Es una tradición que fue interrumpida por primera vez a principios de este año. Desde 1991, MERCADO realiza una encuesta entre empresarios donde mide lo que esperan sobre el comportamiento de la economía durante el semestre siguiente. Ésta es la medición número 22, aunque debió ser la 23. Pero en los primeros meses de este año, el ánimo de los directivos y gerentes de empresa no estaba para contestar encuestas, por históricas que éstas fueran.
El ciclo se reanuda ahora. Como siempre, la encuesta fue diseñada por el sociólogo Heriberto Muraro y procesada por Telesurvey.
Desde la última consulta, en el segundo semestre de 2001, mucha agua corrió bajos los puentes y esta circunstancia se refleja adecuadamente en cambios drásticos que se ven en las respuestas. El clima en el que se movían los empresarios al contestar estaba signado por la falta de un entendimiento con el FMI, la incertidumbre sobre el futuro político del país, y el temor de una protesta social todavía más fuerte que todo lo conocido.
Antes, hubo que digerir el cambio de varios presidentes y ministros de Economía, el default, la devaluación y la pesificación, y ahora la amenaza de la justicia de retrotraer todo a la situación preexistente, con los inmensos costos que supone.
El trabajo de campo se realizó durante las últimas tres semanas de agosto y la primera de septiembre, tiempo cercano, pero que, con el vértigo que vivimos en nuestro país, obliga a recordar lo que ocurría, se pensaba y se decía por esos días.
Durante ese período hubo calma en el mercado cambiario. Pero la discusión entre los analistas económicos acerca de su significado y duración siguió con intensidad. Algunos de ellos sostuvieron un argumento estacional: en algún momento del mes de octubre la oferta de dólares descendería al agotarse la comercialización de la soja. Otros, en cambio, estaban convencidos de que el tipo de cambio real era muy alto -significativamente más alto que durante la crisis de la deuda en los ´80- y que, al estar controladas las fuentes de emisión monetaria, no había peligro de una nueva disparada del dólar.
Sólo el paso del tiempo dirimirá la cuestión, pero algo debería estar claro: el argumento optimista y el argumento pesimista compartían una perspectiva del mercado cambiario en el que la demanda de dinero, que tanto depende de la confianza, no parecía jugar ningún papel. No se reparó en que la calma en la cotización del dólar se explica por los avatares de un juego altamente especulativo, el de la divisa contra la tasa de interés.
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Deberá aceptarse que es un logro de las autoridades (¿Ministerio de Economía o Banco Central?) que el partido se esté disputando en ese campo, ya que hace apenas cuatro meses nadie se hubiera atrevido a apostar al peso a ninguna tasa de interés. Desde entonces, las tasas han bajado, la demanda de activos en pesos ha aumentado y el tipo de cambio nominal, que es la brújula de los precios, se ha mantenido constante.
No hay señales de que la economía real pueda salir del fondo del pozo en el corto plazo. Por un lado, los indicadores de nivel de actividad, si bien muestran una situación mejor a la de fines del año pasado y los primeros meses de 2002, no alcanzan para asegurar un proceso de recuperación, aunque sea tenue. Tampoco se observa una reacción de los indicadores de comercio exterior, a pesar del impresionante aumento del tipo de cambio real. Al igual que lo sucedido a lo largo del segundo trimestre del año, en julio las exportaciones volvieron a caer y no sólo por la disminución de los precios sino también por la caída del volumen. Influye en este comportamiento la disminución de las compras brasileñas, que en agosto cayeron casi 30% respecto del mismo mes de 2001 y a lo largo del año totalizan una caída cercana a 27%.
Lo cierto es que hemos ingresado en el último cuatrimestre del peor año de la historia económica argentina desde 1914, que a la vez sucede a otros tres años muy malos. De acuerdo con el último dato conocido, la actividad productiva puede caer durante 2002 en 14% anual y la inflación hasta agosto acumulaba casi 38%. La combinación de un escenario de fondo de pozo con presiones inflacionarias genera un cuadro social muy complicado: desempleo de más de 20% e incremento de la población que vive debajo de la línea de la pobreza. Con las elecciones por delante, es comprensible que surjan propuestas facilistas y que éstas prendan en franjas muy amplias de la población.
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Ventas y precios
Cuando se indaga por la estimación de ventas con relación al año anterior, la respuesta es más negativa que 12 meses atrás. A pesar de la devaluación, la mayoría de la muestra (50% contra 28%) piensa que tendrá ventas muy o algo inferiores a las de hace un año. Los que creen que el nivel se mantendrá igual suman 17% (contra 33% hace un año). Poco más de 3 de cada 10 encuestados piensan, con optimismo, que tendrán ventas algo o muy superiores a las del período precedente.
La inversión de los resultados del año anterior se obtiene al preguntar por el nivel de precios esperado. El efecto de la devaluación y su posible incidencia en los próximos meses se reflejan así descarnadamente.
De los consultados, 38% responde que espera precios muy superiores o algo superiores (contra 4% hace un año); los que aguardan precios iguales llegan a 18% (contra 53% de la vez anterior). Curiosamente, hay una nota discordante: 19% cree que habrá precios muy inferiores, contra apenas 3% de la medición anterior. Lo que demuestra que este universo se mueve entre dos hipótesis: la primera, que no habrá hiperinflación, pero que sí habrá un aumento sostenido de precios; la segunda, es que los efectos recesivos persistirán y obligarán a reducir todavía más los precios.
Cuando se pregunta por los aumentos de costos esperados, por primera vez en muchos años no aparece el rubro impuestos o el de costos financieros a la cabeza. Esta vez, el que más preocupa, es insumos y materias primas (58% contra 5%); mientras que los costos financieros se ubican como segundo rubro con 18% (contra 36% de hace un año), y los impuestos alcanzan un magro 4% (contra 46% de la vez anterior).
Es obvio que la nueva situación cambiaria torna difícil para muchos sectores abastecerse de insumos importados, lo que explica en buena medida la preocupación clave de los empresarios.
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Exportar no es fácil
Las exportaciones, con viento a favor por la nueva paridad cambiaria, hacen que aumente el porcentaje de los que exportan o piensan exportar (58% contra 47% del período anterior), pero no en la magnitud que era de suponer. Lo que indica la enorme cantidad de trabas -especialmente crediticias- con que está tropezando el sector exportador (o tal vez un creciente grado de subfacturación).
Entre las empresas que exportan, prácticamente no hay diferencias entre los porcentajes de este año y los del anterior. Es como si las pregonadas ventajas de la devaluación no son percibidas como motor de su incremento, seguramente por las dificultades en obtener créditos o por no estar las empresas suficientemente preparadas para incursionar más agresivamente en el exterior.
De los que exportan, 14% espera una rentabilidad muy alta (6% en la muestra anterior), mientras 74% confía en que será levemente positiva (contra 48% el año pasado). Es decir, se descuenta mayor rentabilidad en las ventas externas, en relación directa con la paridad cambiaria.
Con respecto a la facilidad o normalidad en la entrega de insumos, 28% admite que se registra falta de entrega (siete veces más que en la medición anterior). Sin embargo, 66% de la muestra (contra 82% de 2001) asegura que no hay problemas importantes para abastecerse.
Donde se observa un contraste extraordinario es ante la pregunta por el costo de los principales insumos: 20% (contra cero del año anterior) afirma que aumentaron mucho; 54% (16% la última medición) sostiene que aumentaron algo; 20% (contra 54% registrado con anterioridad) cree que se mantienen iguales; y, finalmente, apenas 5% (en comparación con 27% la vez anterior) dice que disminuyeron algo.
En cuanto al lugar donde se compran los insumos, aumenta la proporción de quienes los adquieren en el mercado interno, y disminuye levemente el porcentaje de los que lo hacen en el exterior. Obviamente para los que se abastecen en el exterior, la incidencia de la política arancelaria es levemente superior.
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Expectativas salariales
Nadie espera que se produzcan aumentos salariales de importancia, en un mercado deprimido y con la incertidumbre económica reinante. Por primera vez en más de 11 años, el número de los que piensan que los aumentos serán mucho menores o algo menores que la inflación, asciende a 84% (contra 51% del año anterior). A diferencia de las demás oportunidades, nadie eligió “no sabe, no contesta”. En este punto parece haber claridad meridiana.
En cambio los que piensan que los incrementos seguirán en línea con la inflación son apenas 10%, contra 35% del año pasado.
En los pocos casos en que se indica una expectativa salarial superior al nivel de inflación, ello se explica por la decisión de la gerencia de aumentar los sueldos.
Los motivos para que los salarios estén bajo la línea de inflación obedecen a dos razones centrales: a) bajo nivel de actividad (53% contra 42% de la medición anterior); y b) necesidad de mejorar la rentabilidad (34% contra 50%).
La existencia de conflictos laborales fue parecida a la de 2001: directamente no hubo ninguna disputa en 34% de los casos (contra 41% de la vez anterior); pero hubo conflictos manejables en 61% de las respuestas, contra 55% del año pasado. A pesar de ello, los conflictos no impidieron la entrega de productos o servicios en 73% de los casos (era de 68% hace 12 meses); y en cambio sí la impidieron en 24% de los consultados (menor que 30% de la última medición).
La relación con los representantes sindicales fue fluida y cordial o, en todo caso, compleja pero manejable, en 89% de los casos (85% el año anterior).
En cuanto al número de empleados, 61% piensa mantenerlo igual (57% en 2001); mientras 29% cree que disminuirá (30% el año pasado). De modo que la reducción de personal se viene haciendo sistemáticamente durante los últimos tres años, o hubo pudor en confesar que se planean más despidos. Pero las estadísticas oficiales sobre destrucción de empleos son más que elocuentes.
Seguramente por efecto de la pesificación -ya que solamente las empresas muy grandes se financiaron en el exterior-, 33% de la muestra tiene una deuda igual a la del año pasado (cuando era de 62%); 10% la tiene muy superior (9%); y 52% la tiene menor que en el ejercicio anterior (el índice era entonces de 24%).
Definitivamente, el acceso al crédito bancario es casi imposible: 87% expresa que obtenerlo es mucho más difícil que en 2001 (45%) y 9% sostiene que se le presentan las mismas dificultades que durante el año pasado (el indicador era 46%).
El funcionamiento de las plantas o el uso de la capacidad instalada está, para 37% de los encuestados entre 60 y 79% del total; para 26%, entre 40 y 59%; y sólo 18% utiliza entre 80 y 99%.
En materia de inversiones, el juicio es rotundo: 77% no planea realizar inversión alguna (contra 57% del año anterior); y 23% invirtió o invertirá (en comparación con 43% durante 2001). En síntesis, no hay inversión en el país. Sólo 4% de la muestra admite haber invertido entre US$ 15 a 20 millones en lo que va del año.
Los que esperan una rentabilidad grande o alguna utilidad, suman 39% de los encuestados (contra 44% el año anterior). Los que piensan estar en equilibrio llegan a 24% (28% en 2001). Y los que aguardan resultados algo o muy deficitarios llegan a 37% del total consultado, contra 27% en la medición de 2001.
Otro dato interesante: el índice de precios mayoristas se espera que aumente entre 25 y 75%, en 55% de los casos.
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El nivel del dólar
En cuanto a la pregunta del millón -¿cuál será el comportamiento del dólar?-, 48% piensa que será algo o muy superior al nivel de inflación; 21% apuesta a que estará en línea con la inflación; y un respetable 30% sostiene que puede ser algo o muy inferior al nivel inflacionario.
Sobre el comportamiento probable de las tasas de interés, no hay dudas: 84% piensa que serán algo o muy superiores. Una abrumadora mayoría.
A pesar de las dilaciones, los empresarios esperan tarifas de servicios públicos algo o muy superiores a las actuales en 63%, mientras 14% cree que seguirán iguales.
El impacto de las medidas impositivas es desfavorable para 57% (era 76% en 2001), y neutro para 39% (15% en la muestra del año pasado).
Las medidas del equipo económico resultan algo o muy desfavorables para 67% de los consultados (33% el año pasado); y solamente 20% opina que son neutras.
Ahora que no se paga la deuda externa, se suponía que alcanzar el superávit primario sería sencillo. No piensan lo mismo los empresarios: 96% de los encuestados cree que no se logrará el equilibrio, o al menos reducirlo.
En cuanto a la credibilidad de la actual conducción económica, vista la transitoriedad del mandato, no genera demasiado entusiasmo. De acuerdo con la encuesta, 87% opina que no habrá cambios sustanciales o, en todo caso, se registrará una leve desmejora. Otro 10% se prepara para una gran desmejora.
Sobre el comportamiento económico para el año próximo, 63% tiene una actitud algo o muy pesimista; 20% opta por la neutralidad, y apenas 15% es algo optimista.
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| Ficha técnica
La encuesta sobre expectativas para el La primera medición de este tipo |
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