Siguen tan amplias como siempre las divergencias entre Estados Unidos, ya en
guerra, con un Irán que acelera sus planes nucleares. Precisamente, poco
antes de que la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA)
iniciase inspecciones en dos nuevos complejos iraníes, el jefe de la
CIA, George Tenet –en un testimonio ante el Congreso–, afirmaba: “Existen
inquietantes indicios de que Al Qaeda ha establecido algún tipo de presencia
en Irak e Irán. Hemos entrado en una nueva fase de proliferación
de armas de destrucción masiva y la teoría del dominó pasa
a ser nuclear”. Sonó a guión de alguna serie Fox, a años
luz de Irán y su visión de las cosas.
Esos comentarios partían de un dato objetivo: Gholam Rizá Aqazadé,
director de la Organización Iraní de Energía Nuclear, había
confirmado planes para desarrollar el ciclo entero de combustibles nucleares,
desde las minas hasta el procesamiento de uranio con vistas a usarlo en reactores
con fines pacíficos. Una planta en Isfahán está casi lista,
pero las que preocupan en la AIEA estarán en Natanz y Arak. La primera
enriquecerá uranio mediante gases centrífugos, la segunda producirá
agua pesada, elemento moderador para un tipo de reactor que Irán aún
no posee, aunque también capaz de generar plutonio (otro camino hacia
dispositivos nucleares).
Voluntarismo en Washington
Al notificar a la AIEA con demora sobre ambos proyectos, Teherán no transgredió
normas del tratado contra la proliferación nuclear, del cual es miembro.
No hay dudas de que ambas plantas cumplirán las exigencias de la AIEA,
como lo hará también la central nuclear de Bushehr que construyen
los rusos. Irán proyecta seis reactores más de ahora a 2020. Pero
los norteamericanos no creen que permita inspecciones internacionales en esas
futuras instalaciones.
Ya en un plano especulativo o voluntarista, el entorno de George W. Bush espera
que Teherán siga el ejemplo de Norcorea: expulsar a los inspectores de
la AIEA y abandonar el tratado de no proliferación. En varios años,
con asistencia rusa –oficial o no–, “Irán podrá
pasar a producir una cantidad sustancial de armas nucleares”, sostiene
Richard Boucher, vocero del Departamento de Estado.
Más allá de expresiones de deseos, en privado muchos funcionarios
de Washington admiten que no existen ahí actitudes ni políticas
coherentes vis-à-vis Irán. Además, nadie ha olvidado la
crisis de los rehenes (444 días en 1979-81) ni los 22 años sin
relaciones formales y poquísimos contactos ocasionales. El gobierno de
Bush, entonces, se divide en archihalcones –quieren aislar a un país
que el presidente incluye en su maniqueo eje del mal– y moderados, con
Colin Powell al frente, que prefieren ir abriendo el diálogo.
El Departamento de Estado –quizá también la CIA– estima
que la república islámica podría seguir adoptando posiciones
tan prudentes como la mostrada en el caso afgano. Por eso, Estados Unidos ha
ido tendiendo discretos puentes, al día siguiente de desmoronarse el
régimen talibán en 2001. Por otra parte, en el curso de las conversiones
multilaterales sobre Afganistán, en el marco de las Naciones Unidas,
Washington y Teherán en efecto discutieron cómo impedir que eventuales
dirigentes prófugos de Irak desaparezcan en Irán, qué hacer
si hay un éxodo de refugiados y en caso de aviadores derribados sobre
territorio persa.
¿Ambivalencias?
Hace ya varios meses, Estados Unidos le solicitó a Irán no involucrarse
en la guerra, pues una irrupción militar de países vecinos –Turquía
es el otro– balcanizaría Irak y generaría una vasta crisis
regional. Hasta ahora, empero, los estrategas norteamericanos no están
seguros del papel que debiera cumplir quien sigue siendo la mayor potencia del
Golfo. Las vacilaciones derivan de una experiencia que data de hace un año:
tras varios meses de cooperación en el caso afgano, reapareció
el disenso intestino en Teherán. Los duros empezaron a ayudar a fugitivos
de Al Qaeda (al menos, a los chiitas) y a tratar con algunos señores
de la guerra remisos a aceptar al gobierno de Kabul.
No obstante, un número de sospechosos ligados a Al Qaeda fue detenido
y deportado. Irán pasó a Arabia Saudita transcripciones de los
interrogatorios (la secta es de origen saudí), sabiendo que Riyadh se
las pasaría a Washington. En Moscú, un alto funcionario iraní
admitió que “proseguirá la cooperación indirecta;
tal vez por intermedio de Rusia”.
Por supuesto, la relación Irán-Irak es una de las más antiguas,
enconadas y sangrientas en Asia sudoccidental. Las heridas de la guerra de 1980-8
siguen abiertas. Por lo menos hasta esta nueva guerra, los persas veían
a sus vecinos como la mayor amenaza potencial. “Teherán quiere que
derroquen a Saddam. Cualquier opción sería mejor que él”,
sostiene Hosséin Rassam, veterano columnista de esa capital. “Irán
es muy capaz de buscar nexos con la oposición kurda y los chiitas árabes,
en un esfuerzo para facilitar la transición de posguerra. A cambio, esperaría
que Estados Unidos afloje las sanciones de 1981 y su veto a que Irán
ingrese en la Organización Mundial de Comercio”.
Dentro y fuera del viejo núcleo de tres imperios (aqueménida,
arsácida, sasánida) que, a su turno, conquistaron y ocuparon lo
que hoy es Irak, los analistas piensan que el régimen no es rígido.
A su juicio, mantiene la misma flexibilidad que le ha permitido mantenerse desde
1979. Aparte, desde hace algunos años los clérigos tradicionalistas
se han apartado de la política, preocupados por el desapego religioso
de las nuevas generaciones. Este sector de ulemas (maestros) podría neutralizar
los periódicos intentos de los ayatolás fundamentalistas contra
el gobierno laico.
Maniqueísmo a dos puntas
Por supuesto, “en Washington hay gente que invoca un eje del mal no menos
maniqueo –rasgo de la religión persa antigua– que el de gran
Satán usado por el extinto imán Ruhollá Jomeiní
para llamar a Estados Unidos”. Así reflexiona, en Teherán,
Abbás Hosseiní Ghaem-Maghamí, a los 34 años el ayatolá
más joven. Teólogo y político, considerado un nexo entre
moderados y radicales, es autor de un opúsculo donde se expone a Ossama
Bin Laden como “hereje y enemigo de Mahoma, tanto para nosotros como para
la Sunná (ortodoxia)”. Este texto ha sido utilizado por innumerables
analistas occidentales, por lo común sin mencionarlo.
“Las disputas entre facciones iraníes son complejas y tempestuosas,
pero lo que emerge en la superficie no es la realidad. Los observadores externos
–sostiene Hosseiní– no profundizan. Ni siquiera se toman el
trabajo de aprender algo de farsí, una lengua indoeuropea casi tan fácil
como el inglés o el alemán.”
Según la visión del ayatolá, “las diferencias reales
no son entre partidos políticos dentro del sistema, sino entre éste
y quienes están afuera. Los partidos tienen sólo divergencias
tácticas. Esto explica, por ejemplo, que los reformistas –proclives
a normalizar relaciones con Estados Unidos e Irak– afrontaban una firme
oposición, años atrás, de los mismos conservadores hoy
más moderados y flexibles”. Naturalmente, “las características
del Islam y la Shi’á crean otra división: los ortodoxos sostienen
que el derecho a gobernar o reinar deriva directamente de Alá, los moderados
afirman que el voto popular legitima las instituciones y sólo por ese
intermedio se manifiesta el mandato divino. Occidente resolvió esta polémica
hace siglos pero, por ejemplo, la cristiandad oriental se aferró al mandato
divino directo hasta el fin del Imperio Ruso”.
En síntesis, “si la religión interfiere en el sistema político,
no es porque Alá le haya ordenado hacerlo, sino porque el pueblo así
lo quería y existían instituciones que legitimaban ese tipo de
regímenes”. Hosseiní disiente con sus colegas teocráticos,
pero eso no le impide señalar que: “A diferencia de Moscú,
Washington formula análisis e interpretaciones ingenuas acerca de Irán
y su escenario interno. Ni siquiera Israel nos entiende”. En su óptica,
pasa algo similar cuando desde afuera evalúan su política nuclear,
sus relaciones con países vecinos y su actitud respecto de Afganistán”.
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