El tema de la deuda externa de los países en desarrollo está íntimamente ligado al nivel de las tasas de interés que fija la Reserva Federal de Estados Unidos. Mucha gente no toda piensa que un alza es mala noticia para los países deudores.
Es evidente que las finanzas de los países en desarrollo están hoy más sólidas de lo que han estado en años. Los precios de las materias primas están fuertes y el crecimiento económico crece y se expande. Las tasas de interés globales están bajas pero la cuenta corriente de casi todo ese grupo de naciones arroja excedente, de manera que no les hace falta pedir dinero prestado en los mercados internacionales.
Sin embargo, cuando el 28 de enero la Reserva Federal emitió un comunicado en el que daba a entender que en un futuro no muy lejano podrían subir las tasas de interés, la deuda internacional externa volvió a provocar estremecimientos. Fue un simple recordatorio del efecto que tendrían las tasas altas en las economías del mundo en desarrollo.
Dos días después de esa declaración, el precio de los seguros contra un posible default sobre los bonos de la deuda brasileña subió 25%. El precio para cubrirse de un posible default de Turquía saltó más de 20%. Cayeron las bolsas de muchos mercados de países emergentes y, en consecuencia, también sus bonos.
William Rhodes, codirector de Citigroup que viene negociando crisis de deuda desde los años 70, comentó al New York Times que la situación se parece mucho a los primeros meses de 1997, justo antes de que estallara la crisis financiera de los países asiáticos. Lo que le preocupa es que los inversores han estado bombeando dinero hacia países en desarrollo con una intensidad que no se veía desde mediados de los 90, cuando el capital fluía hacia los mercados emergentes como ríos de montaña.
Según cifras publicadas por el Institute of International Finance, un grupo lobbista de los grandes bancos, los flujos de capital privado hacia el mundo en desarrollo ascendieron a US$ 187.000 millones en 2003, el mayor total desde 1997, y este año probablemente exceda los US$ 196.000 millones.
Con las tasas de interés en el mundo industrializado más bajas de los últimos 40 años, los inversores vislumbran cada vez mayores ganancias. Se apropiaron agresiva y despreocupadamente de la deuda del mundo en desarrollo, subiendo irresponsablemente los precios de los bonos sin detenerse a pensar en la capacidad de pago de los emisores.
Los spreads sobre los bonos de la deuda el adicional que pagan sobre el rinde de los bonos de la Tesorería de Estados Unidos para compensar su alto nivel de riesgo cayeron a su nivel más bajo en siete años.
Pero los inversores son inconstantes. A mediados de los 90 el dinero también fluía a borbotones hacia las economías en desarrollo. Pero cuando, de pronto, en 1997 Tailandia devaluó el baht, la corriente de dólares se paralizó y una a una fueron desplomándose economías: de Tailandia a Indonesia y de Rusia a Brasil.
¿Podría lo mismo pasar hoy si, por ejemplo, la mencionada alza en las tasas de interés de Estados Unidos instara a los inversores estadounidenses a repatriar su dinero?
La opinión generalizada es que la intensidad del golpe dependerá esta vez de tres cosas:
a) de cuánto aumenten las tasas de interés en el mundo industrializado;
b) de cómo esa subida afecte el apetito por inversiones en los mercados emergentes; y
c) de cómo estén preparados los mercados emergentes para aguantar la falta de apetito de los inversores.
La única buena noticia en todo esto es que hoy la mayoría de las economías en desarrollo están fuertes. Por primera vez desde el año 2000 crecerán, por ejemplo, todos los países de América latina, asegura Kristin J. Forbes, miembro del equipo de asesores económicos del presidente George W. Bush.
