jueves, 2 de abril de 2026

    Volver al mercado

    Un darwinista podría decir que el súpermercado es la fase superior del
    mercado. Pero se sabe que no, pues no hay evolución alguna. A simple vista, la
    función es la misma: compra – venta de alimentos. Sin embargo, las formas
    resultan diametralmente distintas.
    El súpermercado es un ámbito que pertenece a los "no-lugares" como
    los aeropuertos y shoppings. La misma atmósfera sin aromas ni ruidos presenta
    una característica supra real que envuelve a un consumidor ensimismado. No hay
    mediación entre el producto y quienes compramos. Para bien o para mal, quedamos
    en solitario con nuestras elecciones. No hay consejo sobre si las manzanas
    fueron congeladas, lo que finalmente les dará la consistencia arenosa. Habrá
    que probarlas para ver que pasa. Y luego, ¿a quien quejarnos? ¿Al repositor?
    ¿Al cajero?
    El mercado, en cambio, exige como ritual el hablar. Es vocinglero por
    naturaleza. Su poder de seducción está en su obscena superposición de
    productos. Allí conviven lo más vulgar con lo más extraño. Tiene la
    vitalidad del caos y el cautivante encanto del encuentro humano. "Me gustan
    los mercados que me cuentan el espíritu, los usos, las tradiciones y la
    historia de un lugar. Visitar un mercado es la mejor manera de conocer un país,
    una región, una estación." En estas simples palabras, el gran restaurador
    Alain Duccase declara su íntimo afecto por esta antiquísima institución.
    Lejos de la sofisticación, también de cualquier orden racional; ir de compras
    al mercado estimulo todos los sentidos: la vista, el olfato, el gusto. También
    la inteligencia y el humor. Hay mucha picaresca en carniceros y verduleros.
    Buenos Aires que tanto apaña últimamente su tradición, la del obelisco y el
    tango; los ha dejado en el olvido. Sobre los barrios sus huellas se extinguen en
    una muerte anunciada hace muchos años. La bella arquitectura del de San Telmo
    ha podido huir de su fatal destino recreándose en feria de cacharros y ropas
    durante los fines de semana. El de Montserrat (Independencia y Entre Ríos)
    palidece con unos pocos locales de verduras, carnes y pescados. Los demás
    puestos están cerrados. Abasto y Spineto fueron reconvertidos en shoppings.
    Queda como último referente el de Belgrano (Juramento y Ciudad de la Paz)
    resistiendo a los embates de cierta pseudo – modernidad. En los terrenos donados
    por los herederos de José Hernández a principios del siglo XX este histórico
    mercado está indiscutiblemente ligado al barrio, aggiornado a los
    requerimientos gourmet de esta época pero sin perder su esencia. Desde la
    pescadería de Carlitos, pasando por las verduras de "la achicoria
    caprichosa" y las carnes de "el rosarino"; palpita una cultura
    reacia a extinguirse.
    Los porteños los hemos abandonados. Es un hecho casi inédito en el mundo. Toda
    gran metrópolis tiene el suyo que convive pacíficamente con los híper. Entre
    ambos existe una distancia cultural que responde a diferentes necesidades. Ir al
    mercado para que los sentidos se liberen. Curiosear, ver, oler, tocar y probar
    como fundamento del placer gourmet.