sábado, 18 de abril de 2026

    Estados Unidos: la inquietud de un gran deudor

    China paga buena parte del derroche estadounidense. Desde las tarjetas de crédito hasta la burbuja inmobiliaria, los incentivos tributarios a ricos y los fenomenales déficit federales. Pero Beijing no está sola.


    En general, observa el analista Edward Porter, las economías menos prósperas solventan una de las manías de consumo más extravagantes y costosas en la historia del capitalismo. De 1996 a 2004, el déficit de cuenta corriente en la balanza de pagos externos incluye comercio, intereses netos y dividendos creció de US$120.000 a 666.000 millones; o sea, 455,5%.


    ¿Cómo se financia ese agujero? Pues con fondos provenientes de lo que el FMI llama mercados emergentes o países en desarrollo. Ambos son eufemismos por economías subdesarrolladas y periféricas, cuyas poblaciones son mayormente pobres, no invierten en bolsa ni se endeudan con tarjetas de plástico. Al frente aparece China apunta el experto, cuyo producto bruto por habitante fue apenas US$1.300 el año pasado. O sea, un trigésimo del estadounidense.


    No es accidental que las cuentas corrientes de países en desarrollo hayan pasado del déficit (US$88.000 millones en 1996) a un llamativo superávit (US$336.000 millones en 2004). Vale decir, un cambio de 424.000 millones en nueve años. Tampoco lo es que el monto positivo cubra cuatro quintos del aumento del saldo negativo estadounidense.


    Esta tendencia, claro, preocupa en Washington. Antes de ser nombrado asesor económico principal de George W. Bush, Benjamin Bernanke (eminencia gris de Alan Greenspan) veía el fenómeno con inquietud: Una de las razones por las cuales el déficit externo se agrava, es el cambio sustancial en las cuentas corrientes de países en desarrollo o emergentes. Este desplazamiento los convirtió de tomadores netos a proveedores netos de capital en el mundo.


    Entonces, ¿qué está pasando? Los esfuerzos de China y economías similares para impedir que sus monedas se aprecien ante el dólar, ayudan a explicar por qué los flujos de fondos esencialmente, entre Estados Unidos y el resto del mundo desafían la fórmula ortodoxa. Pero hay otras fuerzas en juego. El alza del petróleo, por ejemplo, ha generado ganancias a países como Nigeria, Rusia, Saudiarabia e Irán, que las han convertido en activos o posiciones en dólares. Pero, supone Porter, hay un factor más relevante: tener superávit en balanza de pagos es cuestión de autodefensa para el mundo en desarrollo.


    Las economías en desarrollo más voluminosas (China, Rusia, India) han podido amasar considerables reservas externas. Según un informe del Institute for International Finance, sólo durante el año anterior las reservas internacionales del mundo en desarrollo crecieron casi US$400.000 millones.


    China es hoy la principal inquietud de la economía estadounidense. No revaloriza su moneda, sigue inundando el mercado interno estadounidense con exportaciones de todo tipo, y ahora ha comenzado un festival de compras que amenaza quedarse con importantes activos de ese país.


    Primero fue la compra de Lenovo, que se quedó con la división de computadoras personales de IBM por US$1.750 millones. Ahora sobrevino la oferta US$18.500 millones por la petrolera Unocal, y la adquisición del fabricante de heladeras Maytag, por US$1.300 millones.


    Como ocurrió cuando las inversiones japonesas de la década de los 80, el temor es que China un potencial enemigo se quede con muchas joyas del aparato industrial estadounidense. Para algunos analistas, es mejor que los chinos en lugar de comprar bonos del Tesoro adquieran activos estadounidenses (algunos de los cuales parecen no gozar de buena salud). Otros sostienen que, si de verdad se cree en el capitalismo, nada debe hacerse. Del mismo modo, nada se hace para impedir que empresas de Estados Unidos inviertan fuerte en otros países, entre ellos, China. Pero el sentimiento nacionalista y proteccionista todavía puede crecer mucho más.




    Un planeta sin fronteras ni estados nacionales



    Es el último trabajo de Kenichi Ohmae: The next global stage: Challenges and opportunities in a borderless world. Nacido en 1943, estudió en el MIT y ocupó altos cargos técnicos en Hitachi. En 1972 ingresó a McKinsey & Co, cuya filial en Tokio condujo durante largo tiempo. Verdadero gurú de la globalización, sostiene que es irreversible. A continuación, algunos tramos de su nuevo libro.


    La terminología es una cosa siempre inexacta. Cada palabra es una especie de cedazo. Por tanto, debe puntualizarse que el concepto de economía global se diferencia de la noción de nueva economía, en boga durante los últimos años de los 90. Ésta se vendía como un nuevo orden basado en fantásticos adelantos tecnológicos, disparada vía Internet.


    Como lo ve el autor, era un modelo que, erróneamente, postulaba un aumento irrefrenable en la productividad. Pero este carro triunfal perdió una rueda en abril de 2000, al pincharse la burbuja bursátil con acciones punto com. Aparte de su magro sostén intelectual, esa nueva economía tenía muy poco que ver con la actual economía globalizada. En este punto, Ohmae aporta su propia utopía: Un mundo donde las fronteras ya no son opción válida. Es cierto, la revolución en el ciberespacio ayudó, pero se trata de fenómenos diferentes.


    Al margen de cracs, la economía globalizada tiene dinámica propia subraya Ohmae y ya no pura teoría. Se nutre de sus propias fuerzas y asimila cimbronazos. Es irresistible y acabará involucrando a empresas, gobiernos y el común de las gentes. Resistirse será fútil.


    En la visión del libro, los estados naciones convencionales y sus gobiernos afrontan un enorme desafío. Con un pie, siguen en el pasado localista, en tanto con el otro tientan cautelosamente las aguas del futuro. Por supuesto, algunos países podrán aprovechar mejor las oportunidades, como lo hizo Estados Unidos en el siglo XIX, gracias a una estructura federal flexible.


    Pero ese factor no surte iguales efectos en todas partes. Ohmae toma de muestra cuatro economías promisorias, a las que llama grupo Bric: Brasil, Rusia, India y China. Las dos últimas son naciones dormidas, aunque algunas de sus áreas internas empiezan a desempeñar un papel global.


    En el otro extremo, aparecen estados como Japón, Rusia e Indonesia, que centralizan decisiones y, por ende, navegan contra la corriente. Así, corren peligros de ser arrastrados. Viendo el impetuoso avance de las automotrices japonesas a costa de las estadounidenses, la corriente parece ir en dirección inversa a la percibida por Ohmae.


    En ese grupo, sólo China muestra una estructura de gobierno capaz de inducir a que ciertas regiones se vinculen interactivamente a la economía global. Por otra parte, Ohmae parece suponer que la ausencia de disenso público y otras características de los regímenes totalitarios, son ventajas globales.