Cuando fui invitado a hablar en esta reunión del Banco Mundial y el FMI hace más de tres meses todo iba bastante bien en Asia, en particular en el sudeste asiático, la zona donde los ingenuos pensaron que era lógico y fácil reunir en un foro la Asamblea Económica del Sudeste Asiático.
Los países de esta región vivían en paz, hacia adentro y hacia afuera. Ni siquiera se había producido todavía el conflicto de Camboya. Existía la certeza de que las naciones del sudeste y del noreste de Asia crecerían económicamente y que, poco a poco, se convertirían en usinas económicas para el resto del mundo.
Se hablaba mucho de los dragones y los tigres asiáticos y, por supuesto, de los milagros de esos países. Nos sentimos muy halagados. Pensamos que estaban admirando nuestra fortaleza y nuestras habilidades.
Habíamos olvidado las lecciones extraídas de Japón y de Corea. Cuando parecía que esos dos países iban a ponerse a la par del mundo desarrollado, comenzaron a pasarles cosas. Se infló el valor del yen para reducir la competitividad de los productos japoneses, mientras Corea era catalogada como un “país en vía de industrialización” que debía ser detenido en su camino.
La suerte de México
También habíamos olvidado la experiencia de México, cuya economía se vino abajo cuando, de pronto, se retiraron los capitales extranjeros. México fue obligado a tomar un préstamo por valor de US$ 20.000 millones para superar la situación y reestructurar su fracturada economía. Alguien ganó un dineral con ese préstamo.
Y, por supuesto, nosotros en Malasia nos habíamos reído cuando alguien sugirió que nuestro país seguiría la misma suerte de México. Cómo podría ocurrir eso cuando nuestra economía era tan sólida. Prácticamente no teníamos deudas externas. Teníamos alto crecimiento y baja inflación.
Nuestro país era políticamente estable y socialmente armonioso. Implementábamos estrategias probadas y comprobadas para cumplir con un plan de crecimiento continuado y a treinta años.
Desoímos el rumor según el cual Malasia iría por el camino de México. Y la verdad es que fue así. No nos dimos cuenta de lo cerca que estábamos de una crisis económica manipulada. Alegremente seguimos adelante.
Y estábamos convencidos de que México, Corea o Japón y sus destinos eran irrelevantes en lo referente a nosotros. Nos sentíamos totalmente protegidos contra acontecimientos en otros países.
Pero ahora sabemos más. Sabemos por qué alguien sugirió que Malasia seguiría el mismo camino que México. Sabemos ahora que así como el crac económico de México fue manipulado y provocado, las economías de otros países en desarrollo pueden ser, de pronto, manipuladas y obligadas a inclinarse ante los grandes gerentes de financiamiento que se han convertido en la gente que decide quién prospera y quién no.
Yo no sabía todas esas cosas cuando acepté la invitación a hablar, a hablar de nuestras esperanzas y aspiraciones, de compartir nuestra prosperidad con otros. Yo había querido hablar de políticas para hacer prosperar al vecino, de estrategias win-win, de la multitud de oportunidades que hay en Asia para todos.
La prosperidad del vecino
En caso que se estén preguntando qué quiere decir eso de hacer prosperar al vecino, quisiera decir que significa, ni más ni menos, que si uno ayuda a que el vecino prospere, va a prosperar junto con él. Cuando los países son prósperos se vuelven más estables y sus habitantes no necesitan emigrar a otro país. La prosperidad nos da mercados para nuestros productos, nos da oportunidades para invertir y para enriquecernos mientras, simultáneamente, creamos puestos de trabajo y riqueza para otros.
La pobreza de los vecinos es siempre fuente de problemas para todos, para ellos y para nosotros. Sus problemas tienden a colarse a través de las fronteras y a debilitar nuestra paz y prosperidad.
Cuando Japón invirtió en Malasia creó fuentes de trabajo y riqueza para nosotros y nos permitió industrializarnos rápidamente. Japón, claro, ganaba directamente con sus inversiones, pero además, nos hemos convertido en uno de los mejores mercados de Japón.
Evidentemente, Japón prosperó ayudándonos a prosperar. Eso es lo que quiere decir “hacer prosperar al vecino” en contraposición a “hacer mendigar al vecino”. Todos ganan con la primera estrategia mientras que con la segunda mentalidad gana un solo lado.
Malasia es un país desarrollado pero nosotros gastamos mucho dinero ayudando a los demás. No me voy a explayar en lo que hemos hecho, pero lo hacemos inspirados por la máxima de “ayudar a que prosperen nuestros vecinos”.
La vieja mentalidad puede resumirse en un juego de suma cero. Yo gano si el otro pierde, yo prospero a costa del empobrecimiento del otro.
Malasia había prosperado porque nosotros creíamos en la apertura cuando otros se mostraban paranoicos y ultranacionalistas con los extranjeros, y querían mantener la economía del país cerrada a los no nacionales. Pero, en el sudeste asiático, el ultranacionalismo rápidamente dio lugar a pragmáticas economías abiertas.
La Asean (Asociación de Países del Sudeste Asiático) y, para el caso, todo el sudeste asiático, parece suscribir a la filosofía de hacer prosperar al vecino. Ahora se están sumando el sur de Asia y varios países en África. Imaginen qué maravilloso sería el mundo si todos nos ayudáramos a prosperar, algo que en realidad es absolutamente posible.
Pero parecería que el viejo instinto de “convertir en mendigo al vecino” sigue entre nosotros, y sigue siendo el principio inspirador de un grupo de personas ultra-ricas. Para ellos la riqueza debe originarse en el empobrecimiento de los demás, en sacarle a otros lo que tienen para enriquecerse. Su arma es su riqueza contra la pobreza de los demás.
Durante casi medio siglo los países de Asia oriental trabajaron día y noche para mejorar la suerte de sus pueblos. Cuando Malasia se independizó en 1957, el ingreso promedio per cápita de sus cinco millones de habitantes era de US$ 350. Para junio de 1997, después de 40 duros años de sudor y trabajo, el ingreso per cápita de sus 20 millones de habitantes era casi de US$ 5.000. Después de junio, ustedes ya saben lo que ocurrió.
Una política de apertura total
Todo ese tiempo habíamos tratado de cumplir con los deseos de los ricos y poderosos. Abrimos nuestros mercados, incluso nuestros mercados de acciones y capitales. Por otra parte, la mayoría de las empresas extranjeras que operaban en nuestro país, no permitían la participación local. Ellas no son abiertas, pero nosotros no nos hemos quejado. Las ganancias que obtienen van a parar a los accionistas en su país de origen. Prácticamente no pagan impuestos.
Nos dijeron que debemos permitir que nuestro dinero sea canjeado fuera de nuestro país. Nos dijeron que permitamos la venta de bonos o títulos nominados en ringgits sin tenerlos a la vista al momento de la operación; y hasta que legalizáramos las operaciones en acciones prestadas. Debemos permitir la especulación. Hicimos todo lo que nos dijeron que hiciéramos. Pero nos dijeron que no habíamos hecho bastante.
Nos ordenaron que desaceleráramos nuestro crecimiento. Nos dijeron que no se podía sostener, que sería malo para nosotros, que recalentaríamos la economía. En particular no nos debíamos aventurar en grandes proyectos, los llamados mega proyectos, aunque sólo fuera para proveer la infraestructura necesaria que nos decían que necesitábamos. Y, por supuesto, nos dijeron que si no proveíamos la infraestructura no podríamos crecer. Todo muy confuso, realmente.
Pero Malasia y sus vecinos del sudeste asiático siguieron creciendo y prosperando. Desobedientes, refractarios y por momentos impúdicos, han sido estos advenedizos. Malasia en particular tuvo la temeridad de aspirar a más que los países desarrollados, los poderosos, los que mueven y sacuden el mundo.
No sé del hombre de la calle, el promedio, pero parecería que mucha de la gente que controla los medios y los grandes capitales quiere que estos países del sudeste asiático, y en particular Malasia, dejen de tratar de alcanzar a sus superiores y aprendan cuál es su lugar. Si no, habrá que obligarlos; y esa gente tiene los medios para imponer su voluntad a los advenedizos.
Puede que no haya conspiración propiamente dicha, pero es bastante evidente que al menos unos pocos (entre los que manejan los medios y las finanzas) tienen su propia agenda y están decididos a realizarla.
Nosotros siempre hemos dado la bienvenida a las inversiones extranjeras, incluida la especulación. Pueden venir a comprar acciones y salir, si lo desean, por la razón que sea. Pero cuando los grandes fondos usan su enorme peso para hacer subir o bajar el valor de las acciones a su entera voluntad y hacen enormes ganancias con sus manipulaciones, entonces es demasiado esperar que les demos la bienvenida. Especialmente cuando sus ganancias significan colosales pérdidas para nosotros y todo resulta en la clásica teoría del juego de suma cero.
El comercio internacional hace necesario el intercambio de monedas. De otro modo podríamos tener que recurrir al trueque. Comprar y vender moneda para financiar el comercio está bien. Pero de esto ha surgido el comercio puro en moneda corriente como un commodity.
Mercado de divisas
Nos dicen que el comercio de divisas es 20 veces mayor que el comercio real de bienes y servicios. Más allá de las ganancias y pérdidas para los operadores involucrados, el mundo no extrae ningún beneficio tangible de este inmenso mercado. No crea fuentes de trabajo importantes, y tampoco productos y servicios para disfrute de la gente común. Todo ese intercambio es furtivo y un poco oscuro porque, aparentemente, se mueven inmensas sumas de banco en banco. Pero no mueven dinero real, sólo cifras. Para mover de un lado a otro 1.000 millones de ringgits malayos haría falta un camión de los grandes. Obviamente, esto es físicamente imposible si el “Gran Robo en Serie” se ha de perpetrar a continuidad.
Los operadores aparentemente ganan miles de millones con cada transacción. Pero cuando los fondos a su disposición son inmensos y están en posición de influir en los valores de las monedas con sus inversiones y sus des-inversiones, entonces el mercado monetario se vuelve oro en polvo. No pueden perder de ninguna forma.
Lamentablemente, las ganancias de esta gente se originan en el empobrecimiento de otros, incluso de países muy pobres y pueblos muy pobres. Los países del sudeste asiático se han convertido en su objetivo simplemente porque, aunque tenemos dinero, no alcanza para defendernos.
En el caso de Malasia, el ringgit se devaluó 20%. Esto quiere decir que nosotros, cada uno de nosotros incluyendo el gobierno, hemos perdido 20% del poder adquisitivo del dinero que tenemos, cualquiera sea la cantidad. Los pobres se han vuelto más pobres y hoy son más en Malasia. Los ricos también se empobrecieron aunque no vamos a gastar ninguna simpatía en ellos, claro.
Pero los operadores de divisas se han hecho ricos, muy pero muy ricos empobreciendo a los demás. Ellos ya son billonarios que no necesitan más dinero. Y también es rica la gente que invierte en los fondos que ellos manejan; nos informan que el retorno promedio es de alrededor de 35% anual.
Nos dicen que no somos ciudadanos del mundo si no apreciamos el funcionamiento del mercado financiero internacional. Que debemos aceptar que nos empobrezcan porque así son las finanzas internacionales. Obviamente, no somos lo suficientemente sofisticados para aceptar perder dinero en beneficio de que los manipuladores se enriquezcan cada vez más.
El poder especulador
También nos advierten que ésa es gente poderosa. Si hacemos ruido o actuamos de una manera como para frustrar sus intentos, se van a enojar. Y si se enojan pueden destruirnos totalmente, pueden reducirnos a polvo. Tenemos que aceptar que están por aquí, que siempre van a estar merodeando y que no hay nada que podamos hacer para impedirlo. Ellos son quienes decidirán si prosperamos o no.
Hubo un tiempo en que Estados Unidos permitía los monopolios. Luego Rockefeller arrinconó a la industria petrolera en América, destruyó a los pequeños jugadores y asfixió a los consumidores. El gobierno de Estados Unidos decidió que eso no estaba bien y prohibió los monopolios mediante las leyes antimonopólicas.
Hace algunas décadas alguna gente emprendedora dio con la idea de comprar la mayoría accionaria de algunas empresas y luego vaciarlas de activos. La cáscara que dejaban era incapaz de darles ningún retorno a los pequeños accionistas. Miles de personas perdieron dinero.
Nuevamente el gobierno estadounidense intervino y exigió a todo aquel que adquiriera más de determinado porcentaje de acciones, la obligación de hacer una oferta por el resto. De esa forma los pequeños accionistas podían disponer de sus acciones al precio ofrecido. Se les liberó de la posibilidad de tener acciones en empresas inservibles.
Para impedir otros abusos, cualquiera que compre más de 5% del paquete accionario tiene que declararlo. Cuando alguien de la empresa utiliza información interna para vender o comprar sus propias acciones, ésa es una acción considerada como ventaja injusta y fue declarada ilegal: insider´s trading.
Menciono todo esto porque la sociedad debe ser protegida de los ventajeros inescrupulosos. Yo sé que estoy corriendo un gran riesgo al sugerirlo, pero estoy diciendo que el tráfico de divisas es innecesario, improductivo e inmoral. Debería ser interrumpido. No necesitamos tráfico de divisas. Necesitamos comprar dinero sólo cuando queremos financiar el verdadero comercio. De otro modo no deberíamos comprar o vender divisas como vendemos commodities.
No podemos volver a Bretton Woods y a las tasas de cambio fijas aunque deberíamos ser lo suficientemente honestos para admitir que la fijación de las tasas no impidió la recuperación económica del mundo en el período de la posguerra. La medida fue equivocada sólo porque no reflejaba realmente el desempeño económico de las naciones involucradas. A las naciones soberanas se les permitió devaluar a voluntad.
Pero la flotación resultó en que las naciones perdieron sus derechos soberanos. Aparecieron operadores de divisas que trataron de desenmascarar al enemigo, pero eran jugadores relativamente pequeños. Ellos no eran los que gobernaban el mercado, eran meros especuladores.
Nadie, creo yo, querría retornar a las tasas de cambio fijas. Pero si los buenos ciudadanos del mundo aborrecen la anarquía, no hay razón para que no aborrezcan la anarquía en el sistema financiero internacional. Un cierto grado de incertidumbre está bien, pero un mundo financiero absolutamente incierto no es bueno para nadie, excepto, claro, para aquellos que deliberadamente crean la incertidumbre. Pero entonces esas personas saben con seguridad lo que van a hacer y podrían cubrirse o tomar ventaja. Para ellos no hay incertidumbre. Ellos se manejan en la certeza absoluta y no hay posibilidad deque pierdan. Si lucrar con información interna es injusto, que haya gente de afuera en perfecto conocimiento de lo que va a pasar para luego comprar o vender, ¿puede decirse que eso es justo?
Banda de fluctuación limitada
Si comercio es crecer, los valores de las monedas deben conectarse con el desempeño económico de los países involucrados. Hay suficientes índices que pueden ayudar a establecer el valor de las monedas y de las tasas de cambio. A un país al que le está yendo razonablemente bien con una determinada tasa de cambio debería permitírsele mantener esa tasa. Si al país le va mal, la devaluación puede ayudarle abaratando costos y haciendo sus productos más competitivos. Por otra parte, si el país es demasiado competitivo, seguramente lo es porque su moneda está subvaluada. Como en esto intervienen muchos factores, son muchas las tasas posibles. Los operadores pueden entonces correr el riesgo y negociar la moneda, si lo tienen que hacer.
De esta manera no habrá una tasa fija, pero la banda de fluctuación no será muy ancha. Habrá suficiente incertidumbre para los operadores genuinos pero no habrá giros violentos como para provocar una crisis financiera en el país en cuestión. Tampoco se debería modificar demasiado el comercio, en realidad, se lo podría mejorar, aumentando así la riqueza para todos. Sería una situación win-win.
Los países del sudeste asiático prosperaron porque, en términos generales, manejaron sus economías mejor que la mayoría de los demás países en desarrollo. Su prosperidad contribuyó a la prosperidad de sus socios comerciales. En realidad, contribuyeron a la economía de muchos países en vías de desarrollo por su disposición a servir de modelos para otros países.
En Malasia solemos decir que somos bastante capaces de convencer a otros países en desarrollo -en particular a los que pertenecieron al bloque comunista- de las ventajas de una economía de mercado. Cuando esos países miran a Europa o Norteamérica podrían pensar que la transformación está más allá de sus posibilidades. Europa necesitó dos siglos para llegar adonde llegó. Casi siempre se sienten intimidados por la complejidad y por el tiempo que se necesita para cambiar. El centralizado sistema socialista parecía más fácil. Pero como todos sabemos, el socialismo y el comunismo fallaron. Su sistema económico no funcionó. Los países ex socialistas necesitan adoptar por lo menos una parte del evidentemente exitoso sistema de libre mercado.
Cuando ven que un país como Malasia -una ex colonia del Reino Unido, 40 años atrás muy parecida a ellos- maneja bastante bien la economía de mercado, sienten un poco más de confianza en ellos podrían hacer lo mismo. Y también los demás países del sudeste asiático les resultan modelos atractivos y convincentes. Cualquiera de nuestros países asiáticos está dispuesto a abrir los libros y hasta poner a trabajar a nuestros expertos para capacitar personal en management y desarrollo económico.
No hemos gastamos tanto dinero como los países ricos; no hemos prestado dinero, pero creemos que somos más eficaces en ayudar a muchos países en desarrollo en el sudeste asiático, en África, Asia central y el Pacífico sur para que todos puedan hacer la transición de una economía centralizada a una economía de libre mercado.
Además, los países del sudeste asiático aprendimos estrategias administrativas y de desarrollo observándonos unos a otros. Adoptamos lo que pareció que estaba bien y descartamos lo que no. No es casual que hayamos prosperado juntos. Cada uno sirvió de modelo para los demás.
Locomotoras de crecimiento
Si se nos da una pequeña posibilidad, los países del sudeste asiático podemos convertirnos en las locomotoras de crecimiento (en sistemas y estrategias) para una cantidad de países en Asia y también en otras partes del mundo en desarrollo.
¿Qué pasaría al resto del mundo si se desarrollaran los países en desarrollo? Si estamos en un mundo suma cero donde impera la filosofía de “empobrecer al vecino”, entonces podemos suponer que el actual mundo desarrollado se volvería más pobre, más débil y quedaría expuesto a la colonización por parte del Nuevo Mundo Desarrollado Emergente. Si ése va a ser el resultado final, harían bien los países desarrollados en impedir que otros se desarrollen alguna vez. El noreste y el sudeste asiático deben ser empobrecidos y convertidos en lugares inestables a perpetuidad. Y, por supuesto, habrá que debilitar el subcontinente indio, que parece tener posibilidades de ser la próxima región de crecimiento. En ningún caso se debería permitir el desarrollo de los 1.200 millones de habitantes del sur de Asia y los 2.000 millones del Asia oriental.
Al peligro amarillo de ayer se agregará el peligro marrón. Los europeos se sentirán amenazados. El Genghis Khan volverá a galopar al frente de sus tropas rumbo a Europa.
Pero la teoría del juego de suma cero es un invento de los pesimistas, los xenófobos, de los que hablan del choque de civilizaciones. Que esto ocurra o no, dependerá mucho de nuestras actuales actitudes y de lo que hagamos ahora. El intento de privar a Japón de las materias primas que necesitaba para sus industrias dio como resultado que Japón se lanzara a la guerra del Pacífico.
Pero supongamos que todos fuéramos partidarios de la política de ayudar a que prosperen nuestros vecinos, supongamos que vemos en la prosperidad de otros, oportunidades para el enriquecimiento de nosotros mismos; entonces no es necesario asustarse por el crecimiento de la riqueza y los avances tecnológicos de los países en desarrollo del mundo.
Repito, cuando Japón invirtió para que Malasia desarrollara industria manufacturera, no sólo nos volvimos prósperos sino que además nos convertimos en uno de los principales mercados de Japón. Hoy la balanza comercial es inmensamente favorable a ese país que, por supuesto, cosechó enormes ganancias con sus inversiones en Malasia.
La inversión extranjera directa hizo que nuestro ingreso per cápita creciera casi 1.000% en 30 años. Además, adquirimos la capacidad de fabricar y exportar nuestros propios productos de marca.
La fórmula ganadora
Evidentemente ése no fue un juego de suma cero, sino una fórmula win-win. Al ayudarnos unos a otros nos ayudábamos a nosotros mismos. Nadie perdió nada. Incluso el resto del mundo se benefició porque nosotros contribuimos a reducir costos y a poner productos al alcance de los pobres de todas partes, particularmente en los países más carenciados. Y, por supuesto, Malasia no es un mercado solamente para Japón. Con nuestra riqueza y nuestras necesidades siempre crecientes, nos hemos convertido en un buen mercado para todo tipo de productos de todos los demás países desarrollados. O sea que la prosperidad malaya contribuyó a que prosperen los países desarrollados de todas partes.
Lo mismo ocurre con todos los países del sudeste asiático. Hemos ayudado a la prosperidad de muchos países, incluidos los ricos países del Norte. Las cifras del comercio dan testimonio de lo que digo.
Puede que haya muchos países en desarrollo que todavía son muy pobres. Que prácticamente no contribuyen en nada a la riqueza de los ricos. Que necesitan permanente ayuda financiera. Que son inestables. Que sufren incesantes guerras civiles, hambrunas y desastres de todo tipo. Países donde los turistas corren peligro. Países donde hay que gastar increíbles sumas de dinero para mantener la paz.
Por otra parte, cuando los países son prósperos, son más pacíficos y no son una carga para el resto del mundo. Una política que busca la prosperidad del vecino, por tanto, dará mejores resultados que una que termine empobreciéndolo.
Por ende, no hay necesidad de temer la prosperidad de los países en desarrollo. No van a ser una amenaza para los prósperos. No se gana nada tratando de contenerlos, de debilitarlos, de impedirles que hablen entre sí o con sus vecinos más ricos. No pueden ser una amenaza porque estarán demasiado ocupados compitiendo entre sí y no les quedará tiempo para hacer causa común contra los países desarrollados. Los asiáticos, en particular, somos étnicamente más diferentes que los europeos. Nunca vamos a poder trabajar juntos. El choque de civilizaciones no se va a dar.
Claro que esto no quiere decir que vamos a ver un mundo totalmente pacífico. Habrá guerras locales. Todavía se podrán fabricar armas para venderlas con ganancia a los que guerrean. Pero en términos generales, un mundo más desarrollado y más próspero sería mejor que uno dividido entre muy ricos y muy pobres.
Bienvenida la inversión extranjera
A pesar de nuestro resentimiento por los intentos de obligarnos a retroceder diez años vía devaluación forzada de nuestra moneda, vía violaciones de nuestro mercado accionario, nosotros, en el sudeste asiático y en Asia, seguimos interesados en recibir inversiones de Europa y Estados Unidos. Se ha dicho que asustamos al capital extranjero (o sea, occidental). Pero ustedes también deberían apreciar que nosotros, los del sudeste asiático al menos, ahora estamos muy asustados del capital extranjero. Creímos que nos iba a ayudar a prosperar. Hicimos actos públicos para invitarlos a invertir en nuestros mercados financieros. Seguiremos haciéndolo. Pero tendremos que ser más prudentes. Todavía creemos que hay inversores sinceros en el mundo. Pero también hay unos cuantos bribones que pueden provocar una avalancha y obligar a los demás a correr para protegerse.
Todavía creemos en hacer prosperar a Asia para que prosperen todos. Es posible que los empresarios de medios y los grandes expertos financieros sepan lo que debe hacer un país, pero si alguna de sus fórmulas falla no va a ser a ellos a quienes nuestros pueblos saquen del gobierno en las siguientes elecciones. Nos van a defenestrar a nosotros. También decimos que algo sabemos con relación a cómo desarrollar nuestros países. Malasia se ha convertido en uno de los llamados tigres asiáticos, no por haber escuchado a los medios o a los grandes magos de las finanzas. En realidad, nos desarrollamos haciendo exactamente lo opuesto de los que todos ellos nos decían qué debíamos hacer. Y nosotros creemos, descarada e insolentemente, que la misma fórmula puede ayudar a desarrollar también otros países.
Industrialización
Nosotros éramos un productor de materias primas con sólo dos commodities para vender. Sin habilidades en la industria manufacturera decidimos industrializar. Y lo hicimos. Nos dijeron que la discriminación positiva (favorecer más marcadamente a los más necesitados) para corregir los desequilibrios socio-económicos no era justa y no iba a funcionar. Nuestra Nueva Política Económica funcionó y creó una sociedad más justa sin revueltas raciales. También nos dijeron que en nuestro país, la mayoría malaya oprimiría a las minorías. En cambio, malayos, chinos, indios, ibanes, kadazanes y otras 30 tribus trabajan juntas en armonía.
Nos dijeron que un país en desarrollo no debía aventurarse en la industria automotriz. Lo hicimos y nos fue bien. La privatización era un concepto nuevo cuando en 1982 lanzamos nuestro programa de privatizaciones. Muchos países desarrollados fracasaron en sus respectivos intentos. Nosotros privatizamos más de 400 departamentos gubernamentales, empresas y funciones. Tuvimos éxito y todavía seguimos.
Japón Sociedad Anónima mereció la condena mundial. Nosotros hicimos de Malasia Sociedad Anónima nuestro credo y eso nos ayudó a crecer y prosperar en menos tiempo que otros países. No los voy aburrir con historias de nuestro rechazo de las recetas convencionales, como por ejemplo subir las tasas de interés para proteger el ringgit. Como ustedes saben, fuimos en la otra dirección.
Hacer y pensar en grande
Una de las cosas no convencionales que hicimos fue hacer las cosas en grande. La autopista norte-sur de 830 km, el muelle de seis kilómetros en el nuevo West Port, el puente de Penang, la torre de telecomunicaciones de Kuala Lumpur, las torres Petronas y muchos otros grandes proyectos que hemos completado contribuyeron todos a nuestro crecimiento y nuestra riqueza. No son monumentos, son infraestructura básica.
Estamos construyendo en Kuala Lumpur el aeropuerto más grande de Asia. Por pura necesidad. Nuestro actual aeropuerto, construido hace 13 años, tiene capacidad para 400.000 pasajeros. Ahora debe hacer frente a 16 millones. No hay por dónde ampliarlo.
En todo el mundo los gobiernos tienen dificultad para ubicar los nuevos y tan necesarios aeropuertos. Sería estúpido construir un nuevo aeropuerto con capacidad para un millón más. Nunca encontraremos otro lugar cuando surja la necesidad de un aeropuerto más grande. Si usted debe construir un nuevo aeropuerto, constrúyalo lo suficientemente grande por lo menos para los próximos 30 años, sino 100. Pero nos dijeron que no debíamos construir un mega aeropuerto. ¿Por qué? Porque ustedes piensan que eso debilitaría una economía en la cual han invertido. Ustedes no quieren que nuestra economía falle y les haga perder dinero. Pero, por favor, dennos algún crédito en cuanto a saber algo sobre cómo manejar nuestro país.
Nos gusta pensar en grande, hasta tenemos grandes ideas para traer riqueza a otros países en desarrollo. Propusimos el desarrollo del Valle de Mekong, que comenzaría con el ferrocarril Singapur-Kunming porque sabemos que el transporte estimula el desarrollo económico. Es un proyecto grande, pero los proyectos pequeños hacen poco impacto en la economía.
Queremos conectar los ferrocarriles de China y Asia central con Europa. Asia central no tiene salida al mar y por eso no puede desarrollarse. Ustedes construyen viaductos y ferrocarriles para transportar petróleo, gas y todo tipo de productos entre ustedes. ¿Por qué no se pueden tender vías de trocha ultra ancha con trenes de dos kilómetros para mover productos hacia y desde las repúblicas de Asia central? Ellas podrán luego prosperar y el mundo tendrá otro gran mercado.
Tenemos otras grandes ideas para hacer prosperar a nuestros vecinos, para hacer prosperar a todos. Incluidos los países desarrollados. Pero no nos van a permitir hacerlo porque a ustedes no les gustan las ideas grandes. No es apropiado. Es una insolencia que nosotros intentemos, o incluso digamos que vamos a hacerlo. Si nosotros decimos que cuando tengamos el dinero vamos a poner en marcha nuestros grandes proyectos, ustedes se asegurarán que no tengamos el dinero obligándonos a devaluar la moneda.
Empobrecer al vecino, ésa es la mentalidad de alguna gente. Ellos no van a ayudar. Peor aún, van a obstaculizar, bloquear y debilitar. Asia está llena de grandes oportunidades, no sólo para los asiáticos sino para todos. Si nos dan la mitad de una oportunidad, podemos prosperar. Todos no podemos tener una economía tan grande como la de Japón, pero no vamos a ser extremadamente pobres. Si los países de Europa y de Norteamérica pueden ser casi uniformemente prósperos no vemos por qué no podemos nosotros lograr permiso para ser un poco prósperos.
No vamos actuar en concierto contra el resto del mundo. No estamos étnicamente relacionados como los europeos. Venimos en varios colores y matices, practicamos religiones diferentes, hablamos lenguas diferentes y tenemos culturas muy diferentes. Siempre vamos a estar en desacuerdo entre nosotros, posiblemente, hasta pelearemos unos en contra de los otros, lo cual nos va a dejar poco tiempo para confrontar a otros en Europa.
Ustedes no tienen nada que temer con la prosperidad y bienestar de los asiáticos. Tienen, por el contrario, todo para ganar, porque nuestra prosperidad va a contribuir a vuestra prosperidad y a la prosperidad del resto del mundo. De manera que piensen en las oportunidades de Asia y no las dejen pasar.
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