En una zona, casi la mitad de la población gana más de $ 1.000
por mes. En la otra, sólo un cuarto recibe ese ingreso. Una posee casi
60% de clase media y alta; la otra, sólo 40%. Una representa las tres
cuartas partes de las ventas en supermercados, la otra sólo un cuarto.
Si usted piensa que estamos comparando el Área Metropolitana con el interior
del país, se equivoca. También si cree que estamos comparando
la Capital Federal con el Conurbano bonaerense. Lo que acabamos de describir
ocurre dentro de Capital Federal, entre las áreas Norte y Sur.
Pero aún hay más contrastes si se compara Capital Federal con
el GBA. El ingreso promedio de un hogar en Capital es casi el doble del que
se registra en el Conurbano, donde dos de cada tres habitantes viven bajo la
línea de pobreza. La clase media baja tiene casi los mismos ingresos
que la clase baja, y lo que la sostiene en su posición de “media”
es el nivel educativo que alcanzó alguna vez. En GBA viven hogares mayoritariamente
poblados por cuatro o más personas, mientras en Capital los hogares unipersonales
o donde sólo vive la pareja conforman un dato distintivo.
Estos contrastes, sin embargo, son expresión de un mismo país
con niveles de pobreza aún más altos que los alcanzados durante
1989, aunque sin hiperinflación y con tres veces más desocupación
que entonces. Con cuatro años de recesión a cuestas, hoy la Argentina
parece estar lejos de lo que fue en la primera mitad de los ’90.
Una población de clase media que mantuvo o mejoró sus niveles
de educación, pero que perdió notablemente sus niveles de ingreso,
fenómeno del cual emergió el concepto de “nuevos pobres”
que se suma a la noción de pobreza estructural. Una población
que destina, en promedio, casi la mitad de sus ingresos a los gastos elementales
en bebidas, alimentos, limpieza y tocador, y que se encuentra desandando una
cultura de consumo propia de los países del primer mundo. Así
está hoy la población argentina: a la fuerza, desmitificando los
’90.
Este proceso está calando hondo en la conciencia y en la psiquis de los
ciudadanos. Abarca desde lo que fue su relación con la política
y los políticos, hasta su conducta como consumidores. En este contexto,
de cambio drástico, en los hábitos de los consumidores emergen
valores como el de la compra inteligente o racional; o la austeridad del gasto
como virtud, lo que llevó a una disminución en la compra de productos
premium y, paralelamente, a la incorporación de marcas de segunda línea,
además del lanzamiento de envases pequeños para satisfacer la
necesidad del “aquí y ahora”.
Por otro lado, surgen distintos tipos de actitudes como las compras en pool
que realizan algunos segmentos, la gran relevancia del precio y las ofertas
a la hora de elegir el supermercado; una tendencia a retornar a los negocios
de barrio y, finalmente, el estrellato de los hard discounts, que hubieran sido
tildados de poco fashion en otra época.
A esta altura cabe preguntarnos por las lecciones aportadas por este proceso
que, aunque a algunos más y a otros menos, nos recorre estructuralmente
a la mayoría. ¿Será la toma de conciencia? Como sociedad,
¿habremos aprendido a revalorizar la cultura del esfuerzo y ahuyentar
los facilismos? Y cómo consumidores, ¿habremos aprendido a tomar
distancia de una cultura de “espejismos” que, si bien tentadora
–para qué negarlo–, era más ajena que propia a estas
latitudes?
Si bien aún es una incógnita a futuro saber cuándo se producirá
el despegue económico, lo que parece una certeza es que son tantas las
secuelas que nos ha dejado este proceso en calidad de consumidores, que resulta
difícil pensar que volvamos a comportarnos del mismo modo. M
