jueves, 4 de junio de 2026

    2002: El fin de los espejismos

    En una zona, casi la mitad de la población gana más de $ 1.000
    por mes. En la otra, sólo un cuarto recibe ese ingreso. Una posee casi
    60% de clase media y alta; la otra, sólo 40%. Una representa las tres
    cuartas partes de las ventas en supermercados, la otra sólo un cuarto.
    Si usted piensa que estamos comparando el Área Metropolitana con el interior
    del país, se equivoca. También si cree que estamos comparando
    la Capital Federal con el Conurbano bonaerense. Lo que acabamos de describir
    ocurre dentro de Capital Federal, entre las áreas Norte y Sur.
    Pero aún hay más contrastes si se compara Capital Federal con
    el GBA. El ingreso promedio de un hogar en Capital es casi el doble del que
    se registra en el Conurbano, donde dos de cada tres habitantes viven bajo la
    línea de pobreza. La clase media baja tiene casi los mismos ingresos
    que la clase baja, y lo que la sostiene en su posición de “media”
    es el nivel educativo que alcanzó alguna vez. En GBA viven hogares mayoritariamente
    poblados por cuatro o más personas, mientras en Capital los hogares unipersonales
    o donde sólo vive la pareja conforman un dato distintivo.
    Estos contrastes, sin embargo, son expresión de un mismo país
    con niveles de pobreza aún más altos que los alcanzados durante
    1989, aunque sin hiperinflación y con tres veces más desocupación
    que entonces. Con cuatro años de recesión a cuestas, hoy la Argentina
    parece estar lejos de lo que fue en la primera mitad de los ’90.
    Una población de clase media que mantuvo o mejoró sus niveles
    de educación, pero que perdió notablemente sus niveles de ingreso,
    fenómeno del cual emergió el concepto de “nuevos pobres”
    que se suma a la noción de pobreza estructural. Una población
    que destina, en promedio, casi la mitad de sus ingresos a los gastos elementales
    en bebidas, alimentos, limpieza y tocador, y que se encuentra desandando una
    cultura de consumo propia de los países del primer mundo. Así
    está hoy la población argentina: a la fuerza, desmitificando los
    ’90.
    Este proceso está calando hondo en la conciencia y en la psiquis de los
    ciudadanos. Abarca desde lo que fue su relación con la política
    y los políticos, hasta su conducta como consumidores. En este contexto,
    de cambio drástico, en los hábitos de los consumidores emergen
    valores como el de la compra inteligente o racional; o la austeridad del gasto
    como virtud, lo que llevó a una disminución en la compra de productos
    premium y, paralelamente, a la incorporación de marcas de segunda línea,
    además del lanzamiento de envases pequeños para satisfacer la
    necesidad del “aquí y ahora”.
    Por otro lado, surgen distintos tipos de actitudes como las compras en pool
    que realizan algunos segmentos, la gran relevancia del precio y las ofertas
    a la hora de elegir el supermercado; una tendencia a retornar a los negocios
    de barrio y, finalmente, el estrellato de los hard discounts, que hubieran sido
    tildados de poco fashion en otra época.
    A esta altura cabe preguntarnos por las lecciones aportadas por este proceso
    que, aunque a algunos más y a otros menos, nos recorre estructuralmente
    a la mayoría. ¿Será la toma de conciencia? Como sociedad,
    ¿habremos aprendido a revalorizar la cultura del esfuerzo y ahuyentar
    los facilismos? Y cómo consumidores, ¿habremos aprendido a tomar
    distancia de una cultura de “espejismos” que, si bien tentadora
    –para qué negarlo–, era más ajena que propia a estas
    latitudes?
    Si bien aún es una incógnita a futuro saber cuándo se producirá
    el despegue económico, lo que parece una certeza es que son tantas las
    secuelas que nos ha dejado este proceso en calidad de consumidores, que resulta
    difícil pensar que volvamos a comportarnos del mismo modo. M