| Hoy es un tema académico. Los especialistas debaten la profundidad y consecuencias de la desnacionalización de vastos sectores de la economía nacional durante la década pasada. Durante esos años, excepto por algunas voces aisladas, no hubo críticas de fondo contra ese proceso. La sensación de que veníamos de decenios de fracasos, la percepción de la ominosa omnipotencia de un Estado ineficiente, la seducción de las principales corrientes de pensamiento en boga -como el consenso de Washington-, el nuevo dogma de apertura de las fronteras y los mercados en aras de la modernización, todo conspiró para que el proceso fluyera sin resistencias. Elevados porcentajes de industrias y casi la totalidad de los servicios públicos concesionados quedaron en manos de inversionistas extranjeros, europeos principalmente, aunque también estadounidenses. No negociamos para que los nuevos actores se vieran obligados a conquistar mercados externos y aumentar sus exportaciones. En verdad, entregamos nuestro mercado interno. La Argentina perdió su aerolínea de bandera -que fue y sigue siendo española-; su empresa petrolera, la número uno ventas en el país y la más importante que teníamos para exhibir ante el mundo. La mayor parte de su sector bancario y financiero. Todo lo referente a informática y telecomunicaciones. Incluso una buena parte de la industria alimentaria. Apenas resistieron sectores tradicionales como siderurgia y aluminio. Los capitales extranjeros trajeron ventajas e inconvenientes. De un lado, modernización, incorporación tecnológica, mejor gestión y mayor eficiencia. Del otro, precios realistas para clientes y usuarios, y el drenaje que significaron durante esos años el envío de remesas de utilidades al exterior. Es probable que en otras latitudes el proceso hubiera sido más pausado y con algunas exigencias para los recién llegados. Entre nosotros, pasamos de un día para el otro, de un nacionalismo cerril a la apertura más indiscriminada, sin crítica, sin objeciones. Tras el default, y la llegada del gobierno de Kirchner, hubo un cambio evidente. Se volvió a hablar de la "burguesía nacional" y de un "empresariado nacional", conceptos que por momentos más parecen una entelequia que una presencia real. Algunos de los inversionistas extranjeros decidieron irse; otros se quejan -a veces con razón- de las condiciones en que deben operar; pero la mayoría se queda y aguanta. Más aún, discretamente en los dos últimos años hubo modestas inversiones recién llegadas. Mientras tanto, producto de la retirada de algunos actores, nuevos protagonistas de capital nacional se han hecho cargo de firmas "renacionalizadas", especialmente en el sector bancario. Brasil, |
