viernes, 19 de junio de 2026

    Las telcos son las claves de la crisis

    “Esta vez, la clave del derrumbe reside más en el sector telecomunicaciones que en la vanguardia tecnológica”. Así opinaban ­tras el generalizado cimbronazo bursátil­ Scott McNealy de Sun Microsystems, una de las cotizantes más castigadas, Umberto Paolucci, vicepresidente de Microsoft, y por lo menos cuatro consultoras a ambas orillas del Atlántico.


    En realidad, el trasfondo de la cuestión es más complejo. Un estudio de circulación interna en la London School of Economics subraya que “la burbuja más amplia y desordenada de la historia capitalista está produciendo, desde abril de 2000, una peligrosa cadena de explosiones e implosiones”. A partir de este diagnóstico y desde posturas opuestas, Joseph Stiglitz (último Nobel de la especialidad) y Rüdiger Dornbusch le temen más a las reacciones implosivas porque, como ha señalado Alan Greenspan (Reserva Federal), “la mezcla de irregularidades contables, escándalos empresarios y desconfianza de los inversores puede frustrar una reactivación que, por ahora, sólo se apoya en el consumo”.


    La actitud del público es fundamental. Primero, porque en Estados Unidos, la primera economía del mundo, el consumo aporta 75% del producto bruto interno. La contracara de esto, en materia de ahorro e inversión, desvela a Greenspan, Paul Krugman, Robert Kuttner y otros: 80 millones de norteamericanos tienen su dinero colocado en el sistema financiero y bursátil.


    Dado que, al mismo tiempo, el consumidor sigue endeudándose para comprar bienes y servicios, no hay un “colchón” de ahorro interno convencional. En este punto salta una diferencia clave entre la economía estadounidense y la japonesa, que las calificadoras de riesgo no quieren ver: el ahorro interno estadounidense es nulo, pero el japonés (US$ 11.000 millones) supera al PBI de la superpotencia.


    Volviendo a la megaburbuja y su desinfle tan paulatino (lleva ya más de 27 meses) como traumático, el problema en la fase actual son las firmas de telecomunicaciones, más sus derivadas o relacionadas como las de medios y entretenimientos. Aun sin incluir WorldCom, de acuerdo con estimaciones británicas, los quebrantos en esa industria decuplican los de las punto com. A su vez, expertos escandinavos calculan en casi US$ 1,2 billón (millón de millones) el endeudamiento acumulado en el sector y lo consideran un síntoma más serio que los valores de libros involucrados en concursos y quiebras (poco menos del billón).


    Ahora bien, el título XI de la Ley Federal de Quiebras de Estados Unidos puede amparar contra la malventa forzosa de activos o tomas oportunistas. Pero no evita que, una vez resueltas las convocatorias ­si no acaban en liquidaciones­, las firmas afronten el “día después”. Vale decir, la reorganización, en un contexto de negocios que diferirá del prevaleciente hasta el año 2000.


    Entre otros motivos, porque la “globalización mágica” (Jeffrey Sachs, Kuttner, Pierre Salama) habrá cedido ante otra clase de globalización, más diferenciada o encapsulada en economías, sectores, etc. Por ahora, como lo sugieren los traumas que atraviesan A&T, AOL Time Warner, IBM y demás, el mero volumen corporativo dejará de ser factor determinante en marketing, ventas, ingresos y utilidades. Por lo mismo, los equipos, sistemas y esquemas de management habrán cambiado.


    Entretanto, las telcos ­éstas o quienes las sustituyan­ deberán encarar largos, duros procesos de reconversión “apoyados en tecnologías de punta y marketing realista”, según afirma Paolucci. “Cualquier reactivación o saneamiento del sector partirá de lo tecnológico”. Pero, aun así, subsiste una cuestión de modelos porque, ante la ahora cuestionada prescindencia estatal en Estados Unidos, en la Unión Europea “los ex monopolios locales ­señala The Economist­ están seguros de que los gobiernos no los dejarán caer. Por supuesto, tendrán que seguir vendiendo activos, recortando deudas y echando malos directivos”.


    En cuanto a Asia oriental, el modelo genérico es de cuño japonés y, como ha ocurrido en anteriores crisis, los respectivos gobiernos no imitarán la pasividad algo anacrónica de Washington. Tokio, Hong Kong, Singapur y mercados subordinados nunca han tenido los desbordes de libertad especulativa típicos de Nueva York.