martes, 26 de mayo de 2026

    Industria farmacéutica: problema de credibilidad.

    Para
    una actividad que depende de la confianza pública, es un problema
    muy serio. No se trata únicamente de la crisis por la que atraviesa
    Merck, uno de los colosos del sector. Muchas otras están bajo ataque
    o sospecha por parte de los consumidores, de los organismos de regulación
    médico, de los entes de supervisión financiera y hasta de
    novelistas y guionistas de cine, que las colocan como villanos favoritos.

    Durante muchas décadas, la industria tuvo un comportamiento ejemplar.
    Producía los medicamentos que la gente demandaba y obtenía
    buenas ganancias. Pero durante la década pasada, este convenio
    implícito entre los grandes laboratorios y la opinión pública,
    colapsó.
    La exigencia de obtener más rentabilidad inmediata provocó
    que, en lugar de invertir tanto en investigación y desarrollo,
    lo hicieran en costosas fusiones y adquisiciones. Las remuneraciones de
    los ejecutivos del sector aumentaron sideralmente y el precio de las drogas
    también tomó el ascensor.
    Los intentos de regulación no han sido demasiado exitosos gracias
    al activo lobby de la gran industria. Pero la impaciencia pública
    -y de los gobiernos- va en aumento. Hasta ahora, por cada dólar
    que se dedica a investigación, otro se invierte en marketing, y
    un tercero es ganancia.
    Las farmoquímicas corren el riesgo de ser marginadas en todo el
    proceso de asignar recursos financieros para la tecnología de la
    salud. La actual grandeza y prosperidad puede sufrir en el futuro cercano.
    Este documento refleja las cuestiones en juego desde la perspectiva del
    principal mercado y del gran centro de innovación que es Estados
    Unidos.

    El sector quiere
    mejorar su imagen

    La farmoquímica, una actividad cuya razón de ser es la salud
    de la gente, difícilmente podría ser más impopular
    en Estados Unidos. La opinión pública es tan hostil a ella
    como a las tabacaleras y las petroleras.
    Una reciente encuesta de Harris Pool descubrió que apenas 14% de
    la muestra confiaba en los laboratorios. Sólo los combustibles
    y el cigarrillo eran peor vistos. Ya en octubre, Gallup reveló
    que la industria de medicamentos seguía de cerca, en mala imagen,
    a los estudios jurídicos, las empresas eléctricas y la televisión.
    ¿Cómo fue que las cosas han llegado hasta allí?,
    ¿cómo revertir esa realidad? Muchas farmoquímicas
    mundiales se originaron en fundaciones benéficas o grupos de científicos
    talentosos que veían oportunidades de mejorar salud y calidad de
    vida. Pero, después, la simple búsqueda de ganancias fue
    pasando a primer plano.
    A medida que la industria se hacía desmedidamente rentable, gobierno,
    sector privado e individuos afrontaban crecientes costos de atención
    médica. Hoy, marketing y publicidad directa -entre médicos
    y pacientes- induce a recetar o comprar medicamentos caros y poco necesarios.
    También se maquillan datos técnicos o se ocultan aspectos
    negativos. Por otra parte, la baja productividad en el área de
    investigación y desarrollo (I&D) reduce las innovaciones reales
    o promueve la imitación de específicos y tratamientos, más
    caros pero no superiores a los preexistentes.
    Cuanto más se deteriora la imagen de la industria, más se
    fijan en ella políticos, funcionarios, reguladores, organizaciones
    de bien público y votantes. En general, exigen reformas en los
    mecanismos de aprobación y comercialización.
    Un año de controversias
    Consciente de su mala reputación, la farmoquímica norteamericana
    trata, con lentitud y no siempre buen criterio, de modificar las cosas
    hablando de su papel social, su capacidad de promover la medicina preventiva
    y de generar ahorros a largo plazo. Naturalmente, sus ejecutivos se ponen
    líricos al respecto: "La clave no está en costos y
    precios sino en la prevención de enfermedades", dice Hank
    McKinnell, director ejecutivo de Pfizer, la mayor farmoquímica
    del mundo.
    Este mismo año, una serie de controversias subraya más bien
    lo contrario: los laboratorios privilegian ingresos y utilidades, es decir
    precios altos. Así concluye un estudio de Families USA, un grupo
    pro defensa de los consumidores, tras demostrar que al alza en los precios
    de las 30 principales especialidades bajo receta cuadruplicó el
    ritmo de la inflación minorista durante el 2003. Esta fuente y
    AARP -una ONG de jubilados y pensionados- descubrieron que esos aumentos
    sistemáticamente neutralizaban descuentos ofrecidos sobre nuevos
    medicamentos incorporados al sistema federal de atención médica
    a mayores (Medicare).
    Otro asunto candente se cifraba -y sigue haciéndolo- en las contraindicaciones
    de antidepresivos para niños y adolescentes o de analgésicos
    para adultos. Eliot Spitzer, el temido fiscal neoyorquino, ha cuestionado
    la negligencia de la Administración de Alimentos y Drogas (FDA
    – Food & Drug Administration) mientras accionaba contra GlaxoSmithKline
    por "fraude reiterado"; es decir por ocultar datos sobre Paxil,
    un específico ya rechazado en la Unión Europea. GSK tuvo
    que pagar una multa de US$ 2,5 millones y modificar envases, publicidad,
    etcétera.
    Primero, las ganancias
    Timothy Anderson, analista de Prudential Equity, define el caso Vioxx
    como epítome de los problemas sociopolíticos afrontados
    por los laboratorios. Este tipo de cuestiones revela que las empresas
    ponen primero las ganancias y que los reguladores "tienen relaciones
    demasiado cordiales con la industria".
    Sin duda, el creciente escrutinio público puede tener serias consecuencias
    financieras para las compañías. En el 2003, Estados Unidos
    y Canadá generaron no menos de la mitad de las ventas farmoquímicas
    en todo el mundo: US$ 466.000 millones. Así lo revela IMS Health,
    firma experta en monitorear el sector: "Si bien los laboratorios
    se resisten a dar datos país por país, se estima que el
    mercado norteamericano representa 75% de las ganancias totales",
    informa John Farral, de National City, una ONG de usuarios.
    Queda claro que los costos de atención médica y los precios
    de drogas bajo receta en Estados Unidos irritan al público y atraen
    a los medios. También preocupan a las multinacionales, para quienes
    las crecientes facturas por ambos conceptos son una desventaja al competir
    con firmas de países donde existen programas públicos de
    salud.
    Medicare es quizás el vehículo clave de presiones políticas.
    En diciembre del 2003, George W. Bush hizo aprobar una ley ómnibus
    sobre cobertura de medicamentos recetados (entra en vigencia en el 2006)
    para 43 millones de mayores y minusválidos. Pero es un triunfo
    para los laboratorios, pues obligará a Medicare a negociar directamente
    con ellos compras masivas. En otras palabras, el gobierno federal desistirá
    de emplear su enorme poder de compra para regular precios en favor del
    público. Esto explica los cuantiosos aportes del sector a la campaña
    por la reelección de Bush.
    Tres frentes
    No obstante, el consiguiente aumento de costos en Medicare y el incontenible
    déficit fiscal y de asistencia social, pueden forzar decisiones
    federales muy duras para el negocio farmoquímico. Según
    la oficina presupuestaria del Congreso, los gastos de Medicare por drogas
    recetadas llegarán a US$ 500.000 millones en el 2013, contra los
    400.000 proyectados al presentar el proyecto de ley en el 2002.
    Un segundo frente de presiones pro reformas reside en la eventual legalización
    de reimportaciones. Ello permitiría a los norteamericanos comprar
    medicamentos más baratos en Canadá, donde los recetados
    pueden costar hasta 70% menos. Los reguladores estadounidenses vienen
    bloqueando ese canal, pretextando seguridad -precisamente, la que descuidan
    GSK, Merck, etc.- y riesgos de falsificación.
    La tercera área de escrutinio es la propia FDA. Especialmente tras
    el demoledor testimonio de un científico de la propia agencia (el
    pasado 18 de noviembre). Legisladores de los dos grandes partidos cuestionan
    la llamativa lenidad del ente hacia el negocio farmoquímico. Al
    respecto, creen que no requiere datos suficientes antes de aprobar nuevos
    compuestos y no actúa con celeridad cuando se detectan problemas
    en productos ya librados a la venta.
    Por su parte, Boston Consulting Group sostiene que, si congresales o reguladores
    insisten en pruebas más detalladas, "el proceso de desarrollo,
    ya costoso, será prohibitivo para las empresas". Éstas
    y sus voceros afirman que esas erogaciones han pasado de US$ 55 millones
    en 1970 a US$ 1.000 millones en la actualidad. "Si se aumentan los
    requerimientos -advierte Peter Tollman, de BCG-, cada día más
    firmas biotecnológicas y farmacéuticas desistirán
    de encarar innovaciones". Pero, ¿qué son 1.000 millones
    si las ventas anuales superan los US$ 450.000 millones?
    En julio, Pfizer se curó en salud y trató de mejorar su
    reputación vía una oferta de descuentos sobre sus productos
    para los 45 millones de norteamericanos sin cobertura médica. Eso
    representaría hasta 37% para familias cuyos ingresos no pasen de
    US$ 45.000 anuales. Gente por encima de esa cifra obtendría rebajas
    de 15%.
    El lobby del negocio -Pharmaceutical Research & Manufacturing of America
    (Pharma)- suele esgrimir un estudio, según el cual cada dólar
    gastado en medicamentos ahorra seis en hospital y costos anexos. La misma
    fuente sostiene que los costos en drogas significan apenas 10% del gasto
    federal en atención médica, aunque admite que los precios
    subieron 4,4% en 2003, triplicando la inflación minorista. Otro
    factor que explica el gasto en especialidades, es su uso en tratamientos
    comunes que no siempre las requieren. En este caso, la responsabilidad
    sería de los médicos, sobre todo a ojos de los pacientes
    y de varios expertos. Pero, a la vez, se expresa el agresivo marketing
    directo de los laboratorios y su énfasis en incentivar económicamente
    a los profesionales y las clínicas.

    ¿Por qué los medicamentos
    nuevos deben ser tan caros?
    Hartos de ver cómo se encarecen las especialidades bajo receta,
    los políticos estadounidenses suponen que la mejor solución
    sería imitar la ley canadiense. A falta de eso, autorizar al público
    la compra de medicamentos en el vecino nórdico, donde existen controles
    y las especialidades cuestan hasta 70% menos.
    No obstante, a juicio de algunos analistas económicos, hay formas
    más directas de abaratar drogas. Por ejemplo, el Gobierno podría
    modificar los mecanismos por los cuales se financia la innovación.
    Ocurre que los compuestos recetados son intencionalmente caros. En verdad,
    cuesta bastante inventarlos, pero no fabricarlos. Por ende, las compañías
    obtienen patentes de exclusividad -virtual monopolio- y se les permite
    cobrar precios exorbitantes. Según las empresas, ello les da aire
    para amortizar inversiones en investigación y desarrollo (I&D).
    Aparte, las alienta a seguir inventando productos.
    Pero varios expertos sostienen que no existen motivos económicos
    reales para medicamentos tan, tan caros. "Las patentes son un modo
    de promover la innovación, pero no son el único método
    -señala Michael Kremer (Harvard)-. En la situación actual,
    vale la pena buscar opciones".
    La forma de protección implícita en el patentamiento ha
    ido elevando los gastos en I&D. Las farmoquímicas norteamericanas
    han gastado US$ 33.000 millones en el 2003, según su vocero, Pharma.
    Pero los precios prohibitivos ahuyentan a un público que compraría
    si los precios fuesen tan accesibles como los de otros insumos o productos
    de primera necesidad.
    No es la única ineficiencia fomentada por las patentes. En el segmento
    de salud cubierto por seguros o prestadores rentados, donde ni pacientes
    ni médicos pagan realmente el precio total de una droga, las farmoquímicas
    tienen todo tipo de incentivos perversos. Por ejemplo, pueden ganar más
    invirtiendo en mejoras marginales de compuestos o terapias existentes,
    cobrar cualquier precio -basta un buen marketing o una campaña
    publicitaria atractiva- y no gastar en innovaciones verdaderas, siempre
    riesgosas.
    La FDA ha clasificado como innovaciones cualitativas sólo 20% de
    las especialidades desarrolladas en 1994-2003. Por otro lado, aun cuando
    gasten más en I&D, las empresas encuentran menos drogas nuevas.
    Al respecto, la FDA reconoce: "Los métodos para desarrollar
    medicamentos se tornan más riesgosos, ineficaces y caros".
    Una opción es que el Gobierno pague directamente por I&D. Algunos
    analistas creen que eso beneficiaría la innovación y, al
    mismo tiempo, rebajaría precios. En realidad, Washington gasta
    ya cerca de US$ 30.000 millones anuales -casi lo mismo que el negocio
    farmoquímico- en el National Institute of Health. Mucha de su labor
    resulta en nuevos medicamentos. Sería, pues, bastante simple ampliar
    los esfuerzos absorbiendo la I&D del sector privado.
    Existen otras alternativas: el Gobierno podría compensar a las
    compañías por sus invenciones, como incentivo para seguir
    innovando. Pero, ¿cómo determinar su valor? Una posibilidad
    sería que el Estado adquiriese patentes selectivamente, pagando
    un adicional sobre el precio de una potencial oferta privada y, luego,
    las pasase a dominio público (una idea de Kremer). Aidan Hollis,
    docente en la Universidad de Calgary -Alberta, Canadá-, se inclina
    por la fórmula siguiente: el Gobierno crearía un fondo para
    subsidiar farmoquímicas en la medida que sus nuevas drogas mejorasen
    la calidad de vida y por su frecuencia de uso.
    Este tipo de opciones entrañaría ventajas diversas. Además
    de tornar los medicamentos más accesibles al público, disuadiría
    a las compañías de gastar millones en el desarrollo de drogas,
    como Nexium o Clarinex, amparadas por patentes (merced a la tolerancia
    de la FDA) pero que ofrecen escaso margen de mejoras respecto de drogas
    similares que ya estaban en el mercado.

    Biotecnología, otro
    canal de innovación
    Mientras las grandes farmoquímicas se centran en tratamientos
    para males habituales, que insumen miles de millones, la biotecnología
    emerge como la nueva clave en materia de investigación y desarrollo
    (I&D) de medicamentos. Así, las innovaciones reales en materia
    de antibióticos no encajan en los fines comerciales de los gigantes
    y muchos tratamientos oncológicos en desarrollo están en
    manos de firmas "bio".
    James Burnie, director de Microbiología en la Universidad de Manchester,
    Inglaterra, fundó NeuTec Pharma en 1997, luego de que compañías
    mayores rechazaran su idea de desarrollar anti-infectivos basados en anticuerpos
    humanos. "Esas firmas se aferraban a una cifra mágica, £
    500 millones (US$ 930 millones) anuales. Si las ventas -explica el científico-
    no alcanzan esa meta, nada les interesa, y eso limita la gama asequible
    de enfermedades".
    Los analistas proyectan las ventas de Mycograb, el anti-infectivo de NeuTec
    (trata la candidiasis sistémica, una mortal infección fungígena),
    en hasta US$ 224-270 millones. El mercado para Aurograb -compuesto del
    mismo laboratorio que combate el MRSA, un supermicrobio típico
    en pacientes de hospital- podría ser mayor.
    Justamente, un factor clave en la dispersión del MRSA y otros organismos
    de su clase es que, en más de 20 años, nadie había
    descubierto nuevos mecanismos capaces de mejorar la resistencia humana
    a ellos.
    Kenneth Powell, director ejecutivo de Arrow Therapeutics (otro desarrollador
    de anti-infectivos), sostiene que las farmoquímicas se han tornado
    muy renuentes a los riesgos en I&D. "Ya no es posible tener un
    par de científicos fumando en pipa en el laboratorio y produciendo
    compuestos contra la malaria. Ese negocio ha sido devorado por su lado
    comercial y ha perdido sus bases éticas", aseguran.
    Entretanto, lo que para un gigante sería un segmento intolerablemente
    pequeño -de US$ 175 a 900 millones en ventas anuales-, resulta
    muy rentable para cualquier biotecnológica. También atrae
    capitales de riesgo.
    Con un mercado global para antibióticos estimado en US$ 29.000
    millones anuales y uno para antifungígenos orillando los 16.000
    millones, los inversores están dispuestos a respaldar esfuerzos
    en el sector biotecnológico. Basilea, escindido de Roche cuando
    ésta abandonó investigaciones en antibióticos, reunió
    ya US$ 170 millones para retomarlas por cuenta propia.
    Sin embargo, el segmento no puede dormirse en los laureles. Las farmoquímicas
    empiezan a replantearse sus prioridades, en parte para desmentir críticas
    acerca de que sus productos nuevos representan apenas mejoras marginales
    sobre los existentes.
    El cáncer es una de las mayores áreas con necesidades médicas
    no satisfechas y capaces de recuperar la imagen de la industria, mediante
    mejores tratamientos. Según ING Barings, 3.000 de las 7.300 especialidades
    desarrolladas en el mundo son oncológicas. De ellas, 40% pertenecen
    a firmas biotecnológicas. Por ende, las farmacéuticas siguen
    al frente.

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    ºEn la sección "Los grandes debates económicos"
    podrá acceder a documentos vinculados con el tema:
    https://mercado.com.ar/grandesdebates/