El ocultamiento de datos, la simulación de ganancias inexistentes y los libros contables “cocinados”, significaron -en los casos de Enron y de WorldCom- una pérdida para los accionistas (y para la economía de Estados Unidos) que se calcula entre US$ 35.000 y 42.000 millones para este año. Cuando se sume el total de los daños originados por los escándalos descubiertos y de los que se están revelando, la cifra puede ser muchas veces superior.
¿Cuál fue el motor de esta conducta delictuosa e irresponsable de los máximos dirigentes de empresas de primera línea? La respuesta unánime es una codicia desmedida y contagiosa. Sin embargo, como explicación es pobre si no se la combina con otras circunstancias que potenciaron el fraude a niveles desconocidos. Entre esas razones, hay tres especialmente relevantes:
- Durante los años ´90 se comenzó a asignar valor
-lo cual es correcto- a intangibles como marcas, procesos, patentes
e invenciones, algo que antes no registraban los libros contables, pero que
constituían un verdadero valor como lo revelaban los precios ofertados
para la toma de empresas con abundancia de ese tipo de activos. Lamentablemente,
hubo excesos en esas valuaciones y los sistemas de control y registro no se
pusieron de acuerdo sobre normas de aplicación universal. - Hubo un auge de los derivativos, esos complicados e ingeniosos mecanismos
financieros cuya misión era que las empresas manejaran los riesgos
más eficientemente. En la práctica, se convirtieron en enigmas
indescifrables para los propios directorios y para analistas e inversionistas. - La globalización hizo lo suyo. Empresas que antes operaban solamente
en Estados Unidos pasaron a trabajar en docenas de países con distinta
cultura, legislación y diferentes normas jurídicas y contables.
Asimilar toda esa información consolidada se convirtió en un
galimatías tan confuso como el de los derivativos.
La potenciación de estos tres factores combinados hizo que los directivos ávidos de enriquecerse con rapidez, percibieran qué fácil podía resultar ocultar resultados o inventar operaciones. Y así cruzaron la frontera de la legalidad, creyendo que podían permanecer impunes.
Desgraciadamente los vientos reformadores -a pesar de la intensa presión de los fondos de inversión y de las personas individuales estafadas- no prometen pasar de efectos cosméticos. Costará mucho que los capitales financieros vuelvan a creer en las bondades del modelo de negocios estadounidense.
