domingo, 21 de junio de 2026

    El verdadero objetivo de la Asociación Empresaria Argentina

    El cónclave se realizó el 28 de mayo, tal vez en lo más profundo de la crisis de una economía que, en estos días, enfrenta cierta primavera por un tipo de cambio que se mantiene más o menos estable, aunque con un ruido político que enfría su cálido verano de fines de agosto.


    Aquel martes de otoño, casi 50 altos ejecutivos de firmas locales y extranjeras lanzaron la Asociación Empresaria Argentina (AEA), y su entonces presidente, Oscar Vicente, habló de algunas de las consignas que guiarían a la entidad. “Falta continuidad política y marco legal. Esforzarnos para lograr estas condiciones es nuestro objetivo”. Y agregó: “Se debe respetar el derecho de propiedad. Se han roto todas las normas, y si no se respeta la seguridad jurídica el país no tiene chance de insertarse en el mundo”.


    Desde la nueva entidad, se subrayó que su razón de ser consistía en insertar a la empresa privada en la sociedad ya que, según informaron algunos medios periodísticos, había preocupación entre los hombres de negocios por el malestar causado por un discurso “antiempresarial”, el desprestigio que soportaban algunas firmas privatizadas y el congelamiento de depósitos.


    Desde otros medios de prensa, se dijo que la asociación buscaba prebendas para el pago de las deudas contraídas en el exterior por las firmas integrantes. Y desde un editorial de La Nación se alertó sobre las consecuencias negativas que el país sufriría si desde la nueva entidad iban a propiciarse actitudes propias de un lobby.


    Lo cierto es que la AEA, nacida de la fusión de la Fundación Invertir y el Consejo Empresario Argentino, aglutinó a empresarios líderes con el objetivo de representar el interés de la economía privada, más allá de intereses de sector, según manifestó. También se mencionó que AEA no competiría con otras representaciones empresarias, como la Cámara Argentina de la Construcción y la Unión Industrial Argentina (UIA), que hoy no tiene el peso de los ´80.


    Sin embargo, hay algunos interrogantes que giran en torno a un empresariado nacional que, devaluación mediante, carga con el temor de extinguirse por la caída del valor de sus activos. Entonces, ¿cuál es el sentido de AEA, más allá de aquellos que fueron mencionados por Vicente a fines de mayo? ¿Es producto de la defensa de la industria argentina ante el embate de los compradores extranjeros? Porque ese sentimiento fue el que pareció disparar la compra de Quilmes y de Pecom, por parte de las brasileñas AmBev y Petrobras, respectivamente.


    El otro lado


    Lejos, la Casa de Gobierno parece empequeñecida por la caída del sol. Sin observarla, un hombre de negocios consultado por MERCADO para que se refiera al objetivo de la AEA, hace alusión a cierta tristeza que motivó entre el empresariado nacional la venta de Pecom a Petrobras (ver página 58), lo que motivó un pedido de licencia por parte de Vicente, hasta entonces no sólo de la AEA sino, también, hombre fuerte de Pecom.


    “Dolió porque era una gran empresa argentina. Pero Goyo (Pérez Companc) no quiso saber nada más, sobre todo porque para trabajar en la Argentina se necesita que la economía se encare con seriedad. Y ésta es una economía vudú”, dice irónicamente el hombre de negocios desde su oficina en el microcentro.


    Es un alto ejecutivo que pide rigurosa reserva de su nombre y muestra solidez al hablar del poder. Porque, según cuenta, más allá de su actividad como hombre de empresa ha sido tentado por varios precandidatos presidenciales con vistas a 2003. Es por esta razón que habla de la AEA desde otra visión: “El nacimiento pasa por dos urgencias. En primer lugar, se trata de evitar la duplicación de gastos de la Fundación Invertir y el Consejo Empresario Argentino, ya que ésta es la época de racionalizar costos y ambas estructuras resultan caras”.


    Después comienza a hilar más fino y explica el porqué de la creación de la nueva entidad. “Se buscó fundar una asociación con una nueva imagen, que se aleje de la disputa entre el Consejo Empresario Argentino y la Unión Industrial Argentina”, define. Para marcar una diferencia entre ambas agrupaciones empresariales, el ejecutivo -al que el ex propietario de una firma nacional definió alguna vez como un “duro” a la hora de negociar- afirma: “El CEA nunca estuvo de acuerdo con la devaluación y la pesificación asimétrica, ni tampoco con la ruptura del marco legal ni con el corralito”.


    Para aclarar esta postura contraria a la devaluación, vale decir que durante los primeros días de diciembre de 2001, pocos días antes de que el país comience a incendiarse, el ex presidente Carlos Menem mencionó algunas sugerencias que había recogido de un encuentro con integrantes del CEA. Entre ellas, se refirió a la necesidad de un presupuesto que haga posible un menor déficit y la dolarización de la economía, de modo de darle garantías a la estabilidad monetaria, una receta que aún se discute y certifica lo dicho por este hombre de negocios, en off the record, claro.


    Las deudas perpetuas


    “En la UIA, hubo directivos como Héctor Massuh e Ignacio De Mendiguren -titular del Ministerio de la Producción en los primeros meses del gobierno de Eduardo Duhalde- que sí apoyaron la devaluación.”


    Para la fuente, con la pesificación asimétrica claramente se habría buscado atacar el sistema financiero, para salvar las deudas de no pocas empresas. “Y esa pesificación la pagaremos mis hijos y los suyos”. Algo similar pasó con la estatización de la deuda privada, cuando Domingo Cavallo la impuso desde el Banco Central en 1982.


    La referencia a Cavallo encaja con algunos rumores. ¿El más elocuente? Aquel que indicaba que desde la AEA se buscó un “seguro de cambio”, lo que habría permitido a los hombres de negocios comprar al Estado dólares más baratos y saldar deudas externas.


    Aunque este seguro generó algunos roces entre los integrantes de la Asociación, el ejecutivo niega que la AEA lo haya solicitado.


    En la misma línea, Luis Pagani aclaró el 22 de agosto al diario Clarín que la entidad no buscaba este seguro. “Pedimos que el Estado arregle su deuda pública con el FMI para que luego acompañe a las empresas privadas en una negociación con los acreedores de cada una”, dijo el titular de Arcor. También Alfredo Coto, otro integrante de AEA, según trascendió, se opuso en ese momento.


    Ahora, el entrevistado indica: “El acompañamiento del que habló Pagani se relaciona con un tratamiento similar, para las compañías, al que el Estado logre en su negociación de la deuda”.


    Causas y efectos


    Una vez que se pudo ver lo que causó la propuesta de De Mendiguren, el Gobierno buscó tomar distancia de la UIA y él se tuvo que ir. “El mensaje empresario que surge desde el corazón de AEA -creo- es que adentro de la asociación hay entidades bancarias. En cambio en la UIA se separaba al sector financiero del productivo, un disparate que costó fortunas al país”, confiesa el allegado a la Asociación.


    El ejecutivo resalta, además, la miopía del enfoque de los entonces integrantes de la administración Duhalde. “Es que el sistema financiero es parte de la producción, porque para producir se necesitan préstamos, que a su vez requieren de depósitos. Lo mismo sucede con la prefinanciación de las exportaciones, que le proporcionan al país las divisas para crecer”.


    De acuerdo con el hombre de negocios, el Gobierno compró sin mala intención la idea de la pesificación asimétrica con los deudores, y asevera que el resultado fue una devaluación que el 2 de enero comenzó en el orden de 40% y hoy quintuplica ese porcentaje. Asimismo, destaca que esta devaluación generará una caída del Producto Bruto Interno argentino de 17% en 2002. “Son todos datos que lo único que agregarán es desconfianza en la Argentina. Lo que se construye durante años puede destruirse en segundos”, enfatiza el empresario.