domingo, 21 de junio de 2026

    ¿Momento de decisiones?

    La Unión Europea (UE) se enfrenta a un problema básico: sus perspectivas económicas son más que modestas, en un marco en el que los 12 que adhieren a la moneda única se diferencian cada vez más del conjunto, lo que repercute en su actitud respecto de incorporar nuevos miembros. Particularmente, es el caso de los bancos centrales, como se notó en la asamblea ordinaria del Banco de Ajustes Internacionales (BAI, Basilea).


    La clave reside en el informe sobre perspectivas económicas de la Comisión Europea, el Poder Ejecutivo de la Unión, posterior a ese encuentro. Para el grupo de los 15, los técnicos de Bruselas esperan ahora apenas 1% de expansión en el producto bruto regional (PBR). Pero no descartan un piso de 0,8%. La proyección anterior era 1,4%, ya muy lejos del porcentaje necesario (2,5%) para salir de la recesión y, mucho más, del porcentaje prescripto (3%) en el pacto de Maastricht.


    En un marco más ortodoxo y conservador -el único que incluye a Suiza-, Basilea, se manejaban proyecciones poco gratas para 2003: apenas 2% de crecimiento, contra 3% en Estados Unidos (insuficientes para poner en marcha las “locomotoras” respectivas). También durante el encuentro en el BAI, Eddie George, presidente del Banco de Inglaterra y portavoz del Grupo de los 10 -las potencias financieras-, auguró “expansión constante, aunque a ritmo muy lento”. Su optimismo es curioso, pues se cifra en que “al menos, recesión no habrá”.


    Todo eso resulta de un segundo trimestre muy malo (0,3%), un tercero cuya estimación cede de 0,6-0,9% a 0,3-0,6% y un cuarto -el actual- sin pronóstico oficial, aunque con uno de 0,4-0,5% originados en dos bancos privados.


    ¿Reformar, revisar o qué?


    Naturalmente, la cuestión de fondo es si revisar -o no- el tratado que llevó al euro, firmado en 1992, vigente desde 1994 y en circulación física desde 2002. En este punto, hay dos líneas. Una resalta el primer objetivo de Maastricht (estabilidad, sobre todo fiscal) y su motor es el Bundesbank, banco central alemán. La otra, detectable en Portugal, Italia y Francia, prioriza la segunda meta: el crecimiento. Su morosidad o ausencia explica el clima denso entre los socios, sus emisores y el Banco Central Europeo (BCE, reducto tan ortodoxo como su matriz, el Bundesbank).


    Con pocas ganas, los ministros reunidos admitieron que, por el momento, no puede esperarse una reactivación más firme apoyada en el consumo. Primero, porque su pivote -Alemania- muestra signos de reticencia e incertidumbre del público ante el futuro. Segundo, porque vuelve a crecer el desempleo -en la misma economía y otras-, al que se suman los efectos de las históricas inundaciones en Europa central y su flanco sudeste.


    La actitud “rupturista” de Lisboa no era un capricho: Portugal fue el primer miembro de Eurolandia en romper el pacto de Maastricht por el lado fiscal, pues su déficit 2001 era 4,1% del PBI. El techo del Tratado lo fija en 3% anual, igual que el ritmo de crecimiento. Este año, la ortodoxa Alemania y dos países ambiguos, Francia e Italia, corren peligros de desbordar ese 3% en rojo. Ello explica que hoy se hable de darle más tiempo a Portugal para poner la casa en orden.


    Gente inflexible


    Entretanto, Alemania y un grupo de economías más pequeñas -que han pasado por la prueba de controlar sus presupuestos- se oponen tenazmente a cualquier planteo de reformar el Tratado. No obstante, el posible ingreso de Gran Bretaña a Eurolandia contribuirá a reforzar la tendencia contraria, proclive a una “flexibilización selectiva”, por lo menos mientras no se vuelva a las tasas de crecimientos estipuladas en Maastricht.


    Pero Jürgen Stark, vicepresidente del Bundesbank, se aferra a una rigidez que ni siquiera exhibe otro ortodoxo, el holandés Willem Duisenberg, CEO saliente del BCE. “La actual desaceleración económica ha dado nuevo ímpetu a los críticos de Maastricht y el tipo de disciplina fiscal que impone en la eurozona”, escribía el alto funcionario hace algunas semanas, hablando de Eurolandia. “Antes, los objetores se centraban en los supuestos efectos negativos del pacto en el corto plazo, afirmando que limitaba la libertad de un gobierno para estimular la economía, vía mayores gastos y déficit, en épocas de recesión. Ahora, ´descubren´ un inconveniente de largo plazo: el Tratado impide financiar proyectos de inversión pública”.


    A criterio de Stark, pedir mayor margen de tolerancia al gasto estatal refleja “ideas anacrónicas”. Sus promotores “pasan por alto el hecho de que esas políticas no fomentaron crecimiento ni empleo”. En síntesis, el experto descalifica todo planteo keynesiano y la propia tradición alemana a partir de Otto Bismarck (1866).


    Contradicciones


    Sin embargo, el vice del BCE y otros ortodoxos tienen razón en un plano: la laxitud fiscal de posguerra, en varios países europeos, se desbordó e “hipertrofió” tanto el déficit como el endeudamiento público. Pero, en esta coyuntura, Alemania -que no padece esos excesos desde hace muchos años- está por volver al déficit debido a la falta de estímulos al crecimiento, el empleo y la demanda.


    Los dos últimos factores no parecen interesar al Bundesbank ni al BCE. De hecho, el propio Stark se contradice reconociendo “los efectos adversos de la escasa inversión, la pérdida de confianza en los mercados financieros y riesgos asociados a factores exógenos”.


    En verdad, Maastricht marcó un vuelco en materia de política económica, a partir de que los firmantes se comprometían al equilibrio fiscal en mediano plazo -si no al superávit- y crearían el BCRE para arbitrar, evitar conflictos y mantener estabilidad de precios. Curiosamente, el emblema de ese pacto -el euro- llegó a ser moneda única y excluyente este año y todavía se sienten efectos inflacionarios de su introducción (suaves, pero perceptibles) en Italia, España, Francia y otras economías.


    Otro detalle sugestivo, subrayado por Stark, es que -durante el último quinquenio del siglo XX- no hicieron falta una moneda común ni un BCE proactivo para lograr una apreciable reducción en los déficit fiscales y un crecimiento firme. Por lo mismo, puntualizaron algunos ministros en Copenhague, algunas reformas en el Tratado no atentarían contra el trasfondo.


    Los que vendrán


    Por otra parte, hay una cuestión que, tarde o temprano, impondrá cambios en objetivos y mecanismos: la incorporación de miembros. La lista “corta” incluye por lo menos cuatro países (Polonia, República Checa, Hungría, Eslovenia) y hay otros cuatro difíciles de objetar (las repúblicas bálticas y Eslovaquia).


    Este tema justamente empezó a definirse durante los debates ministeriales de septiembre, aunque por exclusión. Romano Prodi, prestigioso presidente de la Comisión Europea y no justamente un monetarista a ultranza, puso un límite: “Rusia es demasiado grande para nosotros y nosotros somos demasiado grandes para ella”.


    En forma indirecta, sugiere que una parte de la ex URSS (Ucrania, Bilorrusia) o de su antigua órbita (Rumania, Bulgaria) no es compatible con la UE. En cuanto a los ortodoxos, en privado sostienen que Turquía, Chipre y la ex Yugoslavia plantearían graves problemas políticos y, además, son económicamente poco o mal desarrollados.

    El problema de la xenofobia

    Mientras la Comisión Europea analiza
    fórmulas para incorporar nuevos miembros a “los 15”, una ola de
    xenofobia recorre varias capitales. Así lo ven analistas británicos,
    holandeses e italianos.

    “La globalización, se supone, iba
    a enriquecer países enteros eliminando fronteras locales. En verdad
    -señalaba The Guardian-, tecnologías, bienes y servicios
    van por el mundo sin restricciones. Pero, ¿y la gente? En este plano,
    Tony Blair, Jacques Chirac, Silvio Berlusconi y otros quieren poner
    límites: a su juicio, las migraciones no debieran trastornar la
    paz social en las economías prósperas.”

    Por consiguiente, y dejando de lado extremos
    como Jörg Haidar en Austria -acaba de causar una crisis de gobierno-,
    “políticos de derecha, centro e izquierda temen que, si ellos no
    restringen a los inmigrantes ´con recursos democráticos´, lo harán
    Jean-Marie Le Pen y sus émulos”,de acuerdo con lo consignado por
    Le Monde y el sueco Dagens Nyheter.

    Esta mentalidad genera propuestas bastante
    torpes. Por ejemplo, en marzo, un memorando confidencial preparado para
    Blair y filtrado al Guardian sugiere enviar buques y aviones de
    guerra a interceptar botes con ilegales en el Atlántico y el Mediterráneo.
    Al mismo tiempo, los países pobres que no cooperasen dejarían
    de ser asistidos social y económicamente.

    Londres piensa, además, en un “muro
    transeuropeo”. Una vez resuelto quiénes entrarán en la UE,
    los flancos oriental y sudoriental serían sellados. Esto se acercaría
    más a la gran Muralla China que al Muro de Berlín: éste
    no pasaba de 150 kilómetros, pero hay más de 1.500 entre
    el golfo de Finlandia y el mar Negro. Eso sin contar la reacción
    de Rusia, Ucrania y otros estados ajenos a la UE.

    Nada de eso funcionaría. La veda
    ya ha puesto en manos de mafias buena parte del tráfico ilegal
    de migrantes, que compite con las redes de drogas y armas aprovechando
    su know how.