El mundo de la alta costura está lleno de historias de emprendedores
visionarios que crearon enormes empresas con imaginación y arte para identificar
una comunidad estética.
En verdad, no son muchos los que lograron una transición exitosa. Yves Saint
Laurent eligió a dedo a su heredero, Alber Elbaz, un diseñador que hizo lo imposible
por hacer suyos la marca y el estilo YSL. Pero el plan no funcionó. Un año más
tarde, Saint Laurent vendió su empresa prêt-a porter al grupo Gucci y así pasó
a dominar la escena -para disgusto del diseñador francés- el texano Tom Ford.
En el 2002, Calvin Klein vendió su compañía epónima a PVH y se retiró después
de aprobar la elección de Francisco Costa como sucesor. Pero a pesar del evidente
apoyo que daba CK a su sucesor en cada desfile y presentación, Costa nunca logró
generar el mismo entusiasmo por la marca que conseguía el fundador. Cosas parecidas
se vieron en Givenchy, Guy Laroche y Balmain, entre muchos otros.
El problema reside en que esas empresas, para bien o para mal, llevan el nombre
de sus fundadores. Y la imagen y personalidad que esas personas dan a la marca,
hacen luego que sea prácticamente imposible separarlas sin pérdida.
Los casos de transición sin problemas fueron siempre aquellos en que el mando
pasó a manos de familiares que aseguraban la continuación del culto a la personalidad.
Caso típico, Versace. Cuando murió Gianni y asumió su hermana Donatella, las
efímeras asociaciones de glamour y hedonismo hollywoodense grabadas a fuego
en el estilo no se perdieron y la marca no sufrió.
Giorgio Armani cumple 70
Su marca es una de las más valiosas y reconocidas del planeta. Como presidente,
director ejecutivo y único accionista de una marca valuada en alrededor de 3.000
millones de euros, Armani es probablemente el diseñador con más éxito comercial
de la historia europea de la posguerra.
Pero en julio cumplió 70 años y ya es evidente que se preocupa por el futuro
de su imperio. Entrevistado por la prensa en el Teatro Armani -su nuevo cuartel
general diseñado por el arquitecto japonés Tadao Ando, en el lugar donde antes
se levantaba una vieja fábrica de Nestlé-, el diseñador italiano admite que
debe asegurar a las poderosas grandes tiendas que son sus clientes, a sus proveedores
y a sus empleados, que el grupo seguirá con vida aún mucho después de su retiro.
“Debo explicarle a todos que la historia continuará sin mí”, explica. Y agrega
que su principal preocupación es desarrollar la autonomía y las ideas de su
propio equipo gerencial, íntegramente formado por primeras figuras que fue birlando
a casas rivales como Jil Sander, Calvin Klein y Ferragamo.
Si Armani logra demostrar a sus críticos que están equivocados cuando temen
por el futuro del imperio, no será la primera vez que lo hace. En 1985, después
de la muerte de Sergio Galeotti, su socio en la vida y en los negocios, muchos
dudaron que el negocio sobreviviera. Durante los primeros diez años, Galeotti
había manejado el aspecto comercial del negocio mientras Giorgio se dedicaba
al diseño. Muchos suponían que un simple diseñador no podría manejar el negocio
y que los días de Armani, como empresa independiente, estaban contados.
Las especulaciones sobre la sucesión se intensificaron luego de su último cumpleaños,
aunque esté más sano y en buena forma que nunca. En diciembre pasado bromeó
ante la prensa sobre la posibilidad de que al grupo francés LVMH le podría interesar
tenerlo como socio estratégico, una idea que trascendió por primera vez en 1998,
cuando Armani fijó un plazo de dos años para nombrar sucesor, algo que nunca
hizo. Hace poco dijo que deseaba un plan sucesorio implementado para el 2008
y que el socio ideal para la casa sería “una gran organización, ajena al mundo
de la la moda; tal vez, un grupo multinacional de perfumes”.
