Fragmentación es la palabra. Describe la situación social en la
que quedó la Argentina al cabo de décadas de deterioro de variables
esenciales de bienestar social. Describe también el escenario de la política
nacional, partida en mil pedazos e incapaz de hilvanar programas o estrategias
más allá de breves e interesados acuerdos de tiendita política.
Fragmentación es, finalmente, el nombre justo para describir el estado
de las cosas en el universo empresarial argentino. Dólar alto versus
dólar bajo. Estado ausente versus Estado que acompañe el desarrollo
de mercados. Tarifas por decreto (para arriba) versus tarifas controladas. Renegociación
por empresa de las deudas privadas versus garantía estatal para renegociar
deudas privadas. La lista de opuestos es larga. Nunca como ahora los empresarios
mostraron tanta incapacidad para definir una visión económica
de mediano y largo plazo unificada.
La pregunta es: ¿pueden los empresarios, como segmento social, definir
una estrategia de crecimiento y resumir visiones de país?, ¿o
apenas son capaces de forzar negociaciones por intereses de sus empresas o sectores,
alejados de una cosmovisión política, social y económica?
“En general no es la burguesía la que aporta los grandes proyectos
políticos –sostiene Carlos Acuña, politólogo y director
de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad
de San Andrés–. En la Argentina y en el resto del mundo, aunque
la mayoría de los autores suele criticar a su burguesía por no
hacer lo que hacen otras burguesías, los empresarios no llegan a tener
la capacidad para desarrollar proyectos hegemónicos”.
Tras el estallido de la convertibilidad, en diciembre de 2001, los principales
grupos empresarios, cruzados por enfrentamientos y pugnas sectoriales in crescendo,
atinaron a unirse en la Asociación Empresaria Argentina (AEA), una organización
que apenas ha logrado consensuar en 12 meses posturas principistas a favor de
un mejor marco institucional para el desarrollo de los negocios. Pero al mismo
tiempo, en las trincheras calientes de la militancia empresarial, los bancos
se dividieron en tres grandes asociaciones ahora enfrentadas, las grandes alimentarias
nacionales y exportadoras armaron su propia central empresarial (Adipa, Asociación
para el Desarrollo de la Industria y Producción Agroalimentaria), separada
de la Copal, y la Unión Industrial Argentina rompió un tradicional
acuerdo de alternancia en su conducción entre el Movimiento de Industriales
Argentinos (MIA) y el Movimiento de Industriales Nacionales (MIN) y atravesó
una dura disputa electoral que ha dejado más heridos que consensos tras
el triunfo de la lista de Alberto Álvarez Gaiani, enfrentado a muerte
con Techint.
Si los ’90 se caracterizaron por la unidad de reclamos y posturas empresariales,
el próximo gobierno está destinado a habilitar varias ventanillas
para escuchar qué quieren los industriales, los banqueros, los grandes
holdings, los extranjeros de servicios, los extranjeros de la producción,
las pymes, etc. A la AEA (una organización que muchos prefieren llamar
Asociación de Ejecutivos Argentinos, dada la abrumadora mayoría
de empresas internacionales que muestra el listado de miembros), le costará
demostrar que tiene chances de conformar el grueso conglomerado de intereses
empresariales que –durante los ’90– representaba el Grupo de
los Ocho, en el que reportaban las asociaciones de bancos, los ruralistas, los
industriales, las empresas de servicios públicos y el comercio.
A la falta de acuerdos y la dispersión que generan las divisiones de
las principales organizaciones empresariales, se agrega lo que muchos analistas
ven como un progresivo deterioro de la capacidad de representación de
las grandes e históricas cámaras corporativas. Esa falta de representatividad
es producto de una inercia en el discurso y de la forma de hacer política
de los más conocidos dirigentes industriales y empresariales, que aún
no alcanzan a reconocer los profundos cambios ocurridos al interior de las empresas
que dicen representar. La interna de la UIA fue, en ese sentido, más
una puja de personalidades (Techint y anti-Techint) que una confrontación
de proyectos industriales inspirados desde las bases.
La falta de consensos y enfrentamientos entre corrientes y sectores empresariales
no es sólo una cuestión de incapacidad de alcanzar acuerdos: ahora,
los hombres de negocios ven –a diferencia de los noventa– un Estado
más permeable a reclamos sectoriales y que crecientemente se va reinstalando
en un rol más activo en términos económicos.
Burguesía nacio… ¿qué?
Por el nivel de fragmentación, o porque en época de elecciones
la creatividad discursiva aumenta en proporción directa a la cantidad
de voces opinantes, de la mano de las divisiones dentro de las grandes organizaciones
empresariales se coló el viejo debate sobre el resurgir de la llamada
“burguesía nacional”.
En el breve lapso de semanas, al enfrentamiento entre banqueros de la Asociación
de Bancos Argentinos (ABA) y la Abapra (cooperativos, públicos nacionales
y provinciales), se agregó la eyección de los privados nacionales,
que refundaron Adeba (Asociación de Bancos de la Argentina) para ganar
espacio de lobby y negociación frente al futuro gobierno. Adeba está
capitaneada por viejas espadas del negocio financiero local, como Eduardo Escasany
(Galicia) o Jorge Brito (Banco Macro), sepultados en los noventa por la ola
de extranjerización de la banca y resucitados tras un 2002 que mostró
a los grandes bancos internacionales en retirada, ahuyentados por los interminables
escraches anticorralito y perdiendo posiciones frente a la banca pública,
cooperativa y privada nacional, que aprovechó sus buenos contactos políticos
y el soporte de millones de redescuentos para recuperar terreno perdido.
“Hay gente de bancos que, detrás de esas ideas de resurgimiento
de la burguesía nacional, lo único que alientan es generar situaciones
diferenciales a su favor, que les aumenten la capacidad prestable y les permitan
olvidarse de las normas financieras de Basilea”, interpreta el presidente
de una automotriz europea, espantado por la posibilidad de que se sume un nuevo
frente de tormenta –el de las militancias a favor y en contra de la “burguesía
nacional”– al vendaval de divisiones internas entre las grandes organizaciones
empresariales. “Si se piensa en burguesía nacional, la Argentina
se tiene que parecer a España –señala– no al estilo
de la Venezuela de Chávez, plagada de nacionalismos industriales que
lo único que hacen es ganar con favores políticos lo que no pueden
con competencia en el mercado”.
Desde Adeba, la estrategia de posicionamiento político y búsqueda
de espacio negociador ante el próximo gobierno es bastante clara: “Además
de negocios, buscamos tener buen diálogo con otras agrupaciones, como
la UIA y la SRA… y participar en forma más activa en la reconstrucción
del país”, le dijo a Clarín Jorge Brito, presidente de la
nueva Adeba. Un papel que los bancos extranjeros creían reservado sólo
para sí mismos, pero que fue minado durante 2002 por los enfrentamientos
con buena parte de la dirigencia política, la falta de apoyo de sus casas
matrices, hastiadas de mandar a pérdida inversiones realizadas en la
Argentina, y por el descrédito popular, que no olvida que las grandes
marcas bancarias internacionales nunca cumplieron la promesa de “respaldo”
internacional que tendrían los depósitos en dólares en
caso de una crisis financiera.
“Los privados nacionales sólo quieren sacar una buena tajada”,
se lamenta un socio de ABA. Más aún que la interna entre Álvarez
Gaiani y Gotelli en la UIA, el relanzamiento de Adeba abrió heridas profundas
y nunca curadas sobre el papel de los bancos en la definición de un modelo
de crecimiento y el del Estado en esa interacción entre empresas tomadoras
de crédito y entidades financieras. Por eso Brito, con oportunismo político,
anunció que los bancos de Adeba, a diferencia de los de ABA, sí
saldrían a dar créditos a los productores y empresarios. Pero
de allí a hablar de un resurgimiento de la “burguesía nacional”…
Desde la Universidad de San Andrés, Carlos Acuña sostiene que
es anacrónico hablar de burguesía nacional porque cambiaron estructuralmente
las condiciones que dieron marco, cuarenta años atrás, a esa categoría.
Acuña describe dos grandes cambios que impiden imaginar una “burguesía
nacional” al estilo años ’70:
1) hay importantes conglomerados de capital local que han quedado en posiciones
muy fuertes y oligopólicas, y que muestran capacidad de exportación.
Esos grupos, ex integrantes de la burguesía nacional o doméstica,
antes dependían del subsidio estatal para poder exportar. Hoy la novedad
es que esos grupos, gracias a la incorporación de tecnología,
pueden ofrecer productos a escala internacional sin el subsidio estatal, lo
cual muestra una gran diferencia con respecto al viejo modelo de economía
cerrada, en la que esos grupos no exportaban, sólo importaban; y
2) el otro gran cambio es que en el viejo esquema había una gran tensión
y contradicción entre el empresariado pampeano y el urbano, porque este
último era básicamente importador, mientras el pampeano podía
exportar. La incorporación de tecnología en los sectores agroproductivos,
así como en sectores manufactureros permitió superar esa limitación
a la capacidad exportadora y dependencia exclusiva del mercado interno, que
definía a la burguesía nacional.
Ahora exportan todos
Con menos rigor académico pero más realismo de negocios, un empresario
que militó a favor de Álvarez Gaiani dice: “Hay una Argentina,
la de Duhalde, en la cual no se respeta nada, en la que se rompieron todos los
contratos, en la que está bien no devolver la plata que se pidió
prestada. Ésa es la Argentina que puede pretender que el Estado vuelva
a convertirse en un asignador de favores y recursos a sectores específicos.
No creo que nadie en la UIA, sin importar de qué lado de la interna se
encuentre, quiera ese Estado prebendario”. En la misma línea, pero
con más rigor, apenas ganó las elecciones Álvarez Gaiani
anunció que “se acabó la UIA de tinte proteccionista o desarrollista,
porque ésa fue una discusión de la década de los ’80”;
una postura que arroja por tierra las aspiraciones de varios grandes grupos
empresarios “mercado internistas” y que puede generar choques con
el gobierno en caso de que sea Kirchner el que llegue al sillón de Rivadavia.
Yo te quiero. Yo tampoco
Con burguesía nacional o sin ella, la realidad muestra a los empresarios
atomizados en reclamos puntuales o sectoriales, genéricamente alineados
en los bandos del dólar alto o dólar bajo, según revisten
en las filas de los exportadores o apunten con sus productos al mercado interno
y necesiten una recuperación del salario. En forma paralela, aun dentro
de cada cámara u organización empresarial, conviven dos grandes
ejes o visiones sobre el perfil económico y productivo al que debería
aspirar la Argentina. Aquellos más ortodoxos que creen que la única
forma de curar los males del neoliberalismo de los ’90 es con más
liberalismo: más reforma y ajuste del Estado, rebaja de impuestos y retenciones,
apertura del flujo de capitales, más privatizaciones y dejar que el mercado
mande. Y los empresarios que prefieren una salida “a la Lavagna”,
con un Estado que recupere algo de terreno en áreas de promoción
económica y de negocios y que maneje discrecionalmente herramientas cambiarias,
arancelarias e impositivas.
En todos los casos, los empresarios aceptan que “el gran error” de
la década de los noventa fue haberse olvidado de las instituciones y
de una regla de oro del capitalismo moderno: no hay mercado sin Estado. Pero
subsiste un temor por la memoria cercana de las consecuencias sobre la economía
y los negocios de un Estado subsidiador y prebendario. Es que del planteo de
falta de institucionalidad que acompañe al desarrollo de la industria
y las empresas argentinas, pueden derivarse dos posturas opuestas: una de quienes
racionalmente piden un Estado moderno, modelo español, chileno o neocelandés,
que ayude a ganar presencia en mercados internacionales, que desarrolle mercados
para los privados y que promueva sectores con transparencia y equilibrio. Y
otra de aquellos que buscan ampararse en ese diagnóstico de falta de
institucionalidad para favorecer el desarrollo de un Estado que beneficie a
los sectores con más poder de lobby, que extienda el clientelismo político
a un clientelismo de negocios, prebendario, y que acabe por poner frenos a la
libre competencia de mercado entre las empresas. M
| MERCADO On Line le amplía la información: • “Causas y efectos del enfrentamiento entre grandes grupos empresarios. Un país sin establishment”. MERCADO, noviembre de 2002. https://mercado.com.ar/mercado/vernota.asp?id_producto=1&id_edicion=1019&id_nota=34 • “Contra la economía vudú. El verdadero objetivo de la Asociación Empresaria Argentina”. MERCADO, septiembre de 2002. https://mercado.com.ar/mercado/vernota.asp?id_producto=1&id_edicion=1017&id_nota=32 • “Cambios en la cúpula empresarial. La Cámara de Comercio propone reeditar el Grupo de los Ocho”. La Nación, 24 de abril de 2003. http://www.lanacion.com.ar/03/04/24/de_491154.asp • “Los empresarios de tinte liberal se impusieron a la lista apoyada por Techint. Ganó Gaiani y dijo que la UIA no apoyará el proteccionismo”. El Cronista, 23 de abril de 2003. http://www.cronista.com/ • “Queremos discutir cómo se hace para recrear la burguesía nacional”. La Nación, 9 de abril de 2003. http://www.lanacion.com.ar/03/04/09/ de_487310.asp |
