La incógnita, todavía, es cuál es la verdadera posición del Gobierno en esta
materia. Una posibilidad es abocarse a levantar todas las persianas del sector
que cerraron durante esos años. Otra es admitir que en el escenario global,
para insertarse en el mundo, había que pagar un costo en mortandad industrial.
Sectores enteros desaparecieron por estacausa.
La primera implica creer que el país puede -y es conveniente- fabricar de todo.
Ello significa volver atrás en todo lo que se pueda, utilizar los beneficios
de un tipo de cambio alto y avanzar -aún sin quererlo- cada vez más en el terreno
proteccionista. La segunda es aprovechar las circunstanciales ventajas del tipo
de cambio alto, mantenerse claramente dentro de los límites de una economía
abierta, e impulsar el crecimiento de algunos sectores industriales -nuevos
y viejos- que tienen potencial exportador puesto que forman parte de lo que
el mundo demanda.
Dicho en otros términos (recurriendo a la historia económica argentina) propiciar
una industrialización masiva y altamente diversificada al estilo de Perón; o
bien afrontar un proceso más costoso pero especializado como el que alguna vez
pretendió sugerir Federico Pinedo.
¿Hacia dónde se inclinará el fiel de la balanza? ¿Cuál será la elección?
Si la opción es la primera alternativa, inexorablemente habrá que recurrir al
proteccionismo, porque el tipo de cambio alto no durará eternamente. Cuando
baje, habrá que mantener el respirador artificial con dosis mayores de proteccionismo.
La tentación será resucitar todo lo que murió; cada fábrica que se reabra será
una buena noticia en esta lógica; y no hay sectores especiales que elegir o
impulsar.
En la segunda alternativa hay toda una estrategia de especialización del sector
productivo con la vista puesta en aumentar las exportaciones y ganar mercados
externos. El foco se pondrá en producir exclusivamente lo que el mercado mundial
nos va a comprar. También recurrir a lo que se conoce como “sustitución virtuosa
de exportaciones”; es decir, producir lo que ahorre divisas de importación pero
con precio y calidad competitivos a escala mundial. Esta estrategia implica
una clara elección de sectores ganadores -con todas las objeciones que este
punto de partida puede significar-, pero ganadores seleccionados en función
exclusiva de la demanda mundial y de las fortalezas que puede exhibir el país.
Es claro que se trata de impulsar políticas proactivas por parte del Estado,
lo que ante el temor de la arbitrariedad y la improvisación, suscita reparos.
Está claro que ningún país industrializado y exitoso en el mundo ha dejado de
recurrir, en algún punto, a este tipo de políticas. ¿Cómo se implementa en forma
racional y eficiente una estrategia de selección de sectores ganadores? En primer
lugar, a partir de los abundantes productos naturales disponibles y de sus respectivas
cadenas de valor.
Ejemplos aleccionadores
La minería puede ser un buen ejemplo. ¿Hay que exportar cobre en bruto o
refinado? ¿Qué se puede hacer desde el Estado para avanzar en la refinación
del cobre y en disponer de productos con mayor valor agregado? Australia es
una buena demostración de lo que se puede hacer en este ejemplo.
Lo mismo con la madera y el complejo papelero, producción de muebles del mejor
diseño, y fabricación de máquinas para la explotación maderera. Finlandia puede
ser aquí el ejemplo obligado.
En el sector de las carnes y otros rubros del agro, ¿se impulsarán las investigaciones
en biotecnología agropecuaria? En suma, todo lo contrario del viejo Iapi, esta
vez en el contexto de una economía abierta.
Tomemos el caso de la soja, hoy nuestro principal producto de exportación. ¿Nos
conformaremos con exportar pellets o habrá estímulos para la inversión en fabricación
de aceite de soja y otros productos derivados? En este esquema es imprescindible
un eslabonamiento hacia atrás y hacia adelante en la cadena de valor. Podemos
conformarnos con enclaves exportadores o, por el contrario, propiciar una política
activa para el desarrollo de proveedores locales.
En nuestra realidad, no es posible pensar únicamente en Chile de los ´80 o en
Italia, un país con predominante presencia de Pymes. Aquí hacen falta las dos
cosas: grandes bloques de inversión y multitud de Pymes innovadoras.
Hay otra gran ventaja del país a escala regional que no debe soslayarse. La
cantidad y calidad de sus recursos humanos (al menos, por ahora). En Australia,
por ejemplo, 4% del PBI se explica por la exportación de servicios educativos.
En consecuencia, hay que invertir en forma creciente en la calidad del sistema
educativo. La reciente relevancia de las exportaciones de software y de servicios
como call center, abonan esta tesis.
Estrategia de desarrollo en economía abierta
¿Queda un camino alternativo por explorar? Hay que resolver los términos de
la opción. La idea nostálgica de volver a un país preapertura comercial es comprensible,
pero de imposible aplicación. Hemos firmado demasiados acuerdos internacionales
-especialmente con la Organización Mundial de Comercio- que tornan inviable
esa posibilidad. La noción del “paraíso perdido” es engañosa y anacrónica.
Más racional parece ser otro punto de partida: asumimos los costos -aunque en
algunos casos hayan sido innecesarios- de insertarnos en un mundo global y comenzamos
desde ahí a desarrollar una nueva estrategia.
Si lo que Roberto Lavagna pretende impulsar es esto último, aparecen perspectivas
interesantes. Nada fáciles, con costo, pero posibles. Alentar el crecimiento
de industrias que pagan bajos salarios tiene patas cortas. El nuestro es un
país que, históricamente, tuvo altos salarios. A medida que éstos aumenten no
quedará más remedio que levantar banderas proteccionistas.
La versión actualizada de la integración es apostar a la relación con Brasil
y al desarrollo de un gran mercado interno ampliado. Lo que pone de relieve
la dimensión esencial del Mercosur. ¿El acento se pone en una plataforma regional
para ir al mundo, o es meramente una relación bilateral sumamente especial?
En términos de política económica se visualizan tres posiciones:
a) los que piensan que hay que aprovechar al máximo el potencial del modelo
agro-exportador y aceptar la orientación que imponga el libre juego del mercado;
b) los que añoran un shock distributivo (especialmente a través del manejo salarial)
y la consecuente reactivación del mercado interno; y
c) los que alientan una estrategia nacional de desarrollo en economía abierta
con políticas públicas proactivas.
¿De qué lado caerá la moneda? La marcha de los acontecimientos puede hacer que
el peronismo deba combatir el mismo modelo que impuso en 1945. Cuál es el verdadero
pensamiento de Roberto Lavagna sobre este tema es materia de conjetura, aunque
algunos indicios apuntan a que finalmente se inclinará por la tercera variante.
Las mismas circunstancias podrían ayudarlo a decidir este rumbo.
Lo cierto es que en algún momento deberá explicitarlo. En este campo, suele
ser una chicana opositora martillar con el argumento “Falta un modelo estratégico”.
Seguramente existe, pero habrá que transparentarlo para que haya un horizonte
previsible.
Pero antes, el ministro de Economía deberá convencer de su viabilidad y actualidad
al presidente Néstor Kirchner, quien -según todos los indicios- parece más entusiasmado
con la versión nostálgica y la tesis del shock distributivo.
