domingo, 21 de junio de 2026

    Lecciones del sudeste asiático

    Una de las conclusiones más repetidas en Estados Unidos sobre lo ocurrido en la Argentina durante el último año, es que tanto los políticos como el resto de nuestra sociedad deben fijarse en lo que pasó en los países del sudeste asiático que entraron en profundas crisis económicas a finales de la década pasada. El consejo implícito es: si hacen lo que les dice el FMI saldrán a flote, como ocurrió con Corea del Sur y con Tailandia. Si no, les espera tanto o más sufrimiento que a Indonesia que, cinco años después, todavía se debate en una grave crisis financiera y económica.


    Lo curioso de este análisis es que nunca se menciona a Malasia, otro de los países del área que sufrió embates contra el valor de su moneda y trastornos casi idénticos a los de sus vecinos. La razón es que Malasia no existe: se negó a jugar según las reglas del FMI y, por lo tanto, se autoexcluyó del mundo. Cinco años después resulta interesante echar un vistazo a lo ocurrido en estos cuatro países. Mientras Indonesia -cuyo liderazgo político vaciló en aceptar imposiciones del Fondo- todavía no ha logrado recuperarse, los líderes de Corea y de Tailandia aceptaron desde el comienzo que era inevitable jugar con las reglas del FMI y que, por eso, hoy están saneados.


    Pero, más allá de esta explicación convencional, cabe preguntarse qué pasó mientras tanto con Malasia. Recientemente, la exigente calificadora Standard & Poors decidió que no había más remedio que mejorar la nota de la deuda malaya en moneda extranjera de largo plazo a BBB+, a la par de la de China y de Polonia. Para la mayoría de los analistas, la mejoría en la calificación debió ocurrir hace tiempo.


    Lo cierto es que el pleito de 1997 no está saldado. En aquel momento, Mahathir Mohamed, el veterano líder que embistió contra el FMI y sus recetas, y también contra los especuladores internacionales, impuso restricciones financieras e impidió el uso del ringgit -la moneda local- fuera del país. Hoy hasta sus más acérrimos críticos conceden que tenía razón: el país está creciendo, el índice bursátil local se recupera, los rígidos controles sobre movimiento de divisas se están atenuando y la inversión extranjera ha retornado.


    Una de las creaciones gubernamentales de aquel momento, el Comité de Reestructuración de la Deuda Empresaria, anunció que cesa su actividad ya que su tarea se ha cumplido: US$ 12.000 millones en deudas incobrables se han resuelto ayudando a empresas en default o en proceso de bancarrota. Empresarios vinculados al gobierno, y acusados de falta de ética, fueron purgados y eyectados de sus cargos. El líder malayo, acusado hace un quinquenio de aislar a su país del resto del mundo, dice que cree en la globalización, pero advierte que del mismo modo que el comercio mundial está regulado a través de la Organización Mundial de Comercio, hay que regular los flujos de capitales internacionales, cuya amplitud y laxitud de movimientos dieron lugar a la especulación que arruina países enteros, aun aquellos que han hecho todas las tareas recetadas por el FMI.