domingo, 21 de junio de 2026

    Corea, del elogio a la drástica reforma

    A finales de 1997, Corea del Sur era un brillante competidor mundial tanto en industrias básicas (acero) como en las de tecnología de punta (semiconductores). Y sin embargo, la situación financiera se deterioró, la divisa local entró en caída libre y el gobierno pidió al FMI un programa de rescate que, al final, llegó a ser de US$ 57.000 millones.


    ¿Qué fue lo que ocurrió? Según la explicación de los analistas occidentales, un exceso de regulación gubernamental y negligencia oficial ante el tamaño de los problemas que se enfrentaban.


    Sin embargo, la explicación dista de ser tan sencilla. Mientras Seúl mantuvo un rígido control sobre los mercados financieros, el crecimiento fue estupendo durante las décadas de los ´70 y ´80. Al comenzar la década pasada, los mercados financieros fueron desregulados y se permitió la instalación de bancos extranjeros que pudieron comprar y vender enormes cantidades de divisas extranjeras. Así surgió la especulación contra el won. Como las empresas locales también tomaron préstamos externos y se sobrendeudaron, cuando las divisas asiáticas sufrieron la presión especulativa, estas firmas dejaron de pagar a los acreedores externos e incluso a los internos. Vino la crisis financiera y la corrida bancaria.


    La ayuda inmediata del Fondo -orquestada por el Grupo de los Siete- decidió que era necesario transformar tanto el sistema financiero coreano como el modo de operar de sus empresas. Este programa de ayuda económica favoreció en primer lugar a los bancos de las naciones más industrializadas -que recobraron sus préstamos- sin que ingresaran fondos frescos a las arcas coreanas. El programa macroeconómico puesto en marcha como consecuencia del acuerdo, significó una profunda recesión con impacto social devastador, despidos y “flexibilización” laboral.


    Con el sistema financiero local hecho trizas, se permitió fácilmente la adquisición de valiosos activos industriales coreanos a precio de oferta y, por primera vez, las empresas extranjeras pudieron tener mayoría accionaria en las empresas locales. Los famosos chaebols, los conglomerados industriales alentados desde el Estado que le permitieron al país tener campeones internacionales -Samsung, por ejemplo- resultaron en muchos casos fracturados, y debieron entrar en alianzas internacionales no queridas.


    Lo interesante en todos los casos de la crisis de 1997 en el sudeste asiático es que la devaluación provino de presiones especulativas sobre las divisas locales, que dieron lugar al paquete de rescate del FMI y a la imposición de un nuevo marco macroeconómico.


    Lo paradójico del tema es que el dinero del FMI provino en su mayor parte del Grupo de los Siete. Con ese dinero cobraron sus créditos los bancos de este grupo de naciones. A su vez, estos bancos le prestaron a sus respectivos gobiernos para que integraran el paquete de rescate. Un negocio redondo.


    Lo cierto es que en pocos meses, el FMI impuso condiciones económicas a más de 340 millones de habitantes de la región, y utilizó US$ 100.000 millones del dinero de los contribuyentes de las naciones más prósperas (mientras salvaba a docenas de bancos internacionales), en este experimento de transformación macroeconómica.


    El informe de 1997 del FMI sobre Corea del Sur, decía que “continuaba la impresionante performance macroeconómica y era necesario felicitar a las autoridades por su envidiable récord fiscal”. Tres meses después, el Fondo creía imprescindible una masiva y drástica reforma económica. En el mismo reporte, algo parecido se decía sobre Tailandia: “Una remarcable performance económica y un record consistente de las autoridades en apropiadas políticas macroeconómicas”.


    Tres meses después el desastre era culpa de los gobiernos asiáticos. En todos estos países los presupuestos estaban equilibrados, la inflación era baja, la tasa de ahorro interna era alta, y las exportaciones seguían creciendo. La crisis no era originada en los fundamentals, sino producto del pánico financiero desatado por los movimientos especulativos contra las monedas locales.


    ¿Qué es lo que pasa ahora en Corea del Sur? Cuando las bolsas caen y vacilan en Estados Unidos y en Europa, el mercado de valores coreano muestra una singular resistencia donde el índice bursátil repuntó 50%, superando a otros mercados asiáticos y, por lejos, a todos los occidentales. Las exportaciones de julio pasado crecieron 20%, a US$ 13.650 millones, mientras que el won se sigue revaluando.


    La explicación de los analistas es que, a pesar del sufrimiento y del sacrificio impuesto sobre Corea del Sur en 1997, y aunque las autoridades parecían decir a todo que sí, el país logró preservar su aparato industrial y muchas de sus estrategias de crecimiento. El año pasado creció 3%, y este año espera lograr 6,2%.


    Indonesia, en cambio, todavía tiene que recuperarse. Si bien el año pasado creció más de 2%, la recesión en muchos de sus principales mercados (Estados Unidos y Japón, por ejemplo) harán que este año termine con menor crecimiento. La deuda externa de US$ 160.000 millones es prácticamente igual al producto bruto anual, y seguirá siendo el problema central durante los próximos años.


    Las recetas del Fondo se aplicaron a rajatabla bajo la batuta de nuestro conocido Anoop Singh (ver MERCADO, sección Opinión, marzo de 2002), quien demoró los acuerdos por razones necesarias para el FMI pero que provocaron la caída de dos presidentes -y estuvo a punto de lograr una tercera-, indujo una masiva desaparición de bancos y obligó a vender empresas estatales en problemas.


    Indonesia recurrió al Fondo en 1997: la deuda total del país era de US$ 264.000 millones. Con una particularidad: solamente US$ 74.000 millones debía el gobierno a acreedores externos. Las empresas estatales tenían también una deuda externa de US$ 10.000 millones. El gobierno debía US$ 70.000 millones a sus acreedores internos, dentro del país. Pero las empresas privadas acumulaban deudas por US$ 110.000 millones.


    El FMI obligó al gobierno a cerrar 16 bancos. El pánico cundió entre los depositantes y la huida de capitales se estimó en US$ 6.000 millones. Algunos documentos internos del Fondo que llegaron a manos de la prensa dieron cuenta de la autocrítica: hubo confusión en el manejo de este problema.


    Las relaciones se endurecieron y prácticamente nada pasó durante los siguientes tres años, durante los cuales se suspendieron cuatro veces créditos acordados.


    En abril de 2001, Anoop Singh (más conocido por la prensa como el señor “sin comentario”), llegó a Yakarta y comunicó que había avances que permitían pagar el crédito de US$ 400 millones acordado en diciembre de 2000. El monto del crédito era menor, pero permitía liberar otros US$ 5.800 millones de otros prestatarios.


    El presupuesto 2001 contempló 52% del gasto para servir la deuda, mientras que apenas 7% se dedicaba en total, a la educación y la salud. Nada quedaba para aliviar la pobreza masiva que hay en el país. Finalmente, la famosa carta de intención se firmó en agosto y se desembolsó en septiembre, casi 10 meses después del acuerdo inicial.