Cada época, cada gobierno, cada presidente dejan su impronta en el lenguaje cotidiano. En el ámbito político hoy se habla de transversalidad aludiendo a la necesidad de Néstor Kirchner de ir más allá de las filas justicialistas en su obsesión por forjar alianzas que consoliden su base de poder.
En el campo empresarial siempre hubo una presencia dominante en la representación del sector. Si acaso, varios bloques sólidos enfrentados por objetivos disímiles pero que circunstancialmente, cuando la situación lo requería, hablaban con una sola voz.
Esta vez el panorama es inédito. Distintas organizaciones representan a los bancos y a la industria. Las empresas de servicios públicos que fueron privatizadas, están lejos de presentar un bloque monolítico. Directivos de empresas nacionales y extranjeras, de la producción y de los servicios, se nuclean bajo el paraguas de la AEA (Asociación de Empresarios Argentinos).
Durante las primeras semanas de la nueva administración parecía existir una opinión definida: todos los empresarios estaban en la misma bolsa y no había mucha simpatía por ellos. Esta percepción está cambiando lentamente.
¿Es que se piensa también en una transversalidad empresarial? Algunos voceros oficiales comienzan a detectar sectores y grupos que pueden convertirse en aliados. Pero la lógica del sistema político no se corresponde siempre a la perfección con la realidad del ámbito empresarial.
Para poner las cosas en claro, es conveniente trazar un mapa del mundo económico, detectar los intereses que defiende cada actividad, y explorar la naturaleza de la relación que, finalmente, cada nucleamiento tendrá con el Gobierno.
Empresas privatizadas
Concentran la animosidad del entorno presidencial. Se las acusa de haber presionado a través del FMI (y de los gobiernos europeos donde se asientan las casas matrices), lo que es considerado antipatriótico. Peor aún, se las identifica con el menemismo. Desde algunos despachos se las considera el peor enemigo. Más allá de que algunas de estas presiones existieron y de que, en muchos casos, hubo torpeza en el estilo de los directivos locales de esas firmas, lo cierto es que demandar aumentos de tarifa es legítimo y más que justificado.
Las cosas comienzan a suavizarse, las negociaciones avanzan por otra vía, y las mismas empresas difieren en la estrategia a seguir frente al Gobierno.
Los bancos de origen español se han calmado. Repsol tuvo desde el comienzo una actitud más cauta, lo que resulta muy comprensible. Cualquiera de las otras firmas puede perder dinero y mucho si se retiran de la Argentina, pero para la petrolera un traspié en nuestro país tendría un efecto devastador por el volumen de negocios que representa la actividad local dentro del holding (a menos que, por apoyar a Estados Unidos contra Saddam Hussein, obtenga una buena tajada en el oriente medio). Aguas Argentinas tenía un acuerdo casi firmado con Duhalde y prefirió esperar (apostó al triunfo de Menem, dicen los más enconados funcionarios) a que asumiera un nuevo gobierno.
Telefónica cortó por lo sano: reemplazó a su cabeza en la Argentina cuando advirtió que no era el interlocutor adecuado. En cuanto a la concesión de autopistas por peaje, para los más cercanos al Presidente, era emblemática de la era menemista, de la desprolijidad y falta de control.
Sutilmente, el panorama registra cambios interesantes. Las empresas anunciaron inversiones importantes (aunque hay quienes sostienen que es puro costo de mantenimiento y reposición); hay certeza de que algún tipo de aumento de tarifas ocurrirá el año próximo; y los negociadores oficiales tienen la convicción de que habrá un entendimiento, por lo menos, con las casas matrices.
El sector agropecuario
Ha sido el motor de la economía durante los últimos dos años. Es responsable de buena parte del crecimiento que expresan los indicadores. A pesar de las retenciones de 20%, con eficiencia y tecnología y también precios favorables en el mercado mundial han competido exitosamente con productores extranjeros fuertemente subsidiados.
Poco de esto se les reconoce. Es un sector maltratado sistemáticamente y al que se amenaza con aumentarle las retenciones si mejoran más los precios de venta. Hay una manifiesta incomprensión del gobierno y del papel del sector agropecuario.
Ningún país adquirió un nivel de desarrollo importante sin lograr primero un eficiente sector agrícola; luego un balanceado crecimiento industrial; y recién por último un importante sector de servicios. Las enseñanzas de la historia no parecen tenerse mucho en cuenta entre nosotros.
Sin duda, el Gobierno tendrá que revisar sus prejuicios y su magro conocimiento del sector agropecuario.
El sector industrial exportador
Aquí, el conflicto de intereses es intenso. Están los que colocan bienes transables en el exterior e ingresan dólares con un tipo de cambio alto. Aunque no exportan, los que han logrado sustituir importaciones tienen una coincidencia básica con los primeros.
Sin embargo no hay tanta homogeneidad como podría suponerse. La divergencia de puntos de mira obedece a los intereses objetivos de cada sector y actividad.
Hay industrias que con un Mercosur funcionando a pleno, no podrían resistir. De algún modo necesitan la protección del mercado interno para poder exportar.
De esta circunstancia deriva el enfrentamiento más pesado: Alca o Mercosur. Con un esquema de integración centrado en Alca podrían seguir exportando con éxito. Con un Mercosur sin barreras, actividades como los textiles, maderas, maquinaria agrícola, autopartistas y derivados del hierro tendrían pocas chances de consolidarse.
Por otra parte, están los que ya apostaron al Mercosur y tienen bases de operaciones en Brasil y la Argentina. Como las terminales automotrices, fabricantes de electrodomésticos, comercializadores de granos y alimentos e incluso los servicios tienen destino dentro del Mercosur (¿adónde se podría vender gas y energía si no es a los países más cercanos?).
¿Qué pasa con la clásica división entre empresas extranjeras o multinacionales versus las locales? Pues ambas están insertas dentro de cada uno de estos grupos.
La reunión del Grupo Industrial en Rosario, que contó con la simpatía del Gobierno, pareció encarnar el nacimiento de una nueva clase empresarial argentina. Curiosamente, aunque el Gobierno no lo haya advertido, sus integrantes están seguramente más cerca del Alca que del Mercosur.
Por el contrario, si se analiza el listado de los socios de la AEA, es evidente que son más proMercosur. En cuanto al coloquio de Idea, todos estos desencuentros y graves disensos se vieron reflejados, si no en la superficie, por lo menos en el sustento real de las posiciones asumidas.
En cuanto a los bancos, en camino de solucionarse el tema de la pesificación asimétrica, el Gobierno insiste en que tienen dinero para prestar y que lo están reteniendo. Más sofisticado el argumento, desde Economía se insiste en que el Estado no tomará un solo peso en crédito, con lo cual el negocio fácil está cerrado. Veremos si pueden sobrevivir cobrando únicamente comisiones por servicios, sentencian.
Desde la perspectiva de las entidades de crédito el problema es que la inmensa mayoría de las empresas demandantes potenciales de crédito no califican según las normas vigentes. Debería cambiar y flexibilizarse mucho la actual normativa del Banco Central para que este proceso fuera posible.
De modo que nada es tan claro como parece. Para unificar criterios entre los empresarios, el mejor aporte podría ser una redefinición a fondo del Mercosur, una suerte de división internacional del trabajo pactada entre los socios. Ello provocaría coincidencias inmediatas.
En cuanto al Gobierno sería una excelente idea que puliera este rudimentario mapa que hemos trazado y así verá con claridad qué margen de alianzas y entendimientos tiene por delante.
