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El accionar de este gobierno, desde su inicio, ha definido como objetivos prioritarios, tender al crecimiento económico, la reparación social a sectores marginados y excluidos, y la atención sustentable del sector externo, en un marco de equilibrio fiscal. Los indicadores que dan cuenta de su gestión, entre otros, señalan: superávit fiscal y comercial externo; crecimiento de magnitud en la actividad económica; estabilidad monetaria; reservas internacionales crecientes; recuperación de inversiones; mejoras en el sistema financiero; mayor ocupación y mejoras de remuneraciones y prestaciones pasivas; salida del corralón financiero; desaparición de las cuasimonedas provinciales; avance en las exportaciones de varios rubros no tradicionales e ingreso a nuevos mercados; y reestructuración de la deuda externa pública. Indudables logros, pese a los cuales subsiste una regresiva distribución del ingreso, y una aún agobiante desocupación, determinante fundamental a su vez de los graves problemas actuales, solucionables únicamente en un proceso acelerado de crecimiento con equidad. Para ese fin se requiere la exteriorización de la voluntad efectiva, y la puesta en práctica, de un paquete de políticas tendientes al desarrollo industrial sostenido, evitando a su vez falsas disyuntivas entre privilegiar mercado interno o externo como objetivos. Ambos deben crecer. Pero hacerlo a tasas altas requerirá elevados niveles de inversión. Para lograrlo, seguridad jurídica, estabilidad institucional, la participación activa del Estado para promover las externalidades positivas (entre otras, vía inversión pública) y las perspectivas de rentabilidad para las actividades productivas, constituyen los elementos a privilegiar Y aquí el discurso político del Gobierno, choca contra ese objetivo. Un destacado periodista comentaba: Ni Bush ni Chirac ni Schroeder saben qué hacer con el presidente Kirchner () para ellos es un enigma lleno de contradicciones. (Joaquín Morales Solá, La Nación, 2-1-2005.) Para mí también, el Presidente genera más incertidumbres que certezas. Su estilo declamativo, difiere de la mesura que es dable esperar de un primer mandatario. Ameritaría por ejemplo, el tono sereno y sin agravios de su muy buen ministro de Economía. Tampoco su gabinete está exento de objeciones. Desde el inicio de esta gestión y aún antes se anunció un ambicioso (e imprescindible) plan de infraestructura, el que quizá por incompetencia de equipos técnicos, o por falta de decisión política, hasta la fecha, evidenció escasas muestras de realización. En su aparente búsqueda de consenso, el Gobierno permitió a grupos de toda índole, adueñarse de la ciudad, de sus plazas, de sus puentes y avenidas, ejerciendo unilateralmente la fuerza (que debería ser monopolizada exclusivamente por el Estado, quien frente a estas manifestaciones, aparenta estar maniatado), poniendo entre paréntesis los derechos de la mayoría de la ciudadanía pacífica a transitar y trabajar. Esta inacción oficial frente a la prepotencia, además de poner en un interrogante la vigencia del Estado de Derecho, tiene a su vez, una consecuencia inmediata con respecto a las inversiones, dado que no genera un clima ideal para que capitales privados decidan concretarlas, poniendo en duda, en consecuencia, el posible logro del crecimiento sustentable con equidad. |

