¿Cuál es el principal problema que enfrentan hoy los millones
de inversionistas que actúan en la economía global? No es la guerra
con Irak, ni ninguna otra contienda que esté planeando Washington. No
es el alto nivel de endeudamiento de países, empresas o simples consumidores.
Tampoco la caída en las cotizaciones bursátiles o la creciente
debilidad de la economía mundial.
La cuestión central es el bajo nivel de retorno esperable en mercados
bursátiles y financieros por parte de quienes están en condiciones
de invertir. Y el nudo de la cuestión es el altísimo nivel de
comisiones retenido por una actividad financiera parasitaria. En palabras de
Charlie Munger, mano derecha de Warren Buffett, el incansable inversor, se trata
de “la tajada del crupier”.
Veamos cómo funciona este perverso mecanismo con un simple ejemplo. Es
de suponer que el retorno de la inversión en mercados de acciones y títulos
esté en torno a 5%, descontada la inflación. Es un cálculo
modesto con respecto al promedio histórico, pero prudente después
del pinchazo de la burbuja bursátil.
Para comprobar cómo el retorno esperado se diluye, hay que tener en cuenta
que los ejecutivos financieros obtienen compensaciones en forma de opciones
sobre acciones. Según Standard & Poor’s equivalen a 20% de los
ingresos declarados. Es decir, que de entrada se ha volatilizado una quinta
parte del retorno esperado por el inversionista.
Se estima, como promedio, que las empresas pagan honorarios a bancos de inversión
por asistirlas en fusiones y adquisiciones, que representan 0,5% menos del retorno
esperado.
En la actividad de los fondos que gerencian inversiones, usualmente aplican
un honorario de 0,5%. Además, están las comisiones a los brokers
y a las entidades bursátiles, junto con el spread o la diferencia entre
lo que se convino pagar y el precio al que se ofertaron las acciones. Estos
gastos pueden situarse en el orden de 1% del valor de la transacción.
Si se hace la suma de los costos enumerados, se advertirá que el esperado
retorno de 5% sobre la inversión, ha caído ya a 2%.
Eso no es todo. Si se incluyen los costos en que incurren los fondos mutuales
y los impuestos que hay que pagar, al confiado inversionista que esperaba una
rentabilidad de 5%, apenas le llega 1%.
Ésa es la explicación de lo que pasó durante los años
de auge bursátil: malas decisiones e intermediación parasitaria
son responsables de beneficios que nunca se materializaron.
Mercados financieros cerrados para la región
Admitamos la verdad. En enero de 2001 la suerte de la Argentina estaba echada.
Ni un solo préstamo internacional pudo conseguirse a partir de esa fecha
–excepto, claro, del FMI–. En verdad, hace cinco años que los
capitales financieros abandonaron toda la región. Se había acabado
el tiempo de los famosos mercados emergentes, menos para algunos flujos de inversión
extranjera directa que encontraban una ventana de oportunidad.
En medio siglo, fue la segunda vez que se produjo esta sequía. La primera
fue a principios de la década de los ’80, cuando se interrumpió
el pago de la deuda externa.
En los ’90, con bajos rendimientos en el mundo industrializado, los capitales
volaron hacia las economías emergentes. En 1996, el total de préstamos
a la región había llegado a US$ 207.000 millones. Los ingresos
netos de capital eran de US$ 332.000 millones, de los cuales US$ 92.000 millones
eran inversión extranjera directa.
Fueron días de vino y rosas. Pero después vinieron las crisis
del sudeste asiático, de Rusia y de Brasil. Los préstamos no bancarios
se mantuvieron en US$ 36.000 millones en 1999, y en US$ 40.000 millones en 2000.
Síntesis: los mercados financieros están cerrados para la región.
No existe posibilidad de caer en la tentación de endeudarse más,
pero siempre queda la pesadilla de la deuda ya contraída, e impagable.
A pesar de esta realidad, una tímida recuperación económica
se insinúa en América latina, después de la caída
del año pasado, la mayor en dos décadas (excepto en el caso de
la Argentina, donde lo que ocurrió fue un descenso a los infiernos, algo
no vivido durante todo el siglo pasado).
La guerra en Irak trajo incertidumbre, pero como resultó de corta duración,
la esperanza es que las perturbaciones sean mínimas. Por las dudas se
mira con atención lo que ocurre en la economía estadounidense,
la mayor del mundo.
La interconexión entre todas las regiones del planeta, hace que ninguna
zona geográfica pueda quedar confinada a la tranquilidad de sus fronteras.
Todo efecto negativo de la guerra, como antes ocurriera con las crisis financieras
iniciadas en otras latitudes, se siente en Latinoamérica, sin excepción.
Remesas de expatriados, la gran fuente de divisas
Los giros enviados a la región por expatriados de América latina
y el Caribe, han crecido hasta el punto que se comparan con la inversión
extranjera directa (IED) como fuente de flujo de capital. El año pasado,
de acuerdo con un estudio realizado por Multilateral Investment Fund (MIF, una
rama del BID), crecieron 17,6%, a poco más de US$ 32.000 millones.
Esto fue el doble de la tasa de incremento, que llevó el total de giros
a un nivel de sólo poco menos del total de IED que atrajo la región
el año pasado. Las perspectivas son impresionantes: aun si suben a la
tasa promedio anual previa de 7%, los giros excederán los US$ 400.000
millones para el año 2010, señala el MIF.
El director del MIF, Donald Terry, dice que ésta es una preocupante tendencia
para América latina, pues indica que más y más personas
se van al exterior en busca de trabajo: “América latina y el Caribe
es ahora el destino número uno de los giros en todo el mundo”.
Cerca de 78% de los giros a la región, proviene de Estados Unidos, con
Japón, España y Canadá por la mayor parte del resto. El
principal receptor fue México, que recibió US$ 10.500 millones,
casi un tercio del total. La subregión de Centroamérica recibió
un total de
US$ 5.500 millones, los países del Caribe, US$ 5.450 millones, y las
naciones andinas, US$ 5.400 millones.
Los giros a la Argentina aumentaron en 80%, a
US$ 184 millones.
El total del dinero en giros excedió 10% del PBI en seis países:
Nicaragua (29,4%), Haití (24,2%), Guyana (16,6%), El Salvador (15,1%),
Jamaica (12,2%) y Honduras (11,5%).
El MIF calcula que el costo total asociado con los giros a América latina
y el Caribe, se incrementó a un asombroso US$ 4.000 millones. Éste
es el costo más alto en el mundo “porque los bancos están
menos involucrados en esas transacciones de lo que están en otras regiones”,
dice Terry. Esto se debe probablemente al hecho de que los inmigrantes de América
latina sin documentación, se resisten a utilizar los bancos.
Por qué América latina necesita crecer
El objetivo del presidente Lula da Silva es que ningún brasileño
pase hambre al finalizar su mandato. La magnitud del desafío que confronta
puede percibirse del siguiente cálculo: si su objetivo para 2015 fuera
reducir a la mitad el número de brasileños que viven bajo la línea
de la pobreza, él tendrá que hacer crecer la economía a
una tasa anual de al menos 3,7%.
La apuesta es más formidable para otros países: Ecuador, de Lucio
Gutiérrez, deberá crecer 6,4% por año; Venezuela, de Hugo
Chávez, en 6,6%. Bolivia, Paraguay y Nicaragua, deberán crecer
en más de 7%; Honduras lo tendrá que hacer en 9%.
Estas cifras surgen del “Panorama social de América latina 2001-2002”,
de la Comisión Económica para América latina de la ONU
(Cepal). El informe subraya que aunque la pobreza se redujo en la mayoría
de los países de América latina en los ’90, la mayor parte
aún siguen en la categoría de “alta pobreza”.
De los 18 países latinoamericanos encuestados por Cepal, 13 tienen al
menos 30% de la población bajo la línea de la pobreza –la
definición de país de alta pobreza, según Cepal.
En realidad, como señala Cepal en el prefacio del informe, la situación
es peor de lo que el estudio sugiere, porque está basado en estadísticas
del año 2000, y desde entonces la situación se ha deteriorado.
En 2001, las tasas de pobreza crecieron en 12 países; los de extrema
pobreza en 14. El PBI se contrajo 0,8% en 2002. Cepal calcula que la pobreza
aumentó en toda la región y, dramáticamente, en la Argentina.
En el año 2000, la Argentina fue clasificada como país de “pobreza
media”, con 25% de la población debajo de la línea. Las cifras
más recientes del Gobierno elevan la tasa a 58%.
En total, Cepal calcula que el número de personas pobres habrá
crecido en 15 millones en 2000-2002, con la mayor expansión en la Argentina.
Cepal informa que todos los países estudiados redujeron su tasa general
de pobreza en 1990-2000 –excepto en Venezuela, donde creció de 40%
a 48%. Sin embargo, en Colombia, Ecuador y Paraguay, la proporción de
la población que vive en la pobreza extrema, creció.
Los países que más redujeron su tasa de pobreza fueron Chile,
Panamá, República Dominicana, Brasil y Uruguay (aunque el efecto
acumulativo de la recesión desde 2000, probablemente revirtió
parte o todo lo ganado).
Los países con tasas más altas de pobreza a fines de la década
eran Honduras (79%), Nicaragua (67%), Paraguay (62%) y Ecuador (61%).
Cepal estima que a fin de reducir a la mitad las tasas de pobreza que prevalecían
en 1990, para 2015 (una extensión de la meta fijada para la reducción
de la pobreza extrema en la Cumbre del Milenio 2000), el requerimiento de crecimiento
real de la región varía de una categoría a otra:
• Países con alta pobreza (Honduras, Nicaragua, Paraguay, Ecuador,
Bolivia, Guatemala, Colombia, El Salvador, Venezuela, Perú, México,
Brasil y Panamá): en 5,7% anual (o 3,5% per cápita).
• Países con mediana pobreza (República Dominicana, la Argentina,
Chile, Costa Rica): 2,7% (o 1,4% per cápita).
• Países con baja pobreza (sólo Uruguay): 2,5% (o 1,3% per
cápita).
Tomando en consideración el progreso hecho en los ’90, Cepal señala
a Chile, Panamá y Uruguay como los más cercanos a lograr la meta
(con un signo de interrogación sobre Uruguay). También están
en la senda: Brasil, Costa Rica, El Salvador y República Dominicana…
Siempre que primero se logren las metas de crecimiento requeridas.
Subsidio agrícola: el final de Doha
Para países –como la Argentina – que son productores agrícolas
eficientes, la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio,
era la gran oportunidad de reducir o eliminar subsidios que traban la venta
de sus cosechas (ver “Documento”, páginas 88 a 96).
Era una ocasión excepcional porque para que avancen las negociaciones
multilaterales en otros temas, hacía falta un acuerdo de fondo sobre
productos del agro, el sector donde la liberación de subsidios nunca
existió o fue irrelevante.
Los países industrializados agrupados en la Ocde (siglas del inglés
para Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo)
mantienen subsidios para sus agricultores que solamente en 2001 significaron
US$ 311.000 millones (de hecho, dos veces la deuda externa argentina). El promedio
de los aranceles protectores en esos países está en el orden de
60%.
Si se eliminara la mayoría de estos subsidios, habría
US$ 128.000 millones anuales que irían, en buena parte, a las economías
productivas. No será fácil. En la Unión Europea, 35% del
total del ingreso agrícola proviene del subsidio estatal. En Estados
Unidos, esa proporción es de 21%. Los consumidores europeos aportan –vía
mayores precios– 49% del subsidio. En el caso estadounidense, esa proporción
es de 23%.
La próxima reunión de ministros de Comercio en Cancún,
en septiembre, está desde ya amenazada de muerte. En el actual contexto
es difícil imaginar que la Ronda de Doha terminará exitosamente
en enero de 2005.
Ni Estados Unidos, ni la Unión Europea –especialmente Francia–,
y mucho menos Japón están dispuestos a ceder un centímetro
en esta materia, tan vital para los países productores que deben generar
divisas para pagar por sus importaciones y –en muchos casos– para
cancelar la deuda externa.
Nuevas fisuras en el orden internacional
El sistema mundial económico y financiero es muy vulnerable como consecuencia
de su complejidad. Pero así como el sistema brinda oportunidades a quienes
quieren aprovechar sus fortalezas, también ofrece gran potencial a quienes
quieren socavarlo. El mismo avión que lleva a un hombre de negocios a
un país en desarrollo puede llevar a un terrorista en dirección
contraria. La misma Internet que permite que una empresa lleve el control de
su stock de manera eficiente, y mantiene en contacto a académicos de
todo el mundo, permite que un terrorista aprenda a hacer el ántrax. El
libre flujo de bienes que nos permite tomar té de Sri Lanka también
trae armas de Europa del Este a las calles de Londres.
La analogía es de Philip Coggan, columnista en inversiones del Financial
Times. Con el título “La muerte de la economía liberal”,
el ensayista sostiene:
“Hay límites a lo que se puede hacer para aumentar la seguridad
de este sistema. Se puede registrar a cada pasajero y cada equipaje que es transportado
en avión, pero no se puede hacer lo mismo con cada tren y cada micro.
No se puede detener a cada auto o parar a cada persona mientras hace las compras,
para confirmar que no se trate de una bomba suicida”.
Hasta hoy la cantidad de gente que quiere ejecutar actos tan destructivos es,
por fortuna, limitada. Pero existe un punto más allá del cual
el número de detractores violentos puede superar a un sistema. Evitar
que se llegue a este número es un componente vital de la política.
Y es en este punto que la invasión de Irak constituye una apuesta fuerte.
Al irritar la opinión pública musulmana en el mundo, la invasión
ha aumentado el número de potenciales detractores violentos.
Esto se ve aumentado en el Estado multicultural moderno. En los últimos
50 años muchas naciones han estado más que dispuestas a dar la
bienvenida a inmigrantes, ya sea para tener acceso al mejor talento disponible,
o porque esos inmigrantes han estado dispuestos a hacer trabajos que los trabajadores
nacionales rechazaban. Pero el resultado es que los estados tienen el problema
austro-húngaro. No existe una nacionalidad o religión común.
Esto puede no convertirse en un problema siempre y cuando el Estado pueda proveer
una prosperidad en aumento, como sucedió en Estados Unidos durante la
mayor parte de su historia. El atractivo del “sueño americano”
ha pesado más que las diferencias individuales. Sin embargo, el sueño
debe seguir funcionando.
