Si la pregunta es ¿qué chances hay de recuperar la industria argentina
y transformarla en motor de crecimiento y desarrollo económico sostenido?,
la respuesta trae una noticia buena y una mala.
La buena: los principales economistas del país dicen que la capacidad
productiva de las empresas argentinas está en buenas condiciones, y que
10 años de apertura indiscriminada más una devaluación
apresurada no alcanzaron a destruir la industria local.
La mala: para aprovechar el potencial de las empresas y los empresarios argentinos,
es imprescindible contar con la inteligencia, la racionalidad y la capacidad
de planificación estratégica e implementación de las instituciones,
sobre todo las del Gobierno y el Estado. Para esto último, haría
falta poco menos que cambiar la clase política criolla y su obcecada
incapacidad para mirar el mediano y largo plazo. En otras palabras, como dice
con cinismo un amigo economista: “Para dejar de ser pobre sólo necesito
dinero”.
Fuera de broma, en los últimos 16 meses, tras la devaluación duhaldista,
cuando los pronósticos más conservadores auguraban un cierre generalizado
de empresas y un knock out definitivo a la industria, las compañías
y empresarios argentinos parecen haber demostrado (una vez más) una admirable
capacidad de adaptación a los terremotos económicos y sociales,
lo que permitió una razonable sustitución de importaciones que
evitó desabastecimientos. Además, varias decenas de sectores mostraron
una poderosa vocación de reemplazo de mercados locales por extranjeros.
En números: el año pasado se importaron apenas US$ 8.000 millones
contra los US$ 31.000 millones de 1999, incluyendo un parate total a las compras
externas de bienes de consumo final, sin que se produjeran fenómenos
de desabastecimiento, algo que se explica en buena medida por la capacidad de
sustitución de las empresas locales.
Un estudio independiente, de 6.000 páginas, que el Ministerio de Economía
encargó a la Comisión Económica para América Latina
y el Caribe (Cepal), en el que participaron más de 80 prestigiosos economistas
dirigidos por Bernardo Kosacoff, titular de Cepal Argentina, demuestra –con
detalles sectoriales, regionales, macroeconómicos y de análisis
comparado– que el potencial de la industria argentina está intacto,
a la espera de lo que cualquier país serio llamaría una “Estrategia
Nacional de Desarrollo”. Objetivo que, bueno es decirlo, en la Argentina
aún suena a mala palabra, tanto por las deformaciones históricas
que durante largos períodos implicó la intervención estatal
en la orientación de la actividad económica e industrial, como
por el adoctrinamiento ultra ortodoxo “de mercado” que vivimos los
argentinos durante la década de los años ’90.
El estudio de la Cepal incluye 27 tomos, siete grandes áreas de estudio
y más de 65 secciones temáticas que desmenuzan sectores, potenciales
regionales, estado de los recursos humanos, competitividad sistémica
y territorial, entre decenas de ejes de análisis del potencial de la
industria y la producción argentinas. El resumen es tajante: “Hay
que desarrollar capacidad institucional que apoye la potencialidad de desarrollo
industrial”.
La capacidad y calidad institucional no sólo deben leerse desde la perspectiva
de un Estado con vocación para desarrollar políticas activas de
soporte de la industria y los negocios, sino también como elementos de
política económica imprescindibles para generar las condiciones
mínimas de certidumbre que permitan la toma de decisiones de inversión
de mediano y largo plazo y den sustento a la reaparición del crédito.
Dados los resultados del estudio dirigido por Cepal sobre potencialidad de las
empresas argentinas, la paradoja no deja de ser patética: de la misma
forma en que se puso la lupa, con decenas de encuestas y estudios cualitativos,
sobre empresas y empresarios, habría que destinar recursos para analizar
hasta qué punto las clases dirigentes, políticas, sindicales y
empresarias, están capacitadas y dispuestas a generar las condiciones
institucionales que generen la plataforma de lanzamiento que necesitan la industria
y los empresarios argentinos.
En cualquier caso, el potencial de recuperación de un rol de locomotora
de crecimiento por parte de la industria implica un largo camino que, en parte,
reconstruya cambios cualitativos sustanciales ocurridos desde los ’80,
especialmente la definición de un Estado “no productor”, pero
que empuje la promoción de sectores claves y el desarrollo de ambientes
de negocios adecuados a una economía abierta y competitiva. “Hoy
nadie duda de que el Estado no puede ser empresario, como era 15 años
atrás, pero también está en claro que tiene que facilitar
el desarrollo de los negocios”, dice Dante Sica, secretario de Industria
de la Nación.
Economistas y funcionarios coinciden en que, después de tanta agua bajo
un puente de filosofías ultraliberales, las empresas tienen que perder
el miedo a un Estado que promueva la producción, las negociaciones internacionales
y la inteligencia de mercado para detectar nichos de negocios.
Deficiencia institucional = economía decadente
Potencial de desarrollo industrial y de negocios no debe confundirse con realidad
de desarrollo industrial y de negocios. Desde sus oficinas en Fiel, Abel Viglione
resalta cuatro condiciones imprescindibles para vislumbrar el desarrollo de
un proceso de industrialización sostenida:
1) un contexto macroeconómico estable;
2) estabilidad en la legislación impositiva, arancelaria y de marcos
regulatorios;
3) existencia de un mercado de capitales de magnitud y en competencia, incluyendo
el mercado financiero, el de acciones y bonos; y
4) un sistema de incentivos regionales, no nacionales, transparentes y acotados
en el tiempo.
De esos cuatro casilleros, la Argentina no puede marcar uno.
Si bien en el contexto actual de tipo de cambio muy alto (algo que funciona
como una barrera arancelaria) las empresas argentinas van a mostrar una capacidad
natural de sustitución de importaciones, Viglione dice que esta sustitución
no implica capacidad de generación de una oferta exportable, condicionada
por la falta de un mercado de capitales que financie nuevas inversiones en capital
de trabajo. “Crecer con recursos propios es una limitación”,
dice el economista. El temor de Viglione respecto de las limitaciones del esquema
actual de sustitución de importaciones no coincide con lo que analizan
desde la Secretaría de Industria: “La micro está muy bien.
Hay sustitución de importaciones sin pérdida de eficiencia”,
afirma Dante Sica.
Bajo la lógica de Viglione, a pesar de las ventajas, temporalmente acotadas,
que ofrece un tipo de cambio alto para sustituir importaciones, si las empresas
y la economía argentina quieren crecer necesitan recuperar niveles de
inversión que garanticen la producción de bienes a niveles de
calidad muy superiores a los que –forzadamente– puede acostumbrarse
un mercado interno aplastado por la recesión. Y para eso hace falta estabilidad
política e institucional que permita recuperar la confianza y la certidumbre
sobre el destino económico del país.
Aunque el ambiente hostil de los ’90 fue una dura experiencia por la supervivencia
y enseñó a las empresas y los empresarios argentinos a adaptar
sus esquemas productivos a la competencia directa del exterior, la herencia
de 10 años de indiscriminada confianza en “los mercados” también
debe medirse en clave de deficiencia política-institucional e incapacidad
para planificar y poner en marcha estrategias de desarrollo.
¿Qué es deficiencia institucional? Kosacoff explica que, pensando
en la década de los ’90, es haber pasado a una economía abierta
sin detenerse a pensar en los siguientes aspectos clave:
1) no haber planificado un sistema financiero orientado a la inversión
productiva;
2) no haber desarrollado un sistema e instituciones para generar innovación;
3) no haber formado recursos humanos;
4) no haber tenido estrategias de negociación internacional;
5) no haber fomentado la cooperación y asociatividad en las empresas;
y
6) no haber desarrollado la trama productiva para ganar economías de
escala y especialización.
Seis puntos que bien se parecen a un check list de tareas pendientes para el
diseño y puesta en marcha de estrategias productivas para cualquier candidato
a la presidencia de la Nación. “Confiamos en el mercado y nos olvidamos
de construir los mercados”, resume el director de Cepal.
Ahora, queda todo por hacer, y no sólo en las instituciones del sector
público. También en las instituciones de la sociedad civil se
manifiesta una profunda incapacidad de comprensión de los desafíos
que plantea el desarrollo industrial y productivo de un país. Las diferencias
de las llamadas “visiones de país” existentes entre los sectores
financieros y de servicios, y aquella que sostienen los empresarios industrialistas
son casi más profundas que la dificultad de la clase política
para definir e instrumentar proyectos de mediano y largo plazo en términos
de modelos económicos para el desarrollo sustentable.
Aun entre los sectores industrialistas, hay diferencias de fondo respecto del
modelo de país (¿tipo de cambio alto para favorecer las exportaciones?,
¿recuperación de los salarios para oxigenar a un alicaído
mercado interno?). En esa sintonía debe leerse la interna de la Unión
Industrial Argentina, donde grupos como Techint no sólo le bajan el pulgar
a candidatos como Alberto Álvarez Gaiani (Copal) por enemistades personales,
sino por la discusión clave existente entre los exportadores pro dólar
alto y los mercadointernistas, que preferirían ver un dólar más
bajo y una recuperación del poder de compra del salario. “El problema
no es sólo la falta de financiamiento, sino la inexistencia de un mercado
interno”, resume un lobbista de una empresa automotriz.
Al margen de las peleas sectoriales, la devaluación y el impacto del
estallido social y económico que acabó con el gobierno de De la
Rúa parecen haber despertado cierto (olvidado) interés de algunos
gobiernos provinciales y municipales, así como de áreas del gobierno
nacional, en la puesta en marcha de tímidas políticas de apoyo
y respaldo a la búsqueda de nuevos mercados por parte de empresas locales.
Pero por ahora reina la falta de coordinación y los movimientos individuales:
funcionarios provinciales que acompañan misiones comerciales de grupos
pequeños de productores, interesantes estudios de la Secretaría
de Industria de la Nación avanzando sobre el potencial de una reingeniería
del proceso de integración con Brasil, que tienda a mejorar la articulación
entre cadenas productivas y generar redes productivas integradas entre empresas
de ambos países o un alentador cambio de foco pro-desarrollo de mercados
de la Secretaría de Comercio y Relaciones Económicas Internacionales
de la cancillería argentina.
Aunque de un gobierno de transición no debería esperarse un plan
estratégico que reformule el rol del Estado en una economía abierta,
la cuestión central es si hay, en ese Estado y en los cuadros políticos,
capacidad de reinvención del papel estatal, que incluya una perspectiva
estratégica para alentar el desarrollo de negocios y el crecimiento sostenido.
“El problema –dice Sica desde Industria– no es la falta de cuadros
en el Estado para planificar estrategias de desarrollo sustentable, sino la
falta de cuadros para administrar esas estrategias”.
Modelo argentino: no a los salarios bajos
La convertibilidad y la apertura acelerada de la economía en los ’90
tuvieron, de acuerdo con los estudios de Cepal, tres ejes de consecuencias negativas:
1) los efectos sobre el mercado del trabajo, en el cual la industria tuvo una
pérdida del orden de 40% de su personal;
2) el llamado “patrón de especialización” que muestra
un muy importante dinamismo de las exportaciones de productos primarios, pero
en donde no se avanzó en productos de valor agregado, marca y especialización;
y
3) la generación de capacidades tecnológicas domésticas
importantes en la zona de tecnología de producto (ensamblado), pero un
abandono y pérdida importante en las capacidades innovadoras y en los
desarrollos tecnológicos referidos a la tecnología de procesos,
que son los que generan calificación de recursos humanos y la competencia
de las empresas.
En síntesis, durante la convertibilidad hubo cambios en el aparato productivo
que generaron un fuerte incremento de la productividad, una leve caída
de los salarios reales y un terrible retroceso de la ocupación. Hacia
el final de la convertibilidad, las empresas ingresaron en un círculo
vicioso: costos operativos muy altos (salarios, servicios e impuestos elevadísimos),
lo que obligaba a las empresas a buscar ventas en grandes volúmenes que
requerían a su vez créditos comerciales de 150 o más días,
que las obligaban a financiarse a tasas de interés reales superiores
a 20%. Esto, con una cadena de pagos deteriorada, generó márgenes
muy estrechos para ventas muy grandes.
Con la devaluación, cuando todos esperaban el crac de cientos de empresas,
se cortó el crédito comercial, con ello desapareció el
costo financiero y las empresas recuperaron márgenes debido a que los
salarios y servicios estuvieron y están prácticamente congelados.
Como dice Kosacoff: “Es un pequeño refugio”. Pero la realidad
es que fue el cobertizo que impidió durante el año pasado el naufragio
de cientos de compañías.
¿Y ahora? Claramente no hay modelo de crecimiento sustentado en servicios
congelados, salarios asiáticos y capacidad de financiamiento nula. Las
encuestas entre grandes y medianos empresarios muestran que el nivel de salarios
actual no es un punto de equilibrio para el crecimiento de largo plazo con inclusión
social. El consenso entre los economistas coordinados por Cepal para diseñar
el estudio “Componentes Macroeconómicos, Sectoriales y Microeconómicos
para una Estrategia Nacional de Desarrollo”, indica que la Argentina debe
potenciar su capacidad de producción de bienes de alto valor agregado,
diseño, marca y sofisticación, algo que no se logra con salarios
bajos, sino a la inversa.
Kosacoff dice que es falsa la polémica de mantener salarios altos y aumentar
la competitividad. “Lo necesario –dice el director de Cepal–
es aumentar la calidad del empleo, la capacidad de innovación y pasar
a procesos de generación de tramas productivas donde la competencia no
pase por los salarios bajos, sino por lo que tenemos en la Argentina: el entorno
más sofisticado de producción en América latina, y un factor
de competencia determinado por la innovación, la calidad de la mano de
obra y la capacidad de flexibilidad de producir en series cortas”.
La crisis recesiva que viven las empresas desde mediados de 1998 ha cambiado
de plano la filosofía de los empresarios, de los grandes, los medianos
y los chicos, que ahora parecen mucho más dispuestos a pensar en el desarrollo
de nuevos mercados que en la venta de sus empresas a oferentes extranjeros.
Puede sonar a consuelo de tontos, pero –superado el impacto inicial de
la crisis que disparó la salida del gobierno aliancista– los empresarios
se muestran críticos frente a muchos de los paradigmas económicos
de los ’90 y dispuestos a empezar de nuevo. Y como a las empresas las manejan
personas, más vale comenzar por un cambio de puntos de mira.
Sectores con mayor potencial
La pregunta clásica a la hora de hablar de estrategias de desarrollo
es ¿sobre qué sectores se basarán? Los últimos estudios
sectoriales muestran que la Argentina no tiene por delante la definición
de un esquema de crecimiento productivo basado en una locomotora única
de crecimiento.
Claro está que el complejo agropecuario y el fenomenal cambio que atravesó
en la década del ’90, con masiva incorporación de tecnología,
explosión de los rindes, eficiencia y rentabilidad, así como la
creciente integración de sus cadenas de valor, muestran un sector hiperdinámico
y que tracciona crecimiento, pero la radiografía del país muestra
decenas de emergentes asociados a la creatividad e innovación productiva.
Sólo por mencionar algunos ejemplos, la Argentina muestra un fenómeno
explosivo en áreas de diseño industrial, gráfico, de muebles,
en la producción de objetos de decoración de interiores, de calzado,
en tecnología informática y software. También es enorme
el potencial en las cadenas agroindustriales, en donde el desafío es
desarrollar nichos de productos con diferenciación y marcas. ¿Más
ejemplos? El sector de vinos de Mendoza y, ahora, San Juan, los limones en Tucumán,
los lácteos en Santa Fe o las frutas finas en el sur.
En todos los casos, es definitorio el factor humano: la Argentina es el quinto
país del mundo en términos de entrepreneurship, es decir, iniciativa
individual y colectiva para el desarrollo y lanzamiento de nuevas empresas.
La última medición de Global Entrepreneurship Monitor muestra
que la Argentina tiene 14,2% de tasa de actividad emprendedora, cifra que creció
desde 7,8% del año 2000. Esos datos, se muestran en compañías
reales de jóvenes de entre 25 y 40 años que –sólo
como un ejemplo– pueden cambiar el paisaje urbano de barrios como Palermo
Viejo, en Buenos Aires, adonde reina un mix de diseñadores de ropa, de
muebles y objetos de diseño interior y productoras de TV y cinematográficas
que realizan 50% de sus trabajos para exportación.
Otros sectores de alto potencial, y en los que la Argentina ya tiene muestras
de empresas funcionando al máximo nivel de competitividad internacional
es el de máquinas agrícolas, tecnología médica,
la cadena de valor del gas, que incluye equipos de GNC y equipamiento de uso
industrial, así como áreas de biotecnología aplicada al
negocio agropecuario. En distintas áreas, empresas como Invap (produce
desde satélites meteorológicos, hasta equipos médicos y
software de gestión de producción) o Biosidus (pionera en biotecnología,
desarrollo y fabricación de medicamentos) demuestran el altísimo
potencial en actividades intensivas en recursos humanos calificados.
Finalmente, el sector turismo está cambiando reglas de juego que impidieron,
en períodos similares de tipo de cambio alto y superfavorable a las visitas
de extranjeros, el desarrollo efectivo de ese negocio. Todos los estudios muestran
ahora un cambio basado en condiciones estructurales: mejor oferta de infraestructura
de servicios, transporte, comunicación, etc.; pero también en
un cambio cualitativo trascendental en la filosofía de negocios de las
empresas y empresarios dedicados al turismo.
Como no hay sectores con perspectivas de transformarse en locomotora única
de crecimiento, tampoco hay un ejemplo internacional de modelo de desarrollo
industrial y de negocios sobre el cual compararse o aspirar a replicar. “Tomar
un modelo como referencia implicaría asumir las condiciones institucionales,
macro y microeconómicas, culturales y sociales que le dieron cabida”,
dice Viglione.
De allí que, de acuerdo con los consejos de Cepal y Kosacoff, la Argentina
deba realizar un seguimiento de diferentes modelos internacionales de éxito
en el desarrollo industrial y empresarial. En cada caso, hay elementos que pueden
cambiar el rumbo del desarrollo actual de los diferentes sectores productivos.
Un repaso general de ejemplos internacionales muestra, según Cepal, el
siguiente panorama:
1) Industria del software y servicios informáticos: hay que mirar los
casos de Irlanda, Turquía, Israel e India, países que, con distintos
abordajes, favorecieron la inserción internacional de sus recursos humanos
con alto potencial en áreas tecnológicas. En la Argentina el sector
de software es, tal vez, el de mayor nivel de desarrollo de América latina,
pero virtualmente no cuenta con apoyo estatal que maximice ese potencial, y
transforme a las empresas desarrolladoras en exportadoras netas. Ejemplos internacionales
de formatos de apoyo a ese sector sobran: Irlanda puso en marcha durante el
boom de Internet un sistema de subvención de costos operativos de sus
empresas de software para el desarrollo de nuevos mercados externos, comprando
y alquilando oficinas en puntos clave para esa industria, como Nueva York, que
luego eran ofrecidas en forma gratuita, por períodos acotados, a compañías
irlandesas que buscaran poner un pie en dicho mercado. Israel e India lograron
insertar sus empresas desarrolladoras en los esquemas de “programación
con el sol” que implementan grandes compañías como Microsoft:
se constituyen células de desarrolladores con base en Estados Unidos,
India e Israel, para que trabajen, con el correr del sol, las 24 horas, en el
desarrollo de programas, triplicando así la efectividad que tendría
un solo equipo de programadores.
2) Mayor encadenamiento de recursos naturales: la Argentina incorporó
masivamente tecnología al campo, lo cual multiplicó los rindes
y la calidad de los productos, pero allí no termina el potencial de los
recursos naturales. Los expertos aconsejan a Economía diseñar
medidas que permitan que el mayor encadenamiento de actividades posibilite aprovechar
a fondo recursos que, de otro modo, quedan en el estadio de los commodities.
Países como Noruega o Suecia son claros ejemplos de aprovechamiento de
los recursos naturales en cadenas de alto valor agregado: a partir de los recursos
forestales, llegan a productos gráficos de altísimo valor y diferenciación.
3) Turismo: hay que mirar el ejemplo español, que muestra una rica experiencia
en la organización del complejo de la industria turística. Allí,
es claro que lo esencial son condiciones sistémicas (rutas, comunicaciones,
infraestructura hotelera), no las ventajas temporales de un tipo de cambio alto.
4) Modelo brasileño: en contra de lo que corrientemente se supone –la
claridad estratégica de Brasil para definir su perfil industrial–,
los expertos dicen que del otro lado de la frontera han hecho cosas buenas pero
adolecen de los mismos defectos que la industria argentina. Lo bueno: generaron
condiciones de producción en el área industrial que, aprovechando
su enorme mercado interno, les permitió desarrollar tecnología
de producción de estándares internacionales para la producción
a gran escala. Lo malo: Brasil, como la Argentina, tiene pendiente el objetivo
de producir bienes de calidad, más diferenciados y con alta incorporación
de mano de obra calificada. Salvo el caso de Embraer, la compañía
productora de aviones que compite de igual a igual con la Boeing y la canadiense
Bombardier, no hay muchos ejemplos de productos brasileños de marca internacional
y alto valor agregado. Que Brasil está más cerca de las remeras
Hering que de productos de alta tecnología, lo demuestra el hecho de
que, aun en los momentos de mayor ventaja cambiaria, tras la devaluación
del real, la Argentina con su peso fuerte no fue objeto de una inundación
de productos brasileños de alto valor agregado, diseño y marca.
Sencillamente porque no existen. Justamente, Kosacoff destaca que el hecho de
que Brasil sea muy bueno produciendo a gran escala y la Argentina lo sea en
series cortas, con mucho diseño e incorporación de recursos humanos
calificados, permite replantear el futuro de la integración. “Hay
que ver cómo aprovechar esta división del trabajo, no sólo
para abastecer al Mercosur, sino para ganar nuevos mercados”, aconseja
el director de Cepal.
¿Cuál será el final de la historia?
Las perspectivas de las empresas son buenas y la materia básica parece
no haberse perdido con la crisis: creatividad, entrepreneurship, calidad de
recursos humanos, estándares tecnológicos internacionales y management.
Sin embargo, el éxito o fracaso depende de la capacidad de resolución
de graves deficiencias institucionales, en los ámbitos gubernamental
y estatal, y en organizaciones de la sociedad civil. En este sentido, son reveladores
los consejos de los economistas que trabajaron en el mega informe de Cepal:
“Para crecer hay que superar falsos dilemas en cinco ejes fundamentales:
1) el dilema que enfrenta las visiones “de mercado” versus las de
“políticas públicas de desarrollo”, porque lo que importa
es la creación de mercados, un objetivo en el que el Estado no puede
estar ausente, pero que se alcanza si las empresas trabajan correctamente y
en condiciones de negocios adecuadas;
2) el dilema que enfrenta al agro con la industria y los servicios, porque lo
esencial es lograr los adecuados niveles de eslabonamientos, intra e intersectoriales,
para mejorar las cadenas de valor;
3) el dilema que enfrenta a las grandes empresas con las pymes, porque lo fundamental
es la búsqueda de economías de escala y altos niveles de especialización
para ganar competitividad;
4) El dilema de mercado interno versus mercado externo, porque ambos son parte
de un camino muy claro y obligado, como son las estrategias integrales de desarrollo
evolutivo y de proceso de aprendizaje en el largo plazo; y
5) el dilema de salarios altos o competitividad, porque lo importante es la
calidad del empleo y la capacidad de innovación, para generar tramas
productivas donde la competitividad no pasa por los sueldos bajos, sino por
la calidad de la mano de obra, la capacidad de producción en series cortas
y la innovación. M
| MERCADO On Line le amplía la información: • Bernardo Kosacoff, director de la oficina Cepal-ONU en la Argentina: “El país va a ser sustentable en un régimen de economía abierta”. MERCADO, noviembre de 2002. https://mercado.com.ar/mercado/vernota. asp?id_producto=1&id_edicion=1019&id_nota=7 • “Desarrollo de exportaciones en la Argentina. Un perfil que comienza a delinearse”. MERCADO, noviembre de 2002. https://mercado.com.ar/mercado/vernota. asp?id_producto=1&id_edicion=1019&id_nota=8 • “Balance y perspectivas tras la devaluación. La industria busca recuperar lo perdido”. La Nación, 2 de febrero de 2003. http://www.lanacion.com.ar/03/02/02/ de_470737.asp • “Aún hay mucha capacidad industrial ociosa. Se fabrica acá lo que antes se importaba y se exporta más”. Clarín, 18 de febrero de 2003. http://old.clarin.com/diario/2003/02/18/ e-00401.htm • “Crecimiento orientado a la exportación. La importancia de una política industrial”. MERCADO, agosto de 2002. https://mercado.com.ar/mercado/vernota.a sp?id_producto=1&id_edicion=1016&id_nota=29 |
