¿Suerte o cautela?
Australia sigue inmune a los tropiezos de la economía global
No en vano, le dicen “país con suerte”. Mientras otras
economías industriales pugnan por recobrar impulso económico,
Oceanía suma 12 años de expansión. En parte, porque no
ha comprado ciertas recetas globalizantes que, hoy, son fracasos. Desde 1991,
el país ha logrado eludir el contagio de la crisis sistémica internacional
iniciada en el sudeste asiático (1997-8), el desplome de las punto com
y las tecnológicas (2000-1) y el impacto de los ataques terroristas sobre
Manhattan (2001). Sus 19 millones de habitantes gozan de ingresos de bolsillo
superiores a los imperantes en Gran Bretaña, Alemania o Japón.
El desempleo, 6,1%, está en un piso de casi 20 años.
Por supuesto, una baja de exportaciones, la peor sequía de la historia
y el desinfle de una burbuja inmobiliaria afectaron al crecimiento en 2002.
Pero, este año, el producto bruto interno avanzará 3%, un margen
bastante respetable. Ya 1991-2002 representa el mayor período histórico
sin recesión: 12 años.
¿Cómo lo lograron?, ¿quizá por una astuta política
fiscal y una gestión monetaria tipo Alan Greenspan? “No. Es pura
suerte. Varias medidas adoptadas en los últimos 20 años surtieron
efectos opuestos en otras economía”, sostiene Chew Ping, calificador
de deuda soberana en Standard & Poor’s. La agencia puso a Australia
nuevamente en clase AAA –la máxima–, algo que no hacía
desde 1986.
Pero ahora hay aprensiones respecto del futuro. Tropas australianas forman parte
de la coalición que invadió Irak y la gente teme represalias terroristas,
como el atentado en Bali (octubre), donde perecieron 88 australianos. Eso sin
contar la reciente ola de incendios sobre una extensión mayor que Texas
y un índice de confianza entre consumidores que, en febrero, marcaba
el mínimo en dos años.
Tampoco hay mucho optimismo en la bolsa. Tras ceder 12% en 2002, las acciones
líderes alcanzaron fines de marzo perdiendo casi 9% adicionales y en
mínimos desde 1999. Pero Sydney y Melbourne reflejan más factores
internacionales que locales. Los cuatro principales bancos, castigados en el
exterior, significan 25% del indicador. Las mineras, que obtienen más
ingresos afuera, representan otro 10%. Por otra parte, apenas 3% de la economía
australiana depende de exportaciones. Y el agro, clave de la imagen nacional,
aporta apenas 3,5% al PBI. Como en Estados Unidos, la demanda del público
es puntal de la economía y, todavía en el último trimestre
de 2002, las ventas minoristas subían 0,8%. Las utilidades de las empresas
habían ascendido 21% en julio-septiembre, último período
disponible, sobre igual lapso de 2001.
Eso sí, los australianos han estado comprando bienes raíces a
ritmo frenético y, desde diciembre, viven una resaca tras 18 meses de
fiesta. En julio había expirado un programa de desgravaciones tributarias
por hasta US$ 4.000 a compradores de su primera vivienda. Sólo en 2002,
la demanda resultante infló 17% los precios.
Técnicamente, las bases del fenómeno datan de 1983, cuando se
dejó flotar el dólar australiano. Luego vinieron la desregulación
financiera (1984), la rebaja de gravámenes a la importación (1988,
1991), la eliminación de controles salariales (1992) y la total autonomía
del Banco Central (1996). Como se ve, ni aperturas ni liberalizaciones totales
o repentinas.
Al estallar la crisis en el sudeste asiático, Australia ubicó
rápidamente mercados en Gran Bretaña, China y Nueva Zelanda. Cuando
se pinchó la burbuja tecnológica, el país quedó
al margen: es usuario pero no productor en esos rubros.
Por supuesto, hay factores inquietantes. La debilidad del dólar estadounidense
pone en dificultades a los exportadores mineros, cuyos precios están
en esa divisa. Pero, como las monedas de varios socios comerciales se han revaluado
contra el dólar estadounidense, se ha perdido escasa competitividad.
Ni siquiera los altibajos petroleros son peligrosos: Australia es exportadora
neta, rica en carbón y gas natural. M
Nueva Zelanda
Lección de una reforma orientada al mercado
La experiencia de este país deja en el aire dos preguntas: ¿las
reformas pro mercado generan o consumen capital político?; ¿son
reversibles o, por el contrario, cambian radicalmente los ejes de debate?
Hace diez años, Nueva Zelanda estaba en la vanguardia de las reformas
orientadas al mercado. Reinaba el ofertismo, tal como ocurre hoy en Estados
Unidos o como sucedió en la Argentina de los años ’90.
Sólo que el ensayo neocelandés involucró a la centroizquierda
(Partido Laborista, 1984-89) y a la derecha (Partido Nacional, 1990-3). Básicamente,
la reforma privatizó, eliminó subsidios –especialmente agrícolas–,
liberó el mercado laboral y redujo el gasto social. La base tributaria
pasó del impuesto a las ganancias a los impuestos sobre el consumo, que
afectan más a los sectores de bajos ingresos. Este error político
compró tiempo: a mediados de los ’90, el producto bruto interno
avanzaba a razón de 4% anual.
Hoy en día, los reformadores “puros” son electoralmente marginales
y el gobierno laborista de la primera ministra Helen Clark –que incluye
varios antirreformistas– fue reelecto el año pasado con casi dos
tercios del voto. Sin duda, la experiencia neocelandesa deja en el aire dos
preguntas: ¿las reformas pro mercado generan o consumen capital político?;
¿son reversibles o, por el contrario, cambian radicalmente los ejes de
debate?
Pese a todo, Nueva Zelanda es un caso piloto en lo económico y lo político.
El primer aspecto muestra un contexto centrado en eficiencia, previsibilidad
y transparencia. Las utilidades empresarias derivan de una estructura tributaria
muy achatada y el agro acepta la paulatina eliminación de subsidios,
pues sus propios costos disminuyen junto con la rebaja de gravámenes
a la importación de insumos y manufacturas (la industria no es prioritaria).
En la fase virtuosa, la expansión de unos sectores sobrecompensó
el retroceso de otros. Quizás el aspecto más positivo sea la racionalización
de la burocracia y el consiguiente ahorro fiscal (algo que el ofertismo no logró
en Estados Unidos ni en la Argentina).
En lo político, las reformas comenzaron bajo un gobierno de centroizquierda
–que cayó en 1990, víctima de ellas– y se profundizaron
bajo un gobierno derechista, que duró bastante menos, quizá porque
avanzó demasiado sobre lo social y laboral. Ambos colapsos subrayan el
mismo fenómeno: un titular de Hacienda reformista –el laborista
Roger Douglas; la conservadora Ruth Richardson– es desplazado por un primer
ministro moderado. David Lange en el primer caso, James Bolger en el segundo.
De todas maneras, los efectos del ensayo fueron, en parte, duraderos. Los subsidios
al agro cedieron de 16 a 4% del presupuesto. En monto, fueron bajando de US$
670 millones en 1983 a 115 millones en 1990. El proceso dio buenos resultados
agroganaderos: la productividad creció a razón de 6,3% anual entre
1985 y 1994.
A su vez, la reforma tributaria generaba una de las estructuras más chatas
del mundo. El tope sobre ganancias bajó de 66 a 33%, en tanto subía
la base del impuesto al valor agregado, método copiado luego por Domingo
F. Cavallo en la Argentina (combinado con una rigidez cambiaria ausente en Nueva
Zelanda, fomentó déficit fiscal, desempleo y un desmedido endeudamiento
externo). El gasto público –excluyendo servicio de la deuda–
fue reducido de 40 a 35% del PBI por Richardson (1990-3).
Pero el impulso reformista se agotó tras las elecciones de 1993, ganadas
estrechamente (una banca, apenas) por el conservador Bolger. Éste dedujo
que el semiempate se debía al hartazgo público con las reformas
y desplazó a Richardson. También llamó a un referendo,
de donde salió la representación proporcional. Aplicado en los
comicios de 1996, dejó al Partido Nacional en minoría, pero éste
retuvo el Gobierno aliándose al First Party, populista de derecha. Las
componendas fueron tantas que, en 1999, el laborismo recobró el Gobierno;
y su líder, Helen Clark, optó por la ambivalencia respecto de
los reformistas. Por un lado, los califica de neoconservadores y, por el otro,
aprovecha parte de sus innovaciones. Especialmente en materia de finanzas públicas.
Al cabo de tantos altibajos, el pragmatismo de una mujer se impone al fundamentalismo
de otra. M
Irlanda
El tigre celta tiene garras desafiladas
Dependiente de exportaciones a Gran Bretaña y Estados Unidos, sustentada
por inversiones externas, la isla es muy vulnerable al desinfle de la demanda
y al desplome de los valores bursátiles tecnológicos.
El auge que dobló el tamaño económico de Irlanda en los
años ’90 pierde impulso, víctima de la recesión tecnológica
mundial y de la situación en Eurolandia (los países que adoptaron
el euro como moneda común). “Ya no somos un tigre”, confesaban
en Yougall, algo así como el Silicon Valley insular.
En tres meses, efectivamente, dos de los mayores empleadores en esta población
de 7.500 habitantes anunciaron que cerrarán plantas, donde trabajan 400
personas cuyos salarios suman US$ 13 millones anuales.
Atado al euro y a las exiguas tasas de interés impuestas por el Banco
Central Europeo, el Gobierno no ha logrado neutralizar una inflación
que eleva salarios y otros costos, pues no maneja su propia moneda. Esto hace
a Irlanda menos atractiva para inversores del exterior, hoy seducidos por Polonia,
Hungría, Eslovaquia y otros países orientales que, amén
de tener costos bajos, son futuros socios de la Unión Europea (UE).
En diciembre pasado, Artesyn Technologies –un puntal en Yougall– anunció
que transferirá a China su planta de conversores, que emplea 160 personas.
En febrero, la francesa Thomson Multimedia indicó que piensa llevar a
Gales y a Polonia su subsidiaria local, que procesa DVD para el vigoroso mercado
británico.
Volviendo al plano nacional, las estadísticas del Gobierno revelan que,
en 2002, se perdieron 10.000 puestos laborales y ascendió a 167.000 la
cantidad de personas que cobran subsidios por desempleo. Mary Harney, primera
ministra suplente, advirtió hace dos semanas que seguirán los
despidos y las suspensiones.
“Existe el riesgo de que nuestra mejor mano de obra emigre a Europa, así
como sus antepasados del siglo XIX marchaban a Estados Unidos”, admitió
Colm Donlon, vocero de la Agencia de Desarrollo Industrial. Éste es un
cuadro opuesto al de los ’90, cuando el cóctel de bajos impuestos,
asistencia de la UE y excelentes recursos humanos atraía gigantes como
IBM, Intel o Microsoft, mientras florecían la vanguardia tecnológica
y las punto com.
En la verde Erin, aumentaban los precios de viviendas y circulaba una típica
señal de riqueza: BMW nuevos. En un reciente artículo, el escritor
Kevin Courtney afirma: “El auge produjo jóvenes rastacueros. Otrora,
W. B. Yeats decía que todo había cambiado drásticamente
y había nacido una belleza terrible. No la hay peor que la de estos celtas
ostentosos y aculturados”.
Por cierto, “la economía iba a perder ritmo”, opina Philip
Lane, profesor en el Colegio de la Trinidad, Dublin. “Pero el grado de
regresión supera las expectativas. Además, somos hoy un país
caro para los inversores”. Por el contrario, Donlon sostiene: “Irlanda
tiene aún los menores impuestos de la UE, 12,5% al rédito empresario,
y su economía marcha mejor que otras. Aunque la inflación, 5,6%,
duplique la media europea y siga subiendo, aún podemos captar inversiones
con incentivos tributarios y subsidios”.
El Gobierno recuerda que las “estrellas norteamericanas” siguen en
la isla. Pero dos de ellas, IBM y Dell Computer, no han querido responder consultas
de los medios sobre sus planes a mediano plazo. M
| MERCADO On Line le amplía la información: • “Australia. Nace una potencia asiática”. MERCADO, mayo de 2000. https://mercado.com.ar/mercado/vernota.asp?id_nota=25&id_edicion=990&id_producto=1 • “Irlanda: ¿un ejemplo para la Argentina?. De patito feo a potencia tecnológica”. MERCADO, septiembre de 1999. https://mercado.com.ar/mercado/vernota.asp?id_producto=1&id_edicion=982&id_nota=27 |
