Al término de la década pasada, el filósofo Tomás Abraham escribió La empresa de vivir, resultado de una investigación sobre la década de 1990. Su objeto teórico era la economía como instancia cultural. En la primera parte hace un análisis agudo de la literatura del management, cuyo objeto afirma es la empresa como nueva institución madre.
En un pasaje titulado Éticas empresarias el autor señala lo que cree una obviedad de esa década: la empresa y los empresarios están de moda. Con ello no quería decir que fueran una frivolidad (aun cuando esa cualidad tiñó casi todo en ese período). Muy por el contrario: sostenía que la empresa se había convertido en el paradigma de la sociedad de las organizaciones, en la organización tipo.
Porque ya no son las personas las unidades sociales de conversión, sino ese más allá de las personas, los ámbitos en los que ellas pasan la mayor parte de sus vidas, los dispositivos institucionales en los que ganan su pan, sostiene Abraham.
Rodrigo Gómez Iza, director ejecutivo de El Centro para la Responsabilidad Social, completa esa visión cuando explica: La cultura y los valores de una organización forman a la gente que integra sus filas, y eso implica, a la vez, que esa organización tiene responsabilidad por los valores que inculca en su práctica laboral, por las condiciones laborales que impone. Para Gómez Iza se trata entonces de un sistema de organización del trabajo con costos sociales que, además, son caros: Porque los divorcios son caros, la salud es cara, la educación es cara.
Tal protagonismo, el de la empresa, es quizá la prueba más arrolladora del triunfo del capitalismo en el mundo. Aunque, claro, en Estados Unidos y en Europa, esta protagonista alcanzó el centro de la escena en los años 70. Para el filósofo, el management se constituyó de a poco, entonces, en una especie de saber transversal. La universidad, la familia, los establecimientos culturales, todo podrá ser concebido como una empresa, porque todas estas instituciones son organizaciones en las que los agentes ofrecen servicios y en todas se disponen recursos humanos.
Tres visiones
Según Lynn Sharp Paine, doctorada en Filosofía Moral en la Universidad Oxford y actual profesora de la Escuela de Negocios de Harvard, tradicionalmente ha habido dos visiones distintas sobre el rol de la ética y, de manera más específica, sobre la responsabilidad social en los negocios.
La primera, más famosa, articulada por el economista Milton Friedman en 1970 en New York Times Magazine, sostiene que la única responsabilidad de los ejecutivos de la corporación es aumentar las ganancias de sus shareholders (o accionistas). Desde esta visión, la responsabilidad social tiene un costo que está fuera de lo que la corporación empresarial considera su legítima preocupación. La segunda visión es la que afirma que la ética paga. Así, el comportamiento ético mejora los resultados financieros y la acción socialmente responsable hacia los stakeholders promoverá automáticamente la ganancia del accionista.
Recientemente, ha emergido una tercera visión a la que adhiere Paine según la cual la relación entre ética y beneficios económicos no es constante, pues varía de situación en situación. Además, los ejecutivos tienen dos tipos de obligaciones sociales y financieras hacia sus stakeholders, y deben tener estrategias para alcanzar sus objetivos respetando ambas responsabilidades. Para la especialista, las modernas corporaciones ya no pueden ser concebidas como actores amorales que operan en una zona libre de ética.
Paine también afirma que aplicar los valores morales a los negocios no significa de ningún modo un boleto al éxito financiero. Esto es: la ética no necesariamente paga. Otras voces sostienen que la falta de ética, a la larga, se paga. El colapso de varios gigantes como Enron, WorldCom y Parmalat, entre otros sirven de excelentes ejemplos.
Primero markética, luego RSE
En la Argentina, en la década pasada, el Poder Ejecutivo, el Congreso, la Justicia, los sindicatos, los militares y las fuerzas policiales, se sumían cada día más en el descrédito y la desconfianza. En comparación con esas instituciones sociales, el empresariado local gozaba de una pizca de mejor imagen en la percepción de la gente. Sin embargo, tibiamente, ya empezaba a hablarse de la ética de los negocios. Para Abraham, no era más que una markética (por marketing y ética), un modo de utilizar el lenguaje moral para mejorar la imagen empresarial y conquistar nuevos lugares en el mercado.
El economista Adolfo Sturzenegger coincide en ese punto con el filósofo, porque considera que en la actualidad las acciones socialmente responsables no son más que acciones fragmentarias, parciales, casuísticas, para tratar de crear una imagen empresarial que en alguna medida oculte una serie de irresponsabilidades básicas.
Gómez Iza se refiere ya a la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), un concepto surgido en Europa hace más de una década, pero que, sostiene, alcanza su auge en nuestro país como respuesta a la crisis de diciembre de 2001. Las necesidades económicas extremas y la incapacidad del Estado para dar respuesta a ellas trae como consecuencia un aumento de la solidaridad en la sociedad de la cual las empresas forman parte, explica.
Entre tantas definiciones propuestas para el concepto de RSE, puede tomarse el que lo caracteriza como el modo en que la empresa se relaciona e impacta en sus grupos de interés (stakeholders) a través de sus prácticas y de la influencia que la sociedad y las expectativas de los agentes sociales tienen sobre la empresa.
Ahora bien, ¿qué y cuánto se sabe de RSE en la Argentina? Decisión Consultores realizó en junio de 2002 una encuesta de 504 casos en Capital Federal y Gran Buenos Aires, cuyo resultado arrojó que apenas un tercio de los entrevistados ha escuchado hablar sobre RSE. De ese total, 22% asocia tal concepto con la preocupación y el compromiso de las empresas por el mejoramiento de las condiciones de vida de la comunidad; 21% lo vincula con las políticas y acciones en materia de recursos humanos; mientras que un tercio no tiene en claro con qué asociar este concepto.
La disposición corporativa
En tanto, ¿tienen las empresas real conocimiento de lo que implica la RSE? El concepto no es tan complicado. Entonces, sería mejor preguntarse si las empresas tienen interés en conocerlo y comportarse con responsabilidad social. Para Alejandro Langlois, director ejecutivo de ComunicaRSE, las empresas nunca van a realizar algo que esté fuera de su razón de ser, que es la maximización de sus beneficios, de manera que cualquier cosa que hagan será en ese sentido. En la Argentina, agrega, algunas empresas se interesaron en el concepto porque se puso de moda, otras porque buscaban mejorar su imagen, mientras que otras lo hacen para ganar en profesionalismo; es en definitiva un cambio de cultura que algunas están tratando de incorporar a su estrategia de negocios.
Gómez Iza observa que todos (en el mundo empresarial) se muestran dispuestos a discutir sobre la ética, pero muy pocos a revisar procesos, sistemas de trabajo y cultura organizacional. Además, subraya la dificultad subyacente de pensar en el largo plazo, un problema típico de todas las empresas, que no pueden pensar más allá del presupuesto anual, nada que involucre un compromiso a tres años es bienvenido. A partir de ello se torna muy difícil la planificación e implementación de programas socialmente responsables de mediano o largo plazo. Por otra parte, considera que las empresas de nuestro país ni siquiera confían en que la RSE no sea una moda y están expectantes para ver cómo sigue la tendencia. En Brasil el compromiso empresario es realmente mayor que el nuestro, puntualiza.
Sturzenegger, que elaboró un proyecto para la realización de un índice de responsabilidad social encomendado por el Foro Ecuménico Social, comenta: Existen múltiples organizaciones que dan una infinidad de premios a la ciudadanía empresarial o al empresario más solidario, pero finalmente son las empresas a las que no les interesa el concepto de RSE las que ganan esas distinciones. Es paradójico, una contradicción, pero lo que sucede es que tales empresas ganan el premio porque elaboran algún regio programa, como puede ser la construcción de una biblioteca rural o la donación de alimentos a niños muy pobres. Sin embargo, el resultado es totalmente desorientador, porque no se consigue un avance importante. Es muy probable que esa empresa no desarrolle una conducta ética con sus trabajadores, no practique un marketing responsable, contamine el medio ambiente y, a la vez, gane el premio al mejor ciudadano corporativo, con lo cual estamos en el peor de los mundos.
Indicadores en plaza
Con el objeto de medir el nivel de responsabilidad social con que se desenvuelven las empresas, El Centro para la Responsabilidad Social desarrolló una serie de indicadores de RSE. La elaboración tuvo como base otros indicadores utilizados en otros países: el Social Index del Copenhagen Center de Dinamarca, el SA8000 de Estados Unidos, el del Instituto Ethos de Brasil y el de Acción Empresarial en Chile. Las áreas que evalúan tales indicadores son: código de ética; balance social; condiciones laborales; desarrollo y participación de los empleados; inclusión social; inversión de recursos económicos, humanos y materiales; promoción de la responsabilidad social; relaciones con terceros; gestión del producto o servicio; y medio ambiente. En la actualidad están siendo aplicados en Revlon y en Nestlé.
También el Foro Ecuménico, con la coordinación de Sturzenegger, esbozó un índice de RSE, sin embargo no ha sido totalmente desarrollado. Su estructura básica se divide en cuatro grandes dimensiones: jurídico-institucional; económica, ambiental y social que, a su vez, se subdivide en tres categorías: desarrollo laboral; ética y transparencia; e inversión social.
En algún momento, ambas organizaciones pensaron en extender certificados (al estilo de las normas ISO) a las empresas socialmente responsables. Ahora, con más experiencia, Gómez Iza considera que no se puede certificar la responsabilidad social empresarial. Yo no puedo certificar que alguien es bueno. Lo que yo puedo certificar son las prácticas, pero no un valor, porque para hacerlo tengo que estar en un nivel que es imposible, remarca. Para Sturzenegger, por el contrario, sí hay que certificar el comportamiento socialmente responsable de las empresas. Hay que premiar o castigar y, en consecuencia, se necesita un proceso de análisis, un sistema para definir qué es lo que a la sociedad le interesa más que la empresa haga, explica.
En nuestro país son otras dos las certificaciones que se extienden por la RSE. La norma SA8000, que evalúa la responsabilidad social de proveedores y vendedores, es otorgada por Underwriter Laboratories. Luego, el estándar AA1000 es emitido por el Institute for Social and Ethical Accountability del Reino Unido, bajo el nombre de AccountAbility. La tabacalera Nobleza Piccardo, señalada por varios especialistas como el caso más exitoso de RSE en la Argentina, ha adoptado el estándar extendido por la organización británica.
Obstáculos
Puede que sea la desconfianza de los ejecutivos locales el principal obstáculo para que el valor de RSE se erija en uno de los conceptos rectores de las prácticas empresariales. O puede que el concepto haya surgido en medio de una crisis económica catastrófica, un mal momento. Como fuere, es de esperarse que más pronto que tarde el grueso de las empresas nacionales adhieran al novedoso principio. La experiencia reciente a escala mundial ha dejado en evidencia que las modernas corporaciones ya no pueden ser concebidas como actores amorales que operan en una zona libre de ética. Incluso, como sostiene la profesora Paine, cuando aplicar los valores morales a los negocios, de ninguna manera significa un boleto de ida al éxito financiero.
