bolita”.
Los argentinos proclamamos durante años, y con mucho orgullo, que nuestra
carne era “la mejor del mundo”. Pero rara vez nos preguntamos por
qué. No hay en el país razas bovinas autóctonas. No hay,
tampoco, híbridos que hayan resultado del apareamiento selectivo, dispuesto
con el propósito de crear animales de ciertas características.
La carne argentina es, en realidad, carne británica criada en las pampas.
Los primeros ejemplares los trajeron los ingleses que construían aquí
ferrocarriles. Por eso en las estancias del país se crían:
Aberdeen-Angus. El fundador de esta raza fue, en el siglo XVIII, Hugh Watson
of Keillor, de un valle de Angus, en Escocia. La base fue un ganado descornado
que existía en Aberdeen, Angus y Banff.
Shortorn. Es una raza desarrollada en Northumberland, Inglaterra, por los hermanos
Charles y Robert Colling, que realizaron cruzas a partir de unos ejemplares
con cuernos, que existían allí desde el siglo XVI.
Hereford. La raza fue desarrollada en el condado de Herefordshire, Inglaterra,
a fin de alimentar a la legión de obreros que produjo la Revolución
Industrial. Con la idea de obtener animales de alto rendimiento, en 1742 Benjamin
Tomkins comenzó por cruzar un ternero Silver con vacas Pidgeon y Mottle.
Esas razas se desarrollaron, luego, mejor en la Argentina que en Gran Bretaña.
Para ser más precisos, mejor en la pampa húmeda; no en cualquier
lugar de la Argentina.
En el norte del país han prosperado las razas índicas (Brahman,
Brangus, Braford), que se adaptan mejor al calor y resisten a sus pestes, aunque
dan una carne de inferior calidad.
Las Aberdeen Angus, las Shortorn, las Hereford se desarrollaron en la pampa
húmeda porque estas regiones tiene características que la destacan
en el mundo:
• Ocupa unos 50.000.0000 de hectáreas, entre las isotermas de 2
ºC a 13 ºC.
• Sus inviernos son suaves, sin hielo ni nieve.
• En las áreas más húmedas, la lluvia está
distribuida de manera uniforme a lo largo del año.
• No hay árboles nativos.
• El terreno es llano.
• Los suelos son fértiles.
• Hay cuatro estaciones bien definidas, a lo largo de las cuales se alternan
distintas especies de gramíneas: C3, C4.
• El forraje se mantiene verde todo el año.
• Gramíneas templadas y leguminosas de buena calidad forrajera
(20% de proteínas; 80% de digestibilidad) permiten que, durante el invierno,
se emplee la biomasa remanente de las gramíneas estivales.
Dedicar esa llanura prodigiosa a la soja, y llevarse el ganado a pastar en campos
pobres, o condenarlas a comer maíz en una celda, es matar la vaca de
los bifes de oro.
A diferencia de la soja, que puede tener una demanda elástica –y
que puede producirse en muchas partes– la carne de primera tiene un creciente
mercado en el mundo desarrollado y sólo se puede producir en contados
países.
Un indicio de eso es el negocio de la “carne orgánica”; o
sea, libre de todo agroquímico. En sociedades de alto poder adquisitivo,
donde hay disposición a pagar un plus por salud y calidad, la demanda
de “carne orgánica” está en expansión. El mercado
japonés, por ejemplo, paga hasta 30% más por un bife que tenga
el sello “orgánico certificado”.
Tesco, la cadena británica de supermercados, se provee de carne orgánica
en la Argentina. Pero el país que lidera esta especialidad es Australia.
La cooperativa australiana OBE Beef Pty Ltd., fundada en 1995, tiene
7.000.000 de hectáreas dedicadas a la cría de ganado orgánico.
Su CEO, David Brook, destaca que esas tierras comprenden más de una región
(Queensland, Australia del Sur, sectores de Nueva Gales del Sur), y dice algo
que bien podría decirse de la Argentina: “Aquí se ha estado
criando carne orgánica por más de 150 años, casi por accidente”.
Según el propio grupo, sus vacas son “orgánicas” porque
“pastan libremente en grandes extensiones, eligiendo sus pasturas preferidas
entre 250 hierbas y pastos nativos; todo en una región fértil,
dedicada exclusivamente a la cría, donde no hay necesidad de utilizar
productos químicos”.
Es difícil probar lo que dice Brook, pero él afirma que “los
connoisseurs pueden reconocer, en la carne, el gusto del Channel Country [una
región del extremo sudoeste de Queensland]”.
OBE tiene un web site en inglés, japonés y coreano, y
desde cualquier lugar del mundo se puede comprar –mediante ese sitio de
Internet– carne orgánica que llega al domicilio del consumidor
dentro de los 14 días.
No se trata sólo de satisfacer el snobismo de un exclusivo mercado internacional,
formado por gente que pretende reconocer la diferencia entre un bife de Queensland
y uno de Pergamino.
Hay criterios objetivos para clasificar las carnes.
En Estados Unidos, el Departamento de Agricultura otorga certificados a la carne
según su calidad. Hay ocho grados distintos, pero los tres mayores son:
prime (la carne que se encuentra en grandes hoteles y restaurantes),
choice (la mejor que puede comprarse en la mayoría de los negocios)
y select (con poca grasa).
El valor nutritivo es uno de los criterios utilizados por el USDA para otorgar
esos certificados. El grass-fed beef (o sea, la carne engordada a pasto)
tiene menor proporción de grasas saturadas y provee mayor cantidad de
ácidos grasos omega-3, lo cual la hace comparativamente más saludable
que el producto de feedlot.
Tanta importancia tiene hoy día la información nutricional de
la carne que OBE informa los valores correspondientes a una porción de
100 gramos:

Las condiciones para lograr un prime beef son:
• Que el ganado paste libremente. Contra lo que ocurre en el corral –un
sistema carcelario que produce estrés, afectando el sabor y la terneza
de la carne– la libertad de pastar crea condiciones ideales para la maduración
del animal.
• Que fije su propio ritmo de alimentación. Cuando la ingesta no
es su única actividad, el ganado obedece el timing biológico
y su estado general se beneficia.
• Que se lo rote periódicamente a campos con pasturas frescas.
Para impedir que la alimentación se deteriore, hay que asegurar que en
ningún momento el animal quede a expensas de un campo parcialmente agotado
o seco.
Para quedarse con la soja y con el bife, en la Argentina se ha puesto de moda
una afirmación: “No hay diferencia entre una vaca que comió
posturas hasta el final y una que fue terminada a grano”.
La terminación puede consistir en un encierro de 30 a 90 días.
Robbins no respalda semejante teoría: “Es crucial que el terminado
se haga con alfalfa y pasto, a campo abierto. Si el ganado recibe a lo largo
de su vida alimentación en base a pasturas frescas, pero en las últimas
semanas se lo encierra a comer grano en corral, perderá gran parte de
su calidad”.
Cuando la soja expulsa a la ganadería de primera, no aumenta la eficiencia.
Aumenta la rentabilidad de corto plazo, a expensas de la rentabilidad de largo
plazo.
No se puede culpar a la soja transgénica por haberle hecho ganar divisas
al país, facilitado el superávit fiscal y traído prosperidad
a un campo alicaído.
Sí se puede culpar a aquellos para quienes la soja transgénica
ha creado un modelo duradero de economía agro-exportadora, que no requiere
anticiparse a su crisis inevitable.
Para que la soja no sea flor de un día, el agro –con la ayuda y
los incentivos del Estado– debe asegurar la diversificación productiva
y, en particular, la preservación y desarrollo de su mayor ventaja competitiva:
la pecuaria. M
La defensa
Los detractores incorporaron a su arsenal de argumentos la supuesta condición
de victimaria de la oleaginosa, convertida en una especie de devoradora de las
demás producciones agropecuarias extensivas. Es exaltada o condenada.
Tanto se la muestra como la salvación de la economía argentina
o como el depredador que acabará con el medio natural.
Por Néstor Sargiotto y Jorge Freites
Es indudable que el crecimiento sojero, consumado en su mayor parte en los
últimos 20 años, cambió todas las coordenadas del campo
argentino. Desplazó cultivos tradicionales como el girasol y el maíz.
Mandó a la categoría de recuerdo la bucólica imagen de
vacas pastando en interminables praderas. Se instaló desde el norte del
país, en Salta, hasta las más recientes experiencias con el cultivo
en Neuquén, golpeando las puertas de la Patagonia.
Pero ¿todo es culpa de la soja? Como ocurre la mayoría de las
veces, la verdad no transita ningún extremo. Más bien tiende a
acomodarse en un terreno de equilibrio, ayudada por objetivos datos de la realidad.
Carne desplazada
El primer “bocado” que la oleaginosa pareció engullir fue
la ganadería de carne. No pocos se apuraron a diagnosticar su irremediable
final. Sin embargo, contra los vaticinios más pesimistas, las vacas no
fueron diezmadas aunque sí tuvieron que desalojar sus dominios.
El stock bovino está lejos de caer dramáticamente y se
mantiene en 52 o 54 millones de cabezas (según las imprecisas estadísticas
oficiales).
Tampoco hay una redistribución territorial importante. La pampa húmeda
sigue albergando 60% del rodeo nacional, aunque –aquí está
una de las claves– en menor superficie.
La ganadería de carne perdió más de 4 millones de hectáreas
a manos de la soja. En un primer momento, la sobrecarga de hacienda afectó
los parámetros productivos. La reducción de la superficie ganadera
y el mantenimiento del mismo stock, provocó subalimentación
de los rodeos, lo que se tradujo en una caída de los índices de
preñez.
El proceso resultó simple. Con una rentabilidad imbatible, la soja se
extendió hasta suelos de mediana o baja aptitud agrícola que tradicionalmente
ocupaba la ganadería. Los bovinos fueron a zonas marginales o se agruparon
en terrenos más chicos.
Los especialistas coinciden en que la ganadería, en forma totalmente
extensiva, terminada a pasto, es una actividad al borde de la extinción.
En lo que se conoce como zona núcleo maicero-sojera (sur de Santa Fe
y norte de Buenos Aires), los animales están un tiempo en el campo y
su terminación para faena se hace en confinamiento y con granos. Es el
conocido engorde a corral o feedlot. Lo practican tanto grandes como
pequeños productores.
En términos productivos, el impacto más notorio que la soja le
deparó a la ganadería fue una “profesionalización
obligada”. Los expertos explican que “el boom de la soja obligó
a ser más eficientes a quienes no se desprendieron del ganado, y a manejarse
con espacios reducidos para la hacienda, produciendo más kilos por hectárea”.
Ante los números positivos de la soja, quedaron al desnudo todas las
ineficiencias ganaderas. En la Argentina, cada 100 vacas se consiguen anualmente,
en promedio, de 60 a 70 terneros. El resto se pierde por problemas en la preñez
y la parición. Los animales que antes pasaban hasta dos inviernos engordando
en los campos fueron sometidos a ritmos de ganancias diarias de peso que antes
se consideraban excepcionales.
Empezó a emerger así “una ganadería más especializada,
con el productor afinando cada decisión”. Los campos que no se
fueron de la ganadería tienen un progreso muy importante en sus índices
productivos. Para tomar un ejemplo, en la zona de Río Cuarto, Córdoba,
se registró en los últimos 7 años una mejora de 50%, como
promedio, entre todos los sistemas. Los de invernada (engorde) pasaron de producir
300 kilos por hectárea a casi 700 kilos. El ciclo completo (cría
y engorde) creció de 240 kilos a 460 kilos. Hoy no son inusuales márgenes
de US$ 200 por hectárea que compiten con la agricultura en forma razonable.
También, a tono con la fiebre de la soja, los valores de los arrendamientos
de muchos campos de cría aumentaron entre 25% y 30%. Ocurrió en
la cuenca del Salado, la región ganadera por excelencia de la provincia
de Buenos Aires, ante la presión de los productores de otras zonas que
solventan con la oleaginosa el costo de poner vacas y producir terneros.
Es una tendencia surgida en las últimas campañas: los productores
sojeros abandonan el planteo mixto y pasan a otro totalmente agrícola,
mientras envían las vacas a otras zonas para contar con algo de hacienda
para diversificar riesgos.






También la leche
La lechería representa otra actividad cuya crisis del período
2000/2002 le dejó casilleros abiertos a la soja.
La inversión en crecimiento con calidad que habían hecho los productores
se desplomó cuando el precio del litro de leche descendió de 22
a 12 centavos de dólar con el mismo esquema de costos.
La falta de rentabilidad de los tambos encontró en la soja una salida.
¿Cómo resistir la tentación de abandonar una de las actividades
agropecuarias más complejas y difíciles de manejar y pasarse a
una forma de producción simple, de menores costos y más segura?
Como tendencia general, la desaparición de tambos es irreversible. Se
requieren años para armar un buen plantel de leche, crear una organización
competente y los resultados no son inmediatos. Es fácil salir pero no
así ingresar.
No obstante, desde 2003, el sector se recuperó y ha vuelto –con
más de 2.000 establecimientos menos, hay que remarcarlo– a los
más altos picos de producción. Otra vez la historia se explica
por la eficiencia como fórmula ineludible.
En lechería, el costo de oportunidad que genera la soja ha hecho que
los sistemas de producción en los tambos se hayan intensificado: cada
hectárea vale mucho y tiene que producir mucho. Con más o igual
cantidad de vacas y con menos hectáreas ocupadas, ahora se genera más
leche. No hay margen para los modelos de baja eficiencia.
Hasta el silo de soja o el pellet de soja tiene un destino económico
en las actuales raciones de los tambos argentinos.
La soja pasó a figurar en el elenco de pesadillas de las industrias lácteas.
La mayoría de los tambos está en zonas agrícolas y actualmente
un productor de escala ni siquiera tiene que salir del negocio para atenuar
caídas del negocio. Le alcanza con reducir la superficie afectada al
tambo ante alguna señal desfavorable de su industria.
Sacudones regionales
Las economías regionales han sido ubicadas entre las “víctimas”
predilectas de la soja. Cultivos como maní, arroz, algodón y legumbres,
emblemáticas de regiones o provincias, empequeñecieron ante la
oleaginosa.
Por caso, la siembra de la soja en zonas poroteras de Salta creció 30%.
El algodón dejó de ser el rey de la agricultura chaqueña.
En el litoral, el arroz conoció uno de sus peores períodos al
finalizar el último siglo.
Ante este somero repaso, las miradas acusadoras se vuelven hacia la soja. Pero
desde las mismas entidades productoras de aquellos cultivos, se la absuelve.
Las crisis padecidas obedecieron a otros factores. Lo que sí, por las
grietas abiertas, se filtró velozmente la soja.
En la Fundación Pro Arroz admiten que la merma productiva en Corrientes
y Entre Ríos (donde se concentra 90% del cereal) no se debió a
la soja. Explican que el retroceso del arroz tiene sus raíces en los
años ’90 cuando fue el cultivo que más creció en
la Argentina, debido a un contexto internacional firme. Luego, una conjunción
de factores adversos, como el aumento de la presión impositiva, la baja
del mercado y del precio internacional, la devaluación en Brasil a comienzos
de 1999 (prácticamente el único comprador) y los problemas de
financiación, llevaron a una profunda crisis.
En 1998/99 la superficie sembrada era de 290.000 hectáreas y se cosecharon
1.600.000 toneladas. Llegó a caer por debajo de 170.000 hectáreas,
con 950.000 toneladas.
En Salta la siembra de poroto pasó en los últimos cinco años
de 400.000 hectáreas a 200.000 hectáreas. En la misma proporción
creció la soja.
Desde la Cámara de Legumbres de la República Argentina (CLERA),
desgranan los motivos: caída de los precios, por debajo incluso de costos
de producción y pérdida de mercados para el poroto negro, la principal
variedad cultivada en el país.
La ausencia de diversificación jugó en contra. Durante muchos
años, la Argentina fue el segundo exportador mundial manejando sólo
dos variedades de porotos, el blanco y el negro. Las naciones competidoras se
han especializado en exportar hasta 15 variedades, adaptándose a las
exigencias de los mercados.
De todos modos, hay un costado negativo asignable a la expansión de la
soja y es que desplazó al poroto a zonas de mayor riesgo climático.
En los planes de recuperación que maneja la Cámara Algodonera
Argentina no se incluye ningún intento de frenar la expansión
de la soja ni competir con ella. Lo que se busca es que el algodón sea
una opción de rotación de la oleaginosa. Algo así como
una convivencia armoniosa.
Esa posibilidad está vedada para el maní, una de las joyas agrícolas
que tenía la provincia de Córdoba con 98% de la producción
nacional. En su apogeo, la superficie manisera tocó un techo de 407.000
hectáreas e involucró a 10.000 familias en todas las actividades.
Pero en pocos años bajó a 157.000 hectáreas y el aparato
montado a su alrededor se desarmó. Con costos de producción del
maní que llegan a rondar los US$ 500 por hectárea y precios deprimidos,
la opción de la soja no deja lugar a ningún titubeo.
Empleo y bosques
Aunque la soja no haya sido culpable de reemplazar a ciertas producciones, su
aparición sí provocó cambios negativos en la demanda de
mano de obra.
Para trabajar 1.000 hectáreas, la soja requiere sólo cuatro operarios,
contra 40 que emplea el arroz en la misma superficie. Es que la replicación
de las tecnologías permite una suerte de agricultura industrial en gran
escala porque no es muy diferente sembrar 200, 3.000 o 12.000 hectáreas
de soja si se manejan con precisión los momentos de siembra y aplicación
de agroquímicos.
Además, una hectárea de soja demanda 10% de la mano de obra que
requiere un tambo.
El algodón está considerado como un “cultivo social”,
que permite mover a todo el contexto económico provincial y concede una
mejor distribución de los ingresos. La soja tiende a concentrar el flujo
de dinero en menos actores de la cadena.
Por otra parte, la soja provoca una concentración de tareas en los meses
de siembra y cosecha, mientras que en un esquema de rotaciones, los trabajos
están mucho más distribuidos a lo largo del año.
También es cierto que el perfil de explotaciones familiares en el que
se combinaba agricultura con tambo, cerdos, aves de granja y ganadería
bovina, se está esfumando. En su lugar está la soja.
La intensificación de la ganadería, orientada hacia el engorde
a corral, borró la existencia de pasturas como alfalfa y melilotus que
constituían la fuente de néctar de las abejas en la pampa húmeda.
Ahora los apicultores tienen que migrar hacia zonas como las sierras de Córdoba
o el Delta del Paraná en busca de flora para sus colmenas.
También el medio ambiente tiene una factura para presentarle a la soja.
Entre las provincias de Santiago del Estero, Chaco, Salta, Tucumán y
Entre Ríos perdieron en tres campañas agrícolas más
de 1.800.000 hectáreas de bosques que representaron 14,26% del crecimiento
del área total de la soja en la Argentina.
Si se cumplen proyecciones de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de
la Universidad de Buenos Aires, para el año 2010 sólo la provincia
de Chaco habrá visto crecer la superficie agrícola hasta 9.200.000
hectáreas desde un piso de 4.886.779 hectáreas registrado en el
ciclo 1995/96. Este hecho implicará el desmonte de más de 4.313.000
hectáreas cubiertas por especies boscosas. El ecosistema ya no volverá
a ser el mismo. M
