Hay un experimento en política monetaria cuya audacia no tiene precedentes. Japón emite yenes para comprar dólares en volúmenes tan prodigiosos que logran sujetar las tasas globales a niveles por demás exiguos. Pero ¿cómo terminará?
Así se pregunta Richard Dundan, analista financiero residente en Tokio, autor de The dollar crisis: Causes, Consequences, Cures (2003). Aparte de calificar el actual desajuste cambiario mundial como crisis, el experto sostiene que, en esencia, el Banco del Japón lleva desde mediados de 2003 una política monetaria heterodoxa, por presiones del Sistema de Reserva Federal.
Dicho de otro modo, el emisor nipón crea moneda y compra deuda norteamericana, en forma de bonos de Tesorería. Esto ayuda a mantener tasas artificiosamente bajas en Estados Unidos. Por tanto, Tokio solventa el crecimiento económico norteamericano y, por extensión, el global.
Resulta inconcebible afirma Dundan que las instancias decisorias en Tokio y Washington no capten el impacto que esta forma tan aventurada de crear moneda tiene ya en los tipos de interés globales y el producto agregado mundial. Los montos involucrados son apabullantes.
Desde inicios de 2003, Japón ha generado el equivalente de US$ 250.000 millones. Más de 4% del PBI local, US$ 2.000 por habitante o 40 por cada persona que habita el planeta. Pero, lo más importante es que esa suma financiaría casi la mitad del déficit fiscal norteamericano proyectado para el ejercicio 2005.
Sólo en enero último, el monto de yenes impresos y convertidos en dólares alcanzaría para cubrir 13% del rojo estadounidense del mismo mes. La inversión de esos dólares en instrumentos de deuda en esa moneda explica claramente por qué el rinde de las letras a diez años (T-10) cedió por entonces, pese al aumento de las estimaciones sobre el déficit fiscal.
Por accidente o designio señala el analista, Japón se ha embarcado en el esquema de fabricar riqueza más atrevido desde que, en 1720, John Law vendía acciones de la inexistente Mississippi Company. Más tarde, ese brillante mitómano especulador pondría contra las cuerdas a Londres y París.
Hasta ahora, los réditos son impresionantes. La alquimia del Sol Naciente es una clave que le ha permitido al gobierno norteamericano financiar un agujero presupuestario de US$ 700.000 millones en tres años. Todo sin elevar los intereses a niveles que pudieran pinchar la burbuja de riqueza que, hoy, sustenta las aspiraciones reelectorales de George W. Bush.
Dos paquetes de rebajas tributarias (US$ 2,35 billones en 2001-12 siguen fomentando el consumo interno. Por su parte, la demanda originada en ese factor ha beneficiado las economías exportadoras de Asia oriental y sudoriental. China desempeña un papel relevante en este proceso. Con un superávit comercial de US$ 125.000 millones con Estados Unidos explica Dundan, o sea 9% del PBI norteamericano en 2003, Beijing se ha convertido en locomotora regional. Ese país viene empleando esos saldos para cubrir sus déficit respecto de sus propios vecinos, Japón inclusive.
Este reciclaje de exportaciones chinas en dólares explica la increíblemente veloz reflación que vive el área. Aun la lenta economía nipona empieza a dar señales de repunte basado en ventas al exterior.
Esas tendencias subrayan una cuestión fundamental en debate desde hace siglos: ¿pueden los estados crear moneda y enriquecer a la gente sin poner en marcha una cadena de sucesos que, finalmente, acabe en el caos monetario?.
Quizás estemos por averiguarlo, si Tokio prueba su receta en una escala global inédita. Si este experimento heterodoxo funciona presume el autor, habremos alumbrado un nuevo paradigma monetario internacional. Los gobiernos habrán descubierto cómo financiar déficit sin límites vía creación de papel moneda y el planeta se encaminará a una era de prosperidad.
