Empujada por la inflación, que sobre todo impactó en los precios
de los alimentos entre abril y septiembre de 2002, la canasta básica
que determina la línea de pobreza que mide el Instituto Nacional de Estadísticas
y Censos (Indec) trepó de $ 599 a $ 716. Pero además de subir
esta cuota, la crisis bajó los ingresos a fuerza de desempleo. En efecto,
desde mayo de 2001 hasta noviembre de 2002, se perdieron 750.000 puestos de
trabajo.
De acuerdo con el Indec, 80% de los empleos destruidos corresponde a puestos
formales y, de ellos, dos tercios son empleos asalariados, estables y en blanco.
En pocas palabras, esta crisis se destaca, entre otras cosas, por destruir los
puestos de mejor calidad laboral, los más competitivos y los que corresponden
a los sectores más modernos de la economía, lo que explica que
un quinto de los pobres en edad laboral, tengan secundaria completa y un promedio
de nueve años de educación.
Así las cosas, la pobreza creció 40% desde octubre de 2001 hasta
octubre de 2002, lo que produjo que más de la mitad de la población
de la Argentina quedara bajo la línea de los que no pueden acceder con
sus ingresos a la canasta de alimentos y servicios básicos. Por supuesto,
casi todos los hogares fueron afectados por la crisis, aunque sólo algunos
tienen recursos para soportarla.
La Encuesta Permanente de Hogares del Indec mostró que el cuentapropismo
creció 11% su participación en el total de ocupados en mayo de
2002 respecto de igual mes de 2001, mientras el empleo caída 7,8%.
Lo cierto es que buena parte de las 950.000 personas que mostraron tener una
actividad independiente están lejos de formar parte de las modernas huestes
de emprendedores que pregonan los gurúes de la nueva economía.
El Indec reconoce que el cuentapropismo aumentó con el surgimiento de
un número cada vez mayor de actividades informales de supervivencia.
¿La más elocuente? La de los cartoneros. También, parte
de este aumento se explica por la suba del desempleo encubierto entre quienes
aparecen como ocupados, ya que por las pautas del relevamiento entran en esta
categoría quienes desarrollan alguna actividad remunerada por lo menos
durante una hora en una semana de referencia.
En este contexto, no resulta extraño que, según el Ministerio
de Trabajo, la baja nominal de los sueldos y el aumento de los precios haya
reducido 27% el poder de compra del salario en los últimos cuatro años.
De acuerdo con un estudio de la cartera laboral, el impacto más profundo
fue recibido por los que trabajan en negro, que tuvieron una baja en su poder
de compra de 39% en el mismo lapso. Pero estos datos pertenecen a mayo de 2002
y desde entonces la inflación siguió creciendo, por lo que la
pérdida del poder de compra del salario posiblemente es mayor a esta
altura.
Además, devaluación mediante, los sueldos argentinos quedaron
como los más bajos en América latina medidos en dólares.
En efecto: en octubre, el sueldo promedio de los trabajadores registrados en
la Argentina era de US$ 230 por mes, en Brasil, de US$ 240, en Bolivia de US$
276, en Perú de US$ 531 y en Uruguay de US$ 463, para comparar a algunos
de los países del Cono Sur.
Más desigualdad
La crisis también aumentó la brecha entre pobres y ricos, además
de las diferencias de ingresos y, por lo tanto, del poder de consumo, entre
distintas zonas geográficas. El Estudio Nielsen de Hábitos y Actitudes
(Enha) que realiza anualmente la consultora, muestra que el ingreso promedio
de los hogares del conurbano bonaerense no alcanza a cubrir la canasta básica
de alimentos y servicios, mientras que su costo representa la mitad de los recursos
que mensualmente consiguen los vecinos de la Ciudad de Buenos Aires.
El estudio de ACNielsen muestra que en el cordón bonaerense los ingresos
promedios de los hogares llegan a $ 661 por mes, y en Capital Federal son de
$ 1.153. (ver Gráfico 1.2). El promedio de estas cifras señalaría
que 80% de los hogares de Capital Federal y Gran Buenos Aires tienen ingresos
mensuales menores a $ 1.000. Pero, cuando se observan los detalles del estudio,
se encuentra que 51% de los hogares de los suburbios tiene ingresos inferiores
a $ 500 y, de ellos, la mitad no superó los $ 300.
Esta polarización de los ingresos influye fuertemente en la manera en
que se consume de uno y otro lado de la Avenida General Paz. Mientras que en
Capital Federal, 27% de los ingresos se destina a la adquisición de productos
de la canasta básica de alimentos, en el conurbano ese porcentaje crece
a 39%.




Sin crédito
Las estrategias de supervivencia de los consumidores argentinos para mantener
su estilo de vida no sólo debieron desarrollarse en un contexto en el
que sus ingresos perdían poder de compra sino también en un ambiente
sin crédito. El Estudio Nielsen de Hábitos y Actitudes muestra
que en Capital Federal y Gran Buenos Aires, el porcentaje de encuestados que
no tiene ningún tipo de crédito o préstamo creció
de 78% en 1998 a 84% en 2002. Y entre los pocos que aún tienen algún
tipo de financiación se destacan los que pertenecen a los segmentos ABC1
(15%) y C2C3 (20%).
A su vez, el instrumento crediticio no ha cambiado en los últimos años.
De 13,1% de los consultados que tiene financiación, 37,2% la obtiene
mediante tarjeta de crédito y 34,6% a través de bancos, ranking
que no cambia de posiciones –aunque sí de porcentajes– desde
1998. Lo que sí se modificó es el destino que los consumidores
le dan al crédito o préstamo. Mientras que 26,7% del total de
encuestados en 2001 dijo que lo utilizaba para comprar electrodomésticos
y en segundo lugar (17,4%) para vivir en general, el relevamiento de 2002 muestra
que 25,7% utiliza la financiación para desenvolverse en sus asuntos cotidianos.
En segundo término lo hace para comprar una vivienda (25%), destino que
en 2001 ocupaba el cuarto puesto del ranking (ver Gráfico 1.6).
El dato muestra que, durante 2002, el crédito se basó en el dinero
plástico entre los que pertenecen a los segmentos socioeconómicos
C2 y C3 para mantener su estatus de vida, mientras que los créditos bancarios
concentraron la compra de viviendas entre los que figuran en el estrato ABC1.


Adiós a la licuadora
La compra de electrodomésticos, primer canal del crédito en 2001,
pasó a la cuarta posición un año después con muy
pocas adhesiones (7,2%). Esto produjo un fuerte impacto en el sector dominado
por los televisores y las licuadoras. De acuerdo con la Coordinadora de Actividades
Mercantiles Empresarias (Came), las ventas de electrodomésticos cayeron
70% a lo largo de 2002 por distintos motivos: la recesión, el corte del
crédito al consumidor final y el aumento de los precios por la devaluación
que treparon, según el producto, entre 30% y 120%.
Para las ensambladoras, en su mayoría situadas en Tierra del Fuego, el
año cerró con sólo 30% de su capacidad de producción
en funcionamiento y miles de empleados suspendidos. Otros productos para el
hogar, como las cocinas, terminaron 2002 con una caída en las ventas
no precisada, consecuencia inequívoca de la recesión interna ya
que estos productos sólo tienen 15% de insumos importados, por lo que
su precio final no varió tanto como el de los artículos electrónicos.
En la banquina
De los que aseguraron tener algún tipo de crédito o préstamo
en 2002, 14,1% dijo a los encuestadores de ACNielsen que destinaron esa financiación
a la compra de un auto o vehículo, una actividad que cerró el
año con la venta de 100.000 unidades, según las estimaciones de
la Asociación de Fabricantes de Automotores (Adefa).
Las cifras responden al veranito que vivió la industria entre marzo y
abril del año que pasó, inaugurada con la posibilidad de cambiar
autos por bonos de fondos atrapados en el corralito. Lo cierto es que los niveles
de ventas de las automotrices para 2002 recuerdan a la década de los
’70, cuando se vendían 75.000 autos por año. Pero la crisis
no sólo provocó el revival de la baja en la actividad sino que,
hacia fin de año, también hizo que las terminales revivieran los
planes de ahorro que habían caído en desuso a comienzos de la
convertibilidad.
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2002: Cambio y aprendizaje Por Salvador López Cano(*) Hagamos un resumen de lo ocurrido |



Chanchitos vacíos
El ahorro en tiempos de recesión también es escaso. Sólo
8,8% de los encuestados por ACNielsen pudo ahorrar en 2002, contra 14,8% que
lo lograba en 2001. Por otra parte, en ese año, los que ahorraban destinaban
en promedio 21,8% de sus ingresos para guardar en sus alcancías, mientras
que sólo 15% pudo ahorrar en 2002.
De los casos relevados, 31,4% utilizó su ahorro como reserva el año
pasado, cuando en 2001 ese destino recogía sólo 16% de las adhesiones,
ocupando el tercer puesto del ranking. La consultora observó, también,
que 40% de las personas que ahorran para tener reservas pertenecen al segmento
ABC1. En 2002, la compra de una casa ocupó el segundo destino del ahorro
(16,9%).
Es interesante subrayar cómo el destino del ahorro para tener reservas,
que puede traducirse como acumular dinero para cualquier eventualidad, crece
a medida que aumenta la incertidumbre. En 1999, esta razón fue esbozada
por apenas 5,1% de los consultados en Capital Federal y Gran Buenos Aires. M
