viernes, 3 de abril de 2026

    Las grandes farmacéuticas atraviesan una crisis por su pobre imagen institucional


    Por supuesto, la crisis de credibilidad que viven las compañías afecta también a la autoridad reguladora. En un plano más peligroso para los laboratorios, los médicos tienden a hacer menor cantidad de recetas de analgésicos complejos, antidepresivos y otros compuestos cuya seguridad haya sido puesta en tela de juicio. El último ejemplo involucra substitutos hormonales para tratamiento de la menopausia.


    La opinión pública, en buena parte del mundo, presupone en los productos farmacéuticos peligros impensables hasta no hace mucho. Por consiguiente, aseguradoras y gobiernos aprovechan esta reacción generalizada para inducir en médicos y pacientes una vuelta a viejas drogas genéricas. Su leit motiv: son más baratas o menos riesgosas y surten efectos similares.


    Sin embargo, las recetas no han dejado de incrementarse, bien que a ritmo más lento y son un perfil más favorable a genéricos. Vale decir, especialidades en plaza desde hace más de diez años (tomando el caso de Estados Unidos). Existe otro factor, preocupante para avisadores y medios: los consumidores ya no son tan receptivos al marketing sistemático e insistente.



    Falta de confianza



    Mucha de la demanda creada por las compañías en el curso del tiempo lo ha sido vía promoción publicitaria. Pero, para que surta efecto, firmas y productos deben ser fiables, señala Richard Evans, analista especializado de la consultoría Sanford C.Bernstein & Co., tan independiente como respetada. Esa confianza está perdiéndose, añade el experto.


    Entretanto, hay un telón de fondo inquietante: la concurrencia de nuevos competidores obliga a los gigantes tradicionales a apurar el paso. Empresas biotecnológicas estilo Genentech están a la vanguardia en tratamientos para diversas formas de cáncer, uno de los campos más promisorios y lucrativos.


    Directivos de las farmoquímicas mayores se han aprestado a afrontar reacciones y severo escrutinio público, como secuelas de Vioxx y casos similares. Pero temen que la desconfianza de la gente se traduzca en expectativas poco realistas sobre seguridad y riesgos de medicamentos. A la postre, creen, eso trabaría el desarrollo de especialidades.


    Los medios fomentan la idea de que es posible una droga completamente exenta de contraindicaciones. No es así, sostiene Sidney Taurel, presidente ejecutivo de Eli Lilly, segunda farmacéutica norteamericana.



    Plata no pierden



    Sea como fuere, los gigantes del negocio siguen siendo enormemente redituables. Pero en algunos incluyendo Pfizer y Merck, primera y tercera en ingresos- aflojan ventas y ganancias. Esto lleva a suspensiones, despidos y, por vez primera en años, recortes de presupuestos para investigación y desarrollo (I&D).


    Durante el tercer trimestre de 2005, la venta de medicamentos recetados en EE.UU. cedió 3% en Bristol-Myers Squibb, 4,5% en Johnson & Johnson, 2% en Merck y 1,5% en Pfizer. Los números no fueron peores porque el repunte del dólar contra el euro aún no llegaba a los niveles de octubre y noviembre. En lo tocante a reducciones laborales, las compañías son renuentes a dar cifras. Pero aun una firma como Eli Lilly, cuyas ventas subieron 5% en julio-septiembre, ha eliminado 1.600 empleos en cuanto va del año, o sea casi 4% de la fuerza laboral.


    Nadie espera que estos problemas se resuelvan rápida ni fácilmente. Máxime porque, en 2007, expirarán importantes patentes de exclusividad. Entre ellas, Norvasc (medicamento de Pfizer para hipertensión vascular), Zocor (anticolesterólico de Merck) o Pravachol (igual, de B-MS) Juntas las tres especialidades representan alrededor de US$ 10.000 millones anuales sólo en la América anglosajona.


    La industria mundial, dominada por empresas con sede en EE.UU., está muy lejos de una crisis general y los despidos afectan a áreas marginales de cada compañía. Así, este año Pfizer habrá ganado US$ 8.000 millones, con ventas por un total de 51.000 millones e inversiones por 7.000 millones en I&D. Eso aunque este presupuesto haya bajado 6% sólo el tercer trimestre, respecto de un año antes. Pero el gigante estima que, en años subsiguientes, esa partida se estancará o cederá un tanto. En general, la industria gastará poco más de US$ 30.000 millones anuales en I&D.



    Días duros



    Sin duda, empero, son y serán tiempos difíciles para la actividad en áreas como artrosis, artritis reumática o diabetes. Wall Street ha tomado nota de esos padecimientos (los de las compañías, claro). Las acciones de Pfizer promediaban noviembre casi en los pisos desde 1997 (US$ 22,43) y el índice promedio de la industria ha caído 25% en cinco años. Al revés, los papeles biotecnológicos están por las nubes.


    Sin nuevos compuestos para sustituir las patentes a expirar y con normas más rigurosas, a raíz de sucesivos escándalos, las grandes empresas están dependiendo de medidas extraordinarias para no perder ventas. Por ejemplo, reformular medicamentos existentes para que sus dosis sean, por ejemplo, semanales, no ya diarias.


    Al mismo tiempo, apelan a publicidad más personalizada orientada a profesionales- y agresiva para reactivar la demanda de los pacientes. Pero también estas tácticas parecen perder efectividad. La cuestión es, por supuesto, el creciente escepticismo del público y la resistencia de las aseguradoras (relacionadas con cobertura médica) a pagar más caro por drogas que no aportan novedades relevantes.


    Así, en junio Pfizer lanzó Zmas, un antibiótico cuyo principio activo es idéntico al de Zithromax (1992), cuya patente exclusiva expiraba en octubre. Repitiendo viejas y malas costumbres, la compañía calificó a Zmas como significativo adelanto, pues exigía una sola dosis, no ya las cinco de Zithromax. Ambos tratamientos completos, afirmaba el laboratorio, costaban unos US$ 52.


    No obstante, ensayos clínicos demostraron que las ventajas de la novedad aparejaban un efecto colateral: diarrea en 12% de pacientes, contra 5% de quienes tomaban el compuesto anterior. Giovanni LaMattina, director global de I&D en Pfizer, confesó que el público es más escéptico y rechaza ese tipo de tácticas.



    Gente irritada



    En verdad, médicos y pacientes venían durante años reaccionado con enojo ante los altos precios de medicamentos en EE.UU., que superan los niveles reales en el resto de las economías centrales. Pero la irritación alcanzó un cenit a mediados de 2004. Por entonces, se reveló que varias farmoquímicas también en Europa occidental- habían censurado u ocultado resultados de pruebas clínicas, según los cuales algunos antidepresivos elevaban el riesgo de tendencias suicidas en ciertos tipos de paciente.


    Poco después, Merck retiraba Vioxx. Tanto en ese caso como en anteriores, documentación interna demostró que las contraindicaciones eran conocidas desde 1997. Pero la conducción ejecutiva de la firma no prestó atención a sus propios científicos: el compuesto era clave para ventas y utilidades. Como en muchos otros sectores económicos y financieros, la codicia pudo más.


    No puede sorprender, entonces, que de acuerdo con una encuesta realizada en octubre último- apenas 9% de norteamericanos crea en la honestidad de las farmacéuticas. Un año antes, esa proporción alcanzaba 14%. En contraste, 34% del público todavía confía en los bancos y 39% en los supermercados.


    Creo que los insistentes avisos dirigidos por TV al usuario o consumidor han actuado como bumeranes, opina la doctora Marcia Angell, ex directora del Journal of Medicine de Nueva Inglaterra. Entretanto, hasta los más firmes defensores de las empresas admiten que los riesgos deben difundirse y explicarse mejor entre la gente.